Creando Juegos en el Futuro - Capítulo 14
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14: Capitulo 14 14: Capitulo 14 Mis pensamientos empezaron a divagar.
Siempre he tenido mil planes para el futuro, tanto en mi vida pasada como en esta.
Es curioso cómo, a pesar del cambio de era, sigo tomando las mismas decisiones: me dedico al arte.
El cine puede reunir diversas formas de expresión, pero solo los videojuegos permiten al ser humano interactuar con ellas, vivirlas y habitarlas.
Mientras esas ideas tomaban forma, mis dedos comenzaron a puntear suavemente las cuerdas de la guitarra.
El sonido, cálido y orgánico, se extendió poco a poco por los rincones de la tienda.
¿Qué debería cambiar en esta vida?
¿Me basta con ser un simple copista de las grandes obras que conocí?
¿Eso me satisfaría?
Al final, comprendí que lo que realmente busco es trascender e influir.
Casi sin darme cuenta, mi memoria muscular rescató una melodía que me marcó profundamente: el tema que Joel toca en The Last of Us.
Esa combinación de nostalgia por lo perdido y una mirada incierta hacia el futuro encajaba perfectamente con mi situación actual.
La melodía resonaba en la madera sintética con una fuerza inesperada.
Estaba tan sumergido en el flujo de la música que no noté las expresiones a mi alrededor.
Mi madre me miraba con una sorpresa contenida, pero fue la anciana quien me impactó: tenía los ojos abiertos de par en par y sus manos temblaban ligeramente, como si estuviera escuchando un fantasma.
Jade y Melissa, atraídas por el sonido, se quedaron inmóviles, observando cómo un niño de siete años hacía hablar a un instrumento que consideraban un trasto viejo.
En ese instante, lo vi claro.
Voy a cambiar este universo aburrido y predecible.
No voy a intentarlo; lo voy a hacer.
Con una esperanza de vida de casi mil años por delante, tengo tiempo de sobra para demoler los cimientos de este entretenimiento vacío y construir algo nuevo.
Basta de actuar en piloto automático.
Con ese pensamiento, detuve la música.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que antes no existía.
Ya no solo soy un niño con recuerdos; ahora soy un hombre con una misión.
—¡Fue increíble!
—gritó Melissa, rompiendo el hechizo del silencio.
—¿Eh?
—parpadeé, regresando a la realidad.
—Hermano, ¿cómo sabes tocar eso?
¿Puedes tocar más, por favor?
—me suplicó con los ojos brillantes.
Miré a mi alrededor.
Todos me observaban con una intensidad abrumadora.
Jade mantenía esa mirada extrañada, tratando de procesar cómo un niño de siete años dominaba un instrumento analógico; la anciana seguía en un estado de asombro absoluto, y mi madre…
ella lucía más orgullosa que sorprendida, como si ver a su hijo romper las reglas de la lógica fuera lo más natural del mundo.
(¿Quizás esto fue demasiado sospechoso?), pensé por un segundo.
(No, qué va.
He hecho una película en 2D y estoy programando un mundo entero yo solo; comparado con eso, rasguear un poco la guitarra entra en lo aceptable).
—Vale…
—suspiré con una sonrisa—.
He investigado un poco y creo que recuerdo otra cosa.
Ajusté la posición de mis dedos.
Recordé una canción que me marcó en mi vida pasada, una de esas melodías que te golpean cuando estás en el fondo del pozo y sientes que lo has perdido todo.
Una canción que te obliga a levantarte: “The Future I Dreamed” de Yakuza: Like a Dragon.
Comencé a puntear y el sonido familiar empezó a reverberar por toda la tienda.
Me balanceé ligeramente y empecé a cantar.
Al ser una letra en japonés, mi memoria solo rescataba con claridad el estribillo, pero la energía era contagiosa.
—Mmm, esta melodía es realmente buena —comentó mi madre, tomando la mano de Melissa mientras ambas empezaban a moverse al ritmo—.
Es…
¿cómo debería llamarlo?
¿Alegre?
No, es algo más…
vital.
—¡Me gusta!
¡Me dan ganas de salir corriendo!
—exclamó Melissa, emocionada.
No pude evitar sonreír al verlas bailar de forma tan desmañada.
Incluso la anciana pareció despertar de su trance y comenzó a tambalearse ligeramente de un lado a otro.
Me puse de pie, sin dejar de tocar, y me uní al balanceo.
Hacía años que no me sentía así.
Recordé aquellas noches de “crunch” extremo en mi vida anterior, atrapado en la oficina con mis amigos, sin ducharme y bajo una presión inhumana.
Cuando el estrés estaba a punto de rompernos, poníamos música a todo volumen y bailábamos como una bandada de patos sobre brasas.
Era feo, era caótico, pero era la única forma de no volvernos locos y salir corriendo.
Esos recuerdos me invadieron con una calidez renovada.
Las notas seguían fluyendo de la guitarra y, cuando llegó el estribillo, antes de darme cuenta, ya estaba cantando a pleno pulmón con ellas.
—¡Me levanto!
—canté, dejando que la voz rasgara un poco, dándole esa urgencia emocional que solo el directo posee—.
¡Y ayudaré a más gente que nadie en el mundo!
El estribillo resonaba contra las paredes de metal y cristal de la vieja tienda.
—¡Me levantaré!
Y seré el hombre que seque más lágrimas que nadie…
¡Eso no significa que estés solo!
En noches como esta, cuando sufras o te sientas perdido…
¡Ven a tomar algo conmigo!
Las chicas me miraron en shock por un segundo, procesando la energía cruda de la letra, antes de recuperar el ritmo y seguir bailando como patos cojos.
Yo simplemente sonreí y seguí rasgueando con fuerza.
—¡Levántate!
Cree en ti mismo…
¡avancemos juntos!
¡Me levantaré y seré el héroe más fuerte del mundo entero!
¡Seré el hombre con la sonrisa más amplia de todas!
Es demasiado pronto para juzgar…
¡Cuando toques fondo, persigue tus sueños!
¡VEN CONMIGO Y SUBE!
…
El último acorde vibró en el aire, dejando un rastro de electricidad estática en la habitación.
Lo que no llegué a notar en ese momento fue a Jade.
Se había quedado un poco más atrás, apoyada en un estante, con el rostro encendido y una expresión que mezclaba la admiración con algo mucho más profundo.
Muchos años después, durante una entrevista galáctica, alguien le preguntaría en qué momento exacto decidió tomar un camino artístico completamente diferente al de los demás cantantes de su generación.
Ella sonreiría con nostalgia y respondería: “Sucedió en una vieja tienda de instrumentos.
Allí, un niño me enseñó que la música no es una serie de algoritmos perfectos, sino una herramienta capaz de incendiar las emociones humanas.
Allí vi, por primera vez, el verdadero poder de un artista.” …
Galaxia Kepler, Planeta Capri.
…
Una nave de transporte militar con insignias de alto rango aterrizó en la plataforma privada del ático más exclusivo de la capital.
De ella descendió una pareja de ancianos cuyo porte gritaba décadas de mando en el frente.
Jade corrió hacia ellos con los brazos abiertos, pero se detuvo en seco ante la mirada de acero de su abuelo.
—Maldita mocosa —gruñó el anciano—.
Solo me voy cincuenta años y ya te atreves a casarte con un inútil y tener descendencia sin avisar.
—Abuelo, yo…
—¿Dónde está ese padre bueno para nada que tienes?
—interrumpió Christopher, un General de 12 estrellas, con una expresión de furia mal contenida.
—Está dentro…
—Más le vale estar preparado.
El anciano marchó hacia el apartamento como si fuera a tomar una trinchera enemiga.
Elena, su esposa, mantuvo una expresión indiferente mientras le daba una palmada suave en la espalda a su nieta al pasar.
—Tu abuelo está molesto por no haber recibido noticias de la boda ni del nacimiento de tu hija —susurró con calma—.
No le hagas mucho caso.
—Lo siento, abuela.
Sabía que estabais en una expedición profunda y no quería interferir con el deber.
La anciana no cambió el gesto y siguió a su marido.
Al entrar en el gran salón, se toparon con una escena surrealista: su hijo sostenía a su bisnieta en brazos, y ambos estaban tan absortos mirando una pantalla holográfica que no notaron la presencia del hombre más temido de la flota detrás de ellos.
—Ese autobús es…
inquietante.
Me pregunto si realmente existe una tecnología biológica así —murmuraba el padre de Beatrix, fascinado.
—Mira, abuelo, Totoro está muy feliz con su paraguas —decía Anya, señalando la pantalla.
—Jaja, mira esa cara de tonto que tiene.
Es mono, supongo.
—Sí…
casi tan tonto como la tuya —tronó una voz a sus espaldas.
—¡¿Qué?!
¡¿PADRE?!
—El hombre casi suelta a Anya del susto—.
¡¿Cuándo has llegado?!
—¡Eres un oficial inútil!
¡Ni siquiera tienes los sentidos alerta para detectar a tus propios padres!
—rugió Christopher—.
¡Al suelo ahora mismo!
Quiero ver 50,000 flexiones.
—Christopher, deja en paz a nuestro hijo —intervino Elena con voz gélida—.
Puede hacer 60,000 flexiones luego.
Ahora quiero conocer a mi bisnieta.
—Jaja, tienes razón, querida.
Tienes suerte, hijo…
por eso te dejaré hacer 70,000 flexiones en cuanto termine de ver esto.
…
—Bisabuela, ¿quieres ver a Totoro con nosotros?
—preguntó Anya, tirando del uniforme de Elena.
—¿Totoro?
¿Qué es eso?
—Es una película.
¡Te la enseño!
Elena observó el caos de su familia: su marido obligando a su hijo a subir la apuesta a 80,000 flexiones mientras este las hacía a regañadientes, y su nieta apartada, animando a su padre entre risas.
Suspiró levemente.
(¿Por qué no admitirá simplemente que los echaba de menos?), pensó Elena mientras se dejaba guiar por la pequeña Anya hacia el sofá.
(Creo que me permitiré divertirme un poco).
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