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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 38

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Capítulo 38: Capítulo 38: El Espejo del Cenit y la Resiliencia del Jade

​

​El cielo sobre la capital del Manglar de Jade comenzó a distorsionarse mucho antes de que el ataque se manifestara físicamente. A través del Ojo del Abismo, Kai percibió una concentración de energía solar tan masiva que el aire mismo empezó a ionizarse, creando pequeñas chispas doradas que danzaban sobre las hojas translúcidas del bosque.

No era la luz cálida de un amanecer, era un hambre abrasadora que descendía desde el punto más alto del firmamento.

​

—Vulkan ha movido su pieza —murmuró Kai, apretando el mango de la Quebrantacielos.

​

Desde su posición en el puente de raíces, observó cómo un punto de luz blanca, más brillante que diez soles, se materializaba en el cenit. Era el Espejo del Cenit, una reliquia del antiguo imperio capaz de doblar la luz natural hasta convertirla en un martillo de destrucción térmica. En las provincias del Rayo, el General Vulkan acababa de dar la orden de ignición.

​

—¡Kai, el domo térmico está superando los 500°C! —gritó Lyra, consultando frenéticamente su brújula rúnica, cuyos componentes empezaban a derretirse—.

¡Las hojas superiores del manglar se están convirtiendo en carbón! ¡Si el rayo hace contacto directo con el núcleo, la ciudad se convertirá en un volcán!

​

Kai no se inmutó. Cerró los ojos y se conectó con el sistema nervioso del bosque. Sintió el dolor de los árboles superiores, pero también sintió la inmensa reserva de agua que el Soberano de las Mareas había “donado” involuntariamente en el ataque anterior.

​

—Técnica de la Raíz Ancestral: El Reflejo del Vacío Esmeralda —sentenció Kai.

​En lugar de intentar endurecer la madera para resistir el calor, Kai ordenó a las raíces profundas bombear toda el agua filtrada hacia las hojas más altas. Al mismo tiempo, manipuló la gravedad para crear una lente cóncava de Qi plateado justo encima de la ciudad.

​

Cuando el rayo del Espejo del Cenit descendió, no impactó contra una superficie sólida. Golpeó una capa de vapor denso y frío, una neblina mística que Kai había cargado con la esencia del Abismo. La luz, capaz de vaporizar montañas, fue refractada.

Los ciudadanos observaron con asombro cómo el rayo de muerte se dividía en millones de prismas inofensivos, creando un arcoíris esmeralda que envolvió la ciudad en lugar de destruirla.

​

—¿Cómo es posible? —la voz de Vulkan, transmitida por un dispositivo de comunicación de largo alcance, llegó cargada de furia y desconcierto—. ¡Ninguna estructura orgánica puede sobrevivir al Cenit!

​

—El jade no es solo piedra, Vulkan, y este bosque no es solo madera —respondió Kai, y su voz vibró en cada átomo de oxígeno de la capital—. Es la memoria de la tierra. Y la tierra siempre ha sabido cómo sobrevivir al sol.

​

Kai no se detuvo en la defensa. Usando el rayo refractado como fuente de energía, cargó su propia técnica. Las raíces del manglar, ahora sobrecargadas de energía solar y gravitatoria, se dispararon hacia el cielo. No eran simples ramas; eran lanzas de jade sólido que buscaron la posición del Espejo del Cenit en la estratosfera.

​

El impacto fue silencioso pero definitivo. El Espejo del Cenit, la última gran joya tecnológica del imperio, se fragmentó en mil pedazos bajo la presión de las raíces de Kai.

La lluvia de cristales dorados cayó sobre el mundo, marcando el fin oficial de la superioridad aérea del Clan del Rayo.

​

Sin embargo, el esfuerzo de manipular tal magnitud de energía cobró su precio. Kai cayó de rodillas, y la mancha roja en su pecho latió con una violencia inusitada. El parásito del Emperador rió en su mente, alimentándose del agotamiento de sus canales de Qi.

​

—Hermano, tu corazón está ardiendo —dijo Meilin, acercándose y colocando sus manos sobre su pecho. El Qi verde de la Semilla fluyó instantáneamente, luchando contra la oscuridad roja—. Estás usando demasiado de ti mismo. No puedes seguir siendo el único escudo del mundo.

​

—Lo sé —susurró Kai, recuperando el aliento mientras su visión plateada volvía a la normalidad—. Pero mientras Vulkan y los demás generales respiren, el suelo que pisamos no será seguro. Si el sol ya no puede quemarnos desde arriba, intentarán envenenarnos desde adentro.

​

Kai se puso en pie, mirando hacia las provincias del Rayo. Sabía que Vulkan no se rendiría con la pérdida del espejo. El General era un hombre de fuego, y el fuego solo se detiene cuando no queda nada más por consumir.

​

—Preparen a los nómadas —ordenó Kai a Lyra—. Ya no esperaremos a que el cielo nos ataque. Mañana, la tierra marchará hacia el norte. Vamos a llevar el invierno de jade a las puertas de Vulkan.

​

¿Podrá Kai liderar una invasión a gran escala sin que el parásito solar tome el control total de su mente en el fragor de la batalla, o el General Vulkan tiene preparada una trampa de fuego terrestre que ni siquiera el Avatar de la Tierra puede anticipar?

​

​El silencio que siguió a la destrucción del Espejo del Cenit no fue de paz, sino de una tensión eléctrica que hacía que el aire en la capital del Manglar de Jade suppurara estática. Kai permanecía en el punto más alto del dosel forestal, con los ojos plateados fijos en el horizonte norteño, donde las tierras del Clan del Rayo todavía brillaban con una luz artificial y arrogante.

El esfuerzo de refractar el rayo solar de Vulkan había dejado surcos de energía residual en sus brazos, pero la mancha roja en su pecho, aunque vibrante, estaba siendo contenida por una red de Qi verde que Meilin alimentaba constantemente desde el núcleo del bosque.

​

—No vendrán más ataques desde el cielo, al menos no por hoy —dijo Kai, y su voz provocó que las hojas de cristal del manglar vibraran en una nota baja y poderosa—. Vulkan ha agotado su mayor juguete tecnológico, pero su orgullo es una llama que solo se apaga con el peso de la tierra encima.

​

Lyra subió hasta la plataforma, esquivando las lianas de jade que se movían con voluntad propia. Su rostro estaba marcado por el cansancio, pero sus ojos brillaban con la chispa de la resolución. A su espalda, los nómadas y los supervivientes de la capital se estaban agrupando, armados con lanzas de madera petrificada y escudos imbuidos en la esencia del Abismo.

​

—Los exploradores informan que Vulkan está fortificando el Paso de la Centella —informó Lyra, desplegando un mapa táctico que ahora incluía las nuevas rutas que Kai había creado a través de las raíces—. Si queremos llegar a su santuario, debemos atravesar el cañón. Pero él controla las alturas, y sus torres de inducción eléctrica pueden convertir el valle en una picadora de carne en segundos.

​

—Las alturas pertenecen al rayo, es cierto —respondió Kai, descendiendo de la plataforma con una ligereza que negaba su inmenso poder físico—. Pero Vulkan olvida que las montañas que sostienen sus torres son hijas de mis raíces. No vamos a marchar por el valle para ser blancos fáciles. Vamos a marchar por dentro de la montaña.

​

Kai cerró los ojos y colocó su palma sobre el tronco central del manglar. Inmediatamente, el suelo de la plaza comenzó a desplazarse. No fue un terremoto destructivo, sino una reconfiguración tectónica. Bajo los pies del ejército de nómadas, la tierra se plegó, creando una rampa descendente que conducía a una red de túneles colosales, cuyas paredes estaban reforzadas con venas de jade luminiscente.

​

—Técnica del Avatar: El Camino de la Raíz Errante —sentenció Kai.

​

La marcha comenzó. Mientras el ejército se internaba en las entrañas del continente, Kai caminaba a la cabeza, con la Quebrantacielos arrastrándose a su lado, dejando un surco de energía plateada en la piedra.

A medida que avanzaban hacia el norte, la temperatura descendía. No era un frío climático, sino el efecto de la absorción de energía que Kai realizaba para alimentar su avance. El “Invierno de Jade” estaba comenzando; dondequiera que Kai pisaba, la humedad del subsuelo se congelaba en cristales de cuarzo esmeralda, endureciendo el camino para sus seguidores.

​

Dentro de los túneles, Meilin caminaba al lado de su hermano. Su presencia era vital; ella actuaba como el ancla de humanidad de Kai. Cada vez que el Ojo del Abismo intentaba arrastrar la conciencia de su hermano hacia la frialdad absoluta de la tierra, ella tocaba su brazo, y el Qi de la Semilla devolvía el color a su piel.

​

—Siento su miedo, Kai —susurró Meilin—.

No solo el de los soldados de Vulkan, sino el de la tierra misma en el norte. Está seca, agrietada por el uso excesivo de los extractores de Qi solar. Están matando el suelo para alimentar sus torres.

​

—Por eso debemos ser rápidos —respondió Kai—. Vulkan está quemando el futuro de su pueblo para mantener su poder hoy. Si no lo detenemos, el norte se convertirá en un desierto de cristal donde nada volverá a crecer en mil años.

​

Tras varias horas de marcha subterránea, llegaron a la vertical del Paso de la Centella. Kai se detuvo y pidió silencio. A través de la vibración del granito, podía escuchar el zumbido de las torres de Vulkan arriba, preparadas para una invasión aérea o terrestre que nunca llegaría por la superficie.

​

—Lyra, prepara a los nómadas para el ascenso —ordenó Kai—. Cuando rompa la corteza, quiero que se aseguren de neutralizar los generadores. Yo me encargaré de Vulkan.

​

—¿Y el parásito solar, Kai? —preguntó Lyra con preocupación—. Si él desata su fuego terrestre mientras estás luchando contra el rayo de Vulkan…

​

—Si el Emperador quiere pelear, que lo haga contra sus propios súbditos —dijo Kai con una sonrisa gélida—. Voy a usar su propia furia para alimentar el golpe final.

​

Con un grito que resonó desde el núcleo de la tierra hasta la superficie, Kai lanzó la Quebrantacielos hacia el techo del túnel. El arma, imbuida con la gravedad del Abismo, perforó quinientos metros de roca sólida en un instante. El suelo del cañón del Paso de la Centella estalló hacia arriba, y el ejército de jade surgió de las profundidades como una pesadilla telúrica en medio del campamento enemigo.

​

El pánico fue absoluto. Los soldados del Clan del Rayo, acostumbrados a mirar al cielo esperando amenazas, se encontraron con lanzas de madera petrificada surgiendo de sus propios pies. Kai emergió en el centro de la fortaleza, envuelto en una neblina de polvo de diamante y Qi plateado.

​

Desde la torre principal, el General Vulkan observó el desastre. Su armadura carmesí brillaba con una intensidad eléctrica mientras desenvainaba una espada de plasma térmico que vibraba con una frecuencia de diez mil voltios.

​

—¡Avatar! —rugió Vulkan, lanzándose desde la torre envuelto en un torbellino de fuego y electricidad—. ¡Has cometido el error de salir de tu bosque! Aquí, en mi dominio, el sol y el rayo son uno solo. ¡Te convertiré en ceniza antes de que puedas invocar un solo grano de arena!

​

Vulkan impactó contra el suelo, creando un cráter de fuego. Pero Kai no retrocedió. Atrapó la espada de plasma con su mano de jade desnuda, y por primera vez, el parásito en su pecho no fue un enemigo. Kai permitió que el calor de Vulkan fluyera hacia la mancha roja, usándola como un filtro. La energía térmica del general fue absorbida por el Emperador interno de Kai, y a cambio, Kai expulsó una onda de choque de gravedad pura que hizo que la armadura de Vulkan se agrietara.

​

—Tu dominio es una ilusión construida sobre el robo —dijo Kai, y sus ojos plateados se fijaron en los de Vulkan con una intensidad que hizo que el general retrocediera—.

El invierno ha llegado al norte, Vulkan. Y no hay fuego lo suficientemente grande para detener el avance de un continente que ha decidido despertar.

​

El enfrentamiento final del Paso de la Centella había comenzado. Mientras los nómadas saboteaban las torres y liberaban a los esclavos de Qi, los dos titanes intercambiaban golpes que sacudían los cimientos de la cordillera.

​

¿Podrá Kai derrotar a Vulkan antes de que el parásito solar se sature de energía y decida reclamar el cuerpo del Avatar, o el General del Rayo tiene una última técnica prohibida que convertirá la montaña entera en una tumba de plasma?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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