Deslealtad - Capítulo 2
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2: Capítulo 1 2: Capítulo 1 Seis semanas antes
—No pongas esa cara de culpable.
¡Nos lo merecemos!
—Los ojos color avellana de Chelsea brillaban con el resplandor del sol poniente.
Estábamos de pie junto a una de las muchas barandillas que bordeaban el complejo turístico, con vistas al Océano Pacífico.
Inhalé el aire salado y asentí.
—Es cierto.
Hemos trabajado duro.
Yo…
supongo que nunca…
—Déjame ayudarte —dijo con una sonrisa de superioridad—.
Nunca te has permitido divertirte.
—Y añadió con más seriedad—: Tus abuelos te dejaron ese fideicomiso.
Dime, ¿cuándo has usado el dinero para algo que no sea la educación y lo esencial?
Me encogí de hombros.
—Seguro que, si les preguntaras a mis abogados, no siempre he tomado las mejores decisiones financieras en ninguno de esos dos campos.
—Al diablo con ellos.
Eso era parte de lo que me encantaba de Chelsea.
Daba igual la situación, siempre decía exactamente lo que pensaba.
Vale que a veces era demasiada información, pero, aun así, sabías exactamente a qué atenerte.
—Además —continuó—, en dos años el dinero será todo tuyo.
No tendrás que rendirle cuentas a ningún abogado estirado.
—¡Oye!
—Sabes a lo que me refiero.
Y en tres años serás la abogada de otro.
Entonces podrás decirle a quien sea lo que puede y no puede hacer con su propio dinero.
Arrugué la nariz.
—No estoy segura, pero no creo que el derecho civil sea para mí.
Parece aburrido.
Quiero algo más emocionante.
Mi mejor amiga abrió los brazos de forma dramática hacia el horizonte.
—Ya lo estoy viendo.
Un caso de alto perfil y ahí estás tú, en las escaleras de un gran palacio de justicia en alguna parte.
—Se giró hacia mí—.
¡Ya sé!
Ese que sale en la serie de televisión…, Ley y Orden.
Está en Nueva York.
—Me dio un empujoncito con el hombro—.
El lugar perfecto para una graduada de Columbia.
No quería pensar en la facultad de derecho, todavía no.
Acababa de graduarme en Stanford y los cuatro años que pasé en California fueron, sin duda, los mejores de mi vida.
Me encantaba todo de la Costa Oeste, desde el precioso campus enclavado en el valle de Palo Alto hasta la serpenteante y hermosa carretera de la costa.
La idea de volver al este me revolvía el estómago.
—Para ya —dijo Chelsea, con la mano en mi brazo—.
Deja de pensar en ello.
Sabes que solicitar plaza en las facultades de la Costa Este era lo más sensato.
—Lo sé.
Pero me habría encantado quedarme aquí.
—Tal como te dijo el profesor Wilkerson, ya has dejado tu huella aquí.
Summa cum laude.
California te conoce.
Ahora es el momento de dejar tu huella en el este.
En tres años serás la abogada más cotizada de costa a costa.
Todos los grandes bufetes te querrán.
—Chels, de verdad que no quiero pensar en nada de eso.
No esta semana.
Esta semana es para nosotras.
—Le cogí la mano y se la apreté—.
No quiero pensar en estar sin ti el año que viene.
Quiero que nos lo pasemos como nunca.
—Sabes que me encantaría hacer las maletas e irme contigo.
Pero en lo que respecta a este momento…, no podría estar más de acuerdo.
Durante esta semana, olvidémonos de todo.
Seamos lo contrario de nosotras mismas.
¿Y si fuéramos la otra?
Me contuve para no decir el pensamiento en voz alta.
En lugar de eso, contemplé la espléndida vista.
El sol poniente proyectaba sombras sobre los acantilados en la distancia, mientras olas ondulantes de crestas blancas rompían contra las rocas y la orilla.
Esta era una de las escenas que echaría de menos en la Costa Este.
Puede que allí hubiera un océano, pero nunca en las playas de Georgia había visto olas ni sentido la brisa refrescante como aquí.
—Me apunto.
De hecho —susurré con una sonrisa—, se acabaron Alex y Alexandria.
Durante la próxima semana soy Charli.
Chelsea entrecerró los ojos.
—Es el diminutivo de Charles, uno de mis segundos nombres.
—Bajé la voz, pero antes de que el estruendo de las olas y el murmullo de las voces a nuestro alrededor pudieran dominar, añadí—: Creo que Alex necesita un descanso.
Enganchando nuestros codos, Chelsea suspiró.
—Tía, eso es lo mejor que he oído desde que nos conocimos.
¡Si me preguntas a mí, Alex lleva mucho tiempo necesitando un descanso!
Mientras nos dirigíamos a nuestra suite, contemplé las posibilidades de dejar atrás a Alex, aunque solo fuera por una semana.
¿Puedo hacerlo?
Podía.
Ya lo había hecho antes.
Había dejado atrás a la snob pretenciosa que me habían educado para ser cuando dejé a Alexandria Charles Montague Collins en Savannah.
En el instante en que bajé del avión en California y me dirigí a la orientación para novatos, juré que Alexandria había quedado atrás y me convertí en Alex.
Era una pizarra en blanco, sin demonios a la espalda ni cadáveres en el armario.
Tuve la rara oportunidad de reinventarme en alguien que me gustara ser, y lo hice.
Alex era todo lo que había querido ser de pequeña: una gran trabajadora, una buena estudiante y alguien que se negaba a permanecer atrapada en la jaula creada por el apellido Montague.
Después de que mi madre compartiera un secreto conmigo justo antes de que me fuera de Savannah, tuve la confianza para hacer lo que ella nunca fue capaz de hacer.
Durante aquella noche, con su marido Alton fuera de la ciudad por negocios, tuve una madre de verdad.
Es una noche que nunca olvidaré.
Incluso parecía diferente.
En lugar de su ropa de diseño habitual, cuando vino a mi habitación llevaba pantalones cortos y una camiseta.
No sabía que tuviera ropa normal.
Con el pelo recogido en una coleta y apenas sin maquillar, llamó a la puerta de mi dormitorio.
La llamada fue tan débil que, con el sonido de mi música, casi no la oí.
Para variar, el sonido no me alarmó.
Sabía que Alton estaba fuera y que yo me habría ido antes de que él volviera.
Cuando me asomé por la puerta, casi me quedé sin aliento.
Adelaide Montague Collins Fitzgerald parecía que podría haber sido mi hermana en lugar de mi madre.
Con sus grandes ojos azules, me miró con una mezcla de amor y arrepentimiento.
Aunque todo en mi yo de dieciocho años quería decirle que se fuera, no pude.
Aquella noche tuvo un aire de finalidad.
Aunque ninguna de las dos lo dijo abiertamente, creo que ella entendió que yo no pensaba volver.
A veces me pregunto hasta qué punto lo sabía.
En lugar de decir nada, abrí la puerta y la invité a entrar en el caos.
Mi cama estaba cubierta de maletas.
Los cajones de mis cómodas estaban abiertos en distintos grados, mientras que las puertas de mi armario estaban abiertas de par en par.
Ni una sola vez utilizó el tono que yo esperaba para amonestarme por el desorden.
En lugar de eso, se sentó con elegancia en el borde de mi cama y me preguntó si podía ayudar.
Aunque años de secretos y remordimientos se arremolinaron momentáneamente a nuestro alrededor, desaparecieron en cuanto escuché su sinceridad.
Por una noche fuimos más que madre e hija.
Fuimos amigas.
El tiempo pasó mientras hacíamos las maletas, reíamos y llorábamos.
Me dijo que estaba orgullosa de que fuera a Stanford.
No solo porque me hubieran aceptado —lo cual era un logro—, sino que también estaba orgullosa de que me mudara lejos.
Confesó que sus padres no querían que se fuera.
Después de todo, era la última Montague.
Aunque no fuera un varón, continuar el linaje era su responsabilidad.
Tal y como lo veían mis abuelos, su único propósito en la educación superior era encontrar un hombre digno de cumplir ese papel de marido.
Por supuesto, eso significaba un hombre que entendiera el legado.
Esa noche, en mi habitación, hizo lo que siempre hacía y habló favorablemente de mi padre.
Dijo que era un buen hombre, un hombre de negocios respetado y un hombre que contaba con la aprobación de mi abuelo.
No fue hasta que estuve en el instituto que me di cuenta de que nunca mencionaba la palabra «amor».
Ni en relación con su afecto por mi padre ni por Alton.
La única vez que mencionaba el amor era para recordarme que mi padre, Russell Collins, me amaba.
Por primera vez que yo recordara, admitió que deseaba una vida diferente.
Confesó que a mi edad había querido marcharse de Georgia y encontrar una vida lejos de la Mansión Montague.
Agarrándome las manos con fuerza, con lágrimas en sus ojos azules, me dijo que hiciera lo que ella no pudo.
Me dijo que me fuera y descubriera la vida más allá de Savannah.
Toda mi vida me habían dicho que, aunque los activos de los Montague ahora se gestionaban bajo el nombre de mi padrastro, Alton Fitzgerald, y mi apellido era Collins, un día se esperaría que ocupara el lugar que me correspondía.
Era lo que mi abuela, mi abuelo y mi madre me habían dicho desde que tengo uso de razón: que yo era la heredera de un apellido prestigioso.
Como mi padre murió en un accidente de coche cuando estaba fuera de la ciudad y yo solo tenía tres años, no recordaba que él me hubiera hablado nunca de mi futuro.
Una tarde de finales de agosto, al bajar del avión en San Francisco, decidí hacer lo que mi madre nunca pudo: descubrir la vida; no la de Alexandria, sino la de Alex.
El cielo azul fue mi aliento.
Por primera vez en mi vida, parecía que las nubes que se cernían sobre la Mansión Montague no podían alcanzarme.
En la Costa Oeste podía respirar.
Como si hubiera vuelto a nacer con casi diecinueve años, dejé atrás a Alexandria y me convertí en Alex Collins.
Como mi matrícula la pagaba mi fideicomiso, ni el apellido Montague ni el Fitzgerald estaban asociados a mi nuevo yo.
Supongo que si alguien hubiera escarbado en la letra pequeña podría haber encontrado mi pasado, pero nadie necesitaba hacerlo.
El bufete de mis abuelos se encargaba de todas mis necesidades económicas.
Incluso ahora, ascendiendo a las alturas del Club y Spa Del Mar en el ascensor de cristal, solo el bufete de Hamilton y Porter sabía mi paradero.
Habían sido ellos quienes me habían transferido el dinero para nuestra excursión, no mi madre ni su marido.
Durante cuatro años pude vivir una vida libre de las expectativas de nadie más que de las mías.
Creé el personaje perfecto con verdaderos rasgos personales.
Aparté los fantasmas del pasado y descubrí lo que la vida tenía que ofrecer.
Aunque Alex era diferente de Alexandria, a veces me preguntaba si alguna de las dos era realmente yo.
¿Quién soy?
Quizá durante una semana podría vivir sin las presiones de mi antigua o nueva vida.
Quizá podría experimentar la vida como lo hacían los demás —como lo hacía Chelsea—, completamente libre de los monstruos de mi pasado o de las aspiraciones de mi futuro.
Alexandria Charles Montague Collins tenía una fachada perfecta que mantener.
Alex Collins tenía un futuro y una carrera que construir.
Durante una semana, Charli —sin apellido— quería ver cómo podía ser la vida sin un pasado ni un futuro.
*****
—Mira…
No, no mires —susurró Chelsea mientras se cubría los labios con el borde de una revista de moda.
Sus ojos, cubiertos por las gafas de sol, escudriñaban la terraza que rodeaba la gran piscina.
—¿Cómo puedo mirar y no mirar a la vez?
—pregunté en tono juguetón entre sorbos de mi granizado de fresa y mango.
—¿Ves a esos tíos de ahí?
—Me has dicho que no mire —le recordé.
Pero ya los había visto.
Era difícil —no, imposible— no mirar.
La clientela del exclusivo complejo era guapísima.
Al fin y al cabo, el complejo estaba dirigido a los ricos, y esa gente gastaba mucho dinero en mantener su perfección.
—Echa solo un vistazo rápido.
Al girar la cabeza, me topé con la mirada de un hombre de nuestra edad.
Era bronceado y rubio, y miraba en nuestra dirección, sin siquiera fingir que miraba a otra parte.
Con las gafas de sol bajas, oteó por encima de la montura, enarcó las cejas y sonrió.
Su sonrisa de labios cerrados era a la vez arrogante y segura.
Mi primer instinto fue bajar la vista hacia mi Kindle, pero, mientras el rubor me teñía las mejillas, recordé mi misión.
Esta era mi semana para vivir, para hacer lo que Alex no haría y Alexandria no podría.
Me bajé las gafas de sol y le devolví la sonrisa.
—Oh, mierda —susurré—.
Viene hacia aquí.
Casi dejando caer su revista, Chelsea se irguió en su tumbona.
—He dicho que mires, no que lo invites a venir.
No tuve tiempo de responder antes de que el señor Surfista Bronceado y su amigo, igual de atractivo, estuvieran a los pies de nuestras tumbonas.
—Oye, no os habíamos visto por aquí antes —dijo el señor Surfista Bronceado.
—Llegamos anoche —respondió Chelsea.
El segundo chico extendió la mano.
—Hola, soy Shaun y este es mi amigo entrometido, Max.
—Soy Chelsea y esta…
—miró en mi dirección—…
es Charli.
Max enarcó una ceja.
—No te pareces a ningún Charlie que haya conocido.
—Es Charli con i.
Se sentó en el extremo de mi tumbona.
—Bueno, Charli con i, ¿te apetece una copa o algo?
Me giré hacia mi vaso medio lleno de granizado.
—Estoy bien, gracias.
Además, no es ni mediodía.
¿No es un poco pronto para beber?
Shaun se rio.
—Estamos de vacaciones y, por si no lo has oído, en algún lugar siempre son las cinco.
Chelsea bajó las piernas de la tumbona y le ofreció la mano a Shaun.
—Sí que lo he oído, y me encantaría una copa.
Intenté mantener la sonrisa mientras Max se acomodaba en el asiento que Chelsea acababa de dejar libre.
Quería mucho a Chelsea, pero ligar y camelarse a los hombres para que le invitaran a copas y a lo que fuera era su especialidad.
¿Por qué no me había dado cuenta de que traerla a un complejo turístico exclusivo sería como llevar a un niño a una tienda de golosinas?
—Lo estamos pasando muy bien.
Gracias por preguntar —dijo Max con una sonrisa.
—Oh, lo siento.
Solo estaba pensando en mi amiga.
Como puedes ver, le cuesta hacer nuevos amigos.
Ladeó la cabeza, su torso bronceado absorbía la luz del sol y sus largas piernas se estiraban sobre la tumbona.
—Apuesto a que tú tampoco tienes problemas para hacer amigos.
—Supongo que eso solo deja a uno de los dos.
Se llevó una mano al pecho.
—¡Me hieres!
Primero no escuchas ni una palabra de lo que digo y ahora me mandas de vuelta a segundo de primaria.
—¿Segundo de primaria?
—Ya sabes, cuando sí que tenía problemas para hacer amigos.
Negué con la cabeza.
—Dudo que alguna vez tuvieras problemas.
La cosa es que se supone que esta semana es para mi amiga y para mí.
Pronto cada una tomará un camino distinto.
Pensé que a lo mejor, no sé, pasaría el rato conmigo más allá del desayuno.
—¿Adónde te vas?
¿O es ella?
—Nos vamos las dos.
Háblame de ti.
—Ah —dijo Max—, lo pillo.
Estamos de secretitos.
Yo diría que hay un novio…
—Echó un vistazo a mi mano—.
…sin anillo.
Así que no puede ser un prometido.
Pero hay alguien esperando dondequiera que esté tu casa.
—Prueba otra vez.
—Eres una aspirante a actriz, y esta es la semana antes de un gran rodaje.
Me reí.
—Dos strikes.
Uno más y estás…
—Fuera.
Max y yo nos giramos hacia la voz grave que venía de al lado de la silla de Max.
Con el sol brillando justo detrás de él, la fuente de la orden de barítono quedaba parcialmente oculta por las sombras.
Pero a medida que mi mirada se demoraba, permitiendo que mis ojos se ajustaran, se me cortó la respiración.
El hombre a nuestro lado era alto y bronceado, con hombros anchos que proyectaban una sombra sobre las piernas de Max y las mías.
No era tan joven como Max, pero tampoco era viejo.
Cuanto más tiempo permanecíamos en un silencio atónito, más visible se hacía la vena que palpitaba en su cuello.
Era obvio que este hombre estaba enfadado con Max.
Al no decir nada, repitió: —Estás fuera.
—¿Perdona?
—preguntó Max—.
¿Quién coño eres?
Me bajé las gafas y continué apreciando uno de los especímenes masculinos más perfectos que había visto en mi vida.
Pequeñas gotas de agua colgaban de su pelo corto y oscuro y brillaban contra el cielo azul cobalto.
Más pruebas de su reciente baño cubrían sus definidos abdominales y su bañador mojado se aferraba a sus anchos muslos…
Todo en este hombre gritaba confianza.
No del tipo arrogante que había visto en Max.
No, este hombre no era un universitario especializado en ligar con chicas.
Este hombre dominaba cada situación.
Era un hombre que sabía lo que quería y lo tomaba.
Al volver a subir la mirada, contuve el aliento ante los ojos azul claro más impresionantes que había visto nunca.
Como si mi jadeo los hubiera invocado, aquellos ojos se apartaron de Max y me recorrieron sin pudor desde mi pelo castaño rojizo y mi sombrero de ala ancha hasta los dedos de mis pies pintados de un color vivo.
El ardor de su mirada me cubrió la piel de gallina y me erizó los pezones mientras se detenía en todo lo que había en medio.
Al notar mi reacción visible, un lado de su ceño fruncido se alzó en una sonrisa torcida.
Y entonces, se volvió de nuevo hacia Max y su tono amenazador pero protector regresó.
—Soy su marido.
Aunque debería haber protestado, estaba demasiado intrigada para interrumpir.
—Esa persona que has mencionado…
—hizo una pausa para crear efecto y luego continuó—, soy yo, y no estoy en otra parte.
Estoy aquí.
Deja a mi mujer en paz o haré que te echen.
Acudieron palabras a mi mente, palabras que podían confirmar o negar la farsa que estaba representando, pero algo en el comportamiento de este hombre me mantuvo muda en mi tumbona mientras, simultáneamente, me elevaba por encima de las nubes.
Obviamente, no necesitaba mi ayuda para ser convincente.
Además, se suponía que esta semana consistía en explorar la vida y mi verdadero yo.
En ese instante supe que no quería hacerlo con Max, pero que si se me presentaba la oportunidad de hacer realidad mis fantasías, estaba segura de que el hombre que eclipsaba el sol sería perfecto para el trabajo.
Negando con la cabeza y levantando las manos en señal de rendición, Max se puso de pie.
Su silueta quedaba empequeñecida por la de mi marido.
Sentí un hormigueo por dentro, preguntándome qué más de este hombre misterioso eclipsaría al universitario en retirada.
—Adiós, Charli con i —dijo Max, y agregó—: ¿Quizá deberías llevar tus anillos?
—Sí, Charli —regañó la voz grave—, no me digas que los has vuelto a perder.
—No —respondí con una sonrisa pícara, decidiendo seguirle el juego—.
Estoy segurísima de que están justo donde los dejé.
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