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Destino equivocado - Capítulo 1

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1: capitulo 1:inicio del destino 1: capitulo 1:inicio del destino Desde que tuvo memoria, Aisha supo que su destino estaba escrito en sombras.

No era una suposición ni un deseo infantil: era una certeza heredada.

Durante generaciones, su familia había pertenecido a la Casa del Eclipse, linaje tras linaje de Umbraxis, los magos forjados en ambición, poder y hierro.

En su hogar se hablaba de la oscuridad como de una virtud, y del dominio como de un deber.

Aisha creció con la idea grabada en el alma: no había otro lugar para ella.

La Academia de Preparación de Magos no era una escuela común.

Allí se formaban brujos, hechiceros y entidades capaces de alterar el equilibrio del mundo.

Desde sus cimientos antiguos, la academia se dividía en dos grandes casas, opuestas no solo en ideales, sino en la forma misma de concebir la magia.

Por un lado, estaban los Umbraxis, también conocidos como la Orden del Hierro, los Herederos del Vacío o la temida Casa del Cuervo Negro.

Eran quienes poseían el poder, la ambición y la valentía brutal.

Dominaban hechizos prohibidos, no temían a la oscuridad y rara vez fallaban en las pruebas académicas.

Para ellos, la magia era un arma, y el mundo, algo que debía ser conquistado.

En el extremo opuesto se encontraba la Casa del Sol.

A sus miembros se los llamaba Lúmina: los de corazón puro y alma luminosa.

También eran conocidos como los Custodios del Aura, los Hijos de Qistán o la Orden del Loto.

Su magia nacía de la empatía, la sanación y el amor por la vida.

Eran incapaces de matar, incluso cuando la supervivencia lo exigía.

Ayudaban sin pedir nada a cambio… y por eso mismo, caían una y otra vez en las trampas de los Umbraxis.

Aisha jamás dudó de a qué casa pertenecía.

Ningún descendiente de su familia había sido jamás asignado a la Casa del Sol.

Y si alguno lo fuera, no sería visto como un error, sino como una vergüenza imperdonable.

El apellido no lo resistiría.

La sangre no lo permitiría.

Así que cuando cumplió doce años y el día de ingreso finalmente llegó, Aisha estaba lista.

Lista para cruzar las puertas de la academia.

Lista para enfrentar el ritual de selección.

Lista para reclamar el lugar que, según todos, ya le pertenecía.

La Casa del Eclipse la estaba esperando.

Quienes no la conocían solían preguntarse cómo era Aisha en realidad.

No solo qué casa deseaba, sino qué clase de persona habitaba detrás de aquella mirada fría.

Aisha tenía el cabello verde, un verde profundo y poco común, digno de una mara.

En su familia no existían otros colores: el verde, el rojo y el negro eran las únicas herencias posibles.

El verde simbolizaba el poder y la astucia; el rojo, la belleza peligrosa y la maldad seductora; el negro, la maldad absoluta, reservada para los más temidos.

Que el suyo fuera verde no era casualidad: hablaba de una mente calculadora, silenciosa, siempre un paso adelante.

Sus ojos eran azules, tan claros que contrastaban con la dureza de sus facciones.

Tenía la piel clara, aunque no pálida; una palidez viva, marcada por noches de estudio y rituales.

Su nariz era recta y fina, los labios gruesos, casi desafiantes, y su estatura ligeramente superior a la de la mayoría de los estudiantes de su edad.

Las piernas delgadas, los brazos finos y las manos largas —manos hechas para sostener grimorios antiguos o trazar símbolos prohibidos— completaban su figura.

Siempre llevaba las uñas largas, cuidadas, como si incluso ese detalle formara parte de una armadura invisible.

Pero no era su físico lo que la definía por completo.

Su comportamiento era, sin duda, digno de la Casa del Eclipse.

Aisha no era innecesariamente cruel, pero tampoco amable.

No ofrecía sonrisas gratuitas ni disculpas vacías.

Si alguien la provocaba, no huía ni suplicaba: respondía.

Y no se limitaba a ganar una discusión; se aseguraba de que su oponente recordara el error durante mucho tiempo.

Esa frialdad estratégica era justo lo que su familia admiraba en ella.

Sus padres, Aida y Lucio, observaban su carácter con orgullo contenido.

Estaban convencidos de que Aisha no solo sería una Umbraxis más, sino una mara con experiencia, poder y maldad, digna del linaje que llevaba en la sangre.

Una heredera capaz de sostener el nombre familiar sin titubear.

En casa, no estaba sola.

Tenía un hermano, alguien que también cargaba con el peso del apellido y las expectativas… aunque su historia, aún, permanecía en silencio.

El apellido Ravenwood no era uno que pasara desapercibido.

Dentro y fuera de la Academia de Preparación de Magos, evocaba temor, respeto y una historia manchada de rituales oscuros.

Aisha lo llevaba con orgullo silencioso.

Adriel, en cambio, lo cargaba como un peso invisible.

Su hermano mayor de 14 años un año mayor que aisha— se llamaba Adriel Ravenwood, y en casa rara vez se hablaba de él con la misma vehemencia.

No porque careciera de poder, sino porque su esencia no encajaba del todo con lo que los Ravenwood esperaban.

Adriel tenía el cabello negro, profundo, absoluto: un color reservado para la maldad extrema.

Solo por eso, sus padres consideraban que, al menos en apariencia, había cumplido con el legado familiar.

Aquello les bastaba para sentirse honrados… aunque no orgullosos.

Sus ojos eran verdes, distintos al azul frío de Aisha, y su rostro estaba salpicado de pecas que suavizaban sus facciones, casi como una burla al linaje que representaba.

Esa suavidad no era solo física.

A diferencia de su hermana, Adriel era más amable con las personas.

No ingenuo, no débil, pero sí incapaz de disfrutar del sufrimiento ajeno.

Tenía carácter, por supuesto.

Jamás permitía que alguien lo humillara o lo subestimara.

Sabía defenderse y sabía cuándo responder con dureza.

Pero no buscaba destruir por placer, ni dominar solo para demostrar poder.

Y esa diferencia, mínima pero imperdonable, lo alejaba del ideal Umbraxis.

Por eso, en el hogar Ravenwood, Adriel era una presencia silenciosa.

No se le corregía con la misma severidad, pero tampoco se le celebraba.

No se hablaba de su futuro con entusiasmo, ni se apostaba por su grandeza.

Existía… y eso era todo.

Aisha lo sabía.

Y Adriel también.

Dos hijos del mismo apellido.

Dos cabellos marcados por la oscuridad.

Pero destinos que comenzaban a separarse mucho antes de que la academia los reclamara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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