Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 84
- Inicio
- Crónicas del Dragón de Esmeralda
- Capítulo 84 - Capítulo 84: El Amanecer del Tercer Día y la Singularidad del Alma
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 84: El Amanecer del Tercer Día y la Singularidad del Alma
El tercer día no trajo luz, sino una penumbra de color gris ceniza que parecía devorar los colores de la realidad. Sobre el valle de Ojo de buey, el obelisco de obsidiana del Rey del Entropía permanecía suspendido como una sentencia de muerte geométrica. La vibración que emitía era tan intensa que el hierro de las calles se sentía líquido bajo los pies, y el cristal de diamante de la panadería lloraba lágrimas de resina cian. El tiempo, afectado por la masa acumulada en el Refugio de Realidad, se movía de forma errática: a veces un segundo duraba una eternidad de silencio, y otras veces, las horas pasaban en un parpadeo de sombras.
Kai se encontraba en el centro de la plaza, con la Quebrantacielos clavada en el suelo de hierro. Ya no intentaba ocultar su transformación. Su cuerpo era ahora un mapa de constelaciones cian y grietas de obsidiana que emitían un calor gélido. Su brazo izquierdo había desaparecido por completo de la vista, sustituido por un campo de distorsión gravitatoria que absorbía la luz ambiental. Para los supervivientes que lo observaban desde las ventanas, Kai ya no parecía el panadero que una vez les sonrió; parecía un agujero negro con forma humana, el último clavo ardiendo al que se aferraba la existencia.
—La flota ha entrado en la exosfera inferior —dijo Eara, cuya voz era apenas un susurro que Kai captó a través de la vibración del suelo. Ella estaba sentada a los pies de su nave, monitorizando el colapso de los reinos periféricos—. El Reino del Aire ha dejado de existir, Kai. Vaelen ha perdido su conexión con el éter. La atmósfera del planeta se está evaporando hacia el vacío. Solo quedamos nosotros. Este valle es, literalmente, todo lo que queda de la Tierra.
—Es suficiente —respondió Kai, y su voz provocó que las piedras del suelo saltaran—. Si queda un solo centímetro de suelo firme, el Rey no habrá ganado.
Meilin se acercó a él. Sus manos temblaban, no por el frío, sino por la inmensa carga que sostenía a través de la Raíz Madre. Estaba conectada a Kai por un hilo de jade casi invisible que pulsaba con el ritmo de su corazón. Ella era su seguro de vida, el peso que impedía que Kai se convirtiera en aquello que intentaba destruir.
—Kai, el hilo… se está volviendo muy delgado —susurró Meilin, mirando hacia el obelisco negro—. Siento que algo está intentando cortarlo. No es fuerza bruta, es… una duda. Una duda que viene de ti.
Kai la miró, y por un segundo, el resplandor cósmico de sus ojos se suavizó.
—Tengo miedo, Meilin. No de morir, sino de lo que seré cuando abra la puerta. Para absorber su vacío, tengo que vaciarme yo primero. Y si me vacío demasiado, puede que no quede nada que tú puedas sostener.
—Me quedaré con tu nombre —respondió la niña con una firmeza que hizo que los Soberanos, que se acercaban lentamente, se detuvieran—. Si olvidas quién eres, yo te lo gritaré hasta que las estrellas vuelvan a encenderse. No eres un ancla, Kai. Eres mi hermano. Y los hermanos siempre vuelven a casa para cenar.
Esa simple frase, cargada de una cotidianidad desgarradora, fue lo que finalmente estabilizó el núcleo de Kai. Cerró los ojos y permitió que la Sincronización de Grado Omega comenzara.
—¡Soberanos! —rugió Kai—. ¡Inicien el Protocolo de Transferencia! ¡Lyraei, dame tu profundidad! ¡Vaelen, dame tu aliento final! ¡Hierro, dame la invulnerabilidad de tus raíces!
Los tres Soberanos se posicionaron en un triángulo perfecto alrededor de Kai y Meilin. Lyraei se deshizo en una columna de agua cristalina que envolvió a Kai como una segunda piel. Vaelen se convirtió en un torbellino de aire puro que estabilizó la presión interna del Ancla. El Soberano del Hierro golpeó su báculo por última vez, fundiendo su esencia metálica en la Quebrantacielos, que ahora brillaba con un color blanco que recordaba al nacimiento de una galaxia.
De repente, el obelisco negro sobre sus cabezas se abrió. No hubo explosiones, solo un desplazamiento del espacio. Una figura descendió lentamente desde el centro de la nave de sombra. No era un monstruo, ni una máquina. Era un reflejo de Kai, pero un reflejo que había sido despojado de todo color, de toda emoción, de toda masa. Era el Rey del Entropía, la personificación del cero absoluto.
—Has construido un refugio hermoso, panadero —dijo el Rey, y su voz fue como el hielo raspando un cristal—. Pero la densidad es solo una demora del silencio. Tu amor es una variable que ya he resuelto. Al final, todo colapsa. Todo se vuelve nada. Déjame ahorrarte el dolor de los últimos segundos.
El Rey extendió una mano, y el Refugio de Realidad de Ojo de buey empezó a agrietarse. El cristal de diamante de la panadería estalló en mil pedazos, y el hierro de las calles empezó a evaporarse. El escudo de los Soberanos estaba siendo “des-escrito” por la simple presencia del Rey.
—¡MEILIN, AHORA! —gritó Kai.
Kai abrió los brazos y soltó todas sus defensas. En lugar de empujar el vacío, lo invitó a entrar. El parásito solar en su pecho se abrió como una boca hambrienta, empezando a succionar la entropía que el Rey emanaba. El dolor fue tan inmenso que los ojos de Kai empezaron a sangrar luz cian. Su cuerpo empezó a estirarse, a fragmentarse, a perder su definición biológica.
—¡Kai! ¡No sueltes el pan! —gritaba Meilin en su mente, tirando del hilo de jade con todas sus fuerzas—. ¡Recuerda el olor de la harina! ¡Recuerda el calor del horno!
El Rey del Entropía mostró, por primera vez, un rastro de sorpresa. Sentía que su propia nada estaba siendo drenada, convertida en combustible por la voluntad de un mortal que se negaba a ser borrado. Intentó aumentar la frecuencia de desfragmentación, pero Kai era ahora una Cámara de Vacío Invertida. Cuanto más intentaba el Rey borrarlo, más denso y pesado se volvía Kai.
—No puedes… contenerlo todo… —gruñó el Rey, cuya forma empezaba a desestabilizarse—. ¡Te convertirás en un agujero negro que devorará este sistema!
—Entonces seré un agujero negro que sabe a hogar —respondió Kai, con una voz que ya no era de este mundo.
La Quebrantacielos, imbuida con la esencia de los cuatro Soberanos y la entropía absorbida del Rey, empezó a emitir un zumbido que se escuchó hasta en los confines del sistema solar. Kai la levantó con su brazo de distorsión, y el espacio alrededor de la espada empezó a cristalizarse en formas fractales de jade y plata.
Estaban en el punto de no retorno. El choque final estaba a milisegundos de ocurrir. El destino de la Tierra, del universo y de la memoria de un joven panadero dependía de si el hilo de jade de una niña podía sostener el peso de una divinidad furiosa.
—¡POR EL RUIDO DE LA TIERRA! —rugió Kai, lanzándose hacia el Rey.
¿Logrará Kai asestar el golpe de gracia antes de que su humanidad se evapore por completo, o el Rey del Entropía revelará que su verdadera forma es un reflejo del propio miedo de Kai a ser olvidado?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com