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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 44

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Capítulo 44: Capítulo 44: El Velo Desgarrado y los Ecos de la Nada

​El regreso a la Capital del Manglar de Jade no fue la celebración triunfal que los nómadas y los ciudadanos supervivientes esperaban. Aunque el cielo del norte finalmente se había despejado de las opresivas nubes de tormenta y la flota del Soberano de las Mareas se batía en una retirada estratégica hacia los confines del Océano de Eter, una atmósfera de inquietud antinatural pesaba sobre las hojas de cristal de la ciudad. Kai, caminando al frente de la procesión con la armadura de jade todavía astillada por el combate en las minas, no miraba a la multitud que lo vitoreaba desde los balcones de raíces; sus ojos plateados estaban fijos en los espacios vacíos entre los edificios, allí donde la realidad parecía perder nitidez, como un dibujo borrado por una mano descuidada.

​

—¿Lo sientes tú también, verdad? —susurró el anciano guardián, caminando a su lado con el paso inusualmente pesado, apoyándose en su báculo de sauce blanco como si el suelo mismo le robara las fuerzas

—. El sellado del Emperador no solo quitó un peso de tu pecho y una tiranía del cielo, Kai. Alteró el tejido fundamental de este plano existencial. Al encerrar una fuerza tan masiva de luz, calor y voluntad en una tumba de silencio absoluto como es el cuarzo blanco, has creado lo que los antiguos llamaban una “vacante mística”. Y la Nada, el vacío primordial que acecha fuera de los elementos, no tolera los espacios sin dueño.

​

Kai se detuvo frente al gran árbol central, el corazón vibrante del manglar donde Meilin solía meditar para armonizar el Qi de la tierra. Notó con un escalofrío que las puntas de algunas hojas de jade, antes vibrantes y llenas de una vida casi pulsante, ahora estaban adquiriendo un tono gris ceniciento. No era un color de marchitez orgánica, ni de enfermedad vegetal; era una ausencia total de pigmento, una transparencia grisácea que sugería que la materia misma se estaba desvaneciendo.

​

—Están aquí —dijo Kai, y su voz, imbuida en la gravedad del Abismo, provocó que la temperatura de la plaza descendiera varios grados de forma instantánea—. No son seres de carne, ni entidades de Qi elemental que podamos razonar o combatir con lanzas. Son parásitos de la existencia misma, sombras de lo que nunca fue.

​

De repente, una distorsión geométrica se manifestó cerca de la fuente de agua purificada del centro. No fue una explosión de energía, ni un portal brillante de los que usaban los Señores del Rayo. Fue como si un trozo de la realidad tridimensional hubiera sido arrancado violentamente con una tinta invisible. De esa nada absoluta surgió una figura alta, desgarbada y carente de rostro, cuya silueta vibraba fuera de fase con el resto del mundo, dejando una estela de estática visual a su paso. Era un Ente de la Nada, un recolector de los restos de los imperios que se atrevían a desafiar el equilibrio de los siglos.

​

Los nómadas gritaron y levantaron sus lanzas de madera petrificada, imbuidas con el poder de la tierra, pero cuando intentaron atacar, sus armas simplemente atravesaron la figura como si fuera humo gélido o una ilusión óptica. El Ente no contraatacó de forma física; simplemente caminó con una lentitud aterradora hacia Meilin, extendiendo una mano que terminaba en filamentos de oscuridad absoluta que parecían devorar la luz a su alrededor.

​

—¡Atrás, criatura del vacío! —rugió Kai, interponiéndose entre su hermana y la aparición con la Quebrantacielos girando en su mano derecha.

​

Al golpear con su cadena pesada, cargada con la densidad infinita del Abismo, Kai descubrió con un horror que rara vez sentía que el impacto no generaba un sonido metálico o un choque de fuerzas. Fue un “clac” seco y sordo, como si estuviera golpeando un cristal vacío de contenido. El Ente se detuvo en seco, inclinando su cabeza inexistente hacia un lado, y por un segundo de agonía pura, Kai sintió que su propia energía vital —el Qi que tanto le había costado cultivar— era succionada hacia la figura, drenada por un hambre que no conocía límites.

​

—Técnica de la Tierra Primordial: La Jaula de los Mil Siglos —sentenció Kai, clavando su puño de jade directamente en el suelo de la plaza.

​

Columnas de jade sólido y cuarzo blanco brotaron en un círculo perfecto alrededor del Ente, pero Kai no las usó para golpearlo físicamente, sino para crear una cámara de resonancia de Qi extremadamente denso. Comprendió instantáneamente que a estos seres no se les podía herir con la fuerza bruta de los músculos o el filo de las armas; había que otorgarles una “forma” física, una ancla en la realidad, para poder contenerlos.

El jade envolvió la distorsión, obligando al Ente a solidificarse dentro del mineral por pura presión gravitatoria. Por un momento, la figura quedó atrapada, convirtiéndose en una estatua de oscuridad translúcida dentro de una prisión de esmeralda.

​

—Esto es solo un explorador, un heraldo de lo que vendrá —advirtió el anciano guardián, observando con ojos expertos la figura capturada, que todavía parecía vibrar dentro de la piedra—. Vienen por la Semilla de Meilin.

Ella representa la mayor concentración de vida pura y potencial en este continente devastado, y para los Entes de la Nada, ella es el faro absoluto que ilumina su hambre infinita. Han sentido que el pastor del sol se ha ido y creen que el rebaño de la existencia está indefenso.

​

Meilin se acercó a la estatua de jade con una curiosidad que rozaba la imprudencia. Al rozar la superficie del mineral con sus dedos, el jade se volvió negro instantáneamente, como si fuera infectado por una plaga cromática. Ella retrocedió de un salto, con el rostro pálido y las manos temblorosas.

​

—No quieren matarnos de la forma en que lo hacía el Emperador —susurró Meilin, y su voz resonó en la mente de Kai a través de su vínculo—. Quieren “deshacernos”, Kai.

Dicen que este mundo ya no tiene un sol que lo sostenga en su órbita espiritual, y que la tierra que tú representas es demasiado pesada y vieja para flotar sola en el vacío cómplice. Dicen que es hora de que todo vuelva al Silencio Original, a la nada de donde venimos.

​

Kai sintió que el sello de cuarzo en su propio pecho, esa prisión interna donde dormía el parásito del Emperador, daba un latido de advertencia violento. El Sol Negro, encerrado en su jaula de cristal interno, pareció reírse con un desprecio milenario. El remanente del monarca sabía perfectamente que Kai necesitaría su fuego solar, la única fuerza capaz de “iluminar” y disipar la nada, para combatir a estos nuevos invasores, y estaba esperando pacientemente a que el Avatar cometiera el error de liberar el sello para salvar a sus seres queridos.

​

—No usaré tu fuego, viejo enemigo —murmuró Kai hacia sus propios adentros, con una voluntad de hierro—. Si la Nada quiere silencio, les daré el silencio eterno de las profundidades de la tierra, allí donde ni siquiera el vacío puede penetrar.

​

Kai se volvió hacia Lyra, quien ya estaba organizando con eficiencia a los cartógrafos y a los sabios nómadas para desplegar sensores de vibración y detectar más distorsiones espaciales en el perímetro de la ciudad.

​

—Refuercen cada nodo de cuarzo blanco en el perímetro del manglar —ordenó Kai con una voz que no admitía réplicas—.

Necesitamos convertir la capital entera en una campana de resonancia gigante. Si el vacío intenta entrar en contacto con nuestra tierra pura, se verá obligado a manifestarse físicamente por la presión de la frecuencia. Y una vez que tengan forma y peso, los enterraremos a todos bajo toneladas de jade.

​Lyra asintió con firmeza, aunque su mirada reflejaba una preocupación que no podía ocultar.

—Kai, no podemos luchar eternamente contra algo que no podemos ver venir y que ignora nuestras murallas. Estos seres aparecen desde adentro de nuestras propias sombras, desde los rincones donde la luz no llega.

​

—Entonces no dejaremos que existan las sombras —respondió Kai, y sus ojos plateados brillaron con una determinación gélida que asustó a los presentes—. Vamos a imbuir cada rama del manglar con el Qi vital de Meilin y mi propia gravedad. Vamos a crear un domo de existencia tan denso y vibrante que nada que no posea un alma o una chispa de vida pueda cruzarlo sin ser aplastado por el peso de la realidad.

​

Mientras la ciudad entera se transformaba en una fortaleza metafísica para el asedio de lo invisible, Kai se sentó en la base del gran árbol central. Cerró los ojos y expandió su conciencia por toda la red de raíces, sintiendo con horror cómo el velo de la realidad en los bordes más remotos del continente se estaba deshilachando como una tela vieja. Sabía que esta no era una guerra común por el territorio o el poder político, como las que libró contra Vulkan o el Soberano de las Mareas. Esta era la guerra definitiva por el derecho básico a existir y a ser recordados por el universo.

​

En la distancia infinita, más allá de los mares de Eter, miles de distorsiones similares empezaron a aparecer sobre las aguas, caminando con una indiferencia divina, ignorando las murallas físicas y las leyes de la física que los hombres daban por sentadas. Los Entes de la Nada habían llegado finalmente para reclamar el mundo que el Sol, en su arrogancia y caída, había dejado abandonado a su suerte.

​

¿Podrá Kai mantener la integridad estructural de la realidad en la Capital del Manglar antes de que los Entes consuman la esencia vital de Meilin, o se verá obligado a tomar la decisión más peligrosa de su vida: romper el sello de cuarzo y liberar voluntariamente al Emperador para tener una oportunidad de fuego contra la Nada absoluta?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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