Divorcio por error: Reconquistando a mi exmujer - Capítulo 152
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152: CAPÍTULO 152 Rendida a sus pies 152: CAPÍTULO 152 Rendida a sus pies Ivy
—Gracias —mascullo sin ganas, antes de tomar el vaso y beberme de un trago la mitad del contenido.
Pero al hacerlo, escucho los pasos de alguien que entra en el club, atrayendo la atención de todas las chicas y de la mitad de los hombres.
Los suspiros ahogados y los murmullos despiertan mi curiosidad por ver de quién se trata.
Sigo la mirada de la rubia chillona sentada frente a mí, mis ojos se posan en él y solo entonces comprendo la razón del caos.
Ahí estaba él, increíblemente guapo —y un capullo, por supuesto—, de pie, alto y seguro en el centro del club, pareciendo disfrutar de toda la atención que recibía.
Bueno, no hay duda de que era de una belleza que quitaba el aliento: alto, con un pecho ancho que apenas se ocultaba bajo su camisa blanca ligeramente desabrochada, sacado de una maldita revista.
Sus ojos…
eran la guinda del pastel; una probablemente podría perderse en ellos si los miraba fijamente.
Probablemente no debería encontrarlos sexi.
Un playboy seguro de sí mismo en toda regla; la sonrisita de suficiencia en su cara gritaba: «Soy un gilipollas, ten cuidado».
Pongo los ojos en blanco y resoplo para mis adentros.
Un gilipollas demasiado seguro de sí mismo, sobrado de actitud.
Paso de él.
Aparto la mirada y doy otro sorbo, esperando dejar de ver a un idiota egocéntrico y terminar con esto de una vez por todas.
Ethan
He tenido un día eufórico en el trabajo.
He cerrado un trato importante que me mantendrá en el negocio durante mucho tiempo.
¿Y qué mejor manera de celebrarlo que con las chicas?
La puerta de mi despacho se abre de golpe y Sandra, mi asistente —bueno, mi futura exasistente—, entra a toda prisa.
Hay un brío notable en sus pasos y, al levantar la vista, veo una sonrisa en su rostro.
Se acerca a mí con efusividad y me rodea con sus brazos en un instante.
—Enhorabuena, cariño, has trabajado muy duro para esto —dice, alzando la vista hacia mí con una amplia sonrisa, pero solo se encuentra con una mirada de asco en mis ojos.
Le suelto las manos de mi cuerpo y doy un paso atrás.
Su rostro se descompone al instante.
¿Qué les pasa a estas mujeres que se sienten con tanto derecho a todo?
¿Te diviertes con ellas y simplemente no pueden superarlo?
Suspiro, exasperado, frotándome el entrecejo para borrar el pequeño ceño fruncido.
Bueno, esto va a ser rápido.
Alargo la mano hacia mi escritorio, cojo un sobre y se lo tiendo.
—Toma —digo con expresión aburrida.
Me lanza una mirada vacilante, pero lo coge de todos modos.
—¿Qué es esto?
—pregunta en un susurro, sin apartar sus ojos de mí.
Ladeo la cabeza sin decir una palabra.
Solo entonces saca precipitadamente el papel del sobre y se queda boquiabierta.
—¿Me estás despidiendo?
—dice, con la voz tensa.
Chasqueo la lengua.
—Así es.
Pero no te preocupes, recibirás tu salario y las bonificaciones de los próximos seis meses.
Tus servicios ya no son necesarios —digo con voz inexpresiva.
Se le empañan los ojos.
Ya empezamos otra vez.
—¿Por qué?
¿Qué he hecho?
Dímelo y te pediré perdón.
Me froto las sienes de nuevo.
Mi irritación está a punto de desbordarse, pero la contengo y, en su lugar, ofrezco una pequeña sonrisa.
—No has hecho nada malo, Sandra.
Te relevo de tus funciones, eso es todo.
—¡Pura mierda!
—espetó, arrojando los papeles—.
No puedes despedirme sin más, Ethan.
—Su voz se redujo a un gruñido bajo—.
Creía que teníamos algo hermoso, tú eras…
La interrumpo bruscamente.
—Ese es el quid de la cuestión, Sandra.
Cruzaste la línea, te me insinuaste, ¿te acostaste con tu jefe?
—Niego con la cabeza—.
Tengo una puta política: no me acuesto dos veces con la misma mujer, y tampoco las quiero en mi vida después —espeto, y ella abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar.
Ya me lo imaginaba.
—Despeja tu escritorio y abandona las instalaciones en una hora, o los de seguridad te echarán —digo con un tono definitivo antes de coger mi teléfono y salir, dejándola allí.
Apenas he dado unos pasos por el pasillo cuando suena mi teléfono.
Lo saco y veo que es mi madre.
Me quedo mirando la pantalla un momento antes de volver a guardármelo en el bolsillo.
No quiero hablar con ella.
De hecho, sé que llama para echarme la bronca sobre por qué debería sentar la cabeza y formar mi propia familia.
Demonios, no sé qué le pasa a mi madre.
¿Por qué cree que sentar la cabeza va a cambiarme para mejor?
¿Por qué todo el mundo piensa que necesito a una mujer que me dome?
¿Matrimonio?
¿Una relación?
Es lo último en lo que pienso.
No tengo ninguna intención de casarme ni de tener hijos.
De camino a mi club de siempre, llamo a mi mejor amigo, Dean, para ver si está disponible para tomar unas copas.
Ha estado de bajón desde su divorcio, pero como siempre, me ha dicho que no.
Supongo que tengo toda la noche para mí solo y, con suerte, encontraré un culo bonito y dispuesto con el que jugar y aliviar el estrés del día.
En cuanto entro en el club, me reciben los habituales grititos, suspiros y efusiones de las mujeres que hay allí, algo a lo que estoy muy acostumbrado.
Veo a un par de mujeres hermosas con los ojos fijos en mí, babeando, guiñándome un ojo e intentando llamar mi atención.
Así ha sido siempre para mí.
Nunca he tenido que esforzarme para conseguir la atención de una mujer.
Las he tenido en mi cama o donde he querido con solo chasquear los dedos.
Esbozo una sonrisa de suficiencia mientras mis ojos recorren la sala, buscando a la candidata adecuada.
Pero entonces mi mirada se posa en un par de ojos preciosos, al otro lado de la barra.
Su dueña permanece impávida, sin reaccionar como las demás chicas.
Decir que es hermosa es quedarse corto.
Es…
deslumbrantemente preciosa, un tornado en toda regla, con clase y sexi.
Es…
—hago una pausa, al ver que aparta la cara, como si le importara un bledo—.
Qué extraño…
e interesante.
Me encantan las fieras.
Y lo más notable es que es nueva aquí, nunca la había visto.
Le hago una seña a Israel, el gerente del club, para que se acerque.
—¿Quién es ella?
—le pregunto, señalando en su dirección, hipnotizado.
—Una chica nueva, y bastante guapa —dice él con una leve sonrisa.
Dios, ya podía imaginarme arrancándole ese vestido y azotando su precioso culo.
Una fuerza primigenia explotó dentro de mí y se abrió paso arañando hasta la superficie, arrastrando con ella todos mis deseos y necesidades.
Sonreí con arrogancia.
La quiero y, por Dios, que la conseguiré.
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