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Dios de las MILFs: Los Dioses Me Piden Hacer un Harén de MILFs - Capítulo 362

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  3. Capítulo 362 - Capítulo 362: Una Lección Muy Necesaria
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Capítulo 362: Una Lección Muy Necesaria

—¡Ah! ¡No te estoy llamando estúpido ni nada, Kafka, por enamorarte de alguien como yo!

Nina agitó las manos para aclarar el malentendido que había creado sin querer.

Pero entonces su expresión cambió, como si se preguntara si de verdad había dicho algo malo. Luego miró a Kafka con una expresión de disculpa en el rostro por los sinceros pensamientos que estaba a punto de decir y, titubeante, dijo:

—… P-Pero al mismo tiempo sí que te estoy llamando estúpido, puesto que solo alguien que no está bien de la cabeza querría de verdad a alguien como yo a su lado.

A Kafka no le importó que Nina cuestionara su cordura y simplemente sonrió al ver lo alterada que estaba intentando aclarar el malentendido que había creado; parecía alguien que se ponía a despotricar después de haberse bebido un litro de café solo de un trago.

—Cálmate, Nina… No tienes que esforzarte en inventar alguna razón para que crea en ti, ya que no creo que alguien tan crédula como tú pueda hacer algo como tener a un montón de hombres comiendo de la palma de tu mano —dijo Kafka en un tono suave mientras le apartaba con delicadeza el sedoso pelo que le caía detrás de sus largas orejas, lo que hizo que estas se crisparan al sentir sus dedos deslizarse tras ellas. Luego se rio entre dientes al pensar en algo y dijo—: … Bueno, en realidad sí puedes tener a un montón de hombres a tu alrededor, Nina. Pero no seduciéndolos como haría cualquiera, sino dándoles una paliza y manteniéndolos como tus leales subordinados.

Por mucho que Nina quisiera negar que Kafka la llamara jefa de una banda, tenía que admitir que tenía muchas más posibilidades de convertirse en una capo de la mafia que en una zorra que tiene a un montón de hombres como sus juguetes.

—Y en cuanto a odiarte o guardarte rencor solo por unas palabras que dijiste… ¿De verdad crees que soy ese tipo de persona? —preguntó Kafka sin rodeos, a lo que Nina negó enérgicamente con la cabeza. Kafka se rio al verla mover la cabeza como una peonza y continuó—: Je, je… Gracias por tener al menos esta confianza en mí, Nina… Supongo que ahora no tengo que preocuparme de que le des demasiadas vueltas al asunto.

Kafka terminó de arreglarle el pelo a Nina y le acarició las mejillas, que habían estado cambiando de color toda la noche como un camaleón por las jugarretas de Kafka.

Nina también inclinó la cabeza hacia la palma de su mano, como un gatito que insiste en que lo acaricien, y ella misma se frotó las mejillas contra su mano, deseando sentir su calor tras confirmar por fin, para su alivio, que él no le guardaba rencor.

O al menos eso es lo que ella pensaba hasta que Kafka, de repente, dijo de la nada:

—Pero Nina, por mucho que no te lo tenga en cuenta por lo que dijiste, tampoco quiero que vuelvas a decir semejantes palabras nunca más, ya que oírte decir que tienes a alguien más cuando ya me tienes a mí me saca de quicio de una forma que no te puedes ni imaginar.

Las manos de Kafka, que le acariciaban las mejillas, de repente se las pellizcaron, y empezó a estirar de ellas para sorpresa de Nina.

Pellizco~ Estirón~

En realidad no le dolió en absoluto, ya que Kafka seguía siendo muy delicado en su forma de sujetarla. Pero con la expresión solemne de su rostro y el tono gélido con el que hablaba, se sintió como si su madre le estuviera estirando de las mejillas, aquella madre a la que Nina temía bastante cuando se enfadaba mucho porque, de niña, ella hacía algo que merecía un castigo.

—Así que, para asegurarme de que no vuelvas a decir algo así nunca más, ¿por qué no te doy una pequeña «lección» que se te quede grabada en la mente y te haga temblar de miedo cada vez que vuelvas a tener esos pensamientos? —lo dijo Kafka como un padre que va a darle a su hija un castigo para asegurarse de que nunca vuelva a repetir el mismo error, por temor a las consecuencias que conlleva.

A Nina tampoco le importó que hablara de un castigo, e incluso lo prefirió, siempre y cuando supiera que eso disiparía cualquier pensamiento desagradable que Kafka tuviera sobre ella.

Pero aun así tenía una única petición en lo que a castigos se refería, para no sacar a relucir su triste pasado.

—¿L-La lección va a ser muy dolorosa, Kafka…? —dijo Nina con una mirada lastimera en sus bonitos ojos mientras pensaba en el pasado traumático que tuvo con su temperamental madre—. …Lo pregunto porque mi m-madre solía azotarme furiosamente el trasero cada vez que robaba comida de la despensa o me peleaba con otros niños de mi edad, lo que siempre hacía que se me hincharan las nalgas y me dolieran al sentarme en una silla, y de verdad que no quiero volver a pasar por eso.

Nina le rogó a Kafka que no la azotara, como pensaba que iba a hacer, ya que fue en lo primero que pensó al mencionarse la palabra «castigo» debido a su trauma pasado con su madre.

Parecía que incluso estaba dispuesta a que le abofeteara la cara con tal de que no le pusiera las manos en el culo y la hiciera recordar la furia de su madre, esa ante la que hasta su padre se encogía de miedo.

—No te preocupes, Nina… No usaré métodos tan bárbaros y zafios para darte una lección —dijo Kafka mientras una sonrisa sádica se formaba en su rostro. Luego continuó, tirando juguetonamente de las mejillas de Nina, que habían palidecido tras oír lo que dijo—: Lo que voy a hacer, o a hacerte hacer para ser exactos, no te dejará una cicatriz en el cuerpo como lo haría una buena azotaina… Sino que te dejará una cicatriz en la propia mente, la cual nunca podrás borrar por lo que vas a experimentar.

Aunque se suponía que Nina debía soltar un suspiro de alivio al saber que Kafka no iba a azotarle el trasero como lo habría hecho su madre, simplemente no pudo hacerlo tras oír las escalofriantes palabras de Kafka.

No sabía exactamente qué iba a hacer, ya que parecía que él quería mantenerlo en secreto por el momento. Pero sabía que Kafka era un hombre de palabra y, tal y como había mencionado, iba a hacerla hacer algo inimaginable que no podría olvidar en el resto de su vida, lo que la aterrorizaba hasta el extremo.

Justo cuando estaba a punto de retractarse de lo dicho por miedo a lo que le esperaba y decir que, en realidad, unos cuantos azotes no estaban tan mal, Kafka la interrumpió diciendo:

—Pero Nina, la lección que voy a enseñarte tendrá que esperar.

—… Por ahora, voy a dejarte una cicatriz en las tetas en lugar de en la mente, como tú querías, así que todo lo demás tendrá que esperar a después de eso.

Dijo Kafka mientras acercaba más a Nina hacia él y usaba ambas manos para sostener sus enormes tetas, que parecían contener casi cuatro litros de leche cada una.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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