Deslealtad - Capítulo 82
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82: Capítulo 17 82: Capítulo 17 Oren
Hace veinte años
—La fiesta para mi nieta, ¿estuvo bonita?
—preguntó Carmine Costello mientras se arrellanaba en el gran sillón de su despacho.
Estaba de vuelta en su casa, de vuelta en Brooklyn.
No importaba que tuviera negocios que dirigir y una esposa que se quejaba constantemente de que no estaba presente.
Estaba respondiendo a una citación que me había hecho hacer el largo viaje desde el condado de Westchester hasta la Ciudad de Nueva York, y de la ciudad a Brooklyn.
Necesitaba un jodido helicóptero para reducir el tiempo de viaje, o quizá un clon.
Así podría estar en dos sitios a la vez.
—Sí, señor —respondí.
Mi rostro adoptó su expresión habitual de total atención y respeto, como si decir algo negativo sobre la celebración de la primera comunión de su nieta fuera una opción—.
Estuvo encantadora, pero no tanto como Luisa.
Resplandecía.
Carmine sonrió, sus mejillas llenas se alzaron en señal de aprobación, justo antes de mirar a sus hombres por la habitación y cambiar de facciones.
—Basta.
Háblanos de las joyerías.
Me recliné despreocupadamente, intentando demostrar tanto al tío de mi mujer como a sus esbirros que no me sentía intimidado.
Después de todo, yo era de la familia.
—Hay tres —expliqué—.
He hecho mi investigación.
Tienen potencial.
Su inventario actual está valorado en casi tanto como el precio de venta.
Eso no incluye la propiedad, que como sabes es de un valor incalculable.
Adquirir un local en la isla es como encontrar petróleo.
Carmine se reclinó y asintió.
—Por supuesto, está familiarizado con la que está cerca de aquí.
Las otras dos…
—Sé dónde están ubicadas —me interrumpió Carmine—.
También sé que has estado hablando con las otras familias.
Luché contra el impulso de erguirme.
—Sí.
He estado negociando.
—¿Me he perdido nuestra negociación?
—preguntó Carmine.
—Señor, he hablado con Vincent varias veces.
Ha estado al tanto de todo.
Me dijo que esperara antes de presentárselo a usted.
Carmine se inclinó hacia delante, apoyó los codos en el escritorio mientras las yemas de sus dedos se tocaban, una a una, hasta que ambas manos se juntaron.
Estaba más que seguro de que no iba a rezar.
Si lo hacía, era yo quien necesitaba la intervención divina.
—¿Ya veo.
Así que es la aprobación de Vincent la que buscas?
—No, señor.
—¿No buscas la aprobación de mi hijo?
A lo largo de los años, todo el mundo sabía que Vincent se había convertido en el segundo al mando de Carmine.
Era un hombre de honor, lo había sido durante casi diez años, en la época en que las familias ostentaban más poder que hoy.
Dicho esto, estaba descubriendo rápidamente que su pérdida de poder podría ser más un mito que una realidad.
—Busco la aprobación de Vincent, pero la suya es la más vital.
Incluso los otros dones están esperando…
—Mis palabras se apagaron cuando la mano de Carmine se alzó, indicándome que guardara silencio.
Cuando la habitación quedó en silencio, hizo un gesto con la cabeza a Jimmy, el hombre a su derecha.
Aquella mole fornida era más que un guardaespaldas: se le conocía como el ejecutor.
Lo último que alguien quería ver era la jeta de Jimmy en su puerta en mitad de la noche.
Si eso llegaba a ocurrir, sería lo último que esa persona vería, así como la única advertencia de que la mañana no llegaría.
Sin hablar, Jimmy retrocedió y encabezó el desfile mientras la habitación se vaciaba, dejándonos a Carmine y a mí solos.
—Oren, eres de la familia.
Mi Angelina, ella te quiere.
Lennox, él es de la familia.
El pecho se me oprimió mientras intentaba respirar.
Lennox solo tenía diez años.
Él era la verdadera razón por la que había mudado a Angelina al condado de Westchester y la razón por la que quería hacer que Empresas Demetri fuera legítima.
No quería que acabara en la misma posición que yo.
Si por mí fuera, nunca conocería la verdad que había detrás del negocio.
Por eso trabajaba incontables horas.
En secreto, esperaba que, con el tiempo, los poderes de las familias se fueran reduciendo.
Para cuando mi hijo tuviera la edad suficiente, podría dirigir de verdad operaciones legítimas.
—Sí, familia —confirmé.
Carmine asintió.
—Confianza, Oren.
Te he confiado a Angelina, pero verás, no estoy convencido de que la hayas hecho feliz.
¿Tú me harás feliz a mí?
—Señor, nuestro matrimonio es sano.
Amo a Angelina y su felicidad es mi objetivo.
A veces ella es…
temperamental.
La risa de Carmine llenó la habitación, resonando desde las estanterías hasta las paredes.
Al ser una habitación interior, carecía de ventanas.
Nunca había pensado que fuera por accidente.
—Temperamental…
buena palabra.
Es una Costello.
Nos han llamado cosas peores.
—Bajó la voz—.
Le confió a mi Rosa que quiere una hija.
No pude ocultar la sorpresa de mi rostro.
—Nosotros…
lo hablamos.
—A veces las mujeres, dicen una cosa y quieren decir otra.
—¿Quiere que le dé una hija a mi mujer?
Yo…
yo no puedo prometer una hija.
Aunque tuviéramos otro hijo, podría ser un niño.
Carmine asintió.
—¿Pero estás dispuesto…
a intentarlo?
«¿Qué cojones?».
—Angelina y yo deberíamos hablar.
—Sí, deberíais.
—Frunció el ceño—.
Pero estoy seguro de que no hace falta que te diga que…
hablar no le dará una hija a mi niña.
Me quedé sin palabras y me limité a asentir con la cabeza.
—Oren, tengo un trabajo para ti.
Quieres que sea feliz, ¿verdad?
«¿Tiene un trabajo?
¿Embarazar a mi mujer es un trabajo?
¿O es algo más?».
—¿Señor?
—Quiero que acompañes a Vincent a California.
Apreté la mandíbula e inmediatamente me arrepentí de la reacción instintiva.
Quizá si la relajaba, mi tensión pasaría desapercibida.
Los ojos de Carmine se abrieron de par en par.
—¿O estás demasiado ocupado para hacer un viaje con mi hijo?
Por supuesto que no había pasado desapercibido.
—No, señor, estaré encantado de ir a California.
—Nunca antes te he pedido que ayudes a la familia, pero, hijo, necesito saber dónde están tus lealtades.
Después de todo, has estado negociando con otros y no conmigo.
«¿Lealtades?».
—Le aseguro que mis lealtades…
—Palabras.
Son solo palabras hasta que vea la prueba con mis propios ojos.
—¿Puedo preguntar —empecé—, en qué consistirá este trabajo?
Carmine se encogió de hombros.
—No es un asunto de familia.
Es una deuda…, un favor.
Un hombre que una vez me ayudó me ha pedido ayuda.
Eso es lo que hacemos: ayudamos a nuestros amigos.
¿Verdad, hijo?
—Sí, por supuesto.
—Este hombre —dijo Carmine—, tiene un problema y nos ha pedido que le ayudemos a deshacerse de él.
Se me aceleró el pulso.
Sus palabras entre líneas eran más fuertes que las que pronunciaba.
Había vivido rodeado de ello, incluso antes de Angelina.
Después de todo, mi padre trabajaba en los muelles.
Conocía el percal.
Sabía lo que se hacía, pero nunca había participado, no en algo de esta magnitud.
Había organizado blanqueo de capital, incluso permitiendo que mi negocio de buena reputación sirviera para esas necesidades.
Había cobrado deudas —deudas financieras—, pero nunca había participado en un asesinato.
—Hijo, quieres mi ayuda.
Yo exijo la tuya a cambio.
Después de las joyerías, habrá otros negocios, otras empresas.
Me gustaría ofrecer mi lealtad.
Necesito saber que es recíproca.
¿Hay algún problema?
Los nudos de mi estómago se retorcieron dolorosamente.
—No, señor.
Ningún problema.
—Mañana.
Miré alrededor del despacho antes de que mis ojos se posaran de nuevo en Carmine.
—¿Mañana?
—Mañana, tú y Vincent ayudaréis a mi amigo.
Parecerá un accidente…
silencioso y rápido.
Tiene que ocurrir deprisa.
Este problema tiene que volver a su casa en Savannah en unos días y si regresa, bueno, digamos que mi amigo no estará contento.
—Señor, yo nunca he…
—Pero esta vez, Vincent, él te enseñará.
Aprenderás.
Serás testigo y participarás.
—«Y entonces tú también estarás en deuda con los Costello por su silencio».
Carmine no necesitó decir la última parte.
Estaba más que implícito.
—Sí, señor.
—Y —dijo Carmine—, cuando vuelvas, no solo consideraré tu petición para las joyerías, sino que tendré un regalo para mi Angelina.
—¿Un regalo?
—No arruinemos la sorpresa.
Vete.
Vuelve cuando esté hecho.
El futuro está lleno de posibilidades.
—Carmine se levantó y se acercó a mi lado del escritorio.
Con su mano sobre mi hombro, sonrió—.
Porque, hijo, somos familia.
*****
Estaba sentado junto a Vincent en una mesa del bar del hotel.
Teníamos la espalda contra la pared mientras observábamos al irlandés pelirrojo en la barra.
No bebía alcohol, como los otros hombres de negocios que lo rodeaban.
En cambio, le había oído pedir su comida con un té dulce.
Estúpidos sureños.
El alcohol podría causar un accidente de forma plausible.
No tanto el té dulce.
—Ve a hablar con él —dijo Vinny con una inclinación de cabeza.
Los nudos de la reunión de ayer con Carmine aún no se habían deshecho.
Si acaso, se habían hecho más grandes y apretados.
Mi mirada volvió a posarse en el hombre.
No quería hablar con él, ni conocerlo, ni siquiera que me asociaran con él.
¿Por qué?
¿Por qué iba a querer hacer eso?
Tenía tantas jodidas preguntas que nunca podría hacer.
«Estoy metido hasta el puto cuello».
—¿Hablar con él?
¿Por qué?
—pregunté.
—Porque un accidente tiene que parecer un accidente.
Caerse de un avión, si la persona no vuela, parece sospechoso.
Necesitamos saber lo que le gusta y lo que no.
—¿Como una puta agencia de citas?
Los ojos de Vincent se entrecerraron, recordándome a los de mi mujer.
—Como un trabajo.
Eres un negociador, ve a hablar.
Esa puta palabra: negociador.
Era Carmine otra vez.
—Averigua qué le gusta —dijo Vincent—, qué nos ayudará.
Qué funcionará.
Estaré aquí, esperando.
Aparté la mirada del hombre de la barra para dirigirla a mi primo político.
—No quiero esto para Lennox.
Vincent frunció el ceño.
—Tienes cojones.
Te lo reconozco.
—Lo digo en serio.
Me casé con Angelina.
Di a conocer mis peticiones y ambiciones.
Un día serás tú el que esté en la casa grande con los matones a tu lado.
No quiero esto para Lennox.
—Esta vida es un honor.
Sigo los pasos de mi padre, que siguió los del suyo.
Es lo que Luca hará, lo que debería hacer.
Lo honorable.
¿No quieres que tu hijo sea un hombre de honor?
—Quiero que mi hijo tenga opciones.
—La familia no es una elección —dijo Vincent.
—Puede serlo.
Será tu elección.
—Entonces no me decepciones ni a mí ni a mi padre.
El futuro no está escrito.
No era una promesa por escrito, pero era lo mejor que iba a conseguir.
Asintiendo, respiré hondo y me puse de pie.
Mis ojos recorrieron el bar.
El taburete a la izquierda del hombre estaba vacío.
Abriéndome paso por el bar abarrotado, con un suspiro exagerado, me acomodé en el taburete y asentí en su dirección.
Cuando el camarero se acercó, le hice una seña.
—Tomaré una jarra de lo que tengas de barril.
—Sí, señor.
—¿Día duro?
—preguntó el pelirrojo.
—Peor de lo normal —repliqué.
Levantó la vista de su plato hacia la televisión que había sobre la barra.
Unos coches de colores brillantes daban vueltas en un circuito.
Había luces y gente en grandes gradas.
Dondequiera que se celebrara la carrera, era de noche.
El sonido estaba quitado, pero la banda de texto de la parte superior de la pantalla no dejaba de pasar con números en el orden de las vueltas que llevaban en cabeza.
Nunca me habían interesado mucho las carreras, especialmente la NASCAR.
No tenía tiempo para esas aficiones.
—¿Quién va en cabeza?
—pregunté, fingiendo interés.
—Gordon, pero acaba de empezar la puta bandera amarilla.
Odio cuando acaban con bandera amarilla.
Volví a mirar la televisión.
—¿Te gustan las carreras?
—Sí, cuanto más rápidas, mejor.
¿Y a ti?
Me encogí de hombros.
—No soy muy aficionado.
Últimamente estoy bastante ocupado.
El hombre asintió, se giró en mi dirección y me tendió la mano.
—Russell, Russell Collins.
¿Qué te trae por LA?
Le estreché la mano.
—Oren.
Estoy aquí por negocios.
—Sí, yo también.
¿De dónde eres?
—De Nueva York.
¿Y tú?
Russell se pasó la mano por el pelo.
—De Georgia, por ahora.
—¿Por ahora?
—pregunté.
—No tengo muchas ganas de volver.
—¿No?
—pregunté despreocupadamente, sorbiendo mi cerveza.
—No.
La mierda está a punto de estallar.
Pero se veía venir desde hace mucho tiempo.
Bebí un trago más largo antes de dejar el vaso delante de mí.
—No soy un experto, pero puedes hablar de ello.
Mi mujer me dice que tengo que hablar más.
Russell se rio entre dientes.
—¿Así que tú también tienes una de esas?
—Se miró la mano izquierda y luego la mía, evaluando nuestras alianzas de boda.
—Sí, por ahora —confesé.
Era la primera vez que lo decía en voz alta.
Fue catártico y seguro.
Supuse que, en el gran esquema de la vida, no importaría.
A este hombre no le quedaba mucho en este mundo.
Quizá por una vez podría ser sincero y decir que mi matrimonio no mejoraba; se hundía cada vez más en la miseria.
—Yo a la mía le dije que se había acabado —dijo Russell—.
Déjame decirte que fue jodidamente liberador.
Decir las palabras fue como quitarme una puta mordaza del pecho.
No estaba seguro de qué tenía el anonimato de conversar con un extraño, pero durante la siguiente hora, tanto Russell Collins como yo lo aprovechamos al máximo.
Dijimos cosas que limpiaban y aliviaban.
No era un puto cura, pero quizá, solo quizá, pude ayudarlo, porque sabía que, al llegar el mañana, su tiempo para la absolución se habría acabado.
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