Creando Juegos en el Futuro - Capítulo 13
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13: Capitulo 13 13: Capitulo 13 Dediqué un día entero a estructurar mi cronograma de trabajo.
Fue agotador, pero valió la pena.
Dividí el proyecto en módulos maestros: Génesis Ambiental (flora y fauna), Arquitectura Estructural (desde chozas humildes hasta palacios que desafían la gravedad) e Infraestructura Global.
A esto le sumé las categorías de PNJs, Bestiario, Sistemas de Combate y Cultura.
Con todo organizado en subcategorías, ahora puedo ver exactamente qué píxel falta y qué script está listo.
Tras terminar, me resigné a dormir en el sofá.
Es increíble que, tras milenios de evolución, la humanidad no haya inventado una forma de evitar que te usurpen la habitación cuando tienes visitas.
(Suspiro).
A la mañana siguiente, tras el riguroso despertar de mi madre y la ración doble de defensa personal, fuimos al centro comercial.
El lugar es una locura arquitectónica; parece una ciudad propia con un rascacielos central que literalmente perfora las nubes, rodeado de plazas comerciales que parecen no tener fin.
Caminando hacia el aparcamiento, entre la marea de gente, vi escaparates de todo tipo: moda, tecnología, vehículos y…
¿órganos?
—¿Esa tienda vende órganos?
Da mal rollo —solté, deteniéndome en seco.
Jade puso los ojos en blanco al oír mi comentario.
—No, me digas que eres como esos puristas que siempre andan gritando por la “integridad biológica”.
Si alguien necesita un riñón, un pulmón o un corazón, viene aquí y lo compra.
¿Cuál es el problema?
—¡Es que me parece extraño ir caminando y que alguien me ofrezca un hígado como si fuera un helado!
—A mí me parece increíble —intervino mi madre con naturalidad—.
Estos órganos artificiales son una maravilla de la ingeniería.
Me gustaría ver cómo los fabrican algún día.
—¿Artificiales?
—pregunté, quedándome mudo.
—…
—…
—No estarías pensando que eran órganos humanos reales…
¿verdad?
—Jade me miró con una ceja levantada.
—¡No!
¡Por supuesto que no!
—mentí descaradamente.
—¡Pufff!
¡Jajajaja!
—Jade estalló en una carcajada que atrajo varias miradas—.
¡No, me lo puedo creer!
De verdad pensabas que eran restos humanos.
¡Qué tierno!
—No, solo tenía…
curiosidad técnica —mascullé, sintiendo que me ardían las orejas.
—Jajaja, está bien, “pequeño”.
Los niños a veces tienen dudas extrañas.
No te preocupes, tu “hermana mayor” Jade te enseñará cómo funciona el mundo real.
(Maldita sea.
Se va a estar burlando de esto durante décadas).
…
Caminamos un rato perdiéndonos entre sectores.
El mapa del lugar es abrumador: el centro comercial se extiende en un radio de diez kilómetros.
Como es humanamente imposible recorrerlo a pie, las calles funcionan como gigantescas cintas transportadoras; basta con pararse en el carril adecuado y dejar que la ciudad te lleve al sector que buscas.
Todo es excesivo, casi obsceno en su comodidad.
Ni siquiera hemos entrado al edificio principal, donde mi madre dice que solo la élite compra.
A decir verdad, no tengo interés en mirar escaparates de lujo donde el precio de una chaqueta probablemente pague el desarrollo de mi motor gráfico.
—Oye, “pequeño”, no te distraigas.
Mantente cerca de tu hermana mayor, jeje —me pinchó Jade, divertida.
—¿No vas a parar nunca?
—Jajaja, por eso te digo que salgas más.
Si caminaras más conmigo y con Melissa, sabrías estas cosas básicas del mundo real —se burló, mientras yo intentaba ignorarla.
Fue entonces cuando, entre el brillo cegador de la tecnología, vi una anomalía.
Una tienda extraña, vieja, con la pintura descascarada y sin un solo neón brillante.
En este mar de perfección, su deterioro la hacía destacar más que cualquier anuncio holográfico.
—Una tienda abandonada…
—murmuré.
—¿Dónde?
Ah, esa —dijo mi madre, siguiendo mi mirada—.
Es una tienda de instrumentos musicales.
Lleva ahí cientos de años.
Rara vez tiene clientes; creo que es solo un capricho del dueño.
—Instrumentos musicales…
—repetí.
Sentí una chispa de curiosidad—.
Quizás deberíamos echar un vistazo.
—Adelante, pero después iremos a comprarle ropa a Melissa.
Si alguien me preguntara mi opinión sobre este siglo, diría que es “tediosamente conveniente”.
Todo está diseñado para ser útil.
Incluso el conocimiento básico puede inyectarse directamente en el cerebro, eliminando el proceso de aprendizaje.
Tras recuperar mis recuerdos, me di cuenta de que la humanidad ha perdido sus habilidades manuales.
Puedes encontrar billones de otakus militares capaces de desarmar un buque de guerra con los ojos cerrados, pero buena suerte buscando a alguien que sepa moldear una jarra de barro o pintar una acuarela a mano.
Nadie lo necesita.
Al mirar esta tienda, comprendí que lo mismo pasa con la música: todos usan IAs.
Saber cómo funciona un instrumento gracias a una descarga de datos no es lo mismo que saber tocarlo.
En mi vida anterior, apenas aprendí algo de guitarra y un poco de piano para resolver puzles de diseño, así que ni siquiera llego a principiante.
Entré en la tienda esperando encontrarme con viejos amigos —una Stratocaster, un Steinway, un Stradivarius—, pero la realidad me dio un golpe de humildad cronológica.
El local estaba impecable, con ese aire solemne de las tiendas de antigüedades donde cada objeto parece tener un alma propia.
Por primera vez desde que recuperé mis recuerdos, fui plenamente consciente del abismo de tiempo que me separa de mi vida anterior.
Durante semanas me maravillé con la tecnología moderna, pero al recorrer estos pasillos, vi cientos de instrumentos que no logré reconocer.
Eran piezas extrañas, con pantallas integradas, botones de materiales desconocidos y geometrías que desafían la lógica musical que yo conocía.
Si alguno de estos objetos hubiera aparecido en mi siglo, habrían sido tratados como tecnología de otro planeta; aquí, son reliquias olvidadas de hace dos mil años.
Sentí una nostalgia extraña, no dolorosa, sino profunda.
Seguí caminando hasta que, al fondo, vislumbré formas familiares: algo que recordaba a un violín, un piano…
aunque este último era circular, con un banco de cuero rojo que lo rodeaba por completo y teclas repartidas por todo su “cuerpo”.
Parecía diseñado para ser tocado por una orquesta de seis personas al mismo tiempo.
Un despropósito ergonómico, pero fascinante.
Jade y Melissa se habían dispersado, mirando aquellas “cosas viejas” con la curiosidad de quien visita un museo de curiosidades alienígenas.
Yo me dirigí hacia una esquina cerca del mostrador, donde descansaba una guitarra.
Al acercarme, comprobé que no era de madera —por supuesto que no—, sino de un material sintético que imitaba una veta oscura y profunda.
Estaba sumergido en el análisis de su estructura cuando una voz me sacó de mi trance.
—¿Te gusta esa?
—¡¿Hm?!
Me giré sobresaltado.
Una señora mayor estaba de pie justo detrás de mí; no la había oído acercarse en absoluto.
—Solo tengo curiosidad…
—respondí, tratando de mantener mi tono infantil—.
He leído sobre estas cosas.
—Oh, entiendo.
Es maravilloso; los niños de hoy ya no se interesan por este tipo de objetos —dijo la anciana con una sonrisa melancólica—.
Aunque esta sea una réplica, es tan fiel como los modelos originales.
—¿Originales?
—¿Ah, no lo sabes?
—La mujer se apoyó en el mostrador—.
Poco después de que perdiéramos nuestra patria, los soldados solían reunirse para cantar y recordar el planeta que dejamos atrás.
La guitarra era el instrumento más popular en aquellos campamentos.
Pero, por desgracia, a medida que la guerra se volvía más sangrienta y violenta, esos pequeños momentos de paz se evaporaron.
Suspiró, acariciando el aire como si buscara una melodía perdida.
—Con el tiempo, casi nadie se interesó por algo tan “arcaico”, aunque aún quedamos algunos entusiastas.
Quienes vivieron aquel pasado ya no están, pero nosotros aún podemos crear el nuestro.
—Es una historia muy interesante…
—admití, sintiendo el peso de sus palabras—.
¿Puedo sostenerla?
—Jeje, por supuesto.
Aquí tienes.
En cuanto mis manos cerraron el agarre sobre el mástil, la guitarra empezó a encoger, ajustando su escala y dimensiones ergonómicas a mi altura actual.
Esta tecnología no deja de sorprenderme: es un objeto antiguo con el cerebro de una supercomputadora.
Al sentir el peso del instrumento, una oleada de nostalgia me golpeó de lleno.
Me hizo cuestionarme, por un segundo, por qué terminé dedicando mi vida anterior a los bits y los píxeles en lugar de a las cuerdas.
Busqué con la mirada y encontré un sofá destinado a los clientes, que por supuesto estaba desierto.
Me senté y, casi por instinto, mis dedos buscaron las cuerdas.
El sonido estaba ligeramente descompensado.
Sin pensarlo, con la memoria muscular de sesenta años guiando mis manos de siete, empecé a puntear las cuerdas una a una, girando las clavijas invisibles para afinar el instrumento.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Jokulcan Tres capitulos segudos por lo del sabado y domingo gracias por leer
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