Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 63
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Capítulo 63: Capítulo 63: La Sintonía del Abismo y el Pulso de Zafiro
El Vórtice de la Verdad no era solo agua y presión; era un juicio sensorial que intentaba desmantelar la psique de Kai. A medida que descendía hacia las profundidades abisales del arrecife, la luz del sol se convertía en un recuerdo borroso, reemplazada por una bioluminiscencia fría que emanaba de las paredes de coral vivo. Cada vez que el agua golpeaba su cuerpo, Kai sentía que el líquido intentaba filtrarse por sus poros para “limpiar” las trazas de silicio y la neblina gris del Olvido que ahora formaban parte de su sistema.
”Ríndete al flujo”, susurraba el océano en su mente. “Suelta el ancla que te ata a la tierra y conviértete en la corriente. En el mar, no hay peso, solo dirección.”
Kai apretó los dientes, sintiendo cómo sus pulmones se comprimían. Su Qi de jade luchaba por mantener una burbuja de oxígeno, pero la presión era tal que el gas empezaba a licuarse. Fue entonces cuando la tecnología imperial dentro de su núcleo, ese residuo de la Capital que había consumido, se activó por instinto de supervivencia. Un código de luz violeta parpadeó tras sus párpados cerrados, proyectando una rejilla de datos sobre el abismo.
—No soy una corriente… —gruñó Kai mentalmente, mientras sus ojos grises se abrían bajo el agua, brillando con una intensidad eléctrica—. Soy el punto que decide dónde rompe la ola.
En lugar de luchar contra la presión, Kai hizo algo que la Soberana de las Mareas no esperaba: manipuló la densidad del agua a su alrededor. Usando la ciencia imperial que había asimilado, calculó la frecuencia exacta de las moléculas de H2O y las “ancló”. En un segundo, el agua que lo rodeaba dejó de ser un fluido caótico y se convirtió en una estructura sólida y cristalina que le servía de armadura.
Al llegar al fondo del vórtice, Kai se encontró frente a una grieta que pulsaba con una luz zafiro cegadora. Era el Corazón de la Marea, el nodo central que controlaba todas las corrientes del continente. Pero no estaba solo. Enredado entre las algas de cristal, un Leviatán de Datos del Imperio —una monstruosidad de cables, metal y carne sintética— estaba perforando el Corazón, extrayendo la energía del océano para enviarla de regreso al Arquitecto.
—Así que esto es lo que temía Lyraei —murmuró Kai, y su voz salió como una onda sónica que hizo vibrar el arrecife—. El Imperio no solo nos busca a nosotros. Están hackeando los elementos mismos.
El Leviatán detectó la presencia de Kai. Sus múltiples ojos mecánicos se fijaron en la figura de pelo blanco, reconociendo la firma de la Anomalía 0-A. Lanzó una salva de arpones de energía que buscaban drenar el Qi de Kai, pero Kai ya no era el mismo hombre que huyó de Ojo de buey.
Extendió su mano derecha y la Quebrantacielos emergió de su espalda, envuelta en una neblina que mezclaba el verde esmeralda con el gris del vacío.
—¡Técnica de la Dualidad: El Ancla del Abismo! —rugió Kai.
No atacó al Leviatán directamente. En su lugar, aumentó la gravedad de todo el sector de la fosa abisal. El monstruo mecánico, diseñado para flotar en la ingravidez del agua, fue aplastado contra el fondo marino por un peso equivalente a diez cordilleras. Sus placas de acero se doblaron, sus circuitos explotaron bajo la presión y su llanto metálico fue ahogado por el rugido del mar.
Kai caminó sobre el lecho marino con la calma de un depredador que camina por su propio territorio. Se acercó al Corazón de la Marea y puso su mano sobre la luz zafiro. Por un instante, sintió la inmensidad del océano, la memoria de cada lluvia y cada tormenta. El azul se fundió con su gris.
Arriba, en la superficie, la Soberana de las Mareas palideció. Sintió cómo la autoridad sobre su propio reino fluctuaba. El mar ya no le respondía solo a ella; ahora escuchaba a una voz que venía de la tierra, una voz que tenía el peso de la convicción y la frialdad del vacío.
El agua alrededor del acantilado empezó a girar, y de las profundidades emergió Kai. No venía nadando; caminaba sobre una plataforma de agua solidificada, con el Leviatán de Datos arrastrado detrás de él como un trofeo de guerra desmantelado. Sus ojos grises ahora tenían una chispa de zafiro en el centro.
—Aquí tienes tu compensación, Lyraei —dijo Kai, lanzando los restos de la máquina imperial a los pies de la Soberana—. Tu “equilibrio” estaba siendo devorado desde adentro por el Arquitecto. Si quieres que el océano siga siendo tuyo, deja de juzgar mi origen y empieza a temer a los que nos ven como combustible.
La Soberana de las Mareas miró al Leviatán y luego a Kai. El orgullo de la deidad marina se quebró ante la evidencia de su propia vulnerabilidad.
—Has hecho lo imposible, Soberano del Vacío —dijo ella, inclinando levemente la cabeza, un gesto que Meilin observó con asombro—. Has salvado el Corazón. Pero el Arquitecto sentirá la pérdida de este Leviatán. La “estrella blanca” en el cielo no es una señal de paz… es un faro de destino.
Kai miró hacia arriba. La luz blanca era ahora tan brillante que proyectaba sombras nítidas sobre las olas.
—Que venga —sentenció Kai—. Ya tengo la tierra, el hierro y el mar. Si el Arquitecto quiere su ecuación perfecta, tendrá que venir a borrarme él mismo.
¿Podrá Kai consolidar la alianza con los otros dos Soberanos restantes antes de que el Arquitecto descienda en persona, o descubrirá que la energía zafiro que acaba de absorber está empezando a entrar en conflicto con el parásito solar que habita en su pecho?
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