Demasiado tarde para pedir perdón, señor multimillonario - Capítulo 163
- Inicio
- Demasiado tarde para pedir perdón, señor multimillonario
- Capítulo 163 - Capítulo 163: Capítulo 163
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 163: Capítulo 163
El complejo turístico había sido todo lo que Amelia necesitaba sin saber que lo necesitaba: mañanas tranquilas, risas tenues y el tipo de calma que se filtraba lentamente hasta los huesos.
Allí estaba su oficina.
Era un espacio modesto para una CEO, y era intencionado. El amplio ventanal de cristal tras el escritorio ofrecía vistas al horizonte urbano; la luz del sol entraba a raudales, reflejándose en las superficies pulidas. No había adornos innecesarios, solo líneas depuradas, una fotografía enmarcada y discretamente vuelta boca abajo, una planta en una maceta en la esquina y estanterías perfectamente ordenadas con archivos y algunos premios que hablaban en voz baja de sus logros.
Tras el escritorio, estaba sentada Amelia.
Impecablemente vestida, como siempre, llevaba un blazer entallado sobre una blusa de seda, el pelo pulcramente recogido y un maquillaje minimalista pero preciso. Tenía todo el aspecto de ser la mujer que se adueñaba de la sala sin esfuerzo. Con una mano de uñas perfectas se llevaba el móvil a la oreja mientras con la otra jugueteaba distraídamente con un bolígrafo sobre el escritorio.
Sentada frente a ella, con las piernas elegantemente cruzadas, estaba Clara.
Clara se reclinó ligeramente en la silla, con los brazos cruzados sin apretar, observando a su mejor amiga con una mirada cómplice. Reconocía esa sonrisa, la había visto años atrás, cuando Amelia todavía creía en los cuentos de hadas sin letra pequeña.
—¿Lo recibiste, verdad? —preguntó Amelia al teléfono, con voz cálida y un matiz más suave.
—Sí, cariño. Lo recibí —respondió la voz al otro lado—. Estoy muy agradecido, mi amor. ¿Qué haría yo sin ti, eh?
Amelia soltó una risita, un sonido tan ligero que casi la sorprendió a ella misma.
—Ay, por favor. Para ya —dijo, haciendo girar el bolígrafo entre los dedos—. Sabes que lo único que quiero para ti es tu felicidad. Que crezcas. Nada más que eso.
Al otro lado del escritorio, Clara ladeó la cabeza, con los labios curvados en una sonrisa divertida. Observó cómo los hombros de Amelia se relajaban, cómo se reclinaba ligeramente en su silla, igual que una chica a la que cortejan por primera vez.
—Lo sé, mi amor —continuó la voz—. Y esa es la única razón por la que nunca bromearía contigo, ni jugaría con tu corazón o a jueguecitos tontos.
La sonrisa de Amelia se ensanchó y la calidez inundó sus facciones.
—Está bien, Charles —dijo, levantando el dedo índice y apuntando juguetonamente al aire, como si él estuviera allí mismo—. Adelante. Haz lo que tengas que hacer y muéstrame resultados.
—Por supuesto, mi dama —replicó él con suavidad—. Tendrás resultados. Pronto.
—De acuerdo…
—Pero, con toda sinceridad —añadió él, con un cambio de tono, más profundo—, estoy agradecido. Muy agradecido.
Lo sintió, esa sinceridad en la que siempre había querido creer. Su sonrisa se suavizó hasta llegarle a los ojos.
—Gracias por ser agradecido —dijo en voz baja—. Ahora tengo que volver al trabajo, cariño. Hablamos luego.
—La triste realidad —bromeó él.
Ella se rio.
—Pero ¿qué más puedo decir? Hablamos luego, señorita. Ciao.
—Adiós.
La línea quedó en silencio.
Amelia dejó lentamente el móvil sobre el escritorio, con una leve sonrisa aún dibujada en los labios.
—Mmm —dijo Clara de inmediato.
Amelia se rio con timidez, bajando la mirada y entreteniéndose con el bolígrafo que había sobre el escritorio, como si de repente requiriera toda su atención.
Clara soltó una carcajada.
—¿Te lo puedes creer? —la picó—. Si hasta evita mirarme a los ojos. ¡Vaya!
—Ay, Clara, por favor —dijo Amelia, restándole importancia con un gesto—. No es para tanto.
—¿Que no es para tanto? —repitió Clara, inclinándose hacia delante con los codos apoyados en las rodillas—. Te reías como una adolescente que acaba de recibir su primera nota de amor.
Amelia por fin levantó la vista y puso los ojos en blanco.
—Exageras demasiado.
—¿Ah, sí? —preguntó Clara con una sonrisita—. Porque, desde mi punto de vista, acabas de colgarle a un hombre que te tiene radiante.
Amelia suspiró, rindiéndose.
—Vale, puede que esté… feliz.
Clara dio una suave palmada.
—¡Por fin! Eso es todo lo que quería oír. —Volvió a echar un vistazo a la oficina—. Por cierto, todavía no me creo que el trabajo haya tenido que traerme hasta aquí para poder verte. ¡Toda una pedida de mano y yo ni siquiera estaba en la misma ciudad!
Amelia se rio.
—Hablas como si no me llamaras cada dos por tres.
—No es lo mismo —replicó Clara—. Debería haber estado aquí. Sentada aquí mismo. Mirándote a los ojos cuando me lo contaste.
—Bueno, ahora estás aquí —dijo Amelia con dulzura—. Y hasta tienes una suite para ti. Ya podrías aprovechar y disfrutar del complejo.
—Oh, créeme —dijo Clara—. Pienso hacerlo. Pero primero necesitaba verte.
Amelia sonrió ante eso.
—Y bien… —continuó Clara, ladeando la cabeza—, cuéntame. ¿Cómo es él en realidad?
Amelia no dudó.
—Charles es… bueno. Es cariñoso. Atento. Muy detallista.
Clara la observó con atención.
—¿Y?
—Y es sincero —añadió Amelia rápidamente—. No es infiel. Se comunica o, al menos, lo intenta.
Clara enarcó una ceja.
—Eso ha sonado a algo ensayado.
Amelia se rio por lo bajo.
—Solo digo que, en comparación con Adrián…
—Ah —la interrumpió Clara, con complicidad—. Ya salió el peine.
—En comparación con Adrián —continuó Amelia—, Charles… está presente. Me hace sentir que me ve.
Clara asintió lentamente.
—Sentir que te ven es importante.
—Lo es —asintió Amelia—. Después de todo, me lo merezco.
—Claro que sí —dijo Clara en voz baja. Luego se echó hacia atrás—. Y hablando de todo un poco… esta mañana he pensado en Leonard.
La expresión de Amelia cambió.
—¿En serio?
—Ha sido un momento —dijo Clara, encogiéndose de hombros—. Sobre todo por mis chicos.
Amelia sonrió.
—¿Cómo están?
—Están bien —respondió Clara—. Crecen demasiado rápido. Hacen preguntas para las que no siempre tengo respuesta.
Amelia asintió con comprensión.
—Siempre lo hacen.
—¿Y tú? —añadió Clara—. ¿Cómo se están adaptando tus hijos a todo esto?
—Lo… sobrellevan —dijo Amelia con cuidado—. Hazel es tan observadora como siempre. Los gemelos, mientras haya paz, son felices.
Clara esbozó una leve sonrisa.
—Lo estás haciendo bien, Amelia.
Amelia exhaló.
—Eso espero.
Un breve silencio se instaló entre ellas antes de que Amelia ladeara la cabeza con picardía.
—Y… —dijo—, ¿qué hay de ti? ¿Algún plan de tener un hombre en tu vida?
Clara estalló en carcajadas.
—En absoluto.
—Venga ya —la picó Amelia—. ¿Ni siquiera te lo planteas?
—Estoy bien así —dijo Clara con firmeza, sin dejar de sonreír—. De verdad. No necesito a ningún hombre para sentirme completa.
Amelia se rio.
—Me parece justo.
—Tengo a mis chicos, mi trabajo y mi paz —añadió Clara—. Con eso me basta.
Ambas se rieron; un sonido desenfadado y familiar.
Justo en ese momento, el móvil de Amelia empezó a sonar sobre el escritorio.
Echó un vistazo a la pantalla.
—Espera un momento —dijo.
CHARLES miró fijamente el teléfono que vibraba sobre la encimera de la cocina, el nombre parpadeando con insistencia en la pantalla.
**Shantel.**
Exhaló lentamente, pasándose una mano por la cara antes de deslizar el dedo para contestar.
—¿Qué quieres, Shantel?
Su respiración se oyó entrecortada por la línea, irregular, cargada de emoción.
—Charles… gracias a Dios. Por fin contestaste.
—Eso no responde a mi pregunta —dijo él con sequedad.
—Yo… —sorbió por la nariz—. Solo necesitaba oír tu voz.
Se apoyó en la encimera y alzó la vista brevemente hacia la foto de compromiso enmarcada, apoyada junto a la cafetera. Giró un poco el teléfono, como si la distancia pudiera ayudar.
—No deberías llamarme.
—Por favor, no digas eso —se apresuró a decir Shantel—. Llevo días intentándolo. Me bloqueaste el otro número.
—Por una razón.
Su risa sonó temblorosa.
—Sigues igual. Siempre tan serio. —Su tono se suavizó—. Te echo de menos, Charles. Echo de menos lo nuestro.
—Ya no existe un «nosotros» —dijo él con calma.
—No digas eso —suplicó—. He cambiado. Te lo juro. Ya no soy esa chica.
Cerró los ojos por un instante.
—Tú te fuiste.
—Fui una estúpida —dijo ella deprisa—. Era joven. Influenciable. Todo el mundo me decía que me merecía algo más que un hombre que siempre estaba luchando por salir adelante.
Apretó la mandíbula.
—Y les creíste.
—Lo hice —admitió—. Pero mírate ahora. —Su voz se suavizó, casi reverencial—. Ahora tienes éxito. Eres seguro de ti mismo. Lo has logrado.
—¿Es por eso que llamas? —preguntó él en voz baja.
—No… sí… —titubeó—. Quiero decir, siempre supe que triunfarías. Solo que no pensé que tardarías tanto.
Un silencio se extendió entre ellos.
—Echo de menos tus besos —continuó ella deprisa, llenando el silencio—. La forma en que me abrazabas cuando no podía dormir. Tus ojos, Charles… Dios, tus ojos. Nadie ha vuelto a mirarme de esa forma.
Se irguió. —Basta.
—Por favor —sollozó—. No volveré a abandonarte. Nunca. Te lo prometo. Me quedaré sin importar lo que pase.
—Ya demostraste que no es verdad —dijo él con voz uniforme—. Te marchaste cuando las cosas se pusieron difíciles.
—Eso fue antes —lloriqueó—. Me equivoqué. Ahora lo veo.
—Ahora que te resulta conveniente —replicó él.
—¡Eso no es justo!
—Es sincero.
Su respiración se volvió más pesada.
—Reúnete conmigo. Solo una vez. Déjame demostrarte que soy diferente.
Echó un vistazo a su reloj de pulsera, cuyo sutil brillo dorado atrapó la luz. Lo rozó inconscientemente con el pulgar.
—Estoy comprometido.
El respingo de ella fue agudo.
—¿Comprometido?
—Sí.
—¿Con quién?
—Eso no es de tu incumbencia.
—Mientes —dijo ella con desesperación—. Solo lo dices para alejarme de ti.
—No necesito mentir —dijo él—. Soy feliz.
Una pausa. Después, una risa amarga.
—¿Así que se acabó? ¿Simplemente me borras?
—Tú te borraste sola —replicó él—. Hace años.
—Te quería —susurró.
Él se ablandó, solo un ápice.
—Querías lo que pensabas que podría llegar a ser. Y cuando viste que llevaba tiempo, te fuiste.
—Así que ni siquiera vas a considerar…
—No.
Rompió a llorar.
—Charles, por favor. No me hagas esto.
—Estoy haciendo lo que tú no pudiste —dijo él con firmeza—. Pasar página.
Se alejó de la encimera, bajando la voz.
—No vuelvas a llamarme. No te acerques a mi vida. Mantente alejada.
—La estás eligiendo a ella por encima de mí —gritó Shantel entre lágrimas.
—Me estoy eligiendo a mí —corrigió él.
La línea quedó en silencio.
Colgó la llamada.
El teléfono enmudeció en su mano. Un segundo después, otra notificación iluminó la pantalla: la vista previa de un mensaje de un contacto guardado, marcado con un pequeño corazón.
*¿Ya ha terminado tu reunión?*
Charles sonrió levemente, bloqueó la pantalla sin responder aún y dejó el teléfono boca abajo.
Algunas puertas, una vez cerradas, permanecen así.
Charles no se dio ni un respiro tras colgar la llamada con Shantel. Se quedó mirando la pantalla oscura un segundo y, después, buscó deliberadamente en sus contactos hasta que encontró el nombre que quería.
**Jefe del Equipo de Desarrollo – Atlas Play.**
Pulsó sobre él y se llevó el teléfono a la oreja.
El teléfono sonó dos veces antes de que respondieran.
—Buenas noches —saludó una voz de hombre con profesionalidad.
—Buenas noches, Ken. Soy Charles —dijo—. Acabo de enviar una transferencia hace unos veinte minutos. Llamo para confirmar que la has recibido.
Hubo una pausa, y de fondo se oyeron unos leves tecleos, como si alguien estuviera usando un teclado.
—Sí. Déjame actualizar… muy bien. La hemos recibido.
—Bien —dijo Charles—. Quería asegurarme de que no se había quedado bloqueada.
—No, ha llegado —respondió Ken, y luego titubeó un poco—. Aunque… de hecho, estaba a punto de llamarte.
Charles se recostó contra la encimera.
—¿Sobre qué?
—Bueno —carraspeó Ken—, la cantidad enviada no cubre del todo la estimación completa de la que hablamos la semana pasada.
Charles exhaló lentamente, ya se lo esperaba.
—Desglósamelo.
—La optimización del backend y la seguridad de las compras dentro del juego requieren recursos adicionales —explicó Ken—. Nuestros desarrolladores ya van muy justos, y las revisiones de la interfaz de usuario que solicitaste también aumentaron la carga de trabajo.
—O sea, que no es suficiente —resumió Charles.
—Sí, Charles —admitió Ken—. Puede que necesitemos un extra de…
—Lo sé —le interrumpió Charles con calma—. Pero eso es lo que no puedo liberar ahora mismo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—No me echo para atrás —continuó Charles—. Y tampoco voy a retrasar el lanzamiento. Tendréis que arreglároslas con lo que os he enviado por ahora.
Ken suspiró en voz baja.
—Charles, solo queremos estar seguros de que la calidad no se verá comprometida.
—Y yo quiero lo mismo —respondió Charles—. Por eso estoy llamando en vez de ignorar el problema.
—Entonces… ¿cómo procedemos? —preguntó Ken.
—Continuad con el desarrollo —dijo Charles con firmeza—. Centraos en el núcleo de la jugabilidad y la estabilidad. Los extras estéticos pueden esperar.
—Eso significa que algunas funciones se lanzarán en actualizaciones posteriores.
—Me parece bien —respondió Charles—. Un producto que funcione es lo primero.
Otra pausa, y entonces Ken habló con más cautela.
—¿Para cuándo podemos esperar el resto?
—A finales de mes —respondió Charles sin dudar—. Conseguiré más fondos y zanjaremos el resto.
—Para eso faltan unas tres semanas —dijo Ken.
—Sí —confirmó Charles—. Lo tendréis.
El tono de Ken se suavizó.
—De acuerdo. Reestructuraremos el cronograma y gestionaremos el presupuesto como corresponda.
—Bien —dijo Charles—. Confío en vuestro equipo. Simplemente, no paréis el progreso.
—No lo haremos —le aseguró Ken—. Ya hemos completado el sesenta por ciento de la estructura.
—Eso es lo que me gusta oír.
Ken soltó una risita.
—De verdad crees en esta aplicación.
—Sí, creo —respondió Charles—. No es solo un juego. Es una marca.
—Entiendo —dijo Ken—. Haremos que tu inversión merezca la pena.
Charles asintió, aunque el hombre no podía verlo.
—Es todo lo que pido.
—Gracias por llamar para confirmar —añadió Ken—. Y por tu paciencia.
—Mantenedme informado —dijo Charles—. Informes semanales.
—Sí, Charles.
—Muy bien, entonces —concluyó Charles—. Hablamos pronto.
—Que tengas una buena noche.
—Igualmente.
La llamada terminó.
Charles bajó el teléfono y miró al frente un momento, su tenue reflejo en la pantalla oscura. Se guardó el dispositivo en el bolsillo, irguió los hombros y siguió adelante; otro problema resuelto, otro paso hacia delante.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com