Deslealtad - Capítulo 42
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42: Capítulo 17 42: Capítulo 17 Charli
—Señoras y señores —retumbó el anuncio del capitán por los altavoces—.
Les pedimos disculpas por las molestias; sin embargo, la torre nos ha informado de que hay un atasco en la pista y nuestra salida desde la puerta de embarque se retrasará.
Miré mi reloj.
Ya era hora de despegar y, sin embargo, la puerta de la cabina seguía abierta.
Puede que estuviera paranoica, pero cuanto más tiempo pasaba sin poder contactar con Nox, más escenarios ridículos creaba mi mente.
No me costaba nada.
En primera clase lo veía todo.
Vi la sarta de rostros desconocidos que pasaron después de que yo subiera a bordo.
Me di cuenta de cuándo los pasajeros dejaron de embarcar.
Observé cómo la azafata empezaba a cerrar la puerta de la cabina y vi al auxiliar de la pasarela de embarque, el que se encarga de lo que sea que ocurra fuera del avión, susurrarle algo a la azafata de dentro.
Me di cuenta de que dejaron la puerta abierta.
Ahora, con el reciente anuncio, no sabía qué pensar.
Seguramente, no estaban retrasando un avión de doscientos pasajeros por mi culpa.
Esa idea era ridícula.
Nadie tenía tanto poder.
Volví a mirar el teléfono que tenía en las manos.
Debería estar apagado, pero, por otro lado, ya deberíamos estar en el aire.
Desde que me había sentado, había intentado llamar a Nox dos veces.
Cada intento se había ido al buzón de voz.
No había dejado ningún mensaje.
No sabía qué decir.
Después de todo, le había dejado una nota.
No era como dejarlo en Del Mar.
Con nuestro acuerdo, sabía que volvería a verlo, y tenía la incómoda sensación de que sería similar a lo de ayer.
Me removí en el asiento con recuerdos fantasma del escozor de aquel reencuentro.
Lo último que le había dicho fue que seguiría sus indicaciones y me encontraría con él en el bar a las siete.
No intentaba desobedecerlo a cada paso; sin embargo, él probablemente lo vería de esa manera.
Como la persona del 3F nunca llegó, me desabroché el cinturón y me deslicé hacia el lado para acercarme a la diminuta ventanilla.
La vista era mi distracción, una forma de no pensar en Chelsea y sus heridas o en Nox y sus consecuencias.
En lugar de eso, me concentré en la gente de fuera, la gente en tierra que correteaba con carros de maletas.
Toda la operación me fascinaba.
En realidad, no me importaba cómo llegaba mi equipaje facturado de un aeropuerto a otro, pero el hecho de que lo hiciera era una hazaña en sí misma.
Había veces en que había corrido a toda velocidad por grandes aeropuertos, llegando por los pelos a mi vuelo de conexión y, aun así, mi equipaje casi siempre estaba allí a mi llegada.
La vibración de mi teléfono me sacó de los pensamientos mundanos sobre equipajes y aeropuertos y me devolvió a la realidad.
NOX – NÚMERO PRIVADO
Tragué saliva y me enfrenté a la situación.
—Hola.
—¿Hola?
¿Esa es tu respuesta?
Se me encogió el corazón ante su tono frío.
¿Qué me esperaba?
—He intentado contactar contigo varias veces.
—Yo también.
Explícate.
Vale.
Al menos está dispuesto a escuchar.
—¿Te acuerdas de Chelsea?
—¿Tu hermana, que no lo es?
—respondió Nox.
—Sí.
Te dije que vivíamos juntas.
Lo hacíamos, cerca de Stanford, en Palo Alto.
Hoy era el día en que se suponía que los de la mudanza recogerían mis cosas para traerlas a Nueva York.
—No necesitas nada de California.
Te dije que fueras de compras hoy.
Cerré los ojos e intenté mantener la voz baja.
—Por favor, escucha.
—Como no respondió, continué—.
Sí que necesitaba cosas.
Programé esta mudanza antes de que… antes de que mi vida implosionara.
El caso es que hoy he recibido una llamada de los de la mudanza.
Estaban allí, llamando a la puerta, y Chelsea no abría.
—¿Estás volando a California para abrir una puta puerta?
—¡Cállate!
—susurré entre dientes.
Estaba harta de su actitud—.
Solo escucha.
La quiero.
Es más hermana para mí de lo que nunca he tenido.
Llamé a nuestro complejo de apartamentos.
Abrieron la puerta y la encontraron.
Estaba herida.
Nox, alguien la ha herido.
Se la llevaron al hospital y… —intenté sin éxito contener las lágrimas—.
…necesito verla.
Necesito estar allí.
Lo siento.
Esto no va sobre ti ni sobre nosotros ni nada.
Necesito estar allí… —Mis palabras se desvanecieron cuando una pasajera que acababa de embarcar me llamó la atención—.
¿Es en serio?
—pregunté mientras mi mirada se encontraba con la de Deloris Witt.
—¿Esa pregunta es para mí?
—preguntó—.
La última vez que hablé me dijiste que me callara.
Miré de Deloris al asiento de al lado, atónita de que estuviera allí, y preguntándome en silencio si se suponía que debía sentarse en el 3D.
Negando con la cabeza, sonrió y pasó de largo en silencio.
Bueno, al menos sonrió.
—¿Tú…?
Mis palabras se desvanecieron cuando el siguiente pasajero embarcó.
El hombre guapísimo que se llevaba un teléfono a la oreja, el que tuvo que agachar la cabeza al entrar, me dejó sin aliento.
No estaba segura de si era por el hecho de que estuviera allí o por lo increíblemente despampanante que estaba con su traje.
Por lo visto, no fui la única en darse cuenta, pues las azafatas se ofrecieron rápidamente a ayudarle, cogiendo la chaqueta de su traje y colgándola en el pequeño armario.
Detrás de él iba otro hombre que también conocía.
Sonriendo a las azafatas, los ojos de Nox encontraron los míos.
Apartándose el teléfono de la oreja, asintió en mi dirección, pulsó el botón de colgar y se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón.
Tragué el nudo que tenía en la garganta, sin saber qué hacer o decir.
Incapaz de comprenderlo, me quedé paralizada, con el teléfono todavía en la oreja.
Nox le susurró algo a Isaac, que asintió en mi dirección antes de seguir a Deloris hacia el fondo del avión.
Nox frunció el ceño, interrogante, mientras se acomodaba en el asiento a mi lado.
Sin decir palabra, cogió mi teléfono y pulsó el botón de colgar.
Un segundo después se inclinó más cerca y sus cálidos labios chocaron con los míos mientras una nube de colonia amaderada reemplazaba el aire viciado de la cabina.
Cuando se apartó, un azul marino se arremolinaba en el azul pálido de sus ojos.
La mirada amenazante que yo adoraba se clavó en mí, a solo unos centímetros, diciéndolo todo sin que sus labios hubieran pronunciado palabra.
La presa de mis emociones se rompió.
Había sido demasiado durante demasiado tiempo.
Me dejé caer hacia delante mientras sus brazos me rodeaban y las lágrimas humedecían su camisa blanca.
—Lo siento.
—Mi disculpa salió ahogada por su abrazo—.
No debería haberme ido, pero estoy muy preocupada.
—¿Cómo está?
¿Has sabido algo?
Me eché hacia atrás y me quedé mirando a aquel hombre tan hermoso.
Por su expresión, la ternura de su contacto y la preocupación en su voz, no era el hombre que me había dejado esta mañana.
Era el hombre de Del Mar.
Antes de que pudiera responder, me giré hacia la azafata que cerraba la puerta principal de la cabina.
El anuncio del capitán sonó por los altavoces.
—Señoras y señores, les pido disculpas por el retraso.
Parece que la torre nos permite proceder.
Para aquellos de ustedes que tengan un vuelo de conexión, creo que con las condiciones meteorológicas actuales, llegaremos a San Francisco a la hora prevista.
Negué con la cabeza.
—¿Has retrasado un avión?
Nox me cogió la barbilla y obligó a mis ojos a encontrarse con los suyos.
—Me perteneces.
No voy a dejar que cruces el país volando tú sola.
—¿Cómo?
—¿Por qué?
—preguntó él, sin responder a mi pregunta.
—Te lo he dicho, por Chelsea.
—Charli, la atacaron en tu apartamento.
Asentí.
—No, no me estás escuchando.
Alguien la atacó, en tu apartamento.
—¿Lo sabías?
¿Antes de nuestra llamada?
—pregunté, asombrada.
—Deloris lo descubrió.
¿No lo ves?
¿No ves lo peligroso que es esto?
No estoy siendo un cavernícola ni un capullo ni ningún otro nombre que quieras ponerme.
Estoy siendo cauto.
Hoy has intentado darle esquinazo a Isaac.
Debes permanecer con tu equipo de seguridad.
—¿Por eso está él aquí?
—pregunté.
—Por ahora.
Está aquí por los dos.
Voy a ir contigo a visitar a Chelsea.
Si decides quedarte con ella y yo necesito volver a Nueva York, la señora Witt garantizará la seguridad de ambos.
Bajé la vista cuando Nox me cogió la mano y nuestros dedos se entrelazaron.
El esmalte de uñas rojo brillante de anoche había desaparecido, reemplazado por un nuevo tono nude.
El calor de su contacto fluyó desde nuestra conexión por todo mi cuerpo, llenándome de un apoyo que nunca había conocido.
—¿Qué?
—preguntó.
—Tenía miedo de que te enfadaras.
Me besó la nariz.
—¿Enfadarme porque estás preocupada por tu hermana?
Negué con la cabeza.
—Te he dicho…
—Charli, una hermana no es solo de sangre.
Yo no tengo hermanos, pero hay personas con las que tengo más cercanía que con mi propia sangre.
Iremos y nos aseguraremos de que Chelsea esté bien.
Luego, si quieres, podemos traerla de vuelta a Nueva York y mantenerla a salvo.
Si ella significa tanto para ti, significa tanto para mí.
Mi cabeza seguía moviéndose de un lado a otro.
—¿Quién coño eres?
Nox se acercó, su colonia nublando mis pensamientos.
—Soy Batman, princesa.
La próxima vez que quieras cruzar el país volando, dímelo.
No retrasaré los planes de doscientas personas, y podremos volar en el avión murciélago.
Negó con la cabeza mientras el avión empezaba a moverse y señaló mi regazo con la barbilla.
—¿Qué?
—Abróchate el cinturón.
Aunque no quería soltarle la mano, sonreí e hice lo que me dijo.
—En realidad —dije—, creo que estoy en tu asiento.
Como este estaba vacío, me cambié para mirar por la ventanilla.
—Puedes quedarte con el asiento de la ventanilla.
—Volvió a cogerme la mano.
Esta vez, se la llevó a los labios y me besó los nudillos—.
Prefiero mi vista actual.
Cuando ya estábamos en el aire, me recliné e intenté encontrarle sentido a todo.
—¿Nox?
—¿Mmm?
—¿Cómo lo descubrió Deloris?
¿Vio la nota que te dejé?
—¿Me dejaste una nota?
—Sí —respondí—.
En la suite del hotel.
—No.
Fue tu teléfono.
—¿Mi teléfono?
—Aunque intentaste darle esquinazo, Isaac te estuvo vigilando hoy.
Dijo que te alteraste por una llamada y volviste corriendo al hotel.
—No intentaba darle esquinazo.
Quería caminar, despejar la cabeza.
—Entonces, infórmale.
No te limites a desaparecer.
¿Me habría visto en mi apartamento?
—Por favor, sigue, pero luego tengo que decirte algo.
—Deloris comprobó tus llamadas —explicó—.
Como todas tus llamadas recientes, excepto las que me hiciste a mí, a ella o a Isaac, eran hacia y desde California, investigó un poco más.
No sé cómo hace lo que hace, pero sé que es inestimable.
—Me apretó la mano—.
¿Qué tienes que decirme?
—Probablemente ya lo sepas.
—Aunque así sea, prefiero oírlo de ti.
Se me revolvió el estómago con lo que estaba a punto de confesar.
Me gustaba el hombre que tenía a mi lado, el que se preocupaba por mi seguridad, el que escuchaba y me cogía la mano.
Si le decía que había vuelto a desobedecer sus órdenes, que había firmado el contrato de alquiler y había accedido a quedarme con mi apartamento, ¿se transformaría en el hombre de ayer y de anoche?
—Tengo miedo —confesé.
La azafata le sonrió a Nox mientras le entregaba nuestras bebidas.
Cuando Nox me pasó la copa de vino tinto, sus mejillas se alzaron.
—Brindemos.
—¿Por?
—Por nosotros, juntos de nuevo en California.
—Su sonrisa se ensanchó.
Nuestras copas chocaron y cada uno dio un sorbo.
—También podríamos brindar por lo que sea que vayas a decirme.
Suspiré.
—No creo que sea digno de un brindis, pero allá va.
No cancelé mi contrato de alquiler.
Lo firmé hoy, en persona, y tengo las llaves de mi apartamento.
Por su forma de asentir, supe que había acertado.
Él ya lo sabía.
Le di tiempo para responder, pero como no lo hizo, pregunté: —¿En qué estás pensando?
—Estoy pensando en lo divertido que será cuando te tenga a solas.
La tensión que había sentido momentos antes en el estómago se desplazó más abajo.
—Eso es lo que me da miedo —dije, sonando más seductora que asustada.
—Oh, princesa —susurró Nox cerca de mi oído—, debería darte miedo.
Debería.
Tu lista de ofensas parece no tener fin.
Si estuviéramos en el avión murciélago, empezaría tu castigo ahora mismo.
Con cada palabra, mi pecho subía y bajaba y mi respiración se agitaba.
Sus labios rozaron mi cuello mientras su cálido aliento bordeaba mi mejilla.
El tono bajo de su susurro retumbó en mi interior.
—Estás jodidamente despampanante cuando estás excitada.
—No lo estoy —mentí.
—Lo estás.
Estás despampanante —hizo una pausa por un momento e inhaló—.
Y estás tan húmeda que puedo olerlo.
Princesa, no estás asustada; estás excitada.
Respiré hondo e intenté fingir que se equivocaba.
Levantando mi copa de vino, me giré valientemente en su dirección, muy consciente de la fricción que causaba el movimiento.
Mirándolo a los ojos, propuse: —Otro brindis.
Por saber los apellidos, señor Demetri.
Él sonrió de lado.
—Usar ese nombre no va a salvarte.
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