Donde el corazón no sobrevive. (Cruzaste el mundo por mi). - Capítulo 30
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30: Dos veces por ti 30: Dos veces por ti La noche respiraba con una calma engañosa.
El parque Inokashira se extendía en silencio, envuelto en una quietud que no era paz, sino una pausa previa a algo inevitable.
Las hojas se mecían con suavidad bajo un viento leve, y el lago reflejaba las luces distantes con un temblor casi imperceptible, como si incluso el agua presintiera lo que estaba por ocurrir.
Frente a ese escenario suspendido, Pedro y Akane permanecían uno frente al otro, demasiado cerca como para fingir distancia, demasiado vulnerables como para creer que aún tenían tiempo.
Akane lo observaba con los ojos húmedos, pero no solo de tristeza.
Había en ellos una esperanza frágil, casi irreal, que había logrado abrirse paso entre el miedo.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, se permitiera imaginar un futuro distinto.
—No quiero volver a separarme de ti —susurró.
Pedro alzó la mano y apartó con cuidado un mechón de su cabello.
El gesto fue simple, pero contenía todo lo que no podía expresar con palabras.
—No va a pasar.
Akane dejó escapar una pequeña sonrisa, temblorosa.
—Prometiste eso una vez… Pedro sostuvo su mirada, sin vacilar.
—Y sigo cumpliéndolo.
Ella apretó su mano, aferrándose a ese contacto como si fuera lo único real en medio del caos.
—Estas semanas sin ti fueron como no vivir… —murmuró, con la voz quebrada—.
No quiero volver a eso.
Pedro dio un paso más hacia ella, cerrando la distancia que aún quedaba.
—No vas a volver.
Akane lo miró en silencio durante un instante.
Y entonces, sin esconder nada, sin miedo, dijo: —Te amo.
Pedro cerró los ojos apenas un segundo, como si esas palabras aún tuvieran la capacidad de atravesarlo por completo.
Cuando volvió a abrirlos, la intensidad en su mirada hizo que el pecho de Akane se contrajera.
—Yo te amo más de lo que sé decir.
Ella soltó una leve risa entre lágrimas.
—Eso no es posible.
Pedro inclinó apenas la cabeza, observándola con una ternura que rozaba el dolor.
—Entonces tendré que demostrártelo el resto de mi vida.
Por un instante, el mundo fue suficiente.
Hasta que el sonido de un aplauso rompió la escena.
Lento.
Seco.
Cruel.
Ambos se giraron al mismo tiempo.
Desde la oscuridad, Satoshi Ono emergía con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier arrebato.
Aplaudía con parsimonia, como si estuviera presenciando una función privada diseñada exclusivamente para él.
Detrás, sus guardias permanecían inmóviles, sombras con forma humana.
—Impresionante… —dijo, deteniéndose a unos metros—.
Pedro, debo reconocerlo.
Avanzó un paso, su voz suave, controlada, casi elegante.
—Entrar a mi gala… engañarme… bailar con ella frente a todos… Nadie hace eso y sigue respirando.
Pedro se posicionó instintivamente frente a Akane.
—Pero, hasta aquí llegaste.
Satoshi no lo miró.
Sus ojos estaban fijos en ella.
—Vámonos.
Akane dio un paso al frente.
—No.
El silencio que siguió fue denso, casi tangible.
—Se acabó, Satoshi —continuó, con una firmeza que no le había visto antes—.
No voy a ir contigo.
—No entiendes lo que estás diciendo.
—Sí entiendo —lo interrumpió—.
Nunca te he amado.
Nunca voy a amarte.
Las palabras cayeron con una contundencia irreversible.
—Mi corazón es de Pedro.
Algo en el aire se quebró.
Pedro lo sintió.
Satoshi también.
Pero en él, ese quiebre se transformó en algo oscuro.
—¿De Pedro…?
—repitió, en voz baja.
—Sí.
Pedro dio un paso hacia adelante.
—Ni se te ocurra acercarte más.
No alcanzó a avanzar otro.
Uno de los guardias se lanzó sobre él con precisión brutal, inmovilizándolo antes de que pudiera reaccionar.
Pedro forcejeó con furia, intentando liberarse, pero la presión sobre sus brazos era implacable.
—¡Suéltame!
—¡Pedro!
Satoshi avanzó hacia Akane con una lentitud calculada.
—Te di todo… —dijo, y en su voz ya no había elegancia, sino algo deformado por la rabia—.
Todo.
—Nunca te pedí nada —respondió ella.
Su mano se cerró sobre el brazo de Akane con violencia.
—¡Eras mía!
—¡No soy de nadie!
El silencio que siguió fue absoluto.
Y entonces, el gesto.
La mano dentro de la chaqueta.
Pedro lo vio antes que nadie.
—No… El arma apareció.
Negra.
Compacta.
Irrefutable.
El sonido metálico al cargarla fue mínimo.
Pero en ese momento, pareció llenar todo el espacio.
Akane quedó inmóvil.
Pedro se volvió desesperación pura.
—¡No lo hagas!
¡Satoshi, no!…eres un maldito….
El arma se alzó lentamente, apuntando directo al pecho de Akane.
—Si no eres mía…No serás de nadie!!!
—Pedro lanzó un grito desesperado….¡¡NO!!
Akane cerró los ojos esperando el final, el impacto…
El disparo estalló.
El sonido rasgó la noche.
Y luego… el vacío.
Akane no sintió dolor.
Eso fue lo primero.
Lo segundo… fue entender.
Abrió los ojos.
Pedro estaba frente a ella, extendiendo sus brazos como un verdadero escudo.
La sangre comenzaba a expandirse sobre su pecho, oscura, imposible.
—No… No…—susurró.
Pedro respiraba con dificultad, como si cada bocanada de aire fuera una batalla perdida.
Aun así, levantó la mirada y la encontró.
—Akane… —murmuró, con la voz quebrada— …corre…corre…
Akane negó de inmediato.
—No… no me voy… —Corre… —insistió, más débil, más urgente—.
Por favor…salvate.
—No sin ti… Entonces lo sintió.
Algo en el ambiente.
Un peligro que no había desaparecido.
Giró apenas el rostro.
Satoshi seguía allí.
Observando, con una mirada cruel y malvada.
El arma aún en su mano.
Elevándose otra vez.
El tiempo se fracturó.
—Patético… —escupió.
Pedro lo vio.
Y lo entendió.
Aún no terminaba.
Se movió.
Lo poco que le quedaba.
Se interpuso completamente.
—Vete al infierno… muerto de hambre!!
Un instante.
Un engaño cruel.
Ese segundo donde parece que lo peor ya pasó.
Y entonces… el segundo disparo.
Más cercano.
Más brutal.
Más definitivo.
El grito de Pedro rompió todo.
Su cuerpo se arqueó con violencia, como si algo desde dentro lo desgarrara.
El aire salió de sus pulmones de golpe.
Sus piernas temblaron, intentando sostenerlo, pero ya no había fuerza suficiente.
Akane corrió hacia él.
—¡NOOOOOO!!!!….¡¡¡PEDRO!!!
Él intentó mantenerse en pie.
Un segundo.
Otro más.
Como si se negara a caer.
Como si aún luchara.
Pero su cuerpo ya no le pertenecía.
Cayó.
Pesado.
Sin control.
Akane intentó sostenerlo, pero el impacto la superó.
Sus manos resbalaron entre la sangre, y en ese movimiento torpe, desesperado, el coletero de su cabello se rompió, como si una unión se hubiese quebrado.
Su pelo cayó libre sobre sus hombros, desordenado, salvaje, como si toda su estructura interna también se hubiera deshecho en ese instante.
Logró acomodarlo como pudo, sosteniendo su cuerpo contra el suyo.
Sus manos estaban cubiertas de sangre.
Demasiada.
—No… no… no… —repetía, sin poder detenerse—.
No tú… por favor… Pedro respiraba de forma irregular, cada vez más débil.
Akane tomó su rostro entre las manos, obligándolo suavemente a mirarla.
—Mírame… estoy aquí… estoy aquí… Tardó.
Pero la encontró.
Incluso así.
Incluso en ese estado.
Su boca se movió apenas.
—Te… amo… Akane se quebró.
—Yo también… —sollozó—.
Yo también te amo… no me dejes… por favor… Lo abrazó con desesperación, como si pudiera retenerlo en ese gesto.
—Quédate conmigo… quédate… Pedro intentó sostener la mirada.
Pero se le escapaba.
El dolor lo atravesaba.
El cuerpo ya no respondía.
Akane lo sacudió suavemente.
—¡Pedro!
¡Mírame!
Nada.
O casi nada.
A unos metros, Satoshi permanecía inmóvil.
El arma aún en su mano.
Pero su rostro ya no era el mismo.
Había algo vacío en él.
Algo roto.
Algo que ni siquiera él parecía comprender.
Uno de sus guardias se acercó.
—Señor Ono.
Tenemos que irnos.
Ahora.
El otro insistió: —Esto se salió de control.
Satoshi no respondió de inmediato.
Su mirada seguía fija en Akane, en la forma en que sostenía a Pedro, en ese vínculo que él nunca había podido poseer.
—Señor.
Parpadeó.
Como si regresara.
Bajó el arma.
Y esta vez no opuso resistencia.
Se lo llevaron.
Desapareciendo entre las sombras.
Pero Akane no veía nada de eso.
No escuchaba nada.
Solo a Pedro.
Solo su respiración.
Solo su vida escapándose.
Apoyó su frente contra la de él.
—No te mueras… —susurró—.
No me dejes… Sus lágrimas caían sobre su rostro, mezclándose con la sangre.
—Por favor… A lo lejos, motores.
Luces.
Voces.
El mundo regresando.
Demasiado tarde.
Porque en ese instante, arrodillada sobre el suelo, con el cabello suelto, las manos cubiertas de sangre y el hombre que amaba desvaneciéndose entre sus brazos, Akane comprendió una verdad que la acompañaría para siempre: Pedro la había salvado dos veces.
Y esta vez… el precio había sido devastador.
Y lo peor… aún no había terminado.
— Unos minutos antes a la entrada del parque… un auto se detuvo bruscamente.
La puerta se abrió.
Kenji Takamura bajó rápidamente.
Su expresión era firme.
Pero inquieta.
Entonces— los disparos.
El eco aún en el aire.
Y después— el grito.
—¡¡NOOOOOOO!!
La voz de Akane.
Rota.
Desesperada.
Irreconocible.
Kenji se quedó inmóvil.
Por un segundo.
Uno solo.
Pero suficiente.
Porque en ese instante… algo dentro de él se quebró.
Y supo— que nada volvería a ser igual.
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