Deslealtad - Capítulo 41
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41: Capítulo 16 41: Capítulo 16 Veinte años antes
Adelaide
—No —repetí, mientras mi madre, Olivia, me sujetaba la mano con fuerza.
Había escuchado tantas conversaciones y decretos dentro de los muros regios del despacho de mi padre.
Durante toda mi vida, había sido su salón del trono, su centro de control.
Desde esta habitación tomaba decisiones y emitía juicios, pero hoy era diferente.
Charles Montague II no estaba dictando.
Al igual que mi madre y yo, estaba escuchando.
Las noticias de hoy nos afectaban a todos.
—Señora Collins, el LAPD tiene pruebas significativas para creer que el conductor del coche era, en efecto, su marido, Russell Collins.
—No puede ser.
Acababa de estar aquí.
Está en un viaje de negocios.
Hablé con él ayer.
—¿A qué hora habló con él?
Mi mente estaba nublada.
Había sido más tarde, después de la cena.
Nuestra conversación fue corta, pero intercambiamos palabras.
Eso lo convertía en una conversación, ¿no?
—No recuerdo.
Después de la cena.
—La cena es siempre a las siete —intervino mi madre, como si nuestro inflexible horario fuera a ayudar de alguna manera al detective a reconstruir nuestras sórdidas vidas o la muerte de Russell.
El detective Michelson asintió y escribió en su libreta.
—Sin duda, necesitaremos ver sus registros telefónicos.
—Hablé con él en su teléfono celular.
Llamé desde la línea de nuestro dormitorio.
Michelson miró a su alrededor como si asimilara la grandeza de nuestra casa por primera vez.
—¿Tienen más de una línea telefónica?
—Sí —respondió mi padre—.
¿Es eso significativo?
—No, es solo un procedimiento habitual en casos como este para descartar a la familia.
Una pesadez me oprimió el pecho al pensar en el hombre con el que me casé, el hombre de ojos dorados y pelo cobrizo.
El hombre que conocí en Emory con los antecedentes y la crianza que complacieron a mi padre.
Recordé quiénes éramos antes de volver a Savannah, antes de que cambiáramos.
Recordé su emoción cuando le dije que estaba embarazada.
Nunca habíamos usado métodos anticonceptivos y, sin embargo, nos llevó años y dos abortos espontáneos antes de que finalmente lograra superar el primer trimestre.
Russell estaba eufórico de ser padre.
Incluso después de la ecografía que nos dijo que íbamos a tener una niña, nunca vaciló.
Para él, Alexandria no era una heredera; era su hija, su pequeña.
Ahora tendría que decirle que se había ido.
—¿Laide?
—La voz de mi padre me sacó del pasado.
—¿Qué?
—Paseé la mirada desde mi padre, sentado al otro lado de su escritorio con los ojos muy abiertos por la expectación, hasta el detective Michelson, un hombre alto y calvo con un traje barato que se balanceaba de un pie a otro—.
Lo siento.
¿Me ha preguntado algo?
—Lo lamento —dijo el detective—.
Sé que es un momento difícil.
No quiero ser el portador de más malas noticias…
Las lágrimas se me escaparon de los ojos mientras reprimía mis sollozos.
Me temblaban las manos mientras asimilaba la noticia.
Russell se había ido, para siempre.
Nunca volvería.
Cada vez que bajaba la cabeza, mi madre me apretaba la mano, recordándome que debía mantener la cabeza bien alta.
La etiqueta inadecuada era inaceptable para una Montague, incluso al enterarse de que ahora era viuda a la tierna edad de veintinueve años.
—El LAPD —continuó el detective—, quería que se le notificara en persona, antes de que se difundiera la noticia.
La cabeza de Charles subía y bajaba en un asentimiento.
—Se lo agradecemos, detective Michelson.
—Sabemos, señor Montague, lo perturbador y chocante que es esto.
Queríamos que conociera los detalles antes de que saliera a la luz cualquier otra historia.
Mi mirada se clavó en el detective.
—¿Otras historias?
¿De qué está hablando?
Acaba de decir que mi marido tuvo un accidente de coche.
¿Qué otras historias podría haber?
—Algo que había dicho antes por fin caló en mi mente—.
¿Y por qué necesitaría descartar a la familia?
¿De qué?
—Cariño —arrulló mi madre—.
Deja que los hombres hagan su trabajo.
Estoy segura de que fue puramente un accidente.
—Por supuesto que lo fue.
—Mi mirada se volvió hacia el detective Michelson—.
¿Está insinuando que no lo fue?
¿Cree que alguien a propósito…?
—No pude pronunciar las palabras mientras mi barbilla volvía a caer.
—No, señora.
Solo digo que antes de que el cuerpo del señor Collins pueda ser traído de vuelta a Savannah, es necesario hacer algunas pruebas.
En casos como este, la autopsia es obligatoria.
—N-no —susurré.
Haciendo acopio de fuerzas y levantando la vista, miré a mi padre al otro lado del gran escritorio, suplicándole ayuda sin palabras.
Si alguien podía detener esto, era Charles Montague II.
—Laide —dijo él, con un tono que rezumaba preocupación paternal—, es su trabajo.
Negué con la cabeza.
—No quiero que lo abran.
No.
Yo soy su familia, Alexandria y yo.
Somos todo lo que tiene…, tenía.
Yo digo que no.
¿No puedo decir que no?
—Lo siento —dijo el detective de nuevo, aunque dudé de su sinceridad—.
Es el protocolo.
Como expliqué, el coche explotó con el impacto.
Su cuerpo quedó quemado hasta quedar irreconocible.
Aunque el coche estaba muy dañado, era de alquiler, y el LAPD pudo rastrearlo hasta el señor Collins.
Tras el examen preliminar del médico forense, el hombre que conducía ese coche coincidía con la descripción de su marido: altura, peso, edad, pero su identidad y la causa de la muerte no pueden confirmarse al cien por cien sin la autopsia.
—Espere.
¿Y los registros dentales?
—pregunté.
—Ya hemos solicitado los de su dentista con una orden judicial.
Sin embargo, eso no confirmará la causa de su muerte.
Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro en un pequeño espacio frente al escritorio de Charles.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Usted dijo que el coche explotó.
Él no pudo salir.
¿No fue esa la causa de la muerte?
—Superficialmente.
Sin embargo, hay que hacer pruebas para confirmar que no había sustancias extrañas en su organismo: drogas, exceso de alcohol, cualquier cosa.
Esto no es discutible.
El médico forense ya ha empezado.
Mi estómago se retorció.
—¿Padre?
¿No hay nada que puedas hacer?
No quiero que hagan esto.
Él no querría eso.
Charles Montague II negó con la cabeza.
—Creo que esto es algo que debe hacerse.
Ayudará a cerrar el ciclo.
—¿Cerrar el ciclo?
¡Cerrar el ciclo!
Mi marido ya no está.
Soy viuda y no tengo ni treinta años, y tú hablas de cerrar el ciclo.
¿Y qué hay de Alexandria?
Sean cuales sean los resultados, ella nunca podrá despedirse de su padre.
Yo nunca… —Más lágrimas brotaron.
—Señora Collins, ¿su marido solía conducir a velocidades excesivas?
Me encogí de hombros mientras volvía a sentarme en la silla.
—A Russell le gustaban los coches rápidos.
Nunca conducía demasiado rápido conmigo o con Alexandria.
—Recordé un regalo que le hice cuando nos casamos—.
Una vez hizo uno de esos fines de semana de fantasía de carreras de coches.
El detective siguió tomando notas mientras yo hablaba.
—Pero no era un bebedor.
Dudo que encuentren algo.
Apenas bebía vino.
—Odio preguntar, ¿pero su matrimonio?
El LAPD quiere saber si había problemas.
Mis ojos llorosos se abrieron de par en par.
—No.
Eso es absurdo.
—No pretendía insinuar nada con eso.
Es una pregunta estándar cuando hay un seguro de vida de por medio.
Charles se enderezó en su asiento.
—Detective, ¿acaso parece que mi hija necesite el dinero del seguro?
El hombre alto y calvo negó con la cabeza.
—Superficialmente no, pero estas son todas preguntas que deben ser respondidas.
—No —dije con más convicción de la que había reunido hasta entonces—.
Lo que tiene que pasar es que traigan a Russell a casa.
Tenemos que organizar un funeral, y yo tengo que explicarle a nuestra hija de tres años que su padre no volverá nunca a casa.
—En cuanto la autopsia…
—Detective, quiero a mi marido en casa.
Mis ojos azules se encontraron con los de mi padre.
Lentamente, sus labios formaron una línea recta y asintió.
Me recliné en la silla.
—Dígame cuándo se cumplirán los deseos de mi hija.
—No fue una pregunta.
Charles Montague II no preguntó.
Lo proclamó.
—Tan pronto como sea posible.
Nos pondremos en contacto con el LAPD y haremos todo lo que podamos.
—Gracias, detective Michelson.
Por favor, póngase en contacto conmigo con los resultados de cualquier prueba.
No creo que encuentren nada, pero si lo hacen, la Corporación Montague necesita saber a qué se enfrenta.
—Por supuesto, señor.
Siendo uno de los mayores empleadores de la zona y de fuera de ella, la reputación de la Corporación Montague era algo que la policía de Savannah haría todo lo posible por mantener.
—Si eso es todo —dijo mi madre—, creo que mi hija necesita algo de tiempo.
Estaré encantada de acompañarle a la puerta.
El detective Michelson asintió.
—Estaremos en contacto.
—Olivia, por favor, cierra la puerta.
Mis ojos miraron nerviosamente a los de mi padre mientras la puerta se cerraba y el silencio prevalecía.
Escuchar al detective de la policía dar detalles espantosos de la muerte de mi marido debería revolverme el estómago, y lo hizo.
Pero no tanto como quedarme a solas con la mirada sentenciosa de Charles.
Obligando a mi cuello a enderezarse, respiré hondo e intenté ignorar que el temblor que había experimentado al entrar en su despacho había vuelto.
Mi padre se levantó y se movió a la silla a mi lado, la que mi madre había ocupado.
—No te preocupes.
No era lo que esperaba oír.
—Pero si ellos…
—No encontrarán nada fuera de lo común.
Russell salió a dar un paseo para divertirse.
Perdió el control.
Montague hará una declaración pública y pedirá tiempo…, tiempo para el duelo.
Por primera vez en años, mis pulmones se llenaron al inhalar.
Mi pecho subía y bajaba rítmicamente mientras cada respiración llevaba el oxígeno esencial a mi torrente sanguíneo privado de él.
Como el agua a la arcilla de Georgia, trajo una semilla de esperanza donde antes reinaba la desesperanza.
Las palabras de Charles calaron en mí.
Su bajo y monótono tenor se infiltró en mi nueva sensación de libertad.
—… un tiempo respetable antes de que te vuelvas a casar.
Mi cara se giró bruscamente hacia la suya.
—¿Por qué?
No quiero volver a casarme.
—Eso es una tontería.
Por supuesto que te volverás a casar.
Creo que alguien mayor que Russell.
Él no podía controlarte como es debido.
Me puse de pie, negando con la cabeza.
—No puedo tener hijos.
No hay razón para que me vuelva a casar.
—Adelaide, siéntate y baja la voz.
Lentamente, hice lo que me dijo.
—No viviré para siempre.
Necesito saber que la Corporación Montague está en manos capaces.
—¿Y qué hay de mí?
¿Y de Alexandria?
—No seas ridícula.
Tenías una misión…, corrección, dos misiones.
Fracasaste en ambas.
El marido que elegiste era un incapaz.
Quizá ese fue tu verdadero fracaso.
Él.
Russell Collins no pudo dar un hijo, fracasó como marido y fue una decepción como hombre de negocios.
—La posición de tu marido es demasiado importante como para permitir que vuelvas a fracasar.
Yo encontraré un hombre aceptable para supervisar mi imperio.
—Estás loco.
—Era la primera vez que me enfrentaba a él.
—¿Perdona?
—¿Tu imperio?
Por Dios, ¿quién te crees que eres, el rey de Savannah?
—Adelaide.
—Su tono amenazó con acallar mi inusual arrebato.
Sin embargo, continué: —Tú señalas con el dedo, pero pareces olvidar.
Tú mismo solo engendraste una hija.
—No.
—La única palabra salió como un gruñido—.
No lo he olvidado.
Me lo recuerdan todos los días.
Por eso seré yo quien supervise a este próximo marido.
Tu trabajo, tu deber, es darme un yerno capaz de las tareas que tengo por delante.
No volveré a arriesgarme a tu escasa capacidad para tomar decisiones.
—Dijiste que te casaste por amor.
Bueno, hija, ¿y cómo te fue con eso?
La Corporación Montague, mi imperio, es demasiado importante como para dejar que la emoción sea un factor decisivo.
Incapaz de respirar, me quedé sentada y muda mientras él seguía y seguía hablando de mi futuro y el de Alexandria.
—Podría irme.
No necesito hacer esto.
Mi padre se rio.
—Adelante, hazlo.
Ah, es verdad.
Lo has sido durante veintinueve años.
La puerta no está cerrada con llave, pero no te llevarás a Alexandria.
¿Pero qué demonios?
—No puedes arrebatarme a mi hija.
—No permiten niños en la cárcel.
Eso es lo que les pasa a las mujeres que matan a sus maridos.
No fui yo quien encargó su muerte.
Charles lo sabía.
—¡Yo no fui!
No tuve nada que ver.
Acabas de decir que no encontrarán nada.
—No lo harán, a menos que yo quiera que lo hagan.
Como todo lo demás, mi opinión no importaba.
Era mi deber.
Me lo habían dicho desde el día en que nací.
Discutir sería inútil.
Después de todo, este era su imperio.
El rey Carlos II, gobernante supremo de la Mansión Montague y más allá.
—¿Cuándo planeas que me case?
¿Cuál es un tiempo aceptable?
Su mano fría palmeó la mía.
—No te preocupes por eso.
Papá se encargará de todo.
Tú guarda luto.
Pero cuando lo hagas… —agitó la mano de arriba abajo—…, recuerda mantenerte… apetecible.
Puede que Russell se cansara de ti, pero no dejarás que eso vuelva a ocurrir.
Eres una Montague.
No lo olvides nunca.
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