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Deslealtad - Capítulo 48

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48: Capítulo 23 48: Capítulo 23 Charli
Al salir de la habitación de Chelsea, reduje la marcha instintivamente, esperando a mi sombra.

En algún momento de los últimos días, la presencia de Isaac se había convertido en mi normalidad.

Deloris me prometió que pronto tendría mi propio guardaespaldas y chófer.

Una parte de mí quería quedarse con Isaac.

Había algo en él que no me molestaba.

Quizá fuera la forma en que hizo notar su presencia con Bryce.

Quizá fuera el darme cuenta de que lo que le ocurrió a Chelsea podría haberme ocurrido a mí.

No quería creerme la mentalidad paranoica de Nox, pero ignorarla tampoco parecía prudente.

Mi teléfono vibró.

Al sacarlo del bolso, deseé que la llamada fuera de Nox.

BRYCE apareció en mi pantalla y suspiré.

Con Isaac a mi lado, sopesé mis opciones.

Podía dejar que la llamada se fuera al buzón de voz o excusarme para ir al baño y alejarme de oídos indiscretos.

Mientras esos pensamientos corrían por mi mente, mi buen juicio me dijo que era mejor arrancar la tirita de una vez.

Ahora que mi mundo incluía a Deloris y a Isaac, mi capacidad para ocultar llamadas o cualquier otra cosa parecía remota.

No importaba dónde atendiera la llamada, Nox lo sabría.

Respirando hondo, deslicé el dedo por la pantalla.

—¿Hola?

—Alexandria —dijo Bryce, obviamente incapaz de cumplir mi petición de un nombre más corto—.

Gracias a Dios que has contestado.

He estado muy preocupado por ti.

Apreté los dientes, de repente hirviendo con la necesidad de defender a Nox.

—Deja de preocuparte.

Vete a casa.

Estoy bien.

En cuanto Chelsea salga del hospital, me iré a casa.

—Eso es genial —dijo con un suspiro—.

Tus padres se sentirán aliviados.

Es demasiado peligroso.

Tienes que estar en casa.

Miré a Isaac, casi segura de que podía oír cada palabra, y negué con la cabeza.

Como todavía caminábamos por los pasillos del hospital, mantuve la voz baja.

—No, has entendido mal.

Volveré a casa, a Nueva York.

Silencio momentáneo.

Como no dije nada más, preguntó: —¿Has buscado al menos a Demetri en Google?

¿Has llamado a Adelaide para saber qué está pasando?

¿Has hecho alguna de las cosas que te dije que hicieras?

Estiré el cuello.

—¿Que me has dicho que hiciera?

Bienvenido al nuevo mundo.

Ya no hago lo que me dices que haga.

Mencionaste esas cosas anoche y desde entonces he estado un poco ocupada.

—¿Ocupada haciendo qué, Alexandria?

¿Acostándote con un asesino?

—Adiós, Bryce.

—No.

Por favor, lo siento.

De verdad.

—Sus palabras brotaron a través del teléfono, atropellándose unas a otras—.

Sé que tu orientación en Columbia empieza pronto.

Pasa unos días en casa, entérate de los detalles de lo que pasó, y verás que tu lugar está en Savannah.

Isaac abrió la puerta del coche.

Asentí mientras me acomodaba en el asiento.

—Estás hablando en círculos, Bryce.

Por favor, vete a casa, deja en paz a mi amiga e infórmale a Alton de que no voy a volver.

Dile que ha perdido.

Su juego de poder no ha funcionado.

Si no sabes de qué estoy hablando, pregúntale a Adelaide y a Alton.

—Sé lo que pasó.

De verdad que lo sé.

También sé que no fueron ellos…, fuiste tú.

«¿Pero qué demonios?».

—Puedes recuperarlo.

Escuché una conversación que no debía oír.

Quería decírtelo en persona, pero, joder, me estoy desesperando.

Me dolió el pecho con la realidad de la Mansión Montague.

No sabía si creer a Bryce o si Alton le había tendido una trampa a propósito para que oyera algo.

En cualquier caso, dudaba que fuera un accidente.

Allí todo estaba calculado.

—¿Desesperado?

¿Por qué te importa?

Su suspiro llenó mis oídos.

—¿Que por qué me importa?

Alexandria, me importa porque te quiero.

Te he querido desde que éramos niños.

No respondí.

—No quiero tener esta conversación por teléfono, pero no me dejas otra opción.

Tragué saliva.

La emoción en su voz me estaba afectando, encontrando ese pequeño lugar dentro de mí, el lugar que había escondido, el lugar que le había pertenecido desde que éramos niños correteando por los jardines de la Mansión Montague y Carmichael Hall.

—¿Me estás escuchando?

Asentí, con una lágrima asomando a mis ojos.

—Sí, pero tengo que colgar.

—Déjame decirte esto…

Por favor.

—Date prisa, Bryce.

—He salido con otras personas durante los últimos cuatro años.

Me irrité.

—Retrocede más.

—Sí, he salido con otras.

No voy a mentir.

Ninguna de esas otras mujeres significó nada para mí.

Tenían un propósito, eran mi distracción.

Demetri es tu distracción.

Lo entiendo.

No lo usaré en tu contra…, en nuestra contra.

Captó tu atención.

Pero ¿no te preguntas por qué?

¿No te preguntas por qué un criminal y un pez gordo en tantos escenarios diferentes te encontraría a ti, Alexandria Montague Collins?

«¿Qué está diciendo?».

—Te está utilizando.

No le importa nadie.

Es un aprovechado y un asesino.

Estás ahí por una razón.

Cuando cumpla ese propósito, solo podemos esperar que te deseche, porque, Alexandria, la otra opción me acojona.

La otra opción es que acabes como su mujer.

Su volumen subió.

—Eso no puede pasar.

Hemos sido el destino del otro.

No puedo imaginar mi vida sin ti en ella.

Eres mi todo…, mi pasado…, mi futuro…, la madre de…

Negué con la cabeza, sin querer escuchar más sus palabras.

—Para.

Deja de llamar.

—¿Por qué?

¿Porque Demetri se enfadará?

¿Te mira el teléfono?

¿Te dice con quién puedes hablar?

No deberías vivir así.

—No —lo corregí—.

No llames porque me molesta a mí.

Adiós.

Colgué la llamada y volví la vista hacia la ventanilla.

No necesitaba mirar al asiento delantero para saber que Isaac había oído cada palabra que dije.

Le quité el volumen al teléfono y envié un mensaje de texto.

Para: NOX – NÚMERO PRIVADO:
Yo: «ESTAMOS DE CAMINO.

ACABO DE HABLAR CON BRYCE.

ESPERO QUE ESTA MIERDA CON ÉL SE HAYA ACABADO.

ESTOY DESEANDO VERTE».

Nuevas preguntas se acumularon con mi habitual torbellino de incertidumbre.

¿Era esto inteligente?

¿Podría encontrar alguna prueba de que lo que Bryce decía era verdad?

Sí, había mentido en el pasado, pero ¿significaba eso que debía ignorar todo lo demás?

Evitando la mirada de Isaac en el espejo retrovisor, respiré hondo, abrí el navegador del teléfono e hice lo que Bryce había sugerido, quizá lo que debería haber hecho en cuanto supe el nombre completo de Lennox.

Busqué a Lennox Demetri en Google.

Aparecieron múltiples artículos, de los que solo se veían las primeras palabras de cada uno.

Algunos tenían fotos.

Su hermoso rostro y sus ojos azul claro hicieron que se me encogiera el estómago.

Hice clic para ampliar la primera foto.

El artículo comenzaba.

No quise jadear, pero lo hice.

No fue solo su imagen lo que me dejó sin aliento.

No fue su sensualidad o su magnetismo, sino quién estaba con él.

Lennox Demetri visto recientemente…

¡Mierda!

Deloris hablaba en serio cuando dijo el mundo…, el puto mundo entero.

La foto de mi pantalla era una fotografía espontánea, tomada ayer, de nosotros dos de pie en el aeropuerto de San Francisco.

Giré el teléfono para ampliar la imagen.

Se me secó la boca.

Allí estaba Nox, todo atractivo y de portada de GQ con su traje de seda, y yo, con un vestido de verano, sandalias planas y el pelo en una coleta baja, con aspecto de acabarme de despertar de una siesta de tres horas.

La foto debió de ser tomada mientras esperábamos a que Deloris e Isaac desembarcaran, ya que estábamos solos.

Me desplacé hacia abajo y leí.

El breve artículo trataba sobre todo de mí.

No de mi identidad.

Decía mi nombre, Alexandria Collins.

Siendo realistas, podrían haberlo sacado de cualquier parte, incluida la información de mi billete de avión.

Quienquiera que escribiera el artículo estaba más interesado en publicar la foto de Lennox con una mujer que en investigar los detalles.

No había nada sobre el retraso del vuelo ni sobre mi familia.

El énfasis estaba en que Lennox Demetri, autoproclamado soltero desde la muerte de su esposa durante cuatro años, Jocelyn Demetri, viajaba con una mujer.

Jocelyn…

El nombre me dolió en el corazón, no por celos.

Recordé cómo había mirado al techo con la vista perdida cuando mencionó a su madre.

Ese milisegundo de emoción me entristeció.

¿Cómo sería hablar de esa otra mujer, su esposa?

¿Quién era ella?

Obviamente, estuvo casada con él durante cuatro años.

Sin duda, alguien a quien amaba.

No todos los matrimonios eran por amor…, mi madre era un buen ejemplo.

No importaba cuánto tiempo hacía que Jocelyn había muerto, yo sabía que Nox se había quitado el anillo de bodas hacía muy poco.

¿Cómo podía un hombre que seguía llevando su anillo de bodas, un hombre tan sexy y cotizado como Nox, ser acusado de matar a su esposa?

Pregunta tras pregunta bombardeaba mis pensamientos.

El paisaje del norte de California que tanto adoraba no era más que un punto en mi radar, inadvertido mientras conducíamos hacia la ciudad, las elevaciones, la bahía, la belleza.

Nada de ello calaba en mí.

Mi pulso se aceleró un poco cuando me di cuenta de que el nombre de Jocelyn estaba en azul, a diferencia del texto en negro.

Era un enlace…, un portal moderno que me daba acceso a todas las respuestas a mis preguntas.

Todo lo que tenía que hacer era tocarlo.

Con aprensión, mi dedo se detuvo sobre su nombre.

Antes de que pudiera activar el enlace, recordé algo que dijo Deloris.

Dijo que había leído mi perfil, e incluso antes, en Del Mar, dijo que conocía mi apellido.

Dejó la clara impresión de que sabía más, quizá incluso que yo era una Montague.

Sin embargo, se encargó de señalar que Nox no quería conocer sus impresiones.

Quería saber de mí por mí misma.

¿No le debía yo a Nox la misma consideración?

¿No debería saber de Jocelyn por él, cuando y si estuviera listo para compartirlo?

Y luego estaba el miedo a lo que podría descubrir.

¿Y si lo que Bryce dijo era verdad?

Antes de que la tentación pudiera más, cerré el navegador.

Cuando me volví hacia la ventanilla, ya estábamos en la ciudad.

Los hermosos edificios, uno tras otro, a lo largo de las empinadas calles, me trajeron gratos recuerdos de San Francisco mientras observaba a la gente y a los vendedores que llenaban las aceras.

—Señorita Collins, estamos llegando al restaurante.

—Gracias.

Le envié un mensaje al señor Demetri para hacerle saber que estábamos de camino.

—Sí, señora, yo también.

Dijo que le comunicara que ya estaban sentados.

Miré mi reloj, de repente preocupada por causar una mala impresión.

—¿Llegamos tarde?

—No.

Han llegado hace poco.

*****
—Hola, señorita Collins —dijo el senador Carroll, mientras me acercaba a la mesa de la esquina, guiada por una joven y guapa anfitriona.

Sonriendo, asentí, pero por mucho que lo intenté, mi atención se vio atraída por los ojos azul pálido que brillaban en mi dirección.

Mi corazón revoloteó como el de una colegiala cuando Nox se acercó, me besó en la mejilla y retiró mi silla.

—Estás deslumbrante —susurró él.

Sus palabras me sonrojaron las mejillas mientras me volvía hacia el caballero mayor al otro lado de la mesa y la mujer a su lado.

—Hola, senador Carroll, señora Carroll.

Gracias por permitirme entrometerme en su reunión.

—Tonterías, querida —dijo la señora Carroll—.

Después de todos los años escuchando a estos dos intentar enderezar los entuertos de la política y los negocios, estoy encantada de tener a alguien más con quien compartir mi miseria.

La señora Carroll tenía fácilmente la edad de mi madre, y aunque parecía agradable, me recordaba al gentío del club de campo que rodeaba a los Montague.

—No le hagas caso.

Está fascinada por nuestras conversaciones y también por nuestras soluciones —dijo el senador Carroll.

—¿Soluciones?

—pregunté, inclinándome hacia la señora Carroll—.

¿Han conseguido enderezar los entuertos?

Ella rio suavemente.

—Pues, ¿sabes?, no lo sé.

Tengo la horrible costumbre de desconectar.

Sonreí.

—Desde luego, suena fascinante.

—De hecho —dijo el senador Carroll después de que la camarera tomara nota de mi bebida—, Lennox mencionó que eres una orgullosa graduada de nuestro estado.

Dime por qué, después de graduarte con honores en Stanford, dejarías este buen estado para seguir formándote en otro lugar.

Mantener a nuestros mejores graduados aquí es una de nuestras principales prioridades.

Cuando miré a Nox, vi una extraña pizca de orgullo en su mirada.

—Adoraba vivir aquí.

Esperaba que después de dejar mi huella en la Costa Oeste, podría conquistar la Costa Este.

—Además, yo estoy en la Costa Este —añadió Nox.

—Es difícil competir con eso —replicó la señora Carroll.

—Entonces, ¿volver a California después de la facultad de Derecho no está descartado?

—preguntó el senador.

Negué con la cabeza.

—He aprendido recientemente que nada está descartado.

—Tienes razón.

¿Quizá podrías incluso convencer a Lennox de que se mude contigo?

Me limité a sonreír al senador.

Cuando me volví hacia Nox, la forma en que me miraba provocaba cosas en mi interior que eran inapropiadas para nuestro almuerzo de negocios.

—Lo que nos lleva a nuestro siguiente tema —continuó el senador Carroll—.

Estaba intentando convencer a este hombre de que considere reubicar algunos de sus centros de distribución.

Quizá tú seas mejor para persuadirlo que yo.

Tenemos unos terrenos de primera…

Escuché mientras el senador y Nox hablaban de ubicación, impuestos y logística.

Mientras comía mi ensalada y bebía agua, empecé a preguntarme cuál era exactamente mi propósito en este almuerzo.

No es que no quisiera estar con Nox, pero fácilmente podría estar en el hospital o en mi apartamento.

Las palabras de Bryce sobre que Nox me estaba utilizando me vinieron a la mente.

Pero eso era ridículo.

¿Cómo podía mi presencia significar algo para un senador de California?

La señora Carroll me cogió la mano y susurró: —¿Ves a lo que me refiero?

Me encogí de hombros.

—Es interesante.

—Oh, querida, debes de estar encaprichada.

—¿Perdón?

—No te culpo.

Conozco a Lennox desde hace unos años y nunca ha traído a una mujer a un almuerzo.

Es obvio que está colado por ti…

Mientras ella charlaba, el senador Carroll le habló a Nox: —…

el testimonio comenzará pronto.

Sabes que tienes mi voto.

Sin embargo, si pudiera ir a otros senadores con rumores de la reubicación de esos centros, creo que se correría la voz…

—…

nuestra hija irá a Stanford…

—Las palabras de la señora Carroll ahogaron las que yo quería oír de su marido.

—…

Proyecto de ley 770…

Higgins es un fuerte oponente…

—…

algún consejo que pudieras compartir…

Mi atención iba de un lado a otro.

Quería escuchar la conversación del senador Carroll y Nox, pero con Shirley Carroll hablándome cerca del oído, volvía a ella constantemente.

¿Había oído a los hombres mencionar al senador Higgins?

¿Era el mismo Higgins que estuvo en mi fiesta en Savannah?

¿Qué significaba eso?

Mi estómago se revolvió con las palabras de Bryce, haciendo que el almuerzo que tenía delante fuera menos apetecible.

Cuando nos despedimos, Nox me alejó de la mesa y nos sentamos en la parte de atrás del coche que nos esperaba, con mis pensamientos confusos.

No era difícil deducir que estaban discutiendo algo más que el traslado de los centros de distribución.

—¿Por qué estaba yo allí?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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