Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 ¿Quién es Asa Mitaka
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1: ¿Quién es Asa Mitaka?
1: ¿Quién es Asa Mitaka?
—Y todo ha sido tu culpa.
Incluso cuando te necesitamos, cuando requerimos que fueras míseramente útil, nos pagaste con la peor de las ridiculeces…
—¿Y todo por qué?
¿Porque el doctor dijo que tenías un pie más largo que el otro?
¿Todo porque siempre fuiste demasiado torpe como para siquiera moverte?
—Creo que todo eso se debe a que eras inútil desde pequeña.
Todas esas sonrisas y mimos te hicieron un peor bien.
Engendramos al más inepto de las criaturas.
Una que es incapaz de valerse por su cuenta.
—¿Qué estabas pensando al refugiarte en nuestras alas?
Pequeño pájaro de alas rotas, nunca fuiste parte de este nido.
Eras un huevo de paloma en un nido de golondrinas.
Tan desahuciada, fuiste condescendiente en tu bondad.
—Era eso lo que querías, ¿No?
Por eso siempre te esforzaste en ser tan buena con los demás.
Escondías tanto de ti dentro de los demás, que pronto olvidaste la verdadera razón por la cual siquiera vivías.
—Eres un ser abominable.
¿Por qué no sigues haciéndolo?
Antes de esto ya te dolía vivir.
¿Ahora dirás que el acto de respirar te causa tanto dolor?
¿Crees que eres la única que perdió seres queridos?
¿Te vas a encapsular en nuestro vano recuerdo repleto de luceros?
Pobre niña…
¡No!
Pobre criatura.
—Maldita, eso es lo que eres.
Naciste marcada, malcriada.
Fuiste diseñada con el más descabellado y abierto de los pinceles.
Pintada con los colores más diluidos y opacos, te creíste pintura digna de ser mostrada al mundo.
—¿Y ahora qué?
¿Por qué lloras?
Vamos, no es para tanto, ¿Verdad?
¿Qué les solías decir a los afectados del Demonio Tifón?
Vamos, dilo.
—”Todo estará bien”.
Dime, ¿Todo está bien?
¿Qué se siente estar del lado que recibe víveres?
¿Qué se siente saber que es otra persona quien se quita comida de la boca para dártela a ti?
¿Te crees merecedora de haber sobrevivido?
¿Sientes que el destino te eligió?
¡Por favor!
—¡Despierta de una vez, idiota!
—La única razón por la que aquella bala no esparció tu cuerpo al aire y todavía gozas del privilegio de estar con la cabeza pegada al cuerpo, es porque hubo quien se compadeciera de tu ineficaz instinto de supervivencia.
—Asa, Asa, Asa…
Siempre tan débil, siempre tan torpe, siempre tan idiota.
Tonta, ¿Enserio lo idolatras?
Piénsalo…
—Ese hombre, el motosierra.
¿Fijarse en ti?
No, no eres tan especial.
—¿Salvarte porque tu vida importa?
Tampoco.
—No te salvó a ti.
Lo detuvo a él.
¿Entiendes esa diferencia?
Fuiste colateral, un daño provocado por la desgracia de tu aún existencia.
—Asa, Asa, Asa…
¿Por qué fuiste quien sobrevivió y no nosotros?
—Debimos haber sido quienes vivieran, no tú.
Todo es tu culpa.
—No, es mi culpa por haber tenido un útero tan malo como para parir a una chica de piernas iguales.
—No digas eso, cariño.
Es mi culpa por haber tenido un testículo más grande que el otro.
Eso se tradujo en las piernas de esta pobre criatura.
—Es mi culpa por haberte compartido mis genes.
—Es mi culpa por haberte conocido.
—Es tu culpa por haber sobrevivido.
—Tienen razón, mamá, papá…
Tumbada en un cabestrillo de resortes teñidos de un cobrizo enfermizo, estaba la figura de una chica.
Su delgadez amenazaba a la anorexia de quitarle el trabajo pesado.
Había más peso en su cabello que en su cuerpo, y tan opaco, la chica estaba muerta en vida.
Su mentón al techo, pero la mirada al interior de su ser, con los párpados cerrados.
—Debieron haber sido quienes vivan, no yo.
Tal vez si hubieran vivido, ellos podrían haber tenido otra hija, o un varón, como papá siempre quiso.
Uno que pudiera correr de manera plena.
Uno que pudiera ir al parque con los demás niños.
Uno que no se tropezara al caminar más rápido de lo que normalmente lo hace.
Las piernas de la chica, delgados y alargados por la falta de grasa, tenían apenas tres centímetros de diferencia en sus longitudes.
Sus plantas de los pies calzaban con el ángulo del piso, y era como observar un lienzo de pintura dada su palidez.
Con el pelo negro y hasta la altura de la espalda media, un flequillo y ojos como el ultramar, era ella, Asa Mitaka.
—Me inscribieron al tercer año del instituto.
Pero no quiero ir.
¿Por qué habría de ir?
¿Por qué habría de dignarme de ir al colegio?
¿Por qué habría de continuar una vida?
Eso es muy egoísta de mi parte.
Fue mi culpa que ellos perdieran la suya, entonces, ¿Qué derecho tengo yo de fingir que no les arrebaté la oportunidad de continuar?
¿Qué derecho se me ha otorgado como para hacer la vista gorda al claro hecho de que maté a mis padres?
Aquellas balas no salieron de mí, pero, fui la razón del por qué la pistola les apuntó.
En un campo de tiro, fui el ave del ala rota.
Y aunque no volé, ellos sí, y fue tirarme al suelo la razón del por qué mis padres murieron acribillados.
—Mitaka Asa, bienvenida al tercer año del instituto.
¿Cómo te sientes?
¿Estás bien?
Te ves muy delgada y pálida…
—Estoy bien, tan solo no me acostumbro a la comida del orfanato…
—La chica miró al director, que estaba sentado frente a ella.
—Mitaka-San, hablaré con el cocinero de la escuela.
Recibirá comida nutritiva y de dieta acorde a sus registros médicos.
—No, no hace falta.
Es mucha molestia…
—Para nada.
Es lo mínimo que puedo hacer.
La salud del estudiantado es lo principal —le miró con empatía, y ella agachó la mirada.
—No, no me mire así por favor.
Si lo sigue haciendo, corro el riesgo de creer que realmente me merezco seguir viviendo.
—Clase, el día de hoy haremos una actividad que fomentará el crecimiento ético de todos ustedes.
El maestro miraba a la clase, sus ojos escaneando el aula y, al encontrar su objetivo, su sonrisa ladeó con satisfacción y alegría.
—Mitaka Asa, ¿Te parece si le ponemos un nombre al nuevo compañero?
—¿Disculpe?
—La chica parpadeó, sus ojos muertos y hundidos le observaron—.
¿Yo le pondré nombre?
¿A qué compañero?
¿No tiene uno ya?
—¡Hablamos de este compañero!
El maestro destapó una manta que cubría a una jaula.
Los chicos abrieron sus ojos y, en ese preciso instante, la chica sintió un temblor que le pasmaba el alma.
Sus ojos parecían panderetas descocidas, y sus cejas se estrecharon con incomodidad.
Una gallina sin cabeza y con parte del pescuezo expuesto.
Blanco, puro y de patas doradas.
—¡Un demonio!
—Gritó el maestro, sacudiendo los cimientos de los estudiantes—.
¡El demonio de las gallinas!
—¡Ah, son muchas personas!
—Gritó el demonio, aterrado—.
¡Suéltenme, déjenme ir!
—Esta actividad busca reforzar sus valores.
Como saben, los demonios son la principal causa de muerte en muchas partes del mundo.
¿Qué haremos con él?
¿Matarlo?
¿Entregarlo?
Bueno, eso dependerá de lo que suceda en los próximos tres meses.
—Maestro —una alumna de cabello rubio alzó la mano, seria—.
¿No cree que es peligrosa esta actividad?
—No lo es.
Los propios Cazadores de Demonios han proporcionado este ejemplar directamente de las oficinas.
—¿Cómo es que accedieron a algo así?
—Porque el demonio de las gallinas es incapaz de hacer daño.
Sus garras no tienen filo, y su cuerpo apenas y pesa tres kilos y medio.
Además, sin pico no puede sacar ojos, ¿A que no?
—Si no tiene cabeza, ¿Cómo habló?
—Asa pensó—.
Eso es biológicamente imposible…
Bueno, los demonios no responden a la ciencia normal.
Igual que, ¿Por qué habríamos de convivir con un demonio?
Uno de los seres como el que ocasionó la muerte de mis padres.
Los mismos que me condenaron a esta nueva vida.
Los odio.
Los odio por hacerme odiarme.
—Entonces, ¿Qué nombre le pondremos, Asa?
—El profesor le preguntó nuevamente, sonriendo.
—No lo sé —ella replicó tras un segundo de vacilación.
—¿Y quién más lo sabe?
Debes pensar.
Usa ese gran cerebro tuyo, Asa.
Las mejores notas de primer y segundo grado, ¿Por qué no podrías pensar en un nombre?
—El profesor habló, y un tic apareció en el ojo de la chica rubia.
—¿Mejores notas?
Claro.
Cuando aún vivían mis padres y era libre de refugiarme en casa, podía darme la libertad de estar atendiendo al colegio.
Ahora que vivo con todos, y no tengo nada propio más que a mí misma, comprendo lo inútil que soy.
La futilidad con la que me miro al espejo del baño que también comparto con las demás, debe hacerme recordar lo estúpido de mi situación.
Y si continúo viviendo, será una agonía incesante que solo me conducirá al más enroscado de los círculos infernales, propio de seres que aún…
—¡Entonces Gally será su nombre!
—El profesor habló, mientras Asa era sacada abruptamente de sus pensamientos.
—¿Eh?
—Bien hecho, presidenta de clase.
—Mi nombre es Aome, profesor Tanaka…
—Entonces la actividad será la siguiente.
Cada persona de la clase se llevará a Gally un día.
Somos treinta, por lo que cada quien convivirá una vez a solas con él durante los próximos tres meses.
Deben cuidarlo, alimentarlo, darle agua y, sobre todo, protegerlo como a una mascota.
Si le pasa algo a Gally, reprobarán el año y regresarán a primer grado.
¿Entendido?
—Entendido —gritaron los estudiantes al unísono, mientras Asa se quedaba callada.
—Asa, tú te llevarás a Gally primero.
Eres la primera de la lista.
—Profesor, yo soy la primera…
—La presidenta de clase intentó hablar, pero el profesor se paró y le entregó la jaula a Asa, sonriendo.
—Cuídalo.
Imagina que es como tu hijo.
—¿Hijo?
—Asa miró la jaula entre sus manos, y su cara inexpresiva hizo a Gally encogerse—.
¿Cómo se supone que pueda observar a esta cosa con cariño y cuidado?
Nunca podría ser capaz de observar así a alguien, ni siquiera a mí misma.
Solo soy capaz de odiar, lastimar y ocasionar desgracias.
Si por mí fuera, dejaría libre a este gallo.
¿Qué más da si regreso a primer año?
¿Tengo motivos para seguir adelante?
No, claro que no…
La clase comenzó a pararse, Asa se sorprendió al escuchar la campana sonar.
Se paró con la jaula entre manos, costándole algo de esfuerzo llevarla.
—Me llevaré esta cosa al Orfanato.
El mismo lugar repleto de personas que sufrieron cosas como yo.
Debo mantenerlo vivo, incluso a costa de mi seguridad.
No lo haré, supongo.
Aún estoy a tiempo de echarme para atrás y salirme del colegio…
—La chica llegó hasta su casillero, abriéndolo y recogiendo su bolsa—.
Pequeño demonio…
Te espera el peor de las torturas y sufrimientos.
No soy de maldecir a nadie, pero…
La chica salió del instituto y miró el día lleno de sol, frunciendo el ceño mientras llevaba la jaula consigo.
—Definitivamente no deberías vivir.
Morirás llegando al Orfanato, y entonces…
Gally, serás libre.
De ahí en adelante, lo que hagan de ti ni siquiera lo sabré, porque habré muerto por cuidar a uno de los tuyos, que nos arrebatan a los nuestros.
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