Deslealtad - Capítulo 80
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80: Capítulo 15 80: Capítulo 15 Nox
Después de mi llamada con Charli y otra con Deloris, me deslicé silenciosamente en una silla cerca del fondo de la galería.
La sala estaba casi llena, con el testimonio de la tarde ante el Comité de Finanzas del Senado en pleno apogeo.
Desde mi posición, podía ver las espaldas de la mayoría de los asistentes.
Según las reglas de Oren, estaba donde debía estar: sin nadie sentado detrás de mí.
En el pequeño espacio entre las sillas y la pared, Isaac estaba de pie, también observando.
Mientras que mi concentración debía estar en el procedimiento y el testimonio, la suya estaba en el entorno y los ocupantes.
Rara vez viajaba sin él.
Normalmente, habría estado conmigo, independientemente de lo que hubiera pasado esta mañana —era su trabajo—, pero ahora parecía aún más primordial.
Isaac llevaba conmigo casi siete años.
Después de Deloris, era mi socio de mayor confianza.
Necesitaba añadir a Charli a esa lista.
Teniendo en cuenta los avances que habíamos hecho en nuestra relativamente nueva relación, no debería ser difícil, pero lo era.
Oren me había enseñado bien.
Pocas personas merecían confianza.
Las que sí, se la ganaban.
Sabía que si hubiera hablado con mi padre sobre ello, me diría que después del poco tiempo que llevábamos juntos, Charli no se la había ganado.
¡Joder!
Me importaba una mierda si su apellido era Montague o incluso Davis —como Severus Davis, el hombre que testificaba— a estas alturas.
Lo que sentía, la abrumadora necesidad de protegerla, la forma en que me hacía sentir, como si de verdad mereciera a una mujer como ella, anulaba sus advertencias.
No estaba siendo impulsivo, ni estaba pensando con la polla, como él había dicho sobre mi viaje improvisado a San Francisco.
Estaba pensando con el corazón.
Solo lo había escuchado una vez en mi vida.
A los treinta y dos años, era hora de volver a prestarle atención a ese órgano vital.
Después de que Isaac me recogiera en mi casa de Rye, durante los primeros diez minutos de nuestro viaje, se disculpó profusamente por no haber estado presente en Central Park.
Le dije que todo estaba bien.
Y lo estaba.
No era culpa suya.
Era mía.
Fui yo quien le dijo a Isaac que me dejara.
Fui yo quien le envió un mensaje y le dijo que nos viéramos en Columbia.
Fui yo quien permitió que el deseo de Charli de tomar aire fresco y sol casi nos llevara a la muerte.
Si el tirador no hubiera alcanzado a esa mujer, de nuevo, yo sería el responsable.
Yo.
Ella.
Era lo que Charli me provocaba.
Había pensado en todo el escenario desde el momento en que dejé a Charli en la casa.
El peligro que habíamos evitado consumió mis pensamientos mientras Isaac conducía y durante mi vuelo a DC.
Todo el tiempo, mientras leía notas y me preparaba para la tarea que tenía por delante, Alexandria Collins estaba en mi mente.
En algún momento de esa reflexión, tomé una decisión.
No podía permitir que siguiera haciéndolo.
Esta mañana, había estado pensando con la polla o quizá con el corazón.
Había un momento para eso, pero no cuando necesitaba mantener la cabeza en el juego.
No dejaría que eso volviera a pasar.
No permitiría que Charli bajara mis defensas o mermara mis instintos.
Esas predisposiciones me habían protegido durante toda mi vida.
Me habían mantenido a salvo y con vida.
Si les hubiera hecho caso en lugar de concentrarme en el trabajo, Jo seguiría viva.
Una nueva e inusual incomodidad me llenó el pecho.
Por primera vez —en mi vida— no me sentía abrumado por la tristeza al pensar en mi mujer.
La amaba.
Siempre lo haría, pero Charli dijo algo esta mañana que no podía quitarme de la cabeza.
Si Jocelyn estuviera viva, no habría conocido a Charli.
No estaríamos juntos.
No es que yo hubiera dejado a Jo.
Jamás lo habría hecho.
Yo era un hombre de una sola mujer.
Una sonrisa se dibujó en mis labios al pensar en Charli…, al pensar en cómo había estado enterrado hasta las bolas dentro de ella hoy mismo.
¿Cómo coño podía imaginarme haciendo lo que tantos hombres hacían?
¿Cómo podía imaginarme dándome el gusto con otras mujeres cuando tenía a la mejor, más increíble, jodidamente sexi, inteligente, ingeniosa y hermosa mujer esperándome en casa?
Recordé las últimas palabras que había dicho en el dormitorio, pidiéndome que la castigara, pidiéndome que me quedara con ella.
¡Joder!
Tenía que pensar en el testimonio y escuchar al orador.
Si no lo hacía, me pondría tan incómodamente duro aquí mismo, sentado entre esta galería de gilipollas de las finanzas, que no podría ponerme de pie.
Independientemente de lo que me deparara el futuro, no podía imaginarme engañando o dejando a Charli…, o perdiéndola.
Por suerte, en este momento, podía desviar mi atención sabiendo que estaba a salvo con Deloris y Silvia.
Mañana sería otro día.
Me negaba a pensar en su regreso a Manhattan o en la posibilidad de disensiones en las filas de Deloris.
Tampoco podía pensar en Jerrod ahora mismo, aunque Deloris me había contado lo que estaba pasando.
Preocuparse por eso era el trabajo de Deloris.
Ella averiguaría qué había ocurrido.
—No, señor.
—La respuesta del caballero tras el micrófono devolvió mi atención al frente de la sala y me recordó por qué estaba aquí en lugar de al lado de Charli.
—¿Qué puede decirnos sobre las implicaciones de este aumento mínimo de los impuestos?
¿Mínimo?
¿Es que ha leído el mismo borrador que yo?
—Los ingresos serán de un valor incalculable para los estados implicados…
Mierda.
Apreté los puños mientras escuchaba a Severus Davis.
El hecho de que este portavoz a sueldo testificara como experto era de risa.
Mientras Davis se explayaba con elocuencia, el comité parecía cautivado con sus respuestas.
Paso a paso, compartió una cifra tras otra, pintando eficazmente un cuadro completamente inexacto.
Saqué el teléfono del bolsillo y tomé notas rápidamente.
Por eso tenía que estar aquí: para oír exactamente lo que se decía, las mentiras que nuestro bando necesitaba combatir.
Cuando el Senador Higgins terminó sus preguntas, el comité dio por finalizado el testimonio de hoy.
Severus se levantó y se giró hacia la galería.
Al hacerlo, su cabeza se movió hacia delante y hacia atrás en rápida sucesión.
Al volver a mirar, nuestras miradas se encontraron.
Asentí, poniéndome de pie con los demás del público.
—Parece sorprendido de verte —susurró Isaac detrás de mí.
Estuve de acuerdo.
Quizá me había equivocado antes.
Quizá el instigador del ataque estaba de pie al frente de la sala.
Quizá Davis había previsto que estaría en una morgue en la Ciudad de Nueva York, en lugar de en la audiencia.
—Voy a hablar con él —repliqué, poco dispuesto a marcharme.
Regla número veintisiete de los decretos de Oren Demetri para la vida: nunca retrocedas ante un desafío.
El estatuto me había venido bien durante mis años en la MMA.
—Señor Davis —dije, irguiéndome y dirigiéndome a él en cuanto salió de la zona de los oradores—, no he podido evitar darme cuenta de que miraba en mi dirección.
—Señor Demetri.
—Asintió—.
Supongo que no lo vi antes.
Pensé que tal vez no vendría.
Me encogí de hombros.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Su testimonio me ha parecido…, ¿cuál es la palabra correcta?
Entretenido.
—No creo que esa sea la palabra correcta.
«Esclarecedor» sería más apropiado.
—Llámelo como quiera.
—Ni de lejos.
No parecía muy divertido con mi valoración.
—Mi padre dijo que ustedes dos tuvieron una agradable reunión hace un mes.
Siento habérmela perdido.
Las cejas de Davis se alzaron.
—Me sorprende que Oren se molestara en mencionarlo.
El intercambio fue bastante poco informativo.
¿Quizá nosotros dos podríamos progresar más?
Con los labios apretados, asentí.
—Tendré que consultar mi agenda.
Siempre me interesa escuchar las tribulaciones de los demás.
—¿Tribulaciones, señor Demetri?
Mis clientes difícilmente están soportando tribulaciones.
Como habrá oído durante mi testimonio, el proyecto de ley beneficiará a todos.
—¿A todos?
Supongo que eso es cuestión de opinión.
—Mientras sea la opinión del comité, es todo lo que importa.
—Por suerte, hoy solo ha sido el primer día de testimonios.
Asintió.
—¿Y planea quedarse en DC para el resto de los testimonios?
—Así es.
—Entonces deberíamos hablar… —dijo, mirando alrededor de la sala que se vaciaba—.
¿Quizá en un lugar más privado?
—Lo espero con ganas —dije mientras retrocedía, dejándole pasar.
Isaac permaneció cerca del fondo de la sala, ahora más cerca de la puerta.
Mientras yo seguía a Davis, Isaac esperó y salió detrás de mí.
Una vez en el pasillo, susurró: —¿Voy a por el coche?
—No tengo prisa.
Me gustaría hablar con Carroll.
—Sí, señor.
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