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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 80

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Capítulo 80: El Protocolo de la Lágrima y la Traición de las Estrellas

​El aire en la reconstruida Ojo de buey se volvió gélido, pero no era el frío de la nieve, sino el de una ausencia absoluta de calor. La panadería de diamante, que pulsaba con el latido cian del Nexo, parecía ser el único refugio de “realidad” frente a la nave en forma de lágrima que descansaba sobre la calle de hierro. Eara, la mujer del uniforme imperial, permanecía con las manos cruzadas a la espalda, observando a Kai con una mezcla de curiosidad científica y una compasión que resultaba casi insultante para alguien que acababa de enfrentar a los Segadores.

​Kai no bajó la Quebrantacielos. La energía gris del Olvido y el fuego esmeralda del parásito bailaban sobre el filo de la espada, creando una distorsión gravitatoria que hacía que los pequeños guijarros del suelo orbitaran alrededor de sus pies.

​—Una superviviente del Arquitecto —repitió Kai, y su voz resonó como el choque de dos montañas metálicas—. El Arquitecto no dejaba supervivientes, Eara. Él dejaba datos procesados. ¿Cómo es que conservas tus ojos humanos en una flota de silicio?

​Eara sonrió, una mueca amarga que reveló una cicatriz plateada que recorría su cuello, desapareciendo bajo el cuello rígido de su uniforme.

—Porque yo no era una herramienta, Soberano. Yo era la Arquitecta Original. El ser que destruiste en la Capital no era más que una copia de seguridad, una inteligencia artificial que se volvió loca con su propio algoritmo de perfección. Yo fui quien diseñó el sistema de anclaje que tú ahora portas, y por eso mismo, soy la única que sabe lo que el Rey del Entropía planea hacer contigo.

​El Soberano del Hierro dio un paso al frente, su armadura emitiendo un zumbido de advertencia.

—¿Diseñaste el sistema de anclaje? Estás diciendo que la agonía de este mundo, la esclavitud del jade y el borrado de nuestra historia fueron tu creación.

​—Fue una medida de cuarentena —respondió Eara, su voz firme a pesar de la presión gravitatoria que Kai ejercía sobre ella—. El universo está muriendo, Soberano. Los Segadores del Entropía son los anticuerpos de un cosmos que ha decidido que la vida es una enfermedad costosa. El Imperio del Silicio no buscaba esclavizar por placer; buscaba “congelar” la vida en un estado de datos inmutables para que los Segadores no pudieran detectarnos. El Arquitecto se desvió del plan, pero el objetivo era el mismo: salvar la esencia a costa de la libertad.

​Kai bajó lentamente la espada, aunque su aura no disminuyó. Sintió que el planeta, a través del Nexo, estaba analizando las palabras de la mujer. No detectó mentira, sino algo peor: una lógica fría que ya no consideraba al individuo como algo valioso.

​—Dices que el Rey del Entropía viene por mi anclaje —dijo Kai, acercándose a ella. Su presencia era tan densa que Eara tuvo que retroceder un paso—. Explícate.

​—El Ancla no es solo un estabilizador de gravedad, Kai —Eara señaló el pecho del joven, donde el Éter cian brillaba bajo la piel de obsidiana—. Es un Horizonte de Sucesos Portátil. El Rey del Entropía no puede entrar en un mundo que tiene un Ancla activa porque su naturaleza es el desorden absoluto. Pero si logra corromperte, si logra que tu voluntad flaquee y que el Ancla colapse hacia adentro, creará un agujero negro de entropía que no solo devorará este planeta, sino que servirá como una puerta para que su flota entre en esta dimensión.

​Meilin, que había estado escuchando desde la puerta de la panadería, apretó la Raíz Madre contra su pecho.

—Entonces, Kai es el escudo… pero también es la llave.

​—Exactamente, pequeña —Eara miró a Meilin con una tristeza infinita—. Por eso estoy aquí. No para pedir perdón, sino para advertirles. La primera oleada de sombras que Kai destruyó no fue un ataque. Fue un escaneo. Ahora saben exactamente cuánta presión emocional puede soportar el Ancla antes de fracturarse. Y créeme, el Rey del Entropía es un maestro en encontrar las fisuras del alma.

​Un estruendo sordo sacudió el suelo de Ojo de buey. En el cielo, más allá de la luminiscencia plateada, una serie de relámpagos negros empezaron a rasgar el firmamento. No eran rayos naturales; eran grietas en la tela del espacio. La segunda fase de la invasión estaba comenzando antes de lo previsto.

​—¡Soberanos, a sus posiciones! —ordenó Kai, y su autoridad hizo que incluso Eara se enderezara—. Lyraei, refuerza el escudo de agua con la frecuencia de Eara si es necesario. Vaelen, no dejes que el aire pierda su densidad. Hierro, quiero que rodees la aldea con una muralla de metal vivo; nadie entra ni sale de este Eje.

​—¿Y tú qué harás, Kai? —preguntó Vaelen, elevándose en una corriente de aire.

​—Voy a hacer lo que mejor sabe hacer un panadero cuando la masa no sube —dijo Kai, y por un segundo, sus ojos volvieron a ser los del joven de Ojo de buey—. Voy a controlar el calor.

​Kai entró en la panadería de diamante y se dirigió al horno que contenía la singularidad cian. Sabía que Eara tenía razón. Su mayor peligro no eran las sombras, sino su propia desesperación. Se sentó frente al fuego y cerró los ojos, entrando en una meditación profunda que Gaia le había enseñado en el Nexo.

​Tenía que separar sus recuerdos de su poder. Tenía que convertir su amor por Meilin y su nostalgia por el pasado en una armadura, no en una debilidad. Pero mientras lo intentaba, el vacío volvió a susurrar. Esta vez, la voz no era la de los Segadores. Era la suya propia.

​”¿Cuánto tiempo más podrás sostener este peso, Kai? ¿No estarías más tranquilo si simplemente dejaras de ser?”

​Kai apretó los puños. Sintió que la gravedad en la habitación aumentaba hasta que el cristal de diamante empezó a crujir.

—No soy una variable. No soy un dato. Soy el hijo de esta tierra.

​Fuera, la primera grieta negra se abrió completamente, y de ella no salieron naves, sino una sola figura. Era un caballero de armadura translúcida, montado sobre una bestia hecha de vacío puro. En su mano portaba un estandarte que no ondeaba, sino que absorbía la luz a su alrededor. Era el Heraldo del Entropía.

​—Kai de Ojo de buey —la voz del Heraldo se escuchó en toda la aldea, una vibración que hizo que Meilin cayera de rodillas—. El Rey te ofrece un trato. Entrega el Ancla voluntariamente, y permitiremos que tu hermana viva en una burbuja de tiempo eterno, donde nunca conocerá el dolor ni la muerte. Niégate, y verás cómo este planeta se convierte en el epicentro de un silencio que durará mil millones de años.

​Kai salió de la panadería. Su aura ya no era cian; era de un blanco incandescente, el resultado de haber comprimido su Gravedad Solar al máximo. Miró al Heraldo, y luego a Meilin, y finalmente a Eara.

​—Eara tiene razón —dijo Kai, caminando hacia el centro de la plaza—. Soy la llave. Pero se olvidaron de un detalle en sus cálculos.

​Kai desenvainó la Quebrantacielos, y la espada emitió un grito que desgarró el silencio del Heraldo.

—Una llave también sirve para cerrar la puerta desde adentro… y tirar la maldita cerradura.

​Con un movimiento que nadie pudo seguir, Kai se lanzó contra el Heraldo, no como un defensor, sino como una fuerza de la naturaleza que ya no tenía miedo de romperse. El Libro 3 acababa de encontrar su primer gran mártir, o su primer gran dios.

​¿Podrá Kai derrotar al Heraldo sin colapsar el Ancla, o la oferta del Rey del Entropía sembrará la semilla de la duda que destruirá el mundo desde su corazón?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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