Dios de las MILFs: Los Dioses Me Piden Hacer un Harén de MILFs - Capítulo 361
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Capítulo 361: De tal palo, tal astilla
Verás, Kafka era en realidad una persona muy agradable en general… Incluso más que la media, si se ponía en perspectiva.
Era el tipo de persona que, cuando tenía tiempo libre en la Tierra, les preparaba algún dulce a sus vecinos ancianos, ayudaba en las recaudaciones de fondos locales si era necesario, se ofrecía como voluntario en los hospitales infantiles, recogía cualquier basura que viera por la calle e incluso ayudaba a las abuelitas del barrio a cruzar la calle.
También trataba a todo el mundo por igual, sin importar su raza, género, etnia o creencias, y tenía una mentalidad muy abierta que se mantenía al día.
En resumen, era un ciudadano modelo y un caballero como el que toda madre desearía que su hijo fuera de mayor.
Pero hasta él tenía una cierta cualidad que no encajaba del todo con su imagen de buen tipo.
Su posesividad por las cosas que amaba con todo su corazón.
Ya fuera el primer libro que le regaló la anciana que visitaba su orfanato, al que le tenía un gran cariño, o su madre de este mundo, por la que incluso moriría. Era de los que destrozarían el mundo si se enterara de que alguien intentaba hacerles daño.
Ya había perdido demasiado en el pasado debido a las condiciones que tuvo que soportar, y se prometió a sí mismo que nunca volvería a perder nada que amara.
Al mismo tiempo, también juró que nunca se desharía de algo que amara, por muy desesperada que fuera la situación, y que haría lo que hiciera falta para conservar para sí lo que amaba.
Así que, cuando oyó a Nina —de quien se había enamorado, algo inevitable dada la mujer tan maravillosa que era— decirle que tenía otros hombres en su vida, afloraron en él algunas emociones desagradables que no quería mostrar a nadie.
Aunque sabía que Nina solo lo usaba como excusa para alejarlo, la idea de que ella pronunciara el nombre de otro hombre le sentó fatal.
No sabía si lo había heredado de su verdadera madre, conocida como el «Dios de la Vanidad», pero había en él un cierto orgullo que sencillamente no podía aceptar la idea de que su mujer pensara en otro hombre.
Las relaciones pasadas no suponían ningún problema, pues no era un hombre de mente estrecha como los demás de este mundo, que trataban a las viudas como mercancía de segunda mano.
Pero cualquier cosa que ocurriera después de que él entrara en escena era completamente inaceptable, y esa era probablemente la única forma en la que se parecía a su madre en los Cielos, que poseía un sentido de la Vanidad similar.
—¡N-no, Kafka! ¡Solo estaba bromeando cuando dije eso! —exclamó Nina, agitando las manos, nerviosa, tratando de calmar a Kafka, que en ese momento parecía más peligroso que una bomba de relojería—. ¿De verdad crees que alguien como yo, a quien le da vergüenza dar un par de besos o incluso ir de la mano de otra persona, puede tener varias parejas?
—… Piénsalo un segundo y comprenderás que no soy el tipo de mujer que juega con los hombres como si nada.
Dijo Nina a toda prisa, sin dudar siquiera en revelar lo inexperta que era en realidad en cuanto a relaciones e intimidad, si con ello podía aplacar la ira silenciosa de Kafka, que estaba en su punto álgido. Incluso añadió:
—Puedes llamar a Camila si quieres, Kafka. Hablo de todo con ella, y te puede asegurar que no tengo varias parejas cuando apenas puedo lidiar con la única relación que ya tengo.
Al principio, Nina se asustó por el aspecto aterrador de Kafka y por lo que podría hacerle al ver lo irritado que estaba.
Pero enseguida se dio cuenta de que, por lo que había dicho, Kafka pensaba que era una mujer fácil que se acostaba con cualquiera por puro placer.
Eso la aterrorizó más que la fría sonrisa que Kafka le dedicaba en ese momento, pues preferiría mil veces afrontar cualquier castigo que él le impusiera, por muy horrible o dolorosa que fuera la experiencia, antes que dejar que pensara que era una mujer despreciable que salía con varios hombres a la vez estando ya en una relación afectuosa.
Su relación actual con su marido era prácticamente inexistente, hasta el punto de que a él probablemente ni le importaría que ella se viera con otro hombre, así que no le había dado demasiadas vueltas, aunque sabía que estaba cometiendo un grave error al actuar a espaldas de su esposo para estar con Kafka. Sin embargo, lo que acababa de afirmar que hacía era, sin duda, un acto de infidelidad horrible, y le aterrorizaba que eso cambiara la opinión que Kafka tenía de ella.
Pero, por suerte para Nina, Kafka sabía que ella no era ese tipo de mujer. Antes creería que el mundo se iba a acabar al minuto siguiente que pensar que la faceta que Nina mostraba era real, pues su corazón era tan puro que a Kafka le costaba incluso mancillarlo poniendo sus manos sobre ella.
Pero ahora que Nina había dicho una mentira que manchaba su blanco corazón, a Kafka ya no le parecía tan mal la idea de «tratarla con rudeza» por el bien de la petición y obligarla a hacer «cierta cosa» que antes había dudado en imponerle, para asegurarse de que nunca olvidara la mentira que había pronunciado hoy ante él.
—Claro que sé que solo bromeabas, Nina… Te pones roja con solo mirarte un poco más de la cuenta, así que ni de coña me voy a creer que eres la seductora que intentabas aparentar.
Dijo Kafka con una sonrisa amable, lo que hizo que los ojos de Nina, que empezaban a anegarse en lágrimas de arrepentimiento por haber bromeado con un asunto tan desagradable, volvieran a brillar.
Claro que los ojos de Kafka seguían clavados en ella con frialdad, haciendo que pareciera que estaba mirando a dos pozos ancestrales que se arremolinaban sin cesar, pero decidió ignorarlo, eufórica al saber que el malentendido se había aclarado.
—¿¡De v-verdad, Kafka!? ¿De verdad no crees que soy ese tipo de mujer, verdad? ¡Porque te aseguro que no lo soy! —preguntó Nina con desesperación, queriendo asegurarse de que Kafka no lo decía solo para calmarla y que en realidad no le guardaba rencor en secreto. Luego, añadió a toda prisa para ganar credibilidad—: Es que, piénsalo, Kafka… Dije que tenía varias parejas, pero ¿cómo va a ser eso posible si eres la única persona que he conocido en mi vida a la que de verdad le parezco atractiva?
—Y no hablo solo de mi aspecto, que espanta a la mayoría de los hombres, sino también de mi brusca personalidad… ¿Qué hombre tan estúpido querría a una mujer violenta como yo, que podría romperle los huesos si quisiera?
A Kafka le tembló una ceja cuando oyó a Nina llamarlo estúpido, algo de lo que ella se percató al instante.
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