Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo 39: El Invierno de Jade y la Marcha de las Raíces
El silencio que siguió a la destrucción del Espejo del Cenit no fue de paz, sino de una tensión eléctrica que hacía que el aire en la capital del Manglar de Jade suppurara estática. Kai permanecía en el punto más alto del dosel forestal, con los ojos plateados fijos en el horizonte norteño, donde las tierras del Clan del Rayo todavía brillaban con una luz artificial y arrogante.
El esfuerzo de refractar el rayo solar de Vulkan había dejado surcos de energía residual en sus brazos, pero la mancha roja en su pecho, aunque vibrante, estaba siendo contenida por una red de Qi verde que Meilin alimentaba constantemente desde el núcleo del bosque.
—No vendrán más ataques desde el cielo, al menos no por hoy —dijo Kai, y su voz provocó que las hojas de cristal del manglar vibraran en una nota baja y poderosa—. Vulkan ha agotado su mayor juguete tecnológico, pero su orgullo es una llama que solo se apaga con el peso de la tierra encima.
Lyra subió hasta la plataforma, esquivando las lianas de jade que se movían con voluntad propia. Su rostro estaba marcado por el cansancio, pero sus ojos brillaban con la chispa de la resolución. A su espalda, los nómadas y los supervivientes de la capital se estaban agrupando, armados con lanzas de madera petrificada y escudos imbuidos en la esencia del Abismo.
—Los exploradores informan que Vulkan está fortificando el Paso de la Centella —informó Lyra, desplegando un mapa táctico que ahora incluía las nuevas rutas que Kai había creado a través de las raíces—. Si queremos llegar a su santuario, debemos atravesar el cañón. Pero él controla las alturas, y sus torres de inducción eléctrica pueden convertir el valle en una picadora de carne en segundos.
—Las alturas pertenecen al rayo, es cierto —respondió Kai, descendiendo de la plataforma con una ligereza que negaba su inmenso poder físico—. Pero Vulkan olvida que las montañas que sostienen sus torres son hijas de mis raíces. No vamos a marchar por el valle para ser blancos fáciles. Vamos a marchar por dentro de la montaña.
Kai cerró los ojos y colocó su palma sobre el tronco central del manglar. Inmediatamente, el suelo de la plaza comenzó a desplazarse. No fue un terremoto destructivo, sino una reconfiguración tectónica. Bajo los pies del ejército de nómadas, la tierra se plegó, creando una rampa descendente que conducía a una red de túneles colosales, cuyas paredes estaban reforzadas con venas de jade luminiscente.
—Técnica del Avatar: El Camino de la Raíz Errante —sentenció Kai.
La marcha comenzó. Mientras el ejército se internaba en las entrañas del continente, Kai caminaba a la cabeza, con la Quebrantacielos arrastrándose a su lado, dejando un surco de energía plateada en la piedra.
A medida que avanzaban hacia el norte, la temperatura descendía. No era un frío climático, sino el efecto de la absorción de energía que Kai realizaba para alimentar su avance. El “Invierno de Jade” estaba comenzando; dondequiera que Kai pisaba, la humedad del subsuelo se congelaba en cristales de cuarzo esmeralda, endureciendo el camino para sus seguidores.
Dentro de los túneles, Meilin caminaba al lado de su hermano. Su presencia era vital; ella actuaba como el ancla de humanidad de Kai. Cada vez que el Ojo del Abismo intentaba arrastrar la conciencia de su hermano hacia la frialdad absoluta de la tierra, ella tocaba su brazo, y el Qi de la Semilla devolvía el color a su piel.
—Siento su miedo, Kai —susurró Meilin—.
No solo el de los soldados de Vulkan, sino el de la tierra misma en el norte. Está seca, agrietada por el uso excesivo de los extractores de Qi solar. Están matando el suelo para alimentar sus torres.
—Por eso debemos ser rápidos —respondió Kai—. Vulkan está quemando el futuro de su pueblo para mantener su poder hoy. Si no lo detenemos, el norte se convertirá en un desierto de cristal donde nada volverá a crecer en mil años.
Tras varias horas de marcha subterránea, llegaron a la vertical del Paso de la Centella. Kai se detuvo y pidió silencio. A través de la vibración del granito, podía escuchar el zumbido de las torres de Vulkan arriba, preparadas para una invasión aérea o terrestre que nunca llegaría por la superficie.
—Lyra, prepara a los nómadas para el ascenso —ordenó Kai—. Cuando rompa la corteza, quiero que se aseguren de neutralizar los generadores. Yo me encargaré de Vulkan.
—¿Y el parásito solar, Kai? —preguntó Lyra con preocupación—. Si él desata su fuego terrestre mientras estás luchando contra el rayo de Vulkan…
—Si el Emperador quiere pelear, que lo haga contra sus propios súbditos —dijo Kai con una sonrisa gélida—. Voy a usar su propia furia para alimentar el golpe final.
Con un grito que resonó desde el núcleo de la tierra hasta la superficie, Kai lanzó la Quebrantacielos hacia el techo del túnel. El arma, imbuida con la gravedad del Abismo, perforó quinientos metros de roca sólida en un instante. El suelo del cañón del Paso de la Centella estalló hacia arriba, y el ejército de jade surgió de las profundidades como una pesadilla telúrica en medio del campamento enemigo.
El pánico fue absoluto. Los soldados del Clan del Rayo, acostumbrados a mirar al cielo esperando amenazas, se encontraron con lanzas de madera petrificada surgiendo de sus propios pies. Kai emergió en el centro de la fortaleza, envuelto en una neblina de polvo de diamante y Qi plateado.
Desde la torre principal, el General Vulkan observó el desastre. Su armadura carmesí brillaba con una intensidad eléctrica mientras desenvainaba una espada de plasma térmico que vibraba con una frecuencia de diez mil voltios.
—¡Avatar! —rugió Vulkan, lanzándose desde la torre envuelto en un torbellino de fuego y electricidad—. ¡Has cometido el error de salir de tu bosque! Aquí, en mi dominio, el sol y el rayo son uno solo. ¡Te convertiré en ceniza antes de que puedas invocar un solo grano de arena!
Vulkan impactó contra el suelo, creando un cráter de fuego. Pero Kai no retrocedió. Atrapó la espada de plasma con su mano de jade desnuda, y por primera vez, el parásito en su pecho no fue un enemigo. Kai permitió que el calor de Vulkan fluyera hacia la mancha roja, usándola como un filtro. La energía térmica del general fue absorbida por el Emperador interno de Kai, y a cambio, Kai expulsó una onda de choque de gravedad pura que hizo que la armadura de Vulkan se agrietara.
—Tu dominio es una ilusión construida sobre el robo —dijo Kai, y sus ojos plateados se fijaron en los de Vulkan con una intensidad que hizo que el general retrocediera—.
El invierno ha llegado al norte, Vulkan. Y no hay fuego lo suficientemente grande para detener el avance de un continente que ha decidido despertar.
El enfrentamiento final del Paso de la Centella había comenzado. Mientras los nómadas saboteaban las torres y liberaban a los esclavos de Qi, los dos titanes intercambiaban golpes que sacudían los cimientos de la cordillera.
¿Podrá Kai derrotar a Vulkan antes de que el parásito solar se sature de energía y decida reclamar el cuerpo del Avatar, o el General del Rayo tiene una última técnica prohibida que convertirá la montaña entera en una tumba de plasma?
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