Deslealtad - Capítulo 85
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85: Capítulo 20 85: Capítulo 20 Charli
—Señor Demetri —dije, contestando la llamada—.
No quería molestarlo mientras trabajaba.
—Nunca podrías molestarme.
—Su voz retumbó, más grave que el trueno tras las ventanas.
El sonido de su voz disipó cualquier niebla restante; su rico tono grave resonó por la habitación, eclipsando los vientos del exterior y llegando hasta lo más profundo de mi ser.
—Creo recordar que había algunas reglas —bromeé.
Nox se aclaró la garganta.
—Me gustan las reglas.
—Algo sobre que solo podía llamarte si tenía una pregunta que tú tuvieras que responder.
—Creo que ya he mencionado que las reglas han cambiado.
—¿Así que eso significa que puedo sextear?
—Solo si quieres que Deloris y muy probablemente otros miembros de mi seguridad lo vean.
No estaba segura de qué bicho me había picado.
Bueno, eso no era verdad.
Estaba pensando en lo que había estado dentro de mí esa misma tarde; para ser más exactos, en quién.
—Solo si eso es lo que quiere, señor Demetri.
—¡Joder!
—Su exabrupto salió como un gruñido—.
Ya te he dicho antes lo que te pasará por incomodarme.
Cuando dices mi nombre de esa forma, me pones tan jodidamente duro que duele.
—Ojalá pudiera hacer que se sintiera mejor —ronroneé, llevando al límite mi faceta de seductora.
El poder que mis palabras ejercían fue de repente embriagador.
—Dime dónde estás.
Me crispé ante el cambio de tono.
Al parecer, Nox no estaba de humor para mi seducción.
Le contesté: —Sigo en Rye.
Te dije que pasaría aquí la noche.
—¿Dónde estás?
—volvió a preguntar Nox—.
Exactamente.
—E-estoy en el dormitorio.
¿Qué pasa?
—Nada de preguntas —dijo Nox con un aire de dominio que me retorció las entrañas—.
Ese es mi trabajo.
El tuyo es responder adecuadamente.
¿Qué se supone que tienes que decir?
Mi corazón se aceleró.
—Sí, Nox.
—¿Estás en el mismo dormitorio en el que estuvimos esta mañana?
Luché por respirar y hablar mientras mi respuesta salía en un susurro.
—Sí.
—¿Recuerdas mis labios sobre ti?
—Sí.
—¿Y mis manos, mis dedos?
Mi lengua, de repente seca, se deslizó por mis labios resecos.
—Sí.
—Sé que estabas sonando muy sexi hace un minuto, y eso me gusta, pero ahora mismo, princesa, necesito tener el control.
¿Tienes algún problema con eso?
—No, Nox.
—Escucha con atención.
Asentí, aunque sabía que no podía verme.
—Si estuviera ahí, haría lo que hice esta mañana.
Te desenvolvería, como un puto regalo de Navidad.
Cada una de tus prendas iría a parar al suelo mientras expongo tu cuerpo perfecto y jodidamente sexi.
Pasaría mis dedos y mi lengua por cada centímetro de esa piel suave, saboreándote y dejando la piel de gallina como rastro de mi exploración.
Cerré los ojos mientras sus palabras me acariciaban.
—Princesa, te castigaría el culo por tu insolencia al presionar para volver a la ciudad mañana y por el susto de muerte que me has dado al no contestar al teléfono.
Luego, después de ponértelo al rojo vivo, haría que te sintieras mejor, mostrándote cuánto admiro tu fuerza y tu determinación.
Mi cuello se tensó al tomar una bocanada de aire, levantando el trasero del colchón mientras imaginaba todo lo que describía.
—No estoy ahí —continuó Nox—, pero voy a coger lo que pueda.
¿Tienes algún problema con eso?
—N-no.
—Mi voz sonó lasciva, incluso para mis propios oídos.
—Ahora, princesa, dime qué llevas puesto.
Aparté las sábanas de una patada, revelando mis pantalones de yoga y mis pies cubiertos por calcetines.
—Una camiseta ancha, pantalones de yoga, calcetines…
—Para.
Me mordí el labio inferior mientras esperaba su siguiente orden.
—Dime qué es lo que quiero que lleves puesto.
—¿Nox?
—¿Está cerrada con llave la puerta del dormitorio?
—preguntó.
—N-no lo recuerdo, pero Silvia volvió a su parte de la casa.
Me dio su número.
—Cierra la puerta con llave, Charli.
Sin pensar, mis pies, cubiertos con calcetines de felpa, aterrizaron en la suave alfombra que rodeaba la gran cama.
Mis calcetines se deslizaron mientras patinaba por el suelo de madera, ya sin preocuparme por los fantasmas ni por los secretos de los Demetri.
Ahora mis pensamientos estaban completamente absorbidos por Nox.
Probé el pomo.
Al hacerlo, hizo clic y el pequeño botón del interior del pomo saltó.
Volví a meter el botón y confirmé verbalmente mi misión.
—La puerta está cerrada.
—¿Están cerradas las persianas?
Me giré hacia las ventanas.
¿Seguía lloviendo?
No podía oír nada más que la forma en que la voz de Nox reverberaba a través del teléfono, enviando ondas de choque por todo mi cuerpo, con mi sangre fluyendo a toda prisa para mantener el ritmo.
—Están cerradas.
—Deja las luces encendidas.
Mi mano se detuvo sobre el interruptor.
¿Sabría él si desobedecía?
—Dime que están encendidas.
Con un suspiro, hice lo que me dijo y aparté la mano del interruptor.
—Siguen encendidas.
—Ahora, ponme en altavoz.
Quiero que soluciones el problema de vestimenta que mencionamos antes.
Mi labio inferior desapareció entre mis dientes mientras pulsaba el botón del altavoz y dejaba el teléfono en la cama.
—Charli, tienes que responderme.
Solo puedo oírte.
—Sí, Nox.
—La camiseta me rozó los pezones, ahora duros y sensibles—.
T-te lo prometo, estoy respondiendo.
Su risa profunda resonó en la habitación.
—Dime.
¿Cómo?
Me bajé los pantalones de yoga por las caderas y salí de ellos.
Uno a uno, me quité los calcetines de una patada.
Aunque se me puso la piel de gallina por el timbre de su voz, el frío que había sentido antes había desaparecido.
—M-mis pezones están duros.
—¿Y ahora llevas puesto…?
—Solo las bragas.
—¿Las azules de antes?
Negué con la cabeza.
—No, estas son blancas.
—¿Blancas?
—Una risa retumbó en su garganta—.
El blanco es para las chicas buenas y lo que quiero hacerte no es apropiado para chicas buenas.
Princesa, si estuviera ahí, te follaría tan sucio que nunca volverías a vestir de blanco.
Tomé aire bruscamente.
—Ojalá estuvieras aquí.
—Yo también.
Estoy jodidamente duro.
Vamos a seguir.
¿Sigues estando de acuerdo con eso, mi princesa traviesa?
—Sí, Nox.
—Antes de quitarte las bragas, ve al armario.
¿El armario?
—Quiero que encuentres uno de mis cinturones.
—O-oh, Dios…
—murmuré, ansiosa y emocionada a la vez por sus planes no expresados.
Cogí el teléfono, me lo llevé al gran armario, encendí la luz y empecé a abrir cajones.
—Habla, Charli.
Dime que estás haciendo lo que te he dicho.
—Sí, Nox.
Estoy buscando tus cinturones.
—A la derecha —me indicó.
Me giré en esa dirección y abrí otro cajón.
Allí, perfectamente enrollados, había diferentes cinturones de varios colores.
—¿Tienes alguno favorito?
—pregunté.
—El que uses esta noche será mi favorito.
Sentí un hormigueo en las yemas de los dedos al meter la mano en el cajón.
Acariciando el cuero, me imaginé cada uno de ellos contra mi piel.
Mientras mi respiración se volvía más superficial, saqué uno del cajón.
Era negro con una pequeña hebilla plateada que parecía un remolino.
—He cogido uno negro.
—Ahora lleva mi cinturón a la cama.
Pero antes de subirte, quítate esas bragas de encaje blanco.
Mi cabeza se giró bruscamente, buscando una cámara.
—¿Cómo sabes que son de encaje?
—Porque todas tus bragas son de encaje.
Mis labios esbozaron una sonrisa mientras me bajaba lentamente las bragas de encaje blanco por las piernas.
Incluso en un momento jodidamente sexi, con Nox actuando de forma tan dominante, su conocimiento íntimo y su atención a algo tan simple como el material de mi ropa interior me llenaron de calidez.
—Ya me las he quitado —dije con un poco más de confianza.
—Ahora responde a mi pregunta de antes.
—¿Qué pregunta?
—No, princesa, eso es una pregunta.
¿Recuerdas que te dije que preguntar era mi trabajo, no el tuyo?
¿Qué pasa cuando desobedeces?
Mi pulso se disparó mientras mi mirada se dirigía al cinturón.
—Recuerdo lo que dijiste, pero no recuerdo tu pregunta.
—Dime cómo estás respondiendo.
—Nox alargó la palabra.
—Mis pezones.
—Mi respuesta ahora solo era cierta en parte.
El paseo hasta el armario y la mezcla de emociones los habían ablandado.
—Pon el cinturón a tu lado y, como tienes el altavoz puesto, tienes las dos manos libres para ahuecarlas sobre tus pechos.
En cuanto lo hice, mis pezones se endurecieron, volviendo a ser los botones tensos de antes.
—Más fuerte, princesa, pellízcate los pezones.
Quiero oírte.
De nuevo, cerré los ojos y obedecí.
Mis caricias, suaves al principio, cobraron fuerza propia.
Las órdenes de Nox, así como el tono de su voz, alentaron mis movimientos.
Más de un gemido se escapó de mis labios mientras los retorcía y tiraba de ellos, y cada pellizco doloroso enviaba pulsaciones de placer a mi centro.
—Eso es —me animó—.
Dime qué sientes.
Mis caderas se retorcieron contra la cama.
—Bien.
Y mal.
—¿Mal?
—Bien, definitivamente bien —gemí mientras mis uñas arañaban la tierna piel—.
Duele, pero sienta bien.
—Joder —gruñó—.
Háblame de tu coño.
Gemí mientras mis manos dejaban mis pechos y bajaban por mis costillas; mis palmas se aplanaron al extenderse sobre mi estómago.
Sin darme cuenta, mi espalda se arqueó mientras mis dedos descendían lentamente.
—Abre esas piernas sexis.
Dime si estás mojada.
Sabía la respuesta antes de confirmarlo.
—S-sí —respondí mientras un dedo buscaba tímidamente entre mis pliegues.
Aunque Nox hablaba por teléfono, era como si estuviera conmigo, a mi lado, guiándome.
—Dilo.
¿Sí, qué?
—Estoy mojada.
—¿Qué quieres?
—Su pregunta flotó en el aire, con un cariz de complicidad y un tono que exigía una respuesta.
—Te quiero a ti.
—Charli.
—Con una sola palabra me había reprendido.
—Tu polla —corregí—.
Nox.
Dios, ojalá estuvieras aquí.
—Mueve el teléfono para que pueda oírte.
Sentí un nudo en el estómago mientras movía el móvil al colchón, entre mis piernas abiertas.
—Ya está —dije, con el deseo intensificado, pero al mismo tiempo avergonzada de que mi excitación fuera audible.
—Mueve los dedos, princesa, húndelos hasta el fondo.
Déjame oírlo.
Quiero imaginar que mi barbilla está goteando de ti.
Quiero imaginar esa humedad resbaladiza en mi lengua y en mi polla.
Mueve esos dedos.
Para mi horror, mientras hacía lo que me decía en la habitación, por lo demás silenciosa, yo también pude oír el sonido de mi esencia, la humedad resonando en la gran habitación mientras metía y sacaba los dedos.
—Eres tan jodidamente hermosa —dijo.
Mi cuello se arqueó contra las almohadas mientras mis rodillas se separaban más.
—O-oh, Nox…
—No pude reprimir los sonidos indescifrables mientras me concentraba en su voz y hacía lo que me decía, imaginando que era él.
—Todavía no, aún no te vas a correr.
Se equivocaba.
Yo sí.
Quizá si intentaba mantenerme en silencio.
—Para.
—Su orden detuvo mis dedos—.
Puedo oírte.
¿Creías que no podía?
Princesa, haces los sonidos más fantásticos cuando estás a punto de correrte.
Quizá después de tu castigo, te deje correrte.
—¿D-de qué estás hablando?
—pregunté, perdida en el éxtasis que su voz y sus órdenes inducían.
—Otra pregunta.
Princesa, es la hora del cinturón.
Un escalofrío cubrió mi piel caliente.
El sudor que había brillado al son de sus instrucciones se convirtió en escarcha mientras miraba el cinturón a mi lado.
Solo por un momento, me imaginé una serpiente, enroscada y lista para atacar.
—¿Q-qué quieres que haga?
—Escúchame.
¿Harás eso?
Tragué el nudo que se me había formado en la garganta.
—¿Princesa?
—preguntó—.
¿Estás lista?
¿Qué tiene este hombre?
¿Hay algo que pudiera pedirme que yo no fuera a hacer?
—¿Podré correrme?
—pregunté.
—Otra pregunta.
Ya van tres.
También apuesto a que te has pasado el día aprendiendo cosas que puede que yo no esté listo para que sepas.
Dime, princesa, ¿necesitas un castigo?
¡Joder!
¿Cómo lo hacía?
¿Cómo conseguía que deseara lo que no debía?
—Señor Demetri, tiene razón.
—Me concentré en la dolorosa punzada en mi centro—.
He desobedecido.
—Coge el cinturón y dóblalo por la mitad.
Mis manos temblaron mientras hacía lo que me decía.
Me senté, pasando el cuero por la palma de mi mano sin pensar, imaginando que era Nox quien lo hacía.
—Estoy lista —respondí con valentía.
—¿Sigues recostada?
Sin duda, oyó el crujido de las sábanas cuando me moví.
—No.
—Vuelve a recostarte, como estabas.
Quiero tu cabeza y ese pelo precioso en una almohada con las piernas bien abiertas.
Si estuviera ahí, estaría mirando ese coño rosado y perfecto.
Mi respiración se entrecortó mientras me colocaba en la posición que describió.
La fría hebilla en mi mano se calentó a cada segundo que pasaba, a medida que crecía mi anticipación.
—Dime qué vería si estuviera ahí —exigió.
—A mí, estoy lista.
—¿Vería lo lista que estás?
¿Lo mucho que tu coño desea mi polla?
—S-sí —dije, perdiéndome en sus órdenes.
—Estás tan jodidamente buena.
Mi polla es pura piedra.
Cada vez que ese cinturón deje una marca en tu preciosa piel, cada vez que hagas lo que te digo, quiero que te imagines mi mano bombeando.
En mi mente, me estoy corriendo por toda esa carne recién enrojecida.
Princesa, no olvides nunca que te amo jodidamente.
Con cada golpe, te estoy marcando, una y otra vez.
Apenas podía respirar mientras la imagen de él inclinado sobre mí, su miembro en su mano, dominaba mis pensamientos.
—¿Tienes algún problema con esto?
—Sí —respondí con valentía.
—¿Ah, sí?
—Joder, Nox, ojalá estuvieras aquí.
Lo quiero todo.
—Yo también.
Cierra los ojos y haz exactamente lo que te diga…
No podía concentrarme.
La habitación a mi alrededor ya no existía.
Estaba suspendida, flotando en el sonido de su voz, el timbre profundo y dominante que hablaba, exigía y ordenaba.
Aunque mis manos eran las que aplicaban el castigo, todo era obra suya.
Mis manos no eran más que una extensión de las suyas, perdidas a su voluntad.
Un jadeo llenó el aire y mis caderas se doblaron cuando el primer latigazo aterrizó en mi estómago…
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