Dios Del fútbol - Capítulo 396
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Capítulo 396: Preparaciones de la Liga
El perezoso ritmo de la mañana era difícil de sacudirse, pero con el tiempo, la comodidad de la cama cedió ante el zumbido de la realidad que golpeaba los límites de su quietud.
Olivia fue la primera en moverse. Estiró el brazo con un leve quejido y despertó parpadeando.
Sus ojos verdes se encontraron con los de Izan, que ya la observaba con una sonrisa de suficiencia, con la cabeza apoyada en una mano como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Deberíamos levantarnos —murmuró ella con la voz ronca por el sueño, con la mejilla todavía medio apoyada en su pecho.
—Deberíamos. No quiero tener a Mikel encima —asintió Izan, pero no hizo ningún ademán de moverse.
Se quedaron así un momento más, suspendidos en la comodidad de saber que no tenían que darse prisa.
Finalmente, Olivia se apartó con un suspiro de resignación y se sentó al borde de la cama, echándose el pelo detrás de la oreja.
—Hoy voy al King’s —dijo, girándose un poco para mirarlo.
—Supongo que es mejor hacer la visita pronto. La verdad es que no quiero pasarme todo el día tirada aquí sin hacer nada… sin ti.
Izan se incorporó a su lado, alborotándose el pelo mientras intentaba contener una sonrisa.
—O sea, que solo te interesa la visita si voy contigo.
—Digo que tú haces que todo sea mejor —replicó ella con ligereza, poniéndose de pie y estirándose.
—Incluso las visitas al campus.
Izan la observó mientras se dirigía hacia el baño, ajustándose un poco la camiseta que usaba para dormir.
—No irás a empezar el día sin mí, ¿en serio?
Olivia se detuvo en la puerta, mirando hacia atrás por encima del hombro con una ceja enarcada.
—Es que… —continuó él, mientras salía de la cama con una sonrisa—, no puedes esperar que me quede aquí sentado mientras tú entras ahí…
—No te vas a colar en la ducha conmigo, Izan —dijo Olivia, riéndose mientras cerraba la puerta del baño a medias, lo justo para asomar la cabeza.
—Y menos cuando tenemos que irnos en una hora.
—¿Quién lo dice? —sonrió él, caminando descalzo por el suelo hacia ella.
—Lo digo yo —respondió ella con seriedad, pero su sonrisa la delataba.
—Vale —masculló Izan con dramatismo, apoyando la frente en la puerta cerrada.
—Pero que sepas que este momento me atormentará para siempre.
—Sobrevivirás —se rio ella desde el interior, y él pudo oír cómo arrancaba la ducha.
Él negó con la cabeza con una sonrisita y se dio la vuelta, estirando los brazos por detrás de la cabeza mientras se dirigía a la cocina.
Si no podía acompañarla en la ducha, al menos podía preparar algo rápido para desayunar.
El sol ya estaba alto en el cielo de Londres cuando el chófer llegó al complejo de apartamentos. El coche negro se deslizó suavemente hasta detenerse justo delante de la entrada del edificio.
Izan y Olivia, vestidos de manera informal pero elegante, salieron cogidos de la mano, con los dedos entrelazados como si ese vínculo nunca se hubiera roto.
Ninguno de los dos dijo gran cosa al subir al coche, pero el silencio entre ellos no era incómodo.
Izan se recostó en el asiento de cuero con Olivia acurrucada a su lado, su mano todavía en la de él.
De vez en cuando, él le daba un suave apretón y, cada vez que lo hacía, ella respondía con una sonrisa apenas perceptible, de esas que permanecen en la mirada.
El coche se puso en marcha, abriéndose paso entre el ajetreo matutino de la ciudad.
El chófer no hablaba a menos que se dirigieran a él, permitiendo que los dos adolescentes permanecieran en su burbuja de quietud.
Olivia apoyó ligeramente la cabeza en el hombro de Izan, observando cómo los edificios pasaban mientras cruzaban puentes y tomaban desvíos que aún no reconocía, pero que no tardaría en hacerlo.
Entraron en Colney algo más de treinta minutos después, y el conocido campo de entrenamiento apareció ante sus ojos.
Los coches de los jugadores ya estaban llegando y varios miembros del personal caminaban de un lado a otro por el aparcamiento.
Cuando el coche se detuvo suavemente, Olivia por fin se volvió hacia él.
—Buena suerte —dijo ella en voz baja, mientras su pulgar rozaba el dorso de la mano de él.
Izan asintió, bajó del coche y empezó a cerrar la puerta. Pero, antes de que pudiera cerrarla del todo, la mano de Olivia se adelantó y tiró suavemente de su camiseta para después inclinarse y atraer con delicadeza la cabeza de él a través de la ventanilla abierta.
Le dio un beso en la mejilla, deteniéndose un instante más de lo necesario.
—Escríbeme luego.
—Lo haré —prometió él, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa infantil.
El coche empezó a alejarse mientras él retrocedía unos pasos, observándola a través del cristal tintado.
Ella no apartó la mirada en ningún momento, con los ojos clavados en él hasta que el coche tomó la curva para salir del aparcamiento.
Entonces ella se giró, y el chófer la llevó hacia el King’s College: su siguiente paso.
E Izan, sintiendo aún el calor de su despedida, se volvió hacia la entrada de Colney, con un tipo de calma diferente que ahora lo anclaba a la tierra.
….
….
Izan entró en las instalaciones de Colney con una ligereza en sus pasos que no pasó desapercibida.
Cuando las puertas automáticas se abrieron con un silbido, saludó a la recepcionista de la entrada con un suave «Buenos días», luciendo la misma sonrisa que no se le había borrado de la cara desde que Olivia lo besó a través de la ventanilla.
—Buenos días, Izan —rio la recepcionista—. Estás radiante hoy.
—¿Ah, sí? —preguntó él, fingiendo a medias que no lo sabía.
Se adentró en las instalaciones de entrenamiento, chocando el puño con los miembros del personal a su paso.
Desde uno de los fisios que colocaba conos en el exterior hasta el encargado del campo, ya mayor, que barría un poco de tierra cerca de la entrada al cuarto de las botas.
Cada interacción transmitía esa misma aura de relajación.
Era educado y respetuoso.
Como siempre, pero había algo diferente esa mañana.
Algo en su forma de moverse, despreocupada pero resuelta, como si el mundo estuviera un poco más en su sitio de lo habitual.
Dentro del vestuario, ya le habían dejado preparada la ropa de entrenamiento.
Un chándal nuevo del Arsenal, negro y rojo con el escudo del club nítidamente bordado sobre el pecho, descansaba en el banco.
Se lo puso con un ritmo sosegado, atándose los cordones, ajustándose los puños de las mangas y poniéndose unas chanclas blancas limpias antes de coger una botella de agua y dirigirse a la cafetería.
Ahí fue donde empezó el jaleo.
Entró y al instante lo ficharon varios compañeros que estaban sentados en la mesa central.
Reiss Nelson, Martinelli, Rice y, por supuesto, Saka, que fue el primero en reclinarse en su silla y entornar los ojos de forma exagerada.
—Uy, uy —sonrió Saka.
—Este tío camina como si acabara de firmar un nuevo contrato y se hubiera comprado un yate.
Izan intentó mantener la cara seria mientras retiraba una silla y se sentaba, pero se le escapó la sonrisa de todos modos.
—Sonríes demasiado para alguien que se bajó ayer de un vuelo de diez horas —añadió Martinelli, metiéndose una cucharada de yogur en la boca.
—Debe de ser el jet lag —se encogió de hombros Izan, haciéndose el indiferente, pero hasta Reiss enarcó una ceja.
—El jet lag no te deja esa cara —intervino Reiss—. Llevas escrito en la frente «anoche triunfé», colega.
Izan tosió, tapándose con la botella de agua, y bajó la mirada a la mesa, con las orejas un poco rojas, pero todavía sonriendo como quien no puede negar las acusaciones ni aunque quisiera.
Y entonces se oyó la voz que hizo que las bromas se extendieran como la pólvora.
—¿A qué viene tanto alboroto? —preguntó Arteta, entrando en la cafetería en plena conversación, con los brazos cruzados de manera informal y una taza de café en una mano.
Todos los jugadores se rieron con más ganas mientras Saka se inclinaba con aire conspirador, señalando a Izan con la cabeza.
—Jefe, no te lo vas a creer. Este tío lleva caminando como si flotara desde que ha llegado. Sonríe como si se acabara de casar.
Arteta enarcó una ceja y se volvió hacia Izan con una sonrisilla pícara.
—¿Así que fue una buena noche, no? —dijo con un juguetón acento español.
Izan negó con la cabeza, riéndose ya.
—No fue así, míster —dijo, intentando desviar la atención.
Arteta hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Ah, no me mientas. Sea lo que sea, quiero que todos vengáis siempre con esa energía.
La sala volvió a estallar en carcajadas, mientras el desayuno continuaba.
Las bromas acabaron por apagarse, pero el ambiente era más distendido de lo habitual, una de esas camaraderías que se forjan no solo con piques, sino con ritmos compartidos: vuelos largos, sesiones de entrenamiento agotadoras y las raras mañanas tranquilas en las que la vida más allá del fútbol se abría paso.
Y mientras Izan le daba un bocado a una tostada con mantequilla y se empapaba de las risas a su alrededor, pensó —y no era la primera vez esa mañana—: «Sí… Podría acostumbrarme a esto».
…..
Los jugadores fueron saliendo de la cafetería, recogiendo sus bandejas e intercambiando puyas amistosas antes de salir al sol de la mañana.
El roce de los chándales, el golpeteo de las botas contra el pavimento y un parloteo que se fue convirtiendo en concentración mientras seguían a Arteta hasta el impecable campo de entrenamiento.
Ya había balones dispuestos, los conos delimitaban el césped y el aire vibraba de expectación: había comenzado su primera preparación oficial para la temporada 2024/25 de la Premier League.
Una nueva travesía estaba en marcha.
N. del A.: Bueno, chicos. Este es un nuevo volumen y un nuevo reto para Izan. Gracias por vuestro apoyo, como siempre. Vosotros habéis hecho de esta novela lo que es hoy, y os lo agradezco. Os quiero a todos, y que disfrutéis de la lectura.
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