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Deslealtad - Capítulo 18

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18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 Seis semanas antes
Nox alcanzó las solapas de la bata y las separó con delicadeza.

—Oye, la Sra.

Witt…

—le recordé.

—¿Sabes las ganas que tenía…?

—Su tono ronco y denso me provocó un hormigueo—.

…de mirar debajo de tu bata la otra noche?

Apoyé las manos en sus brazos, sin hacer ningún esfuerzo por impedir que hiciera exactamente lo que quería.

—¿No?

¿Cuántas ganas?

Me desató el lazo de la cintura.

Mientras la cinta caía colgando entre sus presillas, la bata se abrió, revelando solo los costados de mis pechos.

La cálida yema de su dedo recorrió mi piel, apartando el satén.

Con los pechos totalmente al descubierto, levanté la vista y la aparté rápidamente.

Su pálida mirada se arremolinaba con una intensidad que reverberó hasta mis huesos.

Sin nada más que sus ojos, se me cortó la respiración y se me endurecieron los pezones.

No tenía absolutamente ningún control ni fuerza de voluntad cuando se trataba de este hombre.

Nox me levantó la barbilla, haciendo que nuestras miradas volvieran a encontrarse.

Sus labios rozaron suavemente los míos.

Gemí cuando sus dedos apresaron mis pezones endurecidos.

—Muchísimas ganas.

—Sus palabras aterciopeladas fueron un soplete que me derritió por dentro—.

Imaginé lo que encontraría.

Me incliné hacia él.

Mi cabeza, de repente pesada, cayó hacia atrás mientras él seguía acariciándome los pechos.

—Ya sabía que eras impresionante, incluso despampanante.

Sabía que tenías una sonrisa que me atraía, que me mantenía cautivo.

En el poco tiempo que pasó antes de que me dejaras solo en mi suite, vislumbré la profundidad de tu inteligencia y tu humor.

Tu ingenio rápido todavía me mantiene alerta.

—Soltó mis pechos y me apretó contra su torso cubierto por una camiseta—.

Pero seguía sin saber qué había debajo de esa bata.

Estaba perdida en sus palabras.

—¿Sabes lo que encontré?

—preguntó.

Negué con la cabeza.

—Encontré un cuerpo seductor.

Unos pechos tentadores que podría acariciar durante horas porque me encanta cómo respondes.

Tus pezones me fascinan.

Me encanta no solo cómo se endurecen, sino cómo su color se oscurece cuando te excitas.

—Sus labios se crisparon mientras echaba un vistazo a mis pezones excitados—.

Y tu coño…

Encontré el paraíso dentro de ti.

La forma en que tu cuerpo me abraza, la forma en que se estremece cuando te deshaces.

—Me besó de nuevo—.

Mi imaginación no se acercó ni de lejos a lo que encontré.

El mundo ya no existía.

Nox y yo estábamos perdidos en la niebla que él creaba.

—Disculpe, señor Nox —llamó la señora Witt desde el pasillo.

Me aparté y me até rápidamente la bata.

Nox se rio.

—Señora Witt, su sentido de la oportunidad es impecable.

—Lo siento, señor.

Pensé que debía saber que tiene un correo electrónico.

Creo que querrá verlo antes de sus…

sus planes para hoy.

—Gracias, le echaré un vistazo.

Sus pasos desaparecieron.

—¿Tu ama de llaves lee tus correos electrónicos?

Nox caminó hacia el otro lado de su escritorio y miró la pantalla de su ordenador, pero su cabeza se irguió rápidamente ante mi pregunta.

—¿Ama de llaves?

La señora Witt no es mi ama de llaves.

—Una sonrisa serpenteó por sus labios—.

No puedo decirte más.

Nada de información.

Creo que esa era tu regla, Srta.

Moore.

Sabía a qué se refería.

Sabía que se refería a nuestra falta de apellidos.

Tenía razón.

Quién era la señora Witt, en qué consistía su trabajo, o incluso su descripción, no era asunto mío.

Alargué la mano para coger la taza de café que había dejado en el borde de su escritorio.

—Por tu culpa, mi café está frío.

Estaba ensimismado con lo que fuera que estuviera leyendo.

Mis palabras quedaron sin respuesta en el aire, hasta que levantó la vista.

—Me sorprende.

Pensaba que el ambiente se estaba poniendo bastante caldeado aquí.

Le lancé un beso, evitando a propósito el otro lado de su escritorio.

No quería que pensara que estaba mirando su correo.

Aunque el hecho de que muy probablemente contuviera su apellido sí que cruzó por mi mente.

—Nox, debería volver a mi suite.

—No, quédate.

Su orden no fue dicha con ninguna urgencia, pero la falta de una petición no pasó desapercibida.

—Te estoy interrumpiendo.

—No —su tono fue más enérgico—.

Este imbécil me está interrumpiendo a mí…, a nosotros.

No tardaré mucho.

Voy a llamarlo y a zanjar esto, al menos por ahora.

Su sentido de la urgencia y el mío son diferentes.

—Nox caminó hasta donde yo estaba, y el brillo amenazante que era heroína para mi sistema destelló en sus pálidos ojos—.

Hoy mi única urgencia te involucra a ti.

¿Qué te gustaría hacer hoy?

—No quiero causar ningún problema.

Odiaría que perdieras tu trabajo o tu cuenta o lo que sea por mi culpa.

Me acarició la mejilla.

—Nada de eso es asunto tuyo.

No le des más vueltas.

Y sobre hoy: sé lo que quería hace un minuto, pero tenemos todo el día.

¿Te gustaría quedarte aquí, ir a la piscina…?

—añadió con una sonrisita—.

¿Quizá podamos ver a Max?

—Como solo fruncí los labios, continuó—: O la playa.

Podríamos alquilar un yate.

¿Has comido?

Negué con la cabeza.

—Todavía tengo que ir a mi suite a por algo de ropa.

No creo que esta bata o mi vestido negro sean una ropa de playa muy apropiada.

—Entonces, a la playa será.

—Ladeó la cabeza—.

Sabes, si nos quedáramos aquí y nadáramos en la piscina privada, lo que hay debajo de esa bata sería perfectamente aceptable.

—¿La señora Witt?

—Puede que se tome el resto del día libre.

Tiene familia cerca.

Creo que puedo decírtelo sin romper nuestra regla ni tener que matarte.

Por eso, en parte, viajó hasta aquí conmigo.

—Ah, pero entonces, ¿quién leerá tus correos?

Me atrajo hacia él, nuestros cuerpos amoldándose.

—Si te duchas aquí, haré que la tienda de abajo te suba un traje de baño de tu talla.

Mi cabeza seguía moviéndose de un lado a otro, aunque ahora tenía que mirar hacia arriba.

El resultado fue que mi pelo se balanceaba sobre el satén de mi espalda.

—No es necesario.

Tengo de sobra…

Su dedo rozó mis labios.

—Talla…

—Me miró de arriba abajo—.

…¿la 34?

—Sí, bueno, eso era antes de todas las comidas que nos hemos estado metiendo.

Ahora diría una 36, o quizá una 38.

Nox sonrió.

—Anoche hicimos bastante ejercicio, pero…

si la 34 no te queda bien, tendremos que añadir más cardio a nuestro programa.

No sabía si podría soportar más cardio.

—Vale —dije mientras me apartaba, pero antes de darme la vuelta para irme, pregunté—: ¿Dónde está mi móvil?

—En el dormitorio.

Está enchufado.

Le quité el sonido.

Asintiendo, fui en busca de mi móvil y una ducha mientras Nox volvía a su correo.

*****
«¿DÓNDE ESTÁS?»
«¿VAS A PASAR LA NOCHE CON EL SR.

GUAPO?»
«DIOS MÍO, NO CONTESTAS.

SIEMPRE CONTESTAS.»
«¿ESTÁS MUERTA?

DIME QUE NO ESTÁS MUERTA.»
«SON MÁS DE LAS DOS.

¡¡¡¡VAS A PASAR LA NOCHE AHÍ!!!!»
«¡LO HICISTE!

¡ESO, CHICA!

DIOS MÍO, ¿TIENE LAS PELOTAS AZULES?»
«¿¿¿¿Y SU EQUIPAMIENTO????»
«ES MÁS FACHADA QUE OTRA COSA…

¿A QUE SÍ?»
«NO PASA NADA SI NO ESTUVO BIEN.»
«¿O ESTUVO TAN BIEN QUE NO PUEDES RESPONDER?»
«¿¿¿COMA SEXUAL???»
«PASE LO QUE PASE, QUIERO DETALLES.»
«VALE, AHORA SÍ ESTOY PREOCUPADA.

ES DE DÍA.»
«¿DEBERÍA LLAMAR A SEGURIDAD DEL HOTEL?»
«¡LLÁMAME!

MANDA UN MENSAJE.

TE ENFADAS CUANDO NO ESTOY EN CONTACTO.»
«TE DOY UNA HORA MÁS…

Y YA ESTÁ.»
Las lágrimas empañaban sus mensajes mientras los leía y me reía de mi mejor amiga.

Bueno, eso fue hasta que llegué al último mensaje.

No creía que a Nox le hiciera gracia que la seguridad del hotel irrumpiera en su suite.

Empezaba a pensar que quizá no trabajaba para nadie, pero, pasara lo que pasara, no quería que nadie pensara que había hecho algo malo.

No ha hecho nada malo.

Incluso el pensar en las cosas que había hecho bien me revolvía las entrañas.

Comparé la hora del último mensaje de Chelsea con el reloj.

¡Mierda!

Solo tenía diez minutos de margen.

Toqué el icono de LLAMAR.

Respondió al primer tono.

—¿Dónde demonios estás?

¿Sigues con el Sr.

Guapo?

Estaba a punto de…

—Para.

Estoy bien, bueno…

—La sangre me subió a las mejillas—.

…mejor que bien, la verdad.

—Mejor que bien —repitió Chelsea—.

Te escucho.

Me aparté de la puerta del dormitorio y tapé el móvil con la mano.

—Chels, estoy en su dormitorio, en bata.

No voy a darte ningún detalle…

todavía.

—Solo uno, necesito saber…

—Pensé que estarías…

—dijo Nox, al entrar en la habitación.

Me giré hacia él y señalé el teléfono.

—¿Y bien?

—preguntó Chelsea.

—No están azules —respondí con una sonrisa.

—Ay, tía.

Necesito más.

—Chels, tengo que colgar.

Pasaré por nuestra habitación…

—Nox negó con la cabeza mientras crecía el brillo amenazante que yo adoraba—.

…o no.

Voy a pasar la mayor parte del día con Nox.

Aunque estaba hablando con Chelsea, Nox tenía toda mi atención.

Giró el pestillo de la puerta y se acercó a mí con aire acechante.

Cuando estaba a escasos centímetros, movió los labios para decir «cerrado».

Negó con la cabeza y susurró en voz baja: —No hay señora Witt.

—Chelsea, tengo que…

La mirada de Nox me mantuvo cautiva mientras me quitaba el móvil de la mano y pulsaba el botón rojo de colgar.

Cuando lo volvió a colocar en la mesita de noche, consideré protestar, pero no lo hice.

El movimiento y el habla estaban fuera de mi alcance.

Los procesos vitales más simples eran ahora mi única preocupación.

Llenar mis pulmones con respiraciones superficiales era difícil.

Mi corazón tenía un nuevo ritmo.

La sangre me zumbaba en los oídos y me erizaba la piel.

Mi cuerpo era hipersensible a todo: al satén de la bata y al aroma del deseo.

Los movimientos de Nox eran deliberados y depredadores mientras tiraba del lazo de mi bata.

Arqueé la espalda y jadeé en busca de aire cuando sus labios apresaron uno de mis pezones y tiró con los dientes.

El almizcle y la necesidad llenaron la habitación mientras me levantaba hacia la cama y me quitaba lentamente la bata de los hombros.

Me guio hasta la cama.

La mirada abrasadora que me había lanzado en la piscina el día que nos conocimos no era más que una ojeada tibia en comparación con la forma en que me miraba ahora.

En este momento, nuestros papeles estaban claros.

Yo era suya para que me tomara, vulnerable a sus caprichos y maleable a su tacto.

Él tenía el control absoluto.

Nunca me había sentido tan expuesta ni tan adorada.

Eso era lo que hacía Nox: adoraba, adoraba mi cuerpo, cada centímetro.

Empezando por mis tobillos, besó la cara interna de mis piernas.

Lentamente, sus atenciones ascendieron hasta que casi perforé las suaves sábanas con las uñas mientras su lengua y sus labios devoraban mi tierno centro.

Con mi esencia en sus labios, su asalto continuó hasta que nuestras lenguas danzaron.

Para cuando llegamos a la ducha, me dolía el cuerpo tanto por la saciedad como por el deseo desenfrenado.

Aunque me había llevado a cimas vertiginosas, aún no me había llenado.

Chelsea se equivocaba: Nox tenía el equipamiento.

Recorriendo con mi mano su piel estirada, le dije sin palabras lo que había gritado en la gasolinera.

Lo deseaba.

Lo necesitaba dentro de mí.

No pude contener la sonrisa cuando sacó el pequeño envoltorio plateado de la estantería de la ducha.

Usando los dientes para abrir el preservativo, enfundé con lascivia su erección dura como una roca.

Con el agua tibia cayendo sobre nosotros, Nox me alzó contra los azulejos y concedió mi deseo.

Aferrada a sus hombros, hundí la cara en el hueco de su cuello.

Cada embestida lo introducía más adentro, empujando y estirando.

Mis gemidos resonaban en la cabina de cristal mientras succionaba la sal de su piel.

Aunque mi mente cuestionaba mi capacidad para alcanzar el éxtasis que ya me había proporcionado, mi cuerpo sabía que sí podía.

Cuanto más avivaba él las llamas de mi deseo, más se tensaban mis músculos y se curvaban los dedos de mis pies.

Volamos más y más alto hasta que nuestro incendio de pasión explotó, dejándonos a ambos víctimas de la espectacular detonación.

Con un gruñido gutural, se derrumbó contra la pared, inmovilizándome.

Con el agua aún cayendo, olas de placer me recorrieron.

Cuando nuestras miradas se encontraron, sus labios se curvaron en su sexi sonrisa.

—No tengo palabras —dijo—.

«Increíble» parece lamentablemente insuficiente.

*****
Una suave brisa soplaba las diáfanas cortinas de nuestra cama balinesa.

La tela apenas nos protegía del sol o de los demás clientes mientras descansábamos sobre el mullido colchón.

—No recuerdo la última vez que pasé un día entero así.

Rodé sobre mi costado, apoyé el codo y descansé la cabeza en la mano.

Mirando fijamente sus pálidos ojos, pregunté: —¿Así que trabajas mucho, incluso cuando viajas?

Me acercó más, aplastando mis pechos contra su torso desnudo.

—Sí.

He tenido algunas reuniones desde que llegué.

Eso es lo que me trajo aquí esta semana.

Mis mejillas se sonrojaron.

—Me alegro de que tuvieras esas reuniones.

Me colocó un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja y me acarició la mejilla.

—Yo también.

—Su sonrisa amenazante regresó—.

¿Has hablado con tu hermana?

Mi continuo engaño me remordía la conciencia.

—¿Te refieres a desde que me colgaste la llamada tan groseramente?

—Sí, pero no te oí quejarte.

Ah, sí que te oí —sonrió con aire de suficiencia—.

Pero no sonaba a quejas.

—Volviendo a tu pregunta.

—No podía pensar en lo que habíamos hecho.

Si lo hacía, querría más—.

Sí, hablé con ella, ¿por?

—Espero que no le importe que te robe el resto de tus vacaciones.

Me encogí de hombros.

—Por ahora vivimos juntas.

Así que creo que no habrá problema.

—Me alegro de haber oído tu respuesta a su pregunta.

Me eché hacia atrás y entrecerré los ojos.

—¿Qué pregunta?

Nox me hizo rodar hasta que mi cabeza quedó sobre la almohada y él sobre mi pecho.

Enarcando las cejas, dijo: —Puede que haya visto algunos mensajes cuando enchufé tu móvil.

—¿Miraste mis mensajes?

—No, enchufé tu móvil y estaban ahí.

Y…

Mi irritación se desvaneció con el sonido de las olas y el beso de sus labios.

—Y —repliqué—, le dije que no tenías las pelotas azules.

Nox se rio, su pecho vibrando contra el mío.

—Ya no.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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