Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 81
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Capítulo 81: El Choque de Singularidades y la Danza del Vacío
El impacto entre Kai y el Heraldo del Entropía no produjo un sonido metálico, sino un desgarro en la realidad que vació el aire de Ojo de buey por un instante eterno. Cuando la Quebrantacielos chocó contra el estandarte de sombra del Heraldo, la luz cian del Nexo y la oscuridad absoluta del vacío se anularon mutuamente, creando una esfera de “no-espacio” que pulverizó el suelo de hierro bajo sus pies. Kai sintió la presión de mil galaxias intentando colapsar sus pulmones, pero su anclaje, ahora reforzado por el corazón de Gaia, lo mantuvo firme en el centro del huracán.
El Heraldo, cuya armadura translúcida parecía compuesta por estrellas muertas, no retrocedió. Su montura de vacío emitió un aullido que no se escuchó con los oídos, sino con los huesos, una vibración que intentaba desestabilizar la cohesión molecular de Kai.
—Eres persistente, criatura de arcilla —la voz del Heraldo resonó dentro de la mente de Kai, fría como el espacio profundo—. Pero tu voluntad es solo un parpadeo en la noche del tiempo. El Rey del Entropía ha devorado civilizaciones que hacían que tu mundo pareciera un grano de arena. Tu masa es una ilusión que yo mismo voy a disipar.
—Entonces intenta borrar esto —rugió Kai.
Haciendo gala de su nueva Gravedad Solar, Kai no lanzó un golpe físico. En su lugar, comprimió el espacio alrededor del brazo derecho del Heraldo. La armadura translúcida crujió y se deformó, siendo succionada hacia un punto de densidad infinita que Kai generó en la punta de sus dedos. El Heraldo, por primera vez, mostró una fluctuación en su forma; su brazo empezó a pixelarse, perdiendo su definición mientras el vacío intentaba luchar contra la atracción irresistible de la gravedad de Kai.
Desde los límites de la aldea, los Soberanos observaban la batalla con una mezcla de horror y asombro. Lyraei mantenía el escudo de agua en un estado de supercongelación para evitar que las ondas de choque desintegraran las casas de diamante, mientras el Soberano del Hierro reforzaba los cimientos de la tierra para que el continente no se partiera en dos bajo el peso de Kai.
—¡Kai está forzando el Ancla más allá de su límite! —gritó Vaelen, cuyas corrientes de aire eran succionadas por el vacío de la batalla—. ¡Si continúa aumentando la densidad, creará una singularidad que se tragará toda la provincia!
Meilin, dentro de la panadería, apretaba sus manos contra el cristal de diamante. Podía sentir el dolor de su hermano. No era un dolor de heridas, era el dolor de un ser que está siendo estirado a través de dos dimensiones. La Raíz Madre pulsaba con un rojo de advertencia, indicando que el parásito solar de Kai estaba empezando a consumir el Éter del planeta para alimentarse.
—¡No lo dejes solo, Gaia! —suplicó Meilin al suelo—. ¡Dale tu peso, no dejes que el vacío lo aligere!
En el campo de batalla, el Heraldo alzó su estandarte negro y realizó un barrido horizontal. Una cuchilla de entropía pura cortó el aire, borrando la existencia de todo lo que tocaba. Kai saltó, pero el ataque fue tan rápido que rozó su capa de energía, borrando instantáneamente una parte de su aura cian. Kai sintió un vacío repentino en su memoria; por un segundo, olvidó el nombre de su primera maestra de panadería. El ataque del Heraldo no mataba el cuerpo; mataba la historia del sujeto.
—Cada golpe que recibas, Kai de Ojo de buey, te hará más ligero —sentenció el Heraldo—. Pronto, no quedará nada de ti, ni siquiera el recuerdo de tu sacrificio.
Kai aterrizó pesadamente, sintiendo que su brazo izquierdo se volvía translúcido. El miedo, esa emoción humana que el Arquitecto despreciaba, intentó apoderarse de él. Pero entonces, Kai miró hacia la panadería y vio a Meilin. Recordó la promesa que le hizo al planeta: que él sería el puente, no la herramienta.
—Si quieres mi historia, tendrás que tragarte todo el peso de este mundo —dijo Kai, y su cabello blanco se encendió en una llamarada de fuego esmeralda y cian—. ¡Soberanos! ¡Sincronización de Grado Omega! ¡Denme todo su peso!
Lyraei, Vaelen y el Hierro no dudaron. Canalizaron sus esencias a través del Nexo, enviando sus frecuencias directamente al núcleo de Kai. La Quebrantacielos cambió de forma, alargándose hasta convertirse en una lanza de luz blanca incandescente que contenía la presión de las profundidades marinas, la fuerza de los huracanes, la solidez del hierro y la fertilidad de la tierra.
—¡ANCLAJE FINAL: EL IMPACTO DE LAS ERAS! —gritó Kai, lanzándose contra el Heraldo una vez más.
Esta vez, no hubo sutileza. Kai se convirtió en un meteoro de realidad pura. El Heraldo intentó levantar un escudo de entropía, pero la lanza de Kai atravesó la nada como si fuera papel. La punta de la Quebrantacielos se hundió en el pecho de la armadura de estrellas muertas, inyectando billones de años de evolución biológica en un ser que solo conocía el silencio.
El Heraldo emitió un grito desgarrador que hizo que las grietas negras del cielo se cerraran violentamente. Su cuerpo empezó a brillar con una luz verde y plateada, las “cicatrices de la vida” recorriendo su forma de vacío hasta que, con una explosión de energía cian, se desintegró en una nube de polvo estelar inofensivo.
El silencio volvió a Ojo de buey, pero era un silencio de agotamiento absoluto. Kai cayó de rodillas, su lanza volviendo a ser una espada de jade agrietada. Su brazo izquierdo seguía siendo parcialmente translúcido, y sus ojos estaban fijos en el suelo, vacíos de toda emoción por unos segundos.
Eara, que había permanecido oculta tras la nave en forma de lágrima, salió a la luz. Su rostro estaba pálido de terror.
—Lo has vencido… pero el precio ha sido demasiado alto, Kai. Has usado la energía vital del planeta para un solo ataque. Mira a tu alrededor.
Kai levantó la vista. El bosque biomecánico que rodeaba la aldea se había marchitado. Las hojas de cristal estaban opacas y el suelo ya no respiraba. Para ganar la batalla, Kai había drenado un radio de diez kilómetros de toda su energía vital.
—El planeta está herido, Kai —susurró Meilin, saliendo de la panadería—. Gaia está entrando en un letargo profundo para recuperarse. Estaremos desprotegidos.
Kai intentó ponerse en pie, pero sus piernas cedieron.
—Valió la pena… el Heraldo ha muerto.
—No —dijo Eara, señalando hacia el espacio, donde una única estrella negra empezaba a crecer en tamaño—. El Heraldo era solo el mensajero. Lo que viste hoy fue solo un porcentaje del poder del Rey. El ataque de Kai ha revelado nuestra ubicación exacta a la flota principal. Tienen tres días terrestres antes de llegar aquí.
Kai miró sus manos de obsidiana. Había salvado la aldea, pero había dejado al planeta en coma. La “Unión de los Cuatro” era ahora la única defensa de un mundo que se negaba a despertar de nuevo.
—Tres días —murmuró Kai, y una chispa de su antigua voluntad regresó a sus ojos—. En tres días, un panadero puede aprender a hornear un sol. Prepárense… porque si el Rey quiere silencio, le vamos a dar el rugido más grande que el universo haya escuchado jamás.
¿Podrá Kai restaurar la energía de Gaia antes de que la flota del Rey del Entropía llegue, o descubrirá que el único modo de salvar el mundo es sacrificar su propia existencia para convertirse en el nuevo sol del sistema?
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