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Deslealtad - Capítulo 5

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5: Capítulo 4 5: Capítulo 4 Presente
La conversación en susurros entre Alton y mi madre se tornó en silencio cuando entré en el comedor.

Observé con satisfacción cómo un rubor se extendía desde el cuello almidonado de la camisa de Alton como una marea, subiendo por su grueso cuello hasta la punta de sus orejas.

El tiempo había vuelto blanco su cabello, antes rubio.

Reprimí una sonrisa, pues algo en el contraste entre el enrojecimiento de su piel y la blancura de su pelo me divertía.

Con la vena de la frente marcada y la mandíbula apretada, apartó su silla.

Cuando estaba a punto de levantarse, mi madre le tomó la mano y se giró hacia mí.

La inquietante calma de su voz amenazó con transportarme al pasado.

Entonces vi la copa de líquido rojo, un vino cabernet, y me permití sonreír.

De niña nunca me di cuenta de la profundidad de la automedicación de mi madre.

Vino blanco durante el día y tinto por la noche: la Mansión Montague no necesitaba relojes.

Podíamos saber la hora por el color de la bebida en la copa de mi madre.

De vez en cuando se usaban otros nombres: mimosa o sangría.

Daba igual.

Adelaide Fitzgerald vivía su vida en un dichoso estado de serenidad porque, sin él, habría tenido que enfrentarse a la cruda realidad.

No fue lo bastante fuerte para hacerlo hace diez años.

Y desde luego que no lo era hoy.

Pero yo sí.

—Alexandria, querida…

—nunca arrastraba las palabras—.

¿No encontraste los vestidos que te compré?

—Sí, los encontré.

Gracias.

—Las palabras programadas no eran del todo falsas.

El vestido que me enseñó Jane era precioso…

para una adolescente—.

Es tarde y tenía que responder a unos cuantos mensajes de texto.

Sé que te gusta cenar a las siete en punto.

Viendo que has retrasado la cena por mí, no quería hacerte esperar más.

La parte de los mensajes tampoco era mentira.

Solo que aún no había respondido.

No estaba segura de cómo quería contestarle a Chelsea.

Le había escrito para decirle que había aterrizado.

Fue su respuesta a «¿Cómo lo llevas?» lo que me dejó sin palabras.

Siendo yo licenciada en Filología Inglesa, las palabras deberían ser mi fuerte.

—Bueno, esta noche solo estamos nosotros —razonó—.

Mañana será diferente.

El tenedor que acababa de levantar se volvió pesado.

Mi mano cayó sobre el mantel con un suspiro de exasperación.

—¿Mañana?

Madre, no puedo quedarme.

Tengo cosas que hacer.

Tengo una vida.

—Te quedarás hasta después de nuestra reunión del lunes —replicó Alton.

—¿Qué reunión?

Madre frunció los labios en una línea recta de desaprobación hacia su marido.

—No nos metamos en todo eso.

Tenemos todo el fin de semana antes de tener que preocuparnos por ello.

—¿Ello qué?

—pregunté de nuevo.

Una joven entró desde la cocina con una jarra de agua.

Su presencia dejó mi pregunta flotando en el aire sin respuesta.

—¿Agua, señorita?

—preguntó.

—Sí.

Y también tomaré una copa de cabernet.

Sus ojos se abrieron de par en par y se giró hacia Alton.

Él asintió muy levemente.

Imbécil.

Si planeaban tenerme atrapada en esta casa durante tres días enteros, iba a necesitar algo más que helado de menta con chocolate para superarlo.

—Deje la botella —dije mientras me servía la copa.

Se me hizo un nudo en la garganta al sorber el espeso líquido.

Sin duda, el vino de la bodega de los Montague era más caro que el que yo compraba en el supermercado.

Saboreé el regusto seco a madera de cedro.

Cuando tuviera el control de mi fondo fiduciario, consideraría gastar más dinero en vino.

El sabor que acababa de disfrutar me recordó que sería un dinero bien gastado.

Mientras inhalaba el fino aroma, un recuerdo reciente volvió a mí y me llenó de calidez.

Preferiría estar bebiendo vino en Del Mar con él que sentada en este sofocante comedor.

—No estoy seguro de aprobar el modo en que has cambiado durante tu estancia en la universidad.

—Las palabras de Alton fueron tan secas como el vino.

Enarcando las cejas, ladeé la cabeza.

—No estoy segura de aprobar el modo en que las cosas han seguido igual aquí.

—Por favor —empezó mi madre—.

Alexandria, estoy encantada de tenerte en casa, aunque solo sea por unos días.

¿Puedes, por favor, hacer un esfuerzo por llevarte bien…?

—dio un largo sorbo a su copa y miró la botella—.

…¿por mí?

Alton le sirvió otra copa.

Suspiré y empecé a comerme la ensalada.

No fue hasta que sirvieron el plato principal que recordé nuestra conversación anterior.

—¿Qué pasa mañana por la noche?

Los ojos de mi madre volvieron a la vida.

—Bueno, como hace tanto que no vienes a casa y tenemos que celebrar tu graduación, he invitado a algunos amigos.

Se me encogió el estómago.

Adiós a mi plan de entrar y salir de Savannah sin que nadie se diera cuenta.

—¿Algunos amigos?

—pregunté.

—Sí.

Habría sido algo más grande, pero lo organicé todo con poco tiempo y, como sabes, muchos de nuestros amigos se van de vacaciones en esta época del año.

—La mayoría de la gente que conozco trabaja en esta época del año.

—¿De verdad, Alexandria?

—cuestionó Alton—.

¿Qué tal tu trabajo?

Lo último que supe es que estabas en un spa carísimo en el Sur de California.

Me volví en su dirección.

—¿Por qué ibas a saber tú eso?

¿Has puesto a alguien a seguirme?

—No.

—Escupió la palabra como si la idea fuera absurda—.

Tu madre todavía figura en tu fondo fiduciario.

Es el trabajo de Ralph mantenernos informados.

—No —corregí—.

No lo es.

Si esa es la forma en que el señor Hamilton hace negocios, quizá traslade el fondo a otra parte.

—Si hubieras leído los documentos del fondo, entenderías los aspectos legales.

—Recibí el fondo cuando tenía nueve años.

Pero tienes razón.

Si voy a estar atrapada aquí tres días, me pasaré por Hamilton y Preston para echarle un vistazo.

—Porque una licenciada en Filología Inglesa lo va a entender todo —dijo Alton, menospreciando obviamente mi elección de estudios.

—Mejor que una niña, desde luego.

—Por favor —imploró mi madre—.

Como ya he dicho, ¿podemos hablar de todo esto más tarde?

Mañana, Alexandria, tengo planes para nosotras.

Exhalé.

—¿Qué planes tenemos?

—Estaba claro que mi tiempo no me pertenecía.

—Pensé que estaría bien que fuéramos al spa.

Cerré los ojos, luchando contra el recuerdo que me había asaltado mientras caminaba hacia mi habitación.

Con cuidado de evitar la mirada fulminante de Alton, esbocé mi mejor sonrisa Montague y dije: —Suena encantador, Madre.

¿A qué hora debo estar lista?

—He reservado cita para las diez.

Luego podemos ir al salón de té a comer…

Sonreí obedientemente mientras ella seguía y seguía hablando de los cambios que se habían producido en Savannah desde que me mudé.

Con la mirada fulminante ocasional de Alton en mi visión periférica, yo sabía la verdad.

Nada cambiaba nunca: ni en la Mansión Montague ni en Savannah.

*****
«LA CENA DEL INFIERNO HA TERMINADO».

Le di a enviar.

«NO PUEDO IRME HASTA EL LUNES POR LA TARDE».

Le di a enviar de nuevo.

Mi teléfono vibró con la respuesta de Chelsea.

«¿NO PUEDES?».

«TE LO DIJE.

ESTE SITIO ES UNA CÁRCEL».

Le di a enviar.

Chelsea: «TE DIJE QUE DEBERÍAS HABERME LLEVADO CONTIGO.

¡SOY LA HOSTIA CON LAS FUGAS DE LA CÁRCEL!».

Me reí.

Joder, cómo la echaba de menos.

No podía creer que de verdad fuéramos a separarnos cuando me mudara a Nueva York.

Solo tenía dos semanas antes de la mudanza.

Por supuesto, eso significaba que Chelsea necesitaba una nueva compañera de piso o que también tendría que mudarse cuando se acabara el contrato de alquiler.

Era imposible que pudiera permitirse nuestro apartamento ella sola.

«¡GUARDARÉ ESA INFORMACIÓN EN SECRETO!», respondí.

Cada vez que le preguntaba qué iba a hacer, me decía que la llevara conmigo a Nueva York.

Se había presentado a varias entrevistas de trabajo en San Francisco y sus alrededores, pero empezaba a pensar seriamente que planeaba mudarse a Nueva York.

Lo deseaba, pero a la vez no.

El apartamento que había encontrado en el Upper West Side era pequeño, de un solo dormitorio, y costaba tanto como el que teníamos en Palo Alto.

Chelsea: «EN SERIO, ¿QUÉ QUIERE TU MADRE?».

Yo: «TODAVÍA NO LO SÉ.

UNA REUNIÓN EL LUNES DE LA QUE NO QUIERE HABLAR.

SÉ QUE ES DEMASIADO PRONTO PARA QUE PASE A MI NOMBRE POR COMPLETO, PERO CREO QUE TIENE QUE VER CON EL FONDO FIDUCIARIO».

Chelsea: «¿CREES QUE TE LO CEDERÁN?».

Yo: «NO SÉ.

QUIZÁ HABÍA ALGUNA CLÁUSULA SOBRE GRADUARSE EN LA UNIVERSIDAD QUE YO NO CONOCÍA».

Unos leves golpes en la puerta me hicieron dar un respingo.

Miré el reloj y se me aceleró el pulso.

Eran más de las nueve y media.

—Alex, no dejes que se derrita el helado.

Respiré hondo.

Jane.

Me había olvidado de nuestra noche de helado y cine.

Yo: «TE MANTENGO AL TANTO.

¡HABLAMOS LUEGO!».

Chelsea: «¡HASTA LUEGO!».

Por alguna razón, pensé que ese saludo sonaría mejor viniendo de un multimillonario buenorro que de mi mejor amiga.

—¡Ya voy!

—grité mientras me levantaba de la cama y me dirigía a la puerta.

El mecanismo de la cerradura hizo clic cuando giré la llave.

La vieja casa todavía tenía llaves maestras para cada habitación.

Así era como se podían cerrar con llave desde fuera las habitaciones que no se usaban.

El problema evidente de las llaves maestras era que casi todas eran iguales.

No hacía falta el llavero de un carcelero para abrir cualquiera de las puertas.

Solo necesitabas una llave, a menos que la llave estuviera puesta por el otro lado.

Abrí la puerta y me encontré con la cara sonriente de Jane.

En el hueco de su codo llevaba una cesta con dos tarrinas de helado, cucharas y servilletas a la vista.

Mi sonrisa se ensanchó.

—Creo que no he comido helado directamente de la tarrina desde la última vez que estuve aquí —dije mientras la dejaba pasar.

Girar la llave y cerrar la puerta desde dentro era una costumbre que ni siquiera registré.

—Entonces, ¿qué has estado haciendo?

—entrecerró los ojos—.

Por eso estás tan delgada y yo…

—se señaló el trasero—.

…¡tengo buenos amortiguadores!

Me dejé caer en la cama.

—Oh, yo también tengo amortiguadores.

Solo que no en el trasero.

—¡Claro que sí!

¿Cuándo ha pasado eso?

Me reí.

—En algún momento de mi primer año de universidad.

Un día me desperté y, ¡pum!

Ahí estaban.

Mientras Jane empezaba a vaciar su cesta, me di cuenta de que ya no llevaba sus pantalones y blusa de siempre, sino unos cómodos pantalones de yoga.

—Oye —dije—, no he tenido tiempo de cambiarme.

¿Por qué no vas poniendo la película mientras yo me pongo algo más cómodo que unos vaqueros que han pasado hoy por tres estados?

—Yo me encargo.

No te preocupes por el helado.

—Intentó clavar una cuchara en el suyo—.

Sigue duro como una piedra.

Algunas cosas en esta vieja casa ya no funcionan como antes, pero esa cámara frigorífica…

es un dinosaurio…

¡uno congelado!

—¡La Edad de Hielo!

—exclamé mientras sacaba un viejo par de pantalones cortos de correr de mi cómoda.

Al entrar en el baño, me fijé en la ducha.

Asomando la cabeza de nuevo al dormitorio, vi los amortiguadores de Jane mientras se agachaba para meter el DVD en el reproductor.

—Jane, voy a darme una ducha rápida y a quitarme la porquería de hoy.

Me miró.

—Date prisa, niña.

No te olvides del helado.

—Oh, no lo haré.

Unos diez minutos después, con el pelo largo envuelto en una toalla y vestida con unos pantalones cortos y una camiseta ancha, abrí la puerta del baño.

Desde el baño solo oía la música de inicio de nuestra serie repitiéndose una y otra vez.

Pero al salir, oí a Jane cerrar y volver a echar la llave a mi puerta.

—¿Has olvidado algo?

Su expresión sonrosada había desaparecido.

—No.

—¿Qué pasa?

Caminó hacia mí y me agarró la mano.

Dándole un apretón, dijo: —Nada en absoluto.

No estropeemos nuestro reencuentro.

—¿Jane?

—Has tenido una visita.

El corazón se me cayó a los pies y las rodillas me flaquearon.

—¿Ves?

Esa cara es la razón por la que no necesitas saber más.

Sabía a quién se refería.

—¿Qué ha dicho?

—Ha dicho que quiere que dejes de disgustar a la señora Fitzgerald.

Suspiré.

—¡Dios, cómo odio este sitio!

Jane me dio una palmadita en el brazo.

—Le dije que probablemente tardarías.

Que estabas indispuesta.

Me ofrecí a darte el recado y puede que mencionara que planeábamos pasar toda la noche en vela…

un maratón de cine.

Tragando saliva, asentí débilmente.

—Jane, dímelo otra vez.

—¿El qué, mi niña?

—Lo que solías decirme.

—Eres tan hermosa por dentro como por fuera.

—Sus mejillas se alzaron—.

Y, nena, con esas peras…

perdón, amortiguadores…

eres preciosa por fuera.

No dejes que nadie ni nada te haga olvidarlo.

Dio un paso hacia el helado y se detuvo.

Volviéndose hacia mí, añadió: —Y ya no eres ninguna niña, señorita Alex Collins.

Eres una adulta guapa y de éxito.

—Gracias, Jane.

—Ahora, vamos a comer helado, o acabaremos bebiendo leche de menta con chocolate.

—¡Puaj!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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