Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Donde el corazón no sobrevive. (Cruzaste el mundo por mi). - Capítulo 31

  1. Inicio
  2. Donde el corazón no sobrevive. (Cruzaste el mundo por mi).
  3. Capítulo 31 - 31 Donde el tiempo se rompe
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

31: Donde el tiempo se rompe 31: Donde el tiempo se rompe El mundo dejó de tener forma.

No ocurrió de golpe.

No fue un solo segundo, ni un único disparo, ni siquiera el instante exacto en que Pedro cayó en sus brazos.

Fue algo peor.

Una fractura invisible.

Una grieta que se abrió bajo los pies de todos y tragó el orden, el aire, la lógica.

De pronto, nada encajaba.

Nada obedecía.

Nada parecía pertenecer al mismo mundo de hacía apenas unos minutos.

—¡Rápido!

¡MUÉVANSE!

—la voz de Kenji Takamura se quebró como nunca antes se había quebrado—.

¡Llamen una ambulancia ahora!

¡NO HAY TIEMPO!

Corría.

No con la elegancia fría de un hombre acostumbrado a mandar, ni con la seguridad de quien domina cada sala en la que entra, sino con torpeza, con desesperación, con esa clase de urgencia que solo nace cuando el miedo ya ha atravesado el orgullo y ha llegado al hueso.

—¡Señor, ya estoy llamando!

—gritó uno de los guardias, con el teléfono en la mano—.

¡Está en camino!.

Llegan en unos minutos.

Pero Kenji ya no escuchaba.

Algo dentro de él se había adelantado a la realidad.

Algo oscuro, helado, definitivo.

La sospecha insoportable de que podía ser demasiado tarde.

A unos metros de allí, la noche parecía haberse vuelto más pesada.

Akane estaba de rodillas en el suelo.

No lloraba con contención.

No había dignidad en su dolor, ni belleza, ni silencio.

Su cuerpo temblaba sin control.

Respiraba mal.

A tirones.

Como si el aire también se hubiera roto y ya no supiera entrar a sus pulmones.

Tenía la ropa manchada, las manos cubiertas de sangre, el cabello deshecho, la mirada extraviada en un punto donde el horror ya había dejado de ser una amenaza para convertirse en realidad.

Pedro estaba en sus brazos.

Pesaba demasiado.

No era solo el peso de su cuerpo.

Era otra cosa.

Algo que Akane sintió con una claridad insoportable.

Como si la vida dentro de él ya no se afirmara igual al mundo.

Como si poco a poco, segundo a segundo, algo se estuviera soltando.

La sangre seguía saliendo.

Caliente.

Espesa.

Implacable.

Le corría por las manos, por las muñecas, por los antebrazos.

Le manchaba el vestido, la piel, las piernas.

Todo olía a hierro.

A carne herida.

A tragedia.

—No… no… no… —susurraba sin darse cuenta de que lo estaba diciendo—.

Pedro… mírame… mírame, por favor… Pero los ojos de él ya no obedecían del todo.

Se abrían.

Se cerraban.

Volvían a abrirse con un esfuerzo que parecía imposible.

Y otra vez se hundían.

Cada vez más lento.

Cada vez más lejos.

El eco del segundo disparo seguía vivo dentro de Akane.

No como recuerdo.

Como herida.

Como un sonido que se hubiera quedado atrapado en sus huesos y repitiera sin descanso el mismo instante.

Ese estallido seco.

El cuerpo de Pedro sacudiéndose hacia atrás y adelante.

El gemido de dolor que escapó de su boca como algo arrancado de lo más profundo.

La sensación brutal de cómo el peso de él cambió entre sus brazos.

La certeza inmediata de que algo se había roto de un modo que no tenía regreso.

Ella lo había sentido todo.

Y ahora lo estaba perdiendo.

De verdad.

—¡Pedro!

—su voz se quebró, se hizo pedazos en el aire—.

¡Pedro, mírame!

Le sostuvo el rostro con ambas manos, pero la sangre lo volvía todo resbaloso.

No podía sujetarlo bien.

No podía retenerlo.

No podía hacer nada.

—No me dejes… —murmuró, y luego lo repitió como si repetirlo pudiera cambiar el mundo—.

No me dejes… me prometiste… me prometiste que no me ibas a dejar… Pedro intentó respirar.

Pero el aire no entraba.

Su pecho apenas se movía, y cada esfuerzo parecía un combate que su cuerpo ya no estaba seguro de poder sostener.

Abrió la boca, como si fuera a decir algo, y entonces la sangre apareció entre sus labios.

Oscura.

Espesa.

Terriblemente real.

Akane se quedó inmóvil un segundo.

Solo uno.

El tiempo suficiente para comprender lo que estaba viendo.

Y después se quebró por completo.

Se inclinó sobre él, abrazándolo con una fuerza desesperada, como si pudiera amarrarlo a este mundo con sus propios brazos.

—¡NO ME DEJES!

—gritó con toda su alma—.

¡NO ME DEJES!

Su voz no sonó humana.

Sonó rota.

Como algo que se desgarraba por dentro.

Y entonces gritó todavía más fuerte, con el terror ya desbordando cualquier límite, con la garganta ardiendo, con el cuerpo entero temblando de una desesperación que no conocía forma ni orgullo.

—¡¡AYUDA!!

—su grito reventó en la noche—.

¡¡ALGUIEN ME AYUDE!!

—¡¡POR FAVOR!!

—¡¡AYUDA!!

El sonido golpeó el espacio, subió, chocó contra el silencio y volvió hecho eco.

Pero por un segundo insoportable, nadie respondió.

Nadie llegó.

Nadie pudo hacer nada.

Pedro abrió los ojos otra vez.

Fue un esfuerzo sobrehumano.

Como si estuviera cruzando dolor puro solo para encontrarla.

Y la encontró.

Siempre la encontraba.

Intentó sonreír.

Apenas.

Una sombra de sonrisa.

Algo tan pequeño y frágil que dolió más que cualquier herida.

—Oye… —murmuró, con la voz arrastrándose entre sangre—… estás… llorando mucho… Akane negó de inmediato, rota, asustada, furiosa contra el mundo.

—¡CÁLLATE!

—sollozó—.

¡No hables!

¡No hables, por favor!

Pedro volvió a intentar respirar.

Un espasmo le cruzó el pecho.

Todo su cuerpo se tensó por un segundo y el dolor pasó por él con una violencia visible.

—No… no llores… —susurró, y hasta en ese borde de la muerte quiso aliviarla—… no te ves… linda así… La sonrisa murió antes de nacer.

Akane sintió que algo dentro de su pecho se abría como una herida imposible de cerrar.

—¡NO DIGAS ESO!

—lo tomó del rostro con más fuerza, obligándolo a mirarla—.

¡No me hables así!

¡No me hables así como si te estuvieras despidiendo!

Pedro la miró.

Y por un instante, en medio del caos, del dolor, de la sangre, del espanto, pareció que todo desaparecía.

Solo estaba ella.

Solo Akane.

—No… me estoy yendo… —susurró.

Pero ni él mismo lo creyó.

— Los pasos llegaron después.

Demasiado tarde para impedir el horror.

Apenas a tiempo para mirarlo de frente.

—¡¡HIJAAA!!

Kenji apareció, y el mundo se detuvo para él.

La imagen lo golpeó sin compasión.

Su hija, cubierta de sangre, de rodillas en el suelo, sosteniendo entre los brazos a un hombre que se estaba muriendo frente a ella.

Un hombre al que él no había querido ver.

Un hombre al que había subestimado.

Un hombre que ahora, al desangrarse frente a sus ojos, convertía todas sus decisiones en algo sucio.

Imperdonable.

Akane alzó la mirada hacia él.

Ya no parecía la heredera de un imperio.

Parecía una niña.

Una niña destruida.

—Papá… —dijo, y su voz fue apenas un hilo—.

Ayúdame… Esa súplica lo desarmó de un solo golpe.

No había negociación posible.

No había estrategia.

No había apellido, ni poder, ni control que pudiera sostenerlo ante eso.

—Pedro se muere… La frase entró en Kenji como una cuchilla.

Se arrodilló junto a ellos sin pensarlo, sin importarle el suelo, la sangre, las miradas, nada.

—La ambulancia ya viene… —dijo, aunque su voz no tenía firmeza suficiente para sostener una promesa—.

Aguanta… aguanta, hijo… “Hijo”.

La palabra salió sola.

Tarde.

Demasiado tarde.

A unos metros de la escena, uno de los guardias encontró una pequeña caja elegante caída entre el caos.

Estaba manchada de sangre.

Unos metros más allá había una carta, también salpicada, doblada con cuidado como si hubiera sido protegida hasta el último momento.

El guardia la recogió sin decir nada.

Entendió más de lo que hubiera querido entender.

Miró a Pedro, a Akane, a Kenji, y guardó ambas cosas.

Pedro volvió a moverse apenas.

—Akane… —murmuró.

Ella se inclinó sobre él de inmediato.

—Aquí estoy… aquí estoy… mírame… mírame… Pedro intentó levantar la mano.

Le costó tanto que el simple gesto pareció una agonía.

Su brazo tembló en el aire antes de alcanzar el rostro de Akane.

Cuando por fin lo logró, sus dedos rozaron su mejilla con una suavidad que no pertenecía a ese momento.

Ya estaban fríos.

—No… te… detengas… —susurró—… pase lo que pase… Akane negó de inmediato, desesperada.

—No… no digas eso… no digas eso, por favor… Pedro cerró los ojos un segundo.

Y casi no consiguió volver a abrirlos.

Pero luchó.

Luchó de verdad.

Por quedarse.

Por verla una vez más.

—Eres… más fuerte… de lo que crees… —No sin ti… —dijo ella, destruida—.

No sin ti… Pedro la miró.

Y en sus ojos había algo insoportable.

Amor.

Y despedida.

— Las sirenas comenzaron a oírse a lo lejos.

Lejanas al principio.

Después más cerca.

Después demasiado cerca.

Pero para Akane el tiempo ya no se movía como antes.

Se había deformado.

Se estiraba.

Se volvía espeso.

Cada segundo pesaba como si contuviera dentro una vida entera.

—Pedro… —susurró, pegando su frente a la de él—.

Quédate conmigo… mírame… no cierres los ojos… por favor… por favor… Pero los ojos de Pedro volvían a cerrarse.

—¡NO!

—gritó ella, ya fuera de sí—.

¡Pedro!

¡MÍRAME!

Lo sacudió apenas, con ese miedo desesperado de quien cree que hasta el más mínimo movimiento puede romper del todo a la persona que ama.

—¡No te duermas!

¡No te duermas!

¡Por favor!

Su voz ya no era voz.

Era dolor puro.

Las luces de la ambulancia irrumpieron por fin en la escena y los paramédicos corrieron hacia ellos con la precisión urgente de quienes saben que cada segundo puede ser el último.

—¡Herida de bala en el pecho con salida de proyecti!

—¡Oxígeno, ahora!

Todo ocurrió demasiado rápido.

Manos firmes.

Instrucciones cortas.

Instrumentos.

Movimiento.

Y al mismo tiempo, todo ocurrió demasiado lento.

—Señorita, necesitamos que lo suelte.

—¡NO!

—gritó Akane, aferrándose a él con desesperación salvaje—.

¡No lo voy a dejar!

—Señorita, necesitamos espacio.

—¡NO LO VOY A DEJAR!

—lo abrazó todavía más fuerte—.

¡NO OTRA VEZ!

Kenji intervino entonces.

La voz le salió rota, pero firme.

—Akane… déjalos ayudarlo.

Ella lo miró.

Y en sus ojos no había rabia.

Ni duda.

Ni siquiera esperanza.

Solo vacío.

Solo terror.

Solo la certeza de que en cuanto lo soltara, algo irreversible podría ocurrir.

Pero aun así… lo soltó.

Muy despacio.

Como si al separar sus manos de él se arrancara una parte de sí misma.

Los paramédicos colocaron a Pedro en la camilla.

Su cuerpo ya casi no respondía.

El pecho apenas subía.

La piel estaba perdiendo color.

La vida en él pendía de algo invisible, algo frágil, algo que parecía romperse a cada instante.

Akane no se apartó.

No pudo.

Sus manos siguieron a Pedro como si todavía necesitaran tocarlo para convencerse de que seguía ahí.

Siempre junto a él.

Siempre.

Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par.

El ruido del mundo regresó por un instante: motores, voces, órdenes, sirenas, pasos apurados.

Pero para ellos tres nada había vuelto realmente.

Todo seguía detenido.

Todo seguía roto.

Las sirenas volvieron a gritar, ahora más cerca, más salvajes, más finales.

Y mientras subían a Pedro, mientras Akane temblaba de pie sin poder dejar de mirarlo, mientras Kenji permanecía inmóvil con las manos todavía manchadas de sangre y el pecho devastado por una culpa demasiado grande para ser nombrada… una verdad comenzó a instalarse entre ellos sin pedir permiso.

Fría.

Implacable.

Devastadora.

El tiempo seguía avanzando.

Pero para ellos ya no significaba nada.

Porque en ese espacio suspendido, entre una respiración incompleta y la siguiente, la vida de Pedro se estaba yendo.

Y todos lo sintieron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo