Despertar de Clase SSS: Empiezo con un Sistema de Elección de Nivel Divino - Capítulo 161
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- Capítulo 161 - 161 Elyndra Si él no confiesa ¡entonces yo lo haré
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161: Elyndra: Si él no confiesa, ¡entonces yo lo haré 161: Elyndra: Si él no confiesa, ¡entonces yo lo haré Elyndra apretó con más fuerza su Separación Real, y la leve sonrisa en sus labios delataba tanto irritación como admiración.
—Hay que ver, convertir mi decreto soberano en un simple plato para satisfacer tu hambre.
Eres realmente exasperante, Ainsworth.
Su tono era cortante, pero un brillo en sus ojos revelaba que no estaba del todo disgustada.
Que alguien se enfrentara a su técnica de lleno e incluso la consumiera solo significaba que sus instintos sobre él no se equivocaban.
Alzó su espada una vez más, mientras una energía tiránica crepitaba a su alrededor como un manto.
—Pero no dejaré que conviertas mi voluntad en comida por segunda vez.
Te enseñaré lo que significa estar ante la Princesa Heredera de Valtoria.
Ainsworth hizo girar uno de sus cuchillos con destreza, sin que su sonrisa socarrona se desvaneciera.
—Entonces esperaré el segundo plato.
Solo asegúrate de que esta vez no sea demasiado soso.
La provocación dio en el blanco.
El aura de Elyndra se encendió, y su Energía de Gobernanza colisionó con su aura y su maná hasta expandirse en ondas, como en la coronación de una emperatriz.
El suelo tembló bajo sus pies, pues su sola presencia ya pesaba sobre el campo de batalla.
—¿Te atreves a enfrentarte a mí en combate cuerpo a cuerpo?
—lo retó.
Ainsworth no respondió con palabras, sino con hechos.
Como un borrón, sus cuchillos cobraron vida, dos arcos de plata que refulgieron como colmillos en la oscuridad.
Elyndra se abalanzó, y su Separación Real descendió en un arco soberano; una hoja destinada a aplastar todo lo que se sometiera a su decreto.
El choque resonó, acero contra acero, y las chispas se dispersaron como estrellas.
Los dos cuchillos de Ainsworth danzaron, interceptando su estocada con una precisión sobrenatural.
Cada movimiento era eficiente, casi juguetón, como si él estuviera guiando el ritmo de ella en vez de simplemente defenderse.
Elyndra siguió presionando, con un juego de pies preciso y una espada que cortaba el aire con autoridad imperial.
Pero cada vez que su filo parecía a punto de asestar el golpe, Ainsworth ya se le había anticipado.
Un cuchillo desviaba el golpe, el otro se deslizaba lo bastante cerca como para rozarla, pero sin llegar a cortar.
Sus movimientos no eran apabullantes, sino deliberados, como los de un maestro que esculpe la postura de su discípula a través del combate.
—Pones demasiado peso en las muñecas —comentó Ainsworth en medio del choque, mientras sus hojas atrapaban la de ella y la apartaban con un rápido movimiento—.
Deja que fluya, no fuerces el golpe.
Ella apretó los dientes, pero sus estocadas se adaptaron.
El siguiente mandoble llegó con una cadencia más fluida y, aunque él siguió desviándolo con facilidad, había un refinamiento en ella que no había mostrado antes.
Danzaron de un lado a otro: la regia esgrima de ella contra el arte depredador de los cuchillos de él.
La superioridad de Ainsworth era evidente por la sutileza con la que controlaba el ritmo; nunca atacaba para matar, sino para corregir.
La respiración de Elyndra se volvía más pesada y su concentración se agudizaba, pues cada error era pulido por la precisión implacable y burlona de él.
El acero volvió a chocar.
Sus cuchillos se cruzaron sobre la hoja de ella formando una «X» que detuvo su mandoble.
La sonrisa socarrona de Ainsworth se ensanchó.
—Mejor.
Ahora, de nuevo.
Y así continuaron.
Los minutos se fundieron unos con otros, y su duelo resonó como una sinfonía de acero, un choque entre mentor y discípula bajo la apariencia de ser iguales.
…
Treinta minutos después
Sus hojas por fin se separaron, y ambos quedaron de pie a unos pasos de distancia.
El sudor perlaba la frente de Elyndra y su pecho subía y bajaba con una respiración acompasada.
Sin embargo, su agarre era más firme, su postura, más definida, y su aura de gobernanza ya no era solo soberana, sino también disciplinada.
Ainsworth hizo girar sus cuchillos con pereza, observándola con una seriedad inusual.
—No está mal, princesa.
Bajo mi tutela, tu esgrima ha mejorado a pasos agigantados.
Me atrevería a decir que te has pulido hasta el punto de estar rozando el nivel del mismísimo Santo de la Espada.
Elyndra se quedó helada al oírlo, con el corazón latiéndole con fuerza por la incredulidad.
El Santo de la Espada era el guardián del Imperio Valtoria, un hombre venerado como el mejor espadachín del mundo.
Que Ainsworth la comparara con él era tan absurdo como exaltante.
Sus labios esbozaron una leve y orgullosa sonrisa.
—Entonces sigue enseñándome tus trucos, Ainsworth.
Si he de superar al Santo de la Espada, primero me abriré paso a través de tus cuchillos.
Y así, continuaron su entrenamiento durante unas horas más.
Fue un combate puramente cuerpo a cuerpo, sin habilidades ostentosas como la magia, sino tan solo pura esgrima y el arte de los cuchillos.
Puede que la especialidad de Ainsworth no fuera la esgrima, pero su dominio de la espada ya había superado al del Santo de la Espada.
Al fin y al cabo, su Mente Colmena recopilaba una gran cantidad de recuerdos, habilidades y experiencias de quienes formaban parte de ella, y entre aquellos Reyes Demonios también había expertos espadachines.
La capacidad de computación acumulada por su Mente Colmena ya le había permitido deducir técnicas de espada superiores.
Además, su talento de Cocina de Nivel Divino le otorgaba una maestría en el arte de los cuchillos que superaba incluso a la de los Dioses Verdaderos de rango X.
Estaba más que cualificado para ser el mentor de Elyndra en esgrima y combate cuerpo a cuerpo.
Técnicamente, su talento y maestría en la Cocina eran más que suficientes para permitirle convertirse en un Dios Verdadero de rango X con la posición divina de un Dios de la Cocina.
Sin embargo, Ainsworth sabía que ese no era el camino que deseaba ni necesitaba, por lo que no tenía prisa por convertirse en un dios, pues ya había planeado su propio camino hacia la divinidad.
El combate de práctica entre Elyndra y Ainsworth continuó, convirtiéndose al poco tiempo en un entrenamiento de esgrima, y Mira y los demás, que actuaban como espectadores, ya se habían aburrido.
Ainsworth había usado en secreto su talento de Guardián de Nivel Divino para proteger a Mira y a los demás de su batalla con Elyndra, por lo que no se vieron afectados.
Así, Mira pudo dormir plácidamente sin preocuparse por los ataques fortuitos de su entrenamiento, mientras que el resto de los compañeros de Elyndra también se echaron una siesta junto a ella.
…
Horas después, sus hojas por fin guardaron silencio.
Para entonces, Elyndra había comprendido una amarga verdad: por mucho que mejorara bajo la tutela de Ainsworth, la discípula nunca podría superar al maestro.
Sentía que era más probable que se convirtiera en una Diosa Verdadera de rango X a que su maestría con la espada superara la de él con los cuchillos.
Apretó la empuñadura de su Separación Real, con la respiración estable pero el corazón inquieto.
«A este ritmo, nunca conseguiré que se me confiese…»
Elyndra seguía asumiendo que Ainsworth estaba obsesionado con vengarse de la Organización del Ojo Misterioso por el bien de su hermana, así que desconocía que él ya había planeado confesársele independientemente del resultado de su entrenamiento.
«Hace mucho que decidí que Ainsworth sería mío.
Incluso mataría a mis hermanas para reclamar el trono si es necesario.
En cuanto me convierta en Emperatriz, silenciaré a todo aquel que se atreva a burlarse de él por su linaje».
Entrecerró los ojos, llena de determinación.
«Pero si espero, otros se adelantarán sin duda.
No… No puedo dudar.
Si él no se confiesa, ¡lo haré yo!».
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