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Despertar Primordial: ¡Respiro Puntos de Habilidad! - Capítulo 2

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2: ¡Salto de fe 2: ¡Salto de fe La mente de Zeph se volvió fría y calculadora en el momento en que vio ese brillo revelador en los ojos de Buster.

Tres años de supervivencia le habían grabado una lección a fuego en el cráneo por encima de todas las demás: cuando te superan, huyes.

El orgullo era para los cadáveres.

Las cuentas eran brutalmente sencillas.

Los humanos Despertados no es que fueran solo más fuertes: operaban a un nivel completamente distinto.

Reflejos mejorados que podían seguir un virote de ballesta en pleno vuelo.

Fuerza sobrehumana que podía atravesar el hormigón de un puñetazo.

Habilidades activas que doblegaban la realidad a su antojo.

Y eso era solo lo más básico.

Dependiendo de su clase, podían tener cualquier cosa, desde manipulación elemental hasta percepción precognitiva en combate.

Zeph era rápido, listo e implacable.

Pero seguía siendo un humano corriente.

Luchar contra un Despertado sin serlo era como llevar un cuchillo a un tiroteo…, ¡si la pistola además disparase rayos y pudiese leerte la mente!

«Clásico error de novato», pensó, manteniendo una expresión neutra mientras su cerebro trabajaba a toda máquina.

«Crecerse antes siquiera de que empiece la partida de verdad».

Su reputación como el «Fantasma» solo importaba entre la demás escoria que malvivía en las ruinas: críos que esperaban su decimosexto cumpleaños, adultos que de algún modo nunca habían despertado, los cascarones rotos que por la razón que fuera habían perdido su conexión con el Sistema.

¿Para los Despertados de verdad?

No era más que otra hormiga.

La mayoría de los Despertados no se quedaban mucho tiempo en las ruinas de todos modos.

¿Por qué iban a hacerlo?

Con los poderes llegaba la oportunidad.

Era mejor arriesgarse a viajar a un Santuario que perder el tiempo intimidando a niños en un cementerio.

Lo que hacía que la presencia de Buster allí fuera aún más preocupante.

—Mira, Buster —dijo Zeph en voz alta, alzando las manos en señal de falsa rendición mientras desplazaba sutilmente su peso hacia el extremo opuesto del puente.

—Lo pillo, has alcanzado tu pico de poder.

Por cierto, enhorabuena por escapar de la mazmorra tutorial sin morir.

La verdad es que es impresionante para alguien con tu… llamémosla «flexibilidad táctica».

La sonrisa de Buster se ensanchó.

—¿Sigues de cháchara, Fantasma?

A ver qué gracia te hace cuando te esté arrancando trozos.

Volvió a revolucionar la motosierra, y el sonido resonó en la superestructura oxidada como un trueno mecánico.

—Mira, ahí es donde te equivocas, tío —continuó Zeph, sin dejar de retroceder lentamente hacia su vía de escape—.

Esto no es un anime donde el protagonista se queda parado intercambiando insultos antes de la gran pelea.

Esto es la realidad, y la realidad tiene una regla sencilla: no luches en batallas contra jefes cuando todavía eres de nivel uno.

El rugido de la motosierra se hizo más fuerte mientras Buster empezaba a avanzar, con cada paso deliberado y seguro.

—Hablas demasiado —se burló el gordo—.

Siempre lo has hecho.

Es hora de…
Zeph se giró y echó a correr.

Sin vacilar, sin últimas palabras dramáticas, sin estúpidas bravuconadas.

En el instante en que Buster se decidió a avanzar, Zeph ya estaba en movimiento.

Para alguien que medía más de dos metros, se movía con una gracia aterradora.

Sus largas piernas devoraban la distancia con zancadas suaves que cubrían mucho terreno y no hacían ruido sobre el hormigón.

La ropa holgada que ocultaba su enjuta complexión fluía a su alrededor como una sombra líquida.

Estaba a medio camino del otro extremo cuando la risa de Buster lo detuvo en seco.

El gordo idiota no lo estaba persiguiendo.

Se había quedado allí parado, con la motosierra al ralentí, viendo a Zeph correr como si todo fuera parte de una broma elaborada.

«Oh, tienes que estar jodiéndome».

Una figura salió de detrás de la estructura de soporte del puente en el extremo opuesto.

Enjuta, nervuda, y sostenía una lanza corta con la confianza despreocupada de alguien que sabía cómo usarla.

Chen.

Otro «excolega» de los días de carroñero de Zeph.

Habían trabajado juntos una sola vez, para vaciar una farmacia derruida en busca de suministros médicos.

La colaboración había terminado cuando Zeph reclamó la parte del león de los antibióticos, argumentando que su recopilación de información había sido más valiosa que el músculo de Chen.

Chen no había estado de acuerdo.

Ruidosamente.

Con los puños.

Zeph había ganado aquella pelea, a duras penas, y habían sido enemigos desde entonces.

Ahora Chen estaba en el extremo opuesto del puente, con los ojos brillando con la misma luz tenue que delataba a Buster como un Despertado.

Su postura también era diferente, más controlada, más peligrosa.

Fuera cual fuera la recompensa que había obtenido, lo había transformado de un peleador callejero a algo que parecía que podía matar profesionalmente.

—Sorpresa, Fantasma —dijo Chen en voz alta; su voz cruzó la distancia sin esfuerzo—.

Resulta que ambos tuvimos la misma idea sobre saldar viejas cuentas.

Zeph dejó de correr, atrapado entre dos enemigos Despertados en un puente a doce metros por encima de una muerte segura.

«Bueno, esto es subóptimo».

—¿En serio?

—respondió él, inyectando en su voz todo el desdén despreocupado que pudo reunir—.

¿De verdad vais a hacer esto?

¿Ambos necesitabais despertar antes de sentiros lo bastante valientes como para venir a por mí?

Es francamente patético.

O sea, patético a un nivel que da vergüenza ajena.

—Eso dice un hombre muerto —rio Buster, reanudando su lento avance.

—Un hombre muerto que sigue hablando —añadió Chen desde el otro extremo.

Se estaban coordinando.

Se movían en sincronía, cortándole las opciones con una facilidad experta.

No era una fantasía de venganza improvisada: lo habían planeado.

«Listillos de mierda».

La mente de Zeph repasó las posibilidades a toda velocidad.

¿Luchar?

Un suicidio.

¿Rendirse?

También un suicidio, solo que más lento y doloroso.

¿Esconderse en su refugio?

Simplemente lo sacarían a rastras o lo quemarían dentro.

Eso dejaba exactamente una opción.

La que o bien le salvaría la vida o acabaría con ella de la forma más espectacular posible.

—¿Sabéis qué?

—dijo, lo bastante alto para que ambos lo oyeran—.

Tenéis razón.

Estoy hablando demasiado.

Se giró hacia el borde del puente.

—Fantasma, ¿qué estás…?

—empezó Chen.

Zeph corrió directo hacia la barandilla.

No hacia ninguno de los extremos del puente, no hacia ninguna cobertura u ocultación.

Directamente hacia la barrera oxidada que era lo único que se interponía entre él y una caída de doce metros sobre hormigón quebrado y ferralla retorcida.

Sus largas piernas cubrieron la distancia en cuatro zancadas.

Sus manos golpearon la barandilla y saltó por encima sin reducir la velocidad, lanzándose al vacío con la confianza despreocupada de alguien que había perdido por completo la cabeza.

Detrás de él, tanto Buster como Chen gritaron, conmocionados.

El viento le azotó el rostro mientras la gravedad se apoderaba de él.

Las ruinas se extendían bajo él en toda su gloria hecha añicos: un paisaje de muerte y metal retorcido que esperaba para atraparlo.

«Vamos», pensó, mientras observaba el suelo precipitarse hacia él a una velocidad cada vez mayor.

«Cuando quieras, estaría bien».

Nueve metros.

Siete y medio.

El mareo lo golpeó como un mazazo.

Empezó como una suave oleada de vértigo, del tipo que podrías sentir al levantarte demasiado rápido.

Luego se intensificó, convirtiéndose en una presión aplastante que le apretaba el cráneo desde todas las direcciones.

Su visión se volvió blanca por los bordes.

Seis metros.

Cuatro y medio.

«Detección de integración con el Sistema», susurró una voz en el fondo de su mente.

«Preparando transporte al tutorial».

Tres metros.

Uno y medio.

Ahora podía ver los trozos de ferralla, lanzas manchadas de óxido que esperaban para atravesarle el pecho.

Podía oler la podredumbre y el moho que ascendían del montón de escombros.

Un metro.

El mundo se disolvió en luz.

Lo último que oyó antes de que todo se volviera blanco fue el grito furioso de Buster resonando por las ruinas: «¡Ese tramposo de mierda!

¡Chen, joder, voy a matarlo cuando vuelva!».

Luego, el silencio.

Luego, la nada.

Entonces, todo cambió.

¡Había comenzado su despertar!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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