Deslealtad - Capítulo 20
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20: Capítulo 19 20: Capítulo 19 Presente
—Olvídalos, a todos —dijo Chelsea, su voz llegaba alta y clara a través de mi teléfono.
Sentada con las piernas cruzadas en la cama de mi habitación de hotel en Savannah, negué con la cabeza.
Sabía que yo estaba en Georgia y ella en California, así que sabía que no podía verme, pero necesitaba moverme.
Necesitaba explicarlo.
—Lo…
lo haré.
¡Dios!
No puedo creer que hayan hecho esto.
De verdad pensaba que se trataba de que me hubieran admitido antes.
¿Cómo?
¿Cómo han podido hacer esto?
Supongo que lo de Alton no me sorprende, ¿pero mi madre?
—O sea, ¿qué demonios?
¿De verdad pensaron que dirías: «Claro, dejad que tire mis sueños a la basura» y aceptarías su plan?
Tomé otro sorbo de vino.
Era una botella barata de una tienda de conveniencia.
De camino desde el aeropuerto, le pedí al taxista que parara.
Claro, tenían servicio de habitaciones en el Hilton, pero de repente el dinero era un problema.
No es que yo fuera una compradora compulsiva.
No era mi madre.
Mi vestuario era limitado, pero de calidad.
No era por ninguna razón más allá de la costumbre.
Era todo lo que siempre había conocido.
El vino que encontré en la tienda tenía dos ventajas: era barato y la botella era grande.
Ya había bebido esta marca antes con Chelsea, y aunque no sabía exactamente como la reserva privada de los Montague, ahora que me había bebido la mitad de la botella, apenas lo notaba.
Uno de los hechos que tenía que afrontar: mis días de gastar más en vino se habían acabado.
No acabados.
Pospuestos.
Si de alguna manera conseguía seguir estudiando, un día compraría lo mejor que el dinero pudiera ofrecer.
Un día, haría que Jane se sintiera orgullosa.
Haría que yo me sintiera orgullosa.
Bryce dijo que sería una abogada pésima porque tenía principios.
Yo no estaba de acuerdo.
—¿Chels?
—¿Sí?
—¿Crees que puedo hacerlo?
¿Puedo ser una buena abogada?
—¡Pues claro que sí!
Aparté el teléfono de mi oreja mientras una sonrisa curvaba mis labios, ahora teñidos por el vino.
—Bryce dijo que sería una mala abogada.
Mi madre no quiere que ejerza nunca.
Y luego estaba el senador.
—Todo mi cuerpo se estremeció—.
No sé si puedo con el rollo de los amigotes.
—Cariño —dijo, con un tono más suave—, te han jodido.
Tu familia te ha jodido, pero bien, y no de la manera divertida.
—Esa manera sí que me gusta más.
Chelsea se rio.
La etiqueta de la gran botella de vino me llamó la atención.
Debajo del gran dibujo de un pie, leí las palabras «Vino de California».
A pesar de mi crisis emocional, mis pensamientos se dirigieron a Nox y mi sonrisa se ensanchó.
—Ya sé que sí —dijo—.
Siempre podrías llamar al señor Guapo.
A lo mejor conoce a alguien.
Nunca averiguamos para quién trabajaba.
¿Quizá tenga algunos contactos en Nueva York?
Negué con la cabeza.
—Sí, claro, ahora mismo me pongo a ello.
«Hola, ¿te acuerdas de mí?
¿Charli?
Bueno, para empezar, ese no es mi nombre y, ah, sí, acaban de tirar toda mi vida por el retrete.
No te llamé cuando era solvente, pero ahora que estoy sin blanca, ¿puedes ayudarme?».
—Haces que suene como si fuera una mala idea.
—Es una idea malísima.
Si, y digo si, vuelvo a verlo, lo último que quiero es que piense que soy una necesitada.
—Me recosté contra el cabecero—.
Odio ser una necesitada.
Alexandria era una necesitada…
—Tía, vas a conseguirlo.
Sé que lo harás.
Primero, no estás sin blanca.
Tienes un tarro lleno de esos en tu habitación.
Segundo, tú creaste a Alex y a Charli.
Vas a…
Cerré los ojos y escuché a Chelsea darme la charla motivacional que necesitaba.
Sin embargo, la persona que veía tras mis párpados cerrados no era mi mejor amiga.
La persona que veía tenía los ojos azules más pálidos y una mandíbula cincelada.
Tenía unas manos fuertes pero delicadas.
Llevaba la colonia más sexi, pero llenaba la habitación con el dulce aroma del almizcle y el deseo.
No quería pensar en Nox, ni recordarlo, ni soñar con él.
Simplemente ocurría.
Ver vinos de California o el número de curso 101 hacía que se me encogiera el estómago.
Joder, el simple hecho de tocar los tacones que habían adornado el salpicadero del Boxster casi me provocaba un orgasmo.
Mi vibrador había gastado más pilas de las que me gustaría admitir desde que nos fuimos de Del Mar.
Nox era parte de mi historia, de mi pasado, y ya lo había aceptado.
En cierto modo, eso lo hacía mejor.
Nunca tendríamos nuestra primera pelea de verdad.
Nunca nos traicionaríamos ni acabaríamos en una relación triste como la de mi madre y Alton.
Nox sería siempre y para siempre mi príncipe.
Pensar en él era mejor que pensar en mi familia.
—¿Qué vas a hacer?
La pregunta de Chelsea me devolvió a la realidad de golpe.
—No lo sé.
Me preguntaba si podría pedirte un gran favor.
—Lo que quieras, lo tienes.
¿Quieres que venda sangre?
Por ti lo hago.
¿Óvulos?
He oído que se puede ganar mucho con eso.
—Para —dije con una risita—.
No es tan dramático.
Nada de vender.
Pongo el límite en la prostitución.
No, es solo que no tengo mi billete para Palo Alto.
La mudanza está programada para recoger mis cosas el jueves.
Ya les he pagado, así que sé que vendrán.
Puede que económicamente sea mejor para mí ir directamente a Nueva York.
Mi madre mencionó que mi primo Patrick vive en Manhattan.
No estoy segura de dónde, pero he estado pensando que podría llamarlo.
Si me deja quedarme con él hasta que mi apartamento esté listo…
entonces quizá…
—Te estaba escuchando.
De verdad que sí.
¿Cuál era tu pregunta?
—¿Empaquetarás el resto de mis cosas?
—Mmm, no estoy segura de que se me puedan confiar tus zapatos.
Respiré hondo.
—Te quiero, de verdad.
Pero como toques los Louboutins negros, tendré que matarte.
—Ni hablar.
Después de lo que pasó con esas preciosidades, creo que deberías plantearte meterlos en una especie de vitrina, ¿sabes?, ¿como las que tienen en los museos?
—¿Entonces?
—Sí, yo me encargo de empaquetar.
Primero, llama a Patrick y asegúrate de que el plan sigue en pie.
Si es así, voy a echar de menos tu cara.
Y no voy a dejarte sola en Nueva York.
Volveremos a vernos.
—Te quiero, hermana.
—Era la hermana que nunca tuve.
—Y yo a ti.
Escríbeme.
Cuéntame qué pasa.
—Lo haré.
El simple hecho de decir mi plan en voz alta le dio fuerza.
Alton y Adelaide esperaban que me sometiera a su plan.
Pensaron que me rendiría.
No voy a rendirme, no sin luchar.
Ya había pagado la fianza y el primer mes de alquiler del contrato de mi apartamento, pero quizá si Patrick tuviera sitio…
Sabía que mis posibilidades eran escasas.
Yo no habría tenido una habitación extra.
El apartamento de un dormitorio que alquilé en el Upper West Side costaba casi tres mil al mes.
Eso era por un dormitorio, una sala de estar, una cocina americana y un baño pequeño.
El metro cuadrado era extremadamente caro en Manhattan.
No mucha gente tenía habitaciones de sobra.
Por otro lado, para mantener vivo mi sueño, dormiría en un sofá durante tres años.
Tomando otro sorbo de mi vino de California, repasé mis contactos.
No había visto a Patrick desde la Navidad de mi último año en la academia.
En ese momento, él estaba en su tercer año en Pratt.
Creía recordar haber oído que había vuelto a Savannah para hacer un posgrado.
Por eso me sorprendió que Madre mencionara que estaba de vuelta en Manhattan.
Obviamente, no había hecho un buen trabajo manteniéndome al día de los asuntos familiares.
Demonios, puede que ni siquiera tuviera el mismo número de teléfono.
No podía llamar a mi madre para conseguir su información de contacto, y no estaba segura de que la tía Gwen me la diera; no si estaba metida en el plan de Alton.
Recé una oración rápida y marqué su número.
Patrick contestó al segundo tono.
—¡No me digas!
—Su entusiasmo trajo un rayo de sol a mi espíritu ensombrecido.
—Todavía estás vivo —dije.
—Oh, pequeña prima, estoy vivito y coleando.
¿He oído que vienes a Columbia pronto?
—Lo has oído.
—La tía Gwen debía de hacer un mejor trabajo manteniéndolo informado a él que mi madre a mí.
—¿Y después de todo este tiempo, voy a poder ver a una Alexandria ya hecha toda una mujer?
—Alex.
—Oh, perdona…
Alex.
Negué con la cabeza.
—Lo siento.
Acabo de irme de la mansión y estoy un poco susceptible.
—Sí, ese lugar le hace eso a la gente.
Tiene al tío Alton en un estado de cabreo constante.
Me reí.
—Está cabreado incluso cuando está fuera de la ciudad.
—¡Ya te digo!
¿Qué es de tu vida?
Hablamos de todo, excepto de la razón por la que me había ido de la Mansión Montague y la razón por la que llamaba.
Hablamos de la universidad y del posgrado.
Él habló de diseño de interiores y de cómo estaba haciendo prácticas en una conocida firma de diseño en el distrito financiero.
Dijo el nombre, pero yo no sabía mucho de diseño de interiores y nunca había oído hablar de ella.
Fue cuando dijo que vivía en el Upper East Side cuando presté más atención.
—Guau —intenté no parecer demasiado emocionada—.
Pat, eso no está lejos de Columbia.
—Al otro lado del parque.
Probablemente pueda ver los edificios desde mi ventana.
Una vista genial.
—No me puedo imaginar cuánto cuesta un sitio así.
Tengo una fianza pagada para un apartamento de un dormitorio en el Upper West Side, no muy lejos del campus.
—Chica, estaremos cerca.
Me alegro mucho de que hayas llamado.
Contuve el aliento.
—Dios, Pat, odio pedirte esto, pero mi apartamento no estará listo hasta dentro de una semana, y me preguntaba…
—Dejé que mis palabras se desvanecieran.
—Mmm, ¿cuándo tenías pensado?
—Mañana.
Lo que fuera que Patrick estuviera bebiendo debió de salir disparado contra las paredes de su apartamento con dirección de lujo.
Desde mi lado, solo lo oí ahogarse y farfullar.
—Eso no es mucho preaviso.
Déjame…
déjame devolverte la llamada.
La poca esperanza que me quedaba se evaporó.
—No.
No pasa nada.
—Pequeña prima, no te pongas así.
Escucha, sé que te has hecho toda una mujer adulta ahí en California, pero Nueva York no es Stanford.
Tampoco da miedo.
Viviste dieciocho años en esa casa de los horrores.
No tenía ni idea.
—Puedes apañártelas perfectamente aquí.
Como dice la canción, nena: «Si puedes triunfar aquí…».
—Su interpretación improvisada de «New York, New York» me devolvió la sonrisa a la cara.
—Pat, no pasa nada.
Ya se me ocurrirá algo…
—No.
Solo tengo que consultarlo con mi…
compañero de piso.
—¿Qué?
No me digas.
¿Es un compañero de piso o un «compañero de piso»?
—Patrick siempre fue guapo.
En la academia, aunque era mayor que yo, oía historias.
Era muy conocido por sus hazañas: un mujeriego por excelencia.
Sin embargo, en privado nunca me dio esa impresión.
De hecho, en privado me daba la impresión contraria.
—¿Quieres decir que viste a mi madre y no te lo contó todo?
Negué con la cabeza.
—No, pero ya conoces el código de los Fitzgerald.
Patrick se rio.
—Bueno, no me han desheredado, pero tampoco creo que lo vayan anunciando en las fiestas.
A él le iba mejor que a mí.
Yo tenía hasta las vacaciones y entonces sería desheredada oficialmente.
Al diablo con ellos.
Yo los desheredaré a ellos.
—¿Eres feliz?
—pregunté.
—Más de lo que jamás creí posible.
Suspiré.
Conocía esa sensación, brevemente.
Era la mejor.
—No quiero causar ningún problema.
—De verdad que no.
—Ningún problema.
Déjame hablar con Cy.
No estoy seguro de si estará en la ciudad o fuera.
Viaja mucho.
Te llamo a primera hora de la mañana.
De un modo u otro: ¡Nos.
Vamos.
A.
Ver!
—Gracias, Pat.
¿Es seria la cosa?
No quiero ser una molestia.
—Te quiero, cielo.
Te veo mañana.
—Mañana.
Mientras colgaba la llamada, el icono de mensaje de texto parpadeaba como un loco.
Tenía que escribir a Chelsea y decirle que había localizado a Patrick.
No reconocí el número y no aparecía ningún nombre asociado.
Apreté los dientes mientras deslizaba el dedo por la pantalla.
Por supuesto que no conocía el número: no estaba guardado en mi teléfono.
Eso no impidió que el mensaje apareciera.
Número desconocido: «ALEX, SOY BRYCE.
NO VUELVAS A HACERLO.
NO HUYAS.
ESTE FUE SIEMPRE EL PLAN…».
Había cuatro mensajes.
¿Los leo o los borro?
Pulsé el pequeño icono de la papelera.
Mañana.
Mañana me iba a Nueva York.
Mañana empezaba una nueva vida.
Ni los Montague, ni los Fitzgerald, ni los Spencers iban a dictar mi vida.
No eran mis dueños.
Si pensaban que simplemente renunciaría a mis sueños por dinero, no me conocían.
Conocían a la chica que esperaban que fuera.
Conocían a Alexandria.
Alexandria se había ido.
Alex volaba a Nueva York mañana.
Tenía una vida que vivir.
Había millones de personas en Nueva York que lo habían conseguido.
Yo encontraría la manera.
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