Deslealtad - Capítulo 21
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21: Capítulo 20 21: Capítulo 20 Presente
¿Pero qué demonios?
El taxi se detuvo en el 1214 de la Quinta Avenida, bajo un toldo, en una entrada privada.
—¿Está segura de que este es el lugar correcto?
—Sí, señorita.
Déjeme coger sus maletas.
Lo seguí, con la boca abierta, mientras retrocedía hacia la acera y estiraba el cuello hacia arriba, más y más arriba.
El cielo azul enmarcaba el reluciente edificio de cristal.
Era diferente de la elegancia tradicional que yo asociaba con Nueva York y el Upper East Side.
La mayoría de los edificios eran de piedra y ladrillo, con un arte y una maestría que ya rara vez se veían.
Aquello era la Museum Mile, Central Park y todo lo que fuera refinado.
Este edificio, sin embargo, era diferente.
Atravesé la puerta abierta con total asombro; era ultramoderno.
A medida que mis ojos se acostumbraban, observé el enorme y diáfano vestíbulo.
El suelo era de roble blanqueado y había un gran escritorio frente a una pared de paneles ornamentados e iluminados.
¿Cómo vivía Patrick aquí?
Era un becario.
Sabía que los Fitzgeralds y los Richardsons tenían dinero, dinero viejo, pero dudaba que ni el tío Preston ni la tía Gwen estuvieran dispuestos a pagar la mitad del alquiler de un sitio como este.
Me detuve con la maleta cerca de un gran pilar y empecé a escribirle a Patrick.
Justo cuando le di a enviar, las puertas del ascensor se abrieron y me vi envuelta en un cálido abrazo.
—¡Alex!
—Me apartó por los hombros y me hizo girar—.
Mira a mi pequeña prima, toda una mujer.
—Sus cejas se movieron arriba y abajo mientras su mirada se posaba en mis pechos—.
¡Toda una mujer!
Le devolví el gesto moviendo las cejas.
Al igual que Bryce, Patrick había madurado bien.
No era demasiado corpulento, pero sí que estaba en forma.
Con su metro setenta y siete, calculé que pesaría unos ochenta y dos kilos de puro músculo.
Su pelo castaño claro había retrocedido más de lo normal para su edad, pero eso solo hacía que sus ojos, del mismo color, resaltaran su atractivo rostro.
—Tú tampoco estás nada mal —dije con otro abrazo.
Olía de maravilla.
Agarró mi maleta.
—Bueno, sube.
No es gran cosa…, pero nos apañamos.
Una vez a solas en el ascensor, pregunté: —Joder, Pat, este sitio es increíble.
¿Cómo…?
Me dio un codazo en el costado.
—Espera a ver nuestro piso.
Tenía razón.
No pude hacer otra cosa que tararear y decir cosas como «guau» mientras me enseñaba su apartamento de tres dormitorios.
Estábamos en el piso cuarenta y seis, y la vista desde las ventanas del salón, así como desde la habitación de Pat y Cy, era impresionante.
No estábamos junto a los árboles de Central Park, estábamos por encima de ellos.
Desde la ventana, podía ver el parque, varios campos de béisbol, el lago…
la vista era interminable.
—Seguro que desde aquí se ve mi edificio.
—Podemos quedar en el parque los sábados.
¿Todavía sales a correr?
Me encogí de hombros, todavía demasiado aturdida para hablar.
Finalmente, respondí: —Algo.
—Había corrido en la academia.
Me daba algo que hacer y una excusa para alejarme de la Mansión Montague.
Patrick me llevó a un dormitorio al fondo del pasillo desde la cocina abierta.
Había visto fotos del sitio que había alquilado.
Mi nueva cocina era suficiente, pero parecía que debía estar en una caja de zapatos o quizá en la cocina de un barco.
Podría caber en un rincón de la suya.
Fui a la ventana de mi habitación.
La vista era de tejados y edificios, no tan increíble como en la otra dirección, pero aun así impresionante.
Si me inclinaba hacia un lado, podía vislumbrar el parque.
—Así que…
—empecé con los brazos cruzados sobre el pecho—, por lo visto les pagan muy, muy bien a los becarios.
Dejó mis maletas en la cama.
—Algo así.
¿Quieres almorzar?
Me moría de hambre.
Había tomado un avión de Savannah a Charlotte y otro de allí a LaGuardia.
Podría haber sido peor, pero todo había empezado muy temprano esta mañana.
Me senté en la barra de desayuno mientras Pat se movía por la cocina, cortando y troceando.
Para cuando terminó, cada uno teníamos una de las ensaladas más apetitosas que había visto en mi vida.
—Y además cocinas —dije con un guiño.
—Oh, pequeña prima, soy un hombre de muchos talentos.
—Háblame de Cy.
Patrick negó con la cabeza.
—Mejor dime tú qué pasa.
Anoche llamé a Mamá después de que colgáramos.
Y así, sin más…
puf.
Mi burbuja se desinfló.
Se me cayó la barbilla sobre el pecho y las lágrimas que creía secas volvieron a brotar.
Me sequé una de la mejilla.
Patrick cubrió mi mano y la apretó.
—¿Qué coño te han hecho?
Era una pregunta muy capciosa.
¿Debía remontarme a cuando tenía diez años?
¿Abrir armarios que era mejor dejar cerrados?
¿Desempolvar esqueletos que no merecían volver a la vida?
¿O me centraba en el día de ayer?
Respiré hondo y me sequé los ojos con la servilleta.
—¿Recientemente?
—Sí, cariño, si no, estaríamos aquí hasta mañana, y solo me he tomado un día libre.
Ni siquiera había pensado en eso.
—Lo siento.
Siento que hayas tenido que tomarte un día libre por mí.
—Yo no.
Mira ahí fuera.
Es un día de verano fantástico en la ciudad más bonita del mundo.
Comamos y salgamos a dar un paseo.
Si Central Park no te hace sentir mejor…
—Abrió mucho los ojos—.
…hay unas cuantas tiendecitas en la Quinta Avenida…
ah, y algunas en Madison.
Tengo la terapia de compras dominada.
—No creo que vaya a hacer mucha terapia de compras.
—Mamá no sabía…
—Su voz se apagó.
Le di un bocado a mi ensalada.
—Trasladarme de Columbia a la Facultad de Derecho de Savannah o dejarlo todo.
—Mi voz subió una octava, imitando la de mi madre—.
Es realmente innecesario que una mujer Montague trabaje.
El castaño claro de los ojos de Patrick se ensombreció.
—Ah, y casarme con Bryce Spencer y continuar con el linaje.
Venga, venga…
a hacer bebés.
—¿Están jodidamente locos?
Me reí.
—¿Acaso no sabemos los dos la respuesta a esa pregunta?
Su expresión se animó.
—Pero estás aquí.
—Luego añadió con recelo, como si se le acabara de ocurrir—: No estarás aquí para rellenar los papeles del traslado o para darte de baja, ¿verdad?
Mis labios se apretaron mientras negaba con la cabeza.
—¿Así que los mandaste a la mierda?
—Me fui después de que me dijeran que mi fondo fiduciario estaba secuestrado.
—¿Secuestrado?
No pueden hacer eso.
¿O sí?
—Alton estaba citando cláusulas.
Algo sobre que cubría la licenciatura, pero no los estudios de posgrado y los gastos.
No miré los papeles.
No podía quedarme en ese lugar ni un minuto más.
Todo lo que sé es que mi fondo fiduciario ha desaparecido.
Puedo acceder a la cuenta por internet y ha sido cerrada.
Se reclinó en la silla, empujándose con los brazos.
El movimiento hizo que sus bíceps se marcaran contra el borde de su camisa de manga corta.
—¿Nada?
¿Te dejaron sin nada?
Solo asentí mientras daba otro bocado.
La ensalada estaba fantástica.
Patrick se levantó y se puso a caminar de un lado a otro, pasándose la mano por su escaso cabello.
—¿Por qué los poderosos Fitzgeralds querrían que todo el mundo supiera que te dejaron ir a Nueva York sin nada?
—No creo que esperaran que me fuera.
Creo que a esto se refería mi madre cuando dijo que su padre no quería que ella se marchara.
Tal y como ellos lo ven, yo tuve mi oportunidad, más que ella.
Tuve cuatro años en California.
Ahora les debo mi vida a ellos y al apellido Montague.
—Hablé más alto—.
Mi cuerpo y mi alma.
Volvió a sentarse e hizo un gesto hacia la habitación.
—Este sitio…
bueno, es de Cy.
Se llama Cyrus.
Probablemente ya te habías dado cuenta de que no es que me haya tocado la lotería.
Sonreí.
—Es un alquiler bastante alto para un becario.
—Llegará a casa más tarde esta noche.
No sé si para un compromiso de tres años, pero estoy seguro de que no le importará que te quedes aquí un tiempo.
Conoce gente.
Quizá pueda ayudar.
Una semilla de esperanza brotó en mi pecho.
Era pequeña y necesitaba cuidados, pero ahí estaba.
—Gracias.
Si hace eso por una prima a la que no has visto en casi cinco años, diría que sí que te ha tocado la lotería.
Patrick sonrió y eso me alegró el corazón.
Ya había visto esa sonrisa antes.
Yo misma la había llevado.
Fuera quien fuera este Cy, hacía feliz a Patrick.
—Odio necesitar ayuda —continué—.
La cuestión es que estoy dispuesta a trabajar, pero no a perder esta oportunidad en la facultad de derecho, en Columbia.
Su mirada se iluminó.
—Déjame hablar con él.
Mientras tanto, vamos a dar un paseo por el parque y a buscar tu edificio.
Necesito saber cuánto tardaré los sábados en llegar hasta allí y levantarte el culo de la cama.
Cy odia correr y a mí me encanta.
Necesito un compañero de running.
*****
Estábamos de vuelta en casa de Patrick y yo volvía a estar en el taburete de la barra, viéndole cocinar algo que olía a gloria.
Había cortado y medido sin usar una receta ni una sola vez.
Había tres sartenes en los fogones con salsas que me hacían la boca agua.
En el horno había un no sé qué de ternera.
Tenía incluso unas hojitas pegadas con una especie de alfileres.
Parecía sacado de un libro de cocina de Martha Stewart.
—¿Dónde aprendiste a cocinar?
—pregunté, haciendo girar el vino en mi copa.
Arrugó el ceño.
—¿Estás diciendo que no crees que fuera de mi madre?
—No me malinterpretes, la tía Gwen es más casera que Adelaide, pero eso solo significa que sabe dónde está la cocina sin que le den indicaciones.
Su risa retumbó en el aire.
Realmente era guapo de una manera muy poco ruda.
Habíamos pasado la mayor parte de la tarde paseando y hablando.
Central Park era precioso.
Si conseguía que esto funcionara, quería ser la compañera de running de Patrick.
Quería conocer los caminos y las carreteras.
Ya había estado allí antes, pero cada vez me sorprendía la tranquilidad de la naturaleza rodeada por una de las ciudades más grandes del mundo.
No creo que la gente que no ha recorrido realmente los senderos, o que solo lo ha visto en las películas o en la televisión, tenga idea de su verdadero esplendor.
Encontramos mi edificio de apartamentos.
Atravesando el parque o bordeándolo por el norte, estaba a unos diez o quince minutos a pie desde aquí.
Ojalá la vida fuera sencilla y supiera con certeza que me mudaría a ese pequeño apartamento de un dormitorio en una semana.
—¿Y qué te pareció tu edificio?
—preguntó Patrick mientras rellenaba nuestras copas.
Al ir a coger la mía, se me iluminaron los ojos.
No fue por el vino, sino por la ubicación de mi edificio.
—¡Dios mío!
No podía creerlo cuando doblamos esa esquina.
Patrick se rio.
—Solo a ti se te ocurre subarrendar por internet un apartamento que está justo al lado del Restaurante de Tom.
—Lo reconocí enseguida.
Lo he visto mil veces en las reposiciones.
Es el de Seinfeld.
—Bueno, pues decidido.
Los sábados por la mañana, tú y yo salimos a correr, y luego desayunamos con Jerry y la pandilla.
Me encogí de hombros y sorbí el ácido pinot grigio.
Era de un poco mejor calidad que el que había tomado la noche anterior.
—Si tú invitas, yo como.
Al menos así tendré una comida a la semana.
Puso los ojos en blanco.
—¿Un poco dramática?
—A veces.
—Pensé en el apartamento—.
Cuando busqué, buscaba sitios cerca del campus.
Sabía que el parque estaba cerca.
No tenía ni idea.
Justo en ese momento se abrió la puerta principal y ambos nos giramos en esa dirección.
—Cy —susurró Pat.
—¿En serio?
—pregunté con una sonrisita—.
Pensaba que a lo mejor entraban extraños en tu casa sin llamar.
Los pasos se acercaron y entró un hombre apuesto y distinguido, vestido con traje.
No estoy segura de si era lo que esperaba, pero eso no era malo.
Tenía canas en las sienes y salpicadas por su pelo negro.
Era más alto que Patrick, y su rostro tenía las líneas de alguien que pasaba el tiempo pensando.
—Hola —saludó.
Acercándose a Patrick, se inclinó sobre su hombro y le besó la mejilla—.
Esto huele de maravilla.
—Se volvió hacia mí—.
Debes de ser Alexandria.
Sonreí.
—Lo soy.
—Ahora prefiere que la llamen Alex —corrigió Patrick.
—Alex, encantado de conocerte.
—Me tendió la mano.
Su agarre era firme y sus manos suaves.
—Es un placer conocerte, Cyrus.
Gracias por permitirme quedarme aquí unas noches.
—Llámame Cy, y cualquier primo de Pat es primo mío.
—Oh —pregunté, avergonzada por no haberlo pensado antes—, ¿están casados?
Los dos intercambiaron una sonrisa que me revolvió el estómago, y entonces Cy se sirvió una copa de vino y se aflojó la corbata.
—No, no estamos casados, pero si Patrick dice que necesitas un sitio donde quedarte, le creo.
—Disculpadme un minuto mientras me pongo algo un poco menos formal.
Estoy deseando conocerte, Alex.
—Se giró hacia Patrick—.
Y estoy deseando comer lo que sea que estés cocinando.
No me había dado cuenta del hambre que tenía.
Aparté la vista mientras compartían otra mirada.
Era como si estuviera de carabina con dos recién casados.
Y aunque eso me alegraba por Patrick, también me entristecía un poco por mí misma.
Después de que Cy se marchara, Patrick me miró con cara de «y-bien-¿qué-te-parece?».
Levanté mi copa.
Él hizo lo mismo, mientras yo proclamaba: —Por ustedes.
Doy mi aprobación.
—Hala, cuánto me alegro.
Podré dormir esta noche.
Había olvidado lo fácil que era bromear con Patrick.
Siempre nos habíamos llevado bien.
Quizá por eso me molestaban los rumores sobre él en la academia.
El chico que las chicas describían no era el primo que yo conocía.
Unos minutos más tarde, pregunté: —¿Cómo encontraste a Cy?
Al parecer, esa fue la señal para que Cy regresara, con un aspecto más joven y aún más guapo con vaqueros y una camisa de botones azul claro.
El color me cortó la respiración.
—Ah, esa pregunta me la hacen a mí —dijo con una sonrisa—.
Él no me encontró a mí.
Yo lo encontré a él.
Patrick asintió.
—Es verdad.
Me encontró y me salvó de un estudio de cuarenta y seis metros cuadrados con una diminuta cocina americana.
—¿Te lo imaginas?
—preguntó Cy—.
¿Todo este talento culinario desperdiciándose así?
Suspiré.
—Caramba, Cy, no tendrás algún amigo que esté buscando a alguien a quien salvar, ¿verdad?
Como solo sonrió, añadí estúpidamente: —Preferiría que fuera gay.
¡Oh, Dios mío!
Aunque el apartamento se llenó con el sonido profundo de la risa de Patrick y Cy, yo estaba muerta de vergüenza.
Tenía que aflojar con el vino.
Debía de ser por la ensalada del almuerzo y todo el ejercicio.
Era mi segunda copa.
Necesitaba algo de comida.
Cy se apoyó en la encimera y mojó una cuchara en la espesa salsa blanca.
Soplando el contenido, preguntó: —¿Hombre o mujer?
Mis mejillas debieron de ponerse rosadas.
—Creo que estaba bromeando.
—Si no lo estuvieras —dijo Patrick.
Me encogí de hombros.
—Bueno, pensaba en un hombre.
Quiero decir, sé cocinar.
—Patrick enarcó las cejas en mi dirección—.
En serio.
Puede que no sea así, pero preparo una salsa de espaguetis de muerte.
Y…
—me miré los pantalones cortos y el top que había llevado en nuestro paseo— …la verdad es que me arreglo bastante bien.
Podría ser un adorno de brazo estelar para los eventos de negocios.
—Pensé en la descripción que Nox hacía de las mujeres con las que había salido—.
Y si hay que mantener alguna ilusión, también podría hacerlo.
Si no, sería una gran amiga.
—¿Así que dices que nada de sexo?
—preguntó Cy.
Enderecé los hombros.
—¿Te estoy dando mi currículum?
—Has preguntado si tenía amigos.
—Bueno, creo que quizá una cita a ciegas sea la forma de empezar esa relación, no un: «Aquí tienes a la prima de mi pareja.
Está en la ruina y necesita un sugar daddy».
¡Mierda!
—Eso no es…
—Intenté arreglar mi metedura de pata.
Cy se rio de nuevo.
—Para, no me estás diciendo nada que no sepa.
Mira a Pat.
Lo hice y noté el rubor en sus mejillas.
—Tiene talento, es inteligente, sabe expresarse y es increíblemente guapo.
Tengo suerte de tenerlo en mi vida.
Respiré hondo y solté el aire.
—Sí, quiero lo que ustedes tienen.
—También es genial en la cama —añadió Cy mientras movía las cejas.
Patrick y yo nos reímos.
—En ese caso —aclaré—, más vale que tu amigo sea hetero.
—Hombre o…
—Hombre —respondí rápidamente.
Después de cenar, mientras ayudaba a Patrick con los platos, Cy entró en la cocina.
—Alex, ¿puedo observarte?
Di un paso atrás.
—¿Observarme?
—Tu pelo.
¿Puedo tocarlo?
Mis ojos se dirigieron a Patrick, que asintió.
—Eh, de acuerdo.
Se colocó detrás de mí y me quitó la goma del pelo.
Luego me lo ahuecó y colocó las ondas cobrizas sobre mis hombros y espalda.
Cy dio unos pasos, caminando a mi alrededor, rodeándome.
No apartó los ojos de los míos.
A continuación, me recogió el pelo y me lo amontonó en lo alto de la cabeza.
—¿Sueles maquillarte mucho?
—Puedo, pero no suelo hacerlo.
—¿Stanford?
Esto era cada vez más incómodo.
—Sí.
—¿Con honores?
—Summa cum laude.
—¿Facultad de Derecho de Columbia?
Patrick asintió.
—¿De qué están hablando ustedes dos?
—Miré de uno a otro—.
Saben que estaba bromeando, ¿verdad?
—Criada como yo —dijo Patrick.
—¿Qué significa eso?
—pregunté.
—De buena cuna, con modales, sabe desenvolverse bien en la mayoría de las situaciones —dijo Cy.
Negué con la cabeza.
—En la mayoría, pero ahora mismo me siento incómoda.
Cy me devolvió la goma del pelo y se volvió hacia Patrick.
—Si confías en ella, dale el discurso de ascensor.
Si está interesada, llama a Andrew y consigue una cita para ella por la mañana.
Yo organizaré una entrevista por la tarde.
Se me abrieron los ojos como platos.
—Pat, ¿de qué demonios están hablando?
Patrick arrojó sobre la encimera la toalla que sostenía y me tomó la mano.
—Te serviría más vino, pero esto no es algo que debas considerar cuando no estás en plenas facultades.
Tirando de mi mano, me llevó hacia el sofá del salón.
Estaba orientado hacia los grandes ventanales que iban del suelo al techo.
Al sentarnos, vi más allá de la oscuridad del parque, el resplandeciente Upper West Side.
—Pequeña prima, puedo confiar en ti, ¿verdad?
Como cuando éramos niños, ¿juramento de meñiques?
—S-sí.
Su sonrisa se ensanchó.
Era como si fuéramos niños y estuviera a punto de contarme un secreto, quizá sobre un regalo de Navidad.
—Escúchame —me indicó—.
Cuando termine, podrás hacer preguntas o decirme que estoy loco, pero prométeme que primero lo escucharás todo.
—Escucharé.
—Voy a hablarte de una empresa para la que trabajo.
—¿La empresa de diseño?
—No, aunque también trabajo ahí.
Voy a hablarte de la otra empresa para la que trabajo.
Es muy exclusiva y de gestión privada.
La gente solo se entera de su existencia por el boca a boca.
Si alguna vez te pregunta alguien de fuera de la red, nunca has oído hablar de ella.
—Pat, esto…
—Sin preguntas —me recordó.
—Perdón.
—Alex, déjame hablarte de Infidelidad.
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