Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 56
- Inicio
- Dos ingenieros en otro mundo
- Capítulo 56 - Capítulo 56: ¿Por qué me pegas?
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 56: ¿Por qué me pegas?
El día en el gremio de comerciantes comenzó temprano. Apenas se abrieron las puertas, una horda de comerciantes decididos a conseguir permisos de comercio entraron de golpe llenando el vestíbulo. Con el paso de las horas el desbordamiento y las largas filas que incluso salían del edificio, dando testimonio de que aquel año sería uno de los más brillantes de la ciudad.
Las voces se cruzaban y los empleados estaban saturados, intentando mantener el orden mientras cientos de comerciantes rellenaban los impresos. A pesar de los rumores de la imprenta, esparcidos por toda la ciudad, aún no se habían difundido fuera de ella. Manteniendo caras serias, firmaban y leían aquellos documentos, sorprendidos por la maquetación y su similitud. Y pese al rápido gasto de los impresos, aparecía una empleada del gremio cargando con un fajo de nuevos formularios listos para entregar.
Pese a la preparación del gremio, su experiencia y los cálculos previos, nadie se esperó tal cantidad de comerciantes. No solo había caos, sino también tensiones, ya que los nobles estaban obligados a esperar junto a los demás mercaderes.
Sobre la hora del almuerzo las calles se llenaron de caravanas moviendo mercancía desde los depósitos hasta las plazas. Hunt avanzaba serpenteando entre la muchedumbre, con la cesta cubierta por un paño blanco y un olor a pan recién hecho.
Al llegar no tuvo que esperar en la cola, ya que, una chica del gremio lo hizo pasar directamente a la sala de espera para invitados especiales. Un gesto pequeño, pero suficiente para que varias miradas lo siguieran con atención.
Pasaron más de quince minutos de espera hasta que Sena entró, tras una reunión más larga de lo habitual. Apenas intercambiaron unas pocas palabras, cuando se dejó caer sobre el sofá con un suspiro contenido. No dijo nada más, solo se sirvió vino y lo rebajó con un poco de agua.
Hunt no preguntó, destapó uno de los tarros y el vapor escapó de inmediato, llenando la sala con un olor denso, cálido y hogareño. Sirvió el guiso en un plato hondo y lo dejó frente a ella.
Sena no hizo ninguna pregunta, tomó la cuchara y probó. No se detuvo hasta que el plato quedó vacío. Solo entonces levantó la vista.
— Sena — Está bueno. —
Hunt no esperó y sirvió el segundo plato, esta vez algo distinto, más espeso y suave, una mezcla fría de trozos pequeños de patatas hervidas entre otras verduras, sostenidas por una salsa de mayonesa, con finas tiras de carne de ave. Luego tomó la hogaza y la cortó en rebanadas delante de ella. Sena dudó un instante, pero terminó intrigada de nuevo. Tomó una de las rebanadas de pan, recogió parte de la mezcla y empezó a comer sin pensar demasiado.
El silencio duró unos minutos. Cuando dejó el plato, soltó el aire como si acabara de recordar que estaba cansada.
— Sena — Me has dado fuerzas para seguir con otras cuarenta reuniones más. —
■— Tampoco te pases, que es la primera vez que lo hago solo. —
Antes de poder decir nada, un grito los alertó a los dos, seguido de ese silencio tenso. Sena dejó el vaso, tensó la mandíbula y salió la primera sin decir nada. Hunt frunció el ceño un instante antes de levantarse.
— Sena — Eso no ha sido normal. —
Caminaban rápido cuando una de las secretarias se cruzó con ellos, visiblemente nerviosa.
— Señora, el grito provino del despacho ocho. —
— Sena — ¿Quién está dentro? —
— Selene… con las condesas. — Sena no respondió, pero aceleró el paso.
La puerta de la sala de reuniones estaba entreabierta. Dentro, todo seguía en su sitio, pero la calma ya no existía. Selene estaba de pie, rodeada por tres condesas, una de las siete condesas de Anita, junto a sus dos hermanas llegadas de otras ciudades, que ocupaban el centro de la mesa, respaldadas por sus maridos y por una fila de jóvenes demasiado callados para la situación.
— No es una propuesta, es una oportunidad — Decía una de ellas con una sonrisa tensa.
— Selene — Para ustedes. — Respondió, firmemente.
Lo que había empezado como una conversación sobre rutas comerciales había mutado en algo más concreto, alianzas, matrimonios y una clara intención de control sobre ella.
Selene aguantaba, pero no cedía. En ese momento, Sena entró sin pedir permiso. No alzó la voz, pero la sala se tensó con su presencia. Era la maestra del gremio, y eso seguía teniendo peso.
— Parece que hemos elevado el tono más de lo necesario. — Dijo el conde más insistente, sonriendo como si su llegada reforzara su posición. Sena en cambio lo miró sin prisa.
— Sena — Entonces bájelo. — Respondió fríamente antes de mirar a Selene.— ¿Que sucede? —
La sonrisa del conde no desapareció, pero dejó de ser cómoda. Comenzó exponiendo su ideal de estabilidad y futuro. De la necesidad intrínseca de la unión de Selene a su casa noble, sobre todo, ante la gran posibilidad del futuro ascenso de Selene dentro del gremio. Su tono era tranquilo, casi didáctico y su presencia exigía respeto.
— No me entienda mal… es una opinión personal, es más… una cuestión de posiciones, o si quiere de jerarquías. Si su hermanita quiere avanzar, necesita respaldo, e impulsarlo con un matrimonio adecuado, nos beneficia a todos. —
Selene no respondió. Lo dejó terminar sin apartar la mirada. La presión no estaba en las palabras, sino en cómo las colocaba, como si no hubiera alternativa real. Sena en cambio no discutió el argumento. Lo cortó de raíz.
— Sena — Selene se casará… — Interrumpió imponiendo su presencia. — De echo… —
El conde ladeó ligeramente la cabeza, manteniendo la sonrisa.
— Se casará con un noble. — Dijo con un tono picaresco.
Ahí fue donde cambió todo. Sena dio un paso lateral, lo justo para despejar la línea de visión hacia la puerta. El gesto fue pequeño, pero suficiente. Hunt dejó de ser un espectador y avanzó sin prisa, sin anunciarse, sin pedir permiso.
Las miradas llegaron antes que las palabras. Un murmullo bajo recorrió la sala, no por su posición o linaje, sino que por sus ideas e invenciones. La condesa de Anita lo reconoció al instante. La imprenta, el concurso de la universidad y los nuevos proyectos extraños, pasaron por la cabeza de aquella mujer como un fugaz recuerdo.
Entre las condesas y sus hijas, cambiaron la presión sobre Selene, a una repentina curiosidad hacia Hunt, que no se molestaban en ocultar, levantándose y acercándose a él.
— Sena querida, no nos habías dicho que estabas acompañada. — Dijo la marquesa residente en Anita.
— Que interesante. — Aporto una de las hermanas.
Las propuestas cambiaron de dirección con una naturalidad inquietante, como si Selene dejara de ser el objetivo principal en ese mismo instante.
— Tengo una hija en edad de casarse. —
— Mi hija también lo esta. —
Las voces se solapaban sin perder la compostura. No había prisa, pero sí una clara intención. Demasiadas opciones, demasiado rápido, como si ya estuvieran calculando beneficios antes de que él respondiera. Y entonces alguien cruzó la línea.
— No tiene por qué ser una sola unión. — Dijo una de las condesas, con calma, incomodando a Hunt. — Podríamos buscar un equilibrio entre varias esposas. — La propuesta quedó en el aire el tiempo suficiente para entenderla.
Selene fue la primera en responder.
— Selene — No. —
No alzó la voz, pero fue firme, sin lugar a otras interpretaciones. Hunt habló después, con la misma calma, pero más cerrada.
■— Selene es mi primera esposa, y la última. —
El silencio que siguió no fue inmediato, fue más lento e incómodo. No había sorpresas, todo estaba ya calculado. El conde que había liderado la conversación fue el primero en romper el silencio. Esta vez ya no sonreía ni se pavoneaba, estaba realmente molesto.
— ¿Quién te crees que eres para rechazar estas propuestas? —
Se levantó de golpe, apartando con brutalidad a las mujeres que se interponían en su camino, como si fueran meros obstáculos insignificantes. En un instante, Hunt quedó al alcance de su furia. El golpe llegó sin aviso, salvaje y despiadado. El dorso de su mano cruzó la cara de Hunt con un chasquido seco que reverberó como un trueno en la sala silenciosa. Nadie se movió. Nadie se atrevió siquiera a respirar más fuerte. Hunt apenas giró el rostro por la fuerza del impacto y, lentamente, volvió a clavar sus ojos en los del conde, serenos e inquebrantables sin desafiarlo arrogantemente, pero tampoco con sumisión.
■— ¿Por qué me pegas? — Preguntó Hunt con voz baja y clara, que cortó el silencio como una espada afilada. No había ira en su tono, solo una calma profunda, casi sobrenatural, que descolocó más que cualquier insulto.
El conde, hijo de una cultura donde la sangre y el linaje lo justificaban todo, tensó el brazo para descargar el segundo golpe. Hunt dio un paso adelante y, con deliberada lentitud, ofreció la otra mejilla. No era por debilidad simplemente era algo mucho más peligroso. El conde dudó un segundo, y en esa breve pausa la ira se encendió aún más feroz, devorando la certeza de su superioridad.
— ¿Qué haces, maldita bestia? — Rugió, acercándose con brutalidad creyéndose superior y con autoridad para pisotear a los demás. — ¿Acaso crees que un miserable como tú puede ser mi igual? ¡Tú no eres nada! —
Lo agarró violentamente por la ropa y lo levantó del suelo como si fuera un trapo. Selene reaccionó por puro instinto. Se lanzó y sujetó con ambas manos el brazo del conde, intentando detener la tormenta de violencia. No fue elegante ni calculado, solo una mujer protegiendo a su amado. El conde la empujó con desprecio y Selene cayó al suelo con un golpe seco, impactando fuertemente.
El segundo golpe fue mucho más brutal. El puño del conde impactó contra la cara de Hunt con toda su fuerza. Pero esta vez la cabeza de Hunt no se movió ni un milímetro. Sus ojos cambiaron, ya no había calma en ellos, había un límite que acababa de ser cruzado. Cuando habló, su voz no se alzó, pero retumbó en cada rincón de la sala con una autoridad que nadie esperaba.
■— Tú a mí, me puedes pegar… y no pasará nada — Dijo, bajo y firme con una serenidad que parecía venir de otro mundo. — Pero tocar a mi mujer… eso no, amigo. Te has pasado. —
Retrocediendo un paso, el conde soltó la ropa de Hunt. Respiraba como un animal acorralado y su orgullo de casta hervía. En ese mismo momento, el otro conde, su cuñado, exclamó desde el fondo de la sala con voz arrogante y cargada de altivez.
— Conde, ¿te están ofendiendo y no te veo hacer nada? — Dijo con el pecho hinchado y con la misma soberbia. — ¿Vas a permitir que estos plebeyos te hablen así? ¡Somos de sangre noble! ¡Haz que paguen! —
El conde giró la cabeza con furia, pero el veneno que traían aquellas palabras ya había hecho efecto. En un arrebato de rabia humillada, lanzó un puñetazo brutal directo al abdomen de Hunt, justo donde aún tenía la herida provocada por la apuñalada.
El impacto fue seco y profundo. Hunt soltó un gruñido ahogado de dolor y cayó de rodillas al suelo. Unas pocas gotas de sangre fresca empezaron a manchar su camisa, nada grave, pero suficiente para recordarle la fragilidad humana.
Selene se quedó paralizada por una fracción de segundo. Luego el pánico la invadió como un rayo. No gritó ni abrió la boca. Sus ojos se abrieron, llenos de terror. Las lágrimas brotaron de inmediato, sus mejillas se humedecieron, mientras su respiración se volvía rápida y entrecortada. Se lanzó sobre Hunt con desesperación muda, cubriéndolo con su propio cuerpo, temblando de pies a cabeza. El recuerdo de aquella noche donde casi lo ve morir la ahogaba por dentro.
Justo cuando el puño del conde aún estaba en contacto con el abdomen de Hunt, Levi apareció de entre las sombras como un verdugo silencioso. Su mano se cerró con fuerza implacable alrededor de la muñeca del conde, deteniendo el segundo golpe en seco. La sala entera contuvo el aliento. La consecuencia estaba escrita en ese agarre.
— Levi — No vuelvas a tocarlo. — Murmuró, con voz baja y letal, apenas moviendo los labios. — Ni a él… ni a su familia. Ni una sola vez más. —
En ese momento, la condesa de Anita se acercó rápidamente, pálida y con los ojos muy abiertos. Se inclinó hacia él y le susurró al oído con urgencia.
— Es Levi… uno de los siete guardias principales de la marquesa. Te recuerdo que aquí, en Anita, su palabra tiene más peso que la tuya. —
El conde se quedó rígido, pero el otro conde, su cuñado, intentó decir algo más, pero la mirada asesina de su pariente lo detuvo.
— Cállate. — Ordenó el conde con voz baja y cortante, cargada de autoridad y vergüenza. — Nos vamos. Ya he castigado suficiente a estos plebeyos. —
Los nobles, es decir, los condes, las condesas y sus hijos, se dirigieron hacia la salida sin decir una palabra más, aunque el orgullo herido de todos ellos era palpable. Sus pasos se alejaron por el pasillo.
— Levi —¿Estás bien? — Murmuró, revisando con cuidado si tenía alguna herida.
Sena permaneció unos segundos más en el mismo lugar, como una estatua de piedra, observando la puerta por donde habían salido los nobles. Solo cuando el eco de los pasos se extinguió, relajó ligeramente los hombros. Se cruzo de brazos observando la escena en silencio y con una expresión indescifrable, pero alerta, hizo llamar al sanador del gremio.
Le limpiaron la herida, cambiaron los vendajes y volvieron a cerrar la herida aplicando un poco de magia. Hunt soportó el procedimiento sin quejarse, aunque su rostro estaba pálido y una fina capa de sudor le cubría la frente. Selene no se separó de su lado ni un instante, manteniendo sus manos aun temblando sobre sus brazos.
Cuando por fin se quedaron solos en una sala más tranquila, Hunt respiró hondo y miró a Selene. A pesar del dolor punzante que aún le atravesaba el abdomen, forzó una sonrisa cansada y traviesa.
■— Bueno… después de tanto espectáculo, ¿qué te parece si tú y yo comemos algo? Me muero de hambre y no pienso desmayarme antes de probar un bocado de la ensalada. —
— Selene — Eres de lo que no hay. — Suspiro.
Comieron, lejos del bullicio. Hunt bromeaba con cada bocado, exagerando lo heroico que había sido al recibir el puñetazo como un campeón de boxeo y haciendo comentarios absurdos sobre la comida. Poco a poco consiguió que Selene se relajara, aunque ella comía poco y no dejaba de observarlo con preocupación. Al terminar, Hunt se recostó ligeramente en la silla. El agotamiento lo invadía, pero mantuvo el tono ligero.
■— Creo que ya es hora de que me vaya a casa a dormir un momentito… Solo un ratito, ¿eh? —
Se levantó con cuidado, ayudado discretamente por Levi, que había permanecido cerca todo el tiempo. Hunt se despidió de Selene con un beso suave en la frente y susurrándole.
■— Te quiero. No te preocupes por mí. —
Antes de cruzar la puerta, se giró una última vez hacia ella y le guiñó un ojo, intentando que su sonrisa no delatara lo cerca que estaba de sus límites.
Hunt y Levi salieron juntos del gremio. El bullicio de las caravanas y comerciantes seguía llenando las calles, pero para Hunt todo sonaba ya lejano. Caminaba con esfuerzo, cada paso más pesado que el anterior.
— Levi — ¿Seguro que estás bien? Esa herida no se veía bien — Preguntó en voz baja.
■— Sí, tranquilo… es un trofeo de “guerra”. — Respondió con una media sonrisa.
— Levi — Hunt, sabes que no tienes que actuar así conmigo. — Hunt soltó una risa débil.
■— Si me lo permites… me voy a desmayar un momento. —
Apenas terminó la frase, sus piernas flaquearon. Antes de que cayera, una figura apareció por detrás y lo sostuvo con firmeza. Neo pasó un brazo por debajo de los hombros de Hunt y lo sujetó con facilidad.
●— Yo me ocupo. — Dijo con voz tranquila. Levi lo miró un segundo y asintió.
— Levi — ¿Qué hacéis por aquí? — Preguntó mientras caminaban.
— Antón — Si yo te contara… — Levi soltó una risa seca y respondió sin mirarlo.
— Levi — No, no… si yo te contara. —
Entre los tres llevaron a Hunt a la casa de Durman. Una vez dentro, lo acostaron con cuidado en una cama. Hunt ya estaba semiinconsciente, respirando con dificultad, pero estable. Neo se quedó de pie junto a la puerta, mirando a Hunt con gesto serio. Luego se giró hacia Levi y Antón.
— Levi — Neo, no salgáis de casa bajo ninguna circunstancia. ¿Entendido? —
— Antón — Nosotros tenemos que informar a la marquesa. —
Neo los acompaño a la puerta y les dio una última mirada. Cerrando la puerta tras de sí con un golpe suave. Levi y Antón se alejaron por la calle en dirección al palacio de la marquesa. El bullicio del gremio y las caravanas seguía llenando Anita, pero ellos caminaban con paso rápido y expresión sombría. Sabían que lo ocurrido esa tarde no era un simple altercado entre nobles y plebeyos. Era el comienzo de algo mucho más grande.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com