Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 28
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Capítulo 28: Capitulo 28
El aire en el granero se sentía pesado, cargado con el olor a moho y esa vibración eléctrica que solo Grace podía percibir. La joven maga caminaba de un lado a otro, frotándose las sienes. La revelación de Jonar la había dejado en un estado de agitación constante: la corrupción no estaba solo en las semillas, estaba imbuida en la tierra misma.
—Esto es demasiado, Jonar —dijo Grace, con la voz temblorosa—. Una infección mágica de esta escala… es un asunto de seguridad nacional para el reino. Debería contactar con la Hermandad de Hechiceros. Aretuza enviará un equipo de investigación. No podemos simplemente…
—La Hermandad vendría a quemar el campo y a poner la aldea en cuarentena, Grace —la interrumpió Jonar con calma, mientras extendía un paño limpio sobre una mesa de madera—. Los aldeanos morirían de hambre antes de que sus “comisiones de expertos” terminen de redactar el primer informe.
La puerta del granero cedió con un crujido apagado. Cuando Flora entró, el aire viciado del interior pareció asentarse, perdiendo por un instante esa densa humedad que solía pegarse a la garganta. No hubo un cambio brusco, pero Grace experimentó una punzada de nitidez absoluta, como si los colores del granero —el ocre de la paja, el gris de las vigas— se hubieran vuelto, de pronto, más reales.
Flora avanzó sin que el barro de sus pies pareciera entorpecer su paso; se movía con una quietud que hacía que el espacio a su alrededor se sintiera extrañamente ordenado. Grace la observó de reojo, sintiendo un leve hormigueo en la nuca, esa clase de silencio que precede a las tormentas de verano, pero sin la amenaza del rayo. Era solo una presencia que ocupaba el lugar de una forma más profunda que los demás. Sin decir nada, la joven se detuvo y señaló el cubo de madera. Luego, con un movimiento fluido hacia el manantial que se adivinaba tras la puerta, indicó que el agua estaba lista. En el reflejo del cubo, por un segundo, el agua no pareció estancada, sino viva.
Jonar asintió y comenzó a sacar de su morral ingredientes que Grace jamás había visto en sus manuales. No había estregle, ni verbena. Jonar extrajo piel de Skeever carbonizada, un puñado de quitina de cangrejo de fango y unas plumas de Charrán de Felsaad, que brillaban con un matiz plateado.
Grace se detuvo en seco, observando los ingredientes con los ojos muy abiertos.
—¿Qué es eso? ¿Vas a cocinar un guiso o a preparar una pócima? —preguntó Grace, acercándose a la mesa con desconfianza—. Un momento… Jonar, ¿dónde aprendiste alquimia exactamente? ¿Tienes algún certificado de competencia? ¿Alguna licencia del gremio o un aval de un boticario real que te permita manipular sustancias externas?
Jonar la miró por encima de sus hombros, manteniendo una expresión impasible mientras trituraba la quitina.
—¿Un certificado? —preguntó él con una ceja alzada.
—¡Sí! —exclamó Grace, un poco histérica—. Estamos hablando de manipular el sustento de toda una población. Incluso los brujos tienen sus fórmulas registradas. No puedes simplemente mezclar… ¿eso son plumas marinas?… y esperar que no cause una mutación. ¿Tienes algún papel, alguna acreditación que diga que eres apto para esto?
Jonar sintió la sombra de Grace proyectarse sobre la mesa de trabajo, moviéndose con una inquietud rítmica, casi eléctrica. No era la misma sombra vacilante de los primeros días; ahora era una presencia que exigía respuestas. Mientras él trituraba la quitina de cangrejo de fango, podía notar la mirada de la maga recorriendo cada uno de sus movimientos, no con curiosidad académica, sino con la intensidad de quien evalúa un riesgo inminente para vidas reales.
Le resultaba fascinante ver cómo la agitación de Grace se transformaba en ese rigor analítico. Sus preguntas sobre la seguridad del reino, sobre la Hermandad y los certificados de competencia no eran meros formalismos burocráticos. Jonar lo veía en la tensión de sus hombros y en la forma en que sus ojos buscaban los suyos: ella no temía por sí misma, temía por los aldeanos que esperaban afuera, por esas familias que dependían de una cosecha infectada.
De repente, sus sentidos, afinados por eones y por una esencia que no pertenecía a ese plano, detectaron un cambio en la presión del aire a su izquierda. Flora se había acercado. Con un movimiento que para Grace no fue más que un gesto de curiosidad aldeana, la joven muda tomó una ramita de Celidonia de un bolso que poseia. La misma planta que Jonar había visto a Eskel usar para preparar su poción de “golondrina”.
Para el ojo común, Flora solo estaba jugando con una flor. Pero para Jonar, el mundo pareció ralentizarse.
Vio cómo los dedos de la chica, al contacto con el tallo, produce un cambio en aquella flor. No hubo luz, ni sonido. Sin embargo, Jonar vio a través de su “sexto sentido” cómo la estructura de la Celidonia intentaba reescribirse. Dos o tres pétalos amarillos se tornaron de un blanco nacarado, casi translúcido, y el aura de la planta se expandió en una frecuencia que no buscaba solo sanar el cuerpo, sino expulsar la enfermedad del entorno, como un pequeño sol que repelía las sombras.
Fue una demostración de maestría alquímica que casi ningún mortal podría ejecutar con tal naturalidad. Flora estaba intentando transmutar la biología de la planta para convertirla en un escudo vivo contra la corrupción.
Pero la metamorfosis fue efímera.
La Celidonia, forzada a contener una potencia que su naturaleza no podía soportar, tembló imperceptiblemente. Los pétalos nacarados se volvieron grises y, en menos de un latido, la planta se marchitó por completo, convirtiéndose en un tallo seco y sin vida en la mano de Flora.
La joven bajó la vista hacia la flor muerta, con una pizca de tristeza en sus ojos claros.
Grace, ajena a la magnitud de lo que acababa de presenciar, solo vio una flor marchitarse por el calor del ambiente.
—Vaya, el aire aquí dentro es tan tóxico que hasta las flores mueren al tocarlas —murmuró Grace, frotándose los brazos con un escalofrío.
Jonar, sin embargo, no apartó la vista de Flora. El asombro, una sensación que rara vez experimentaba ya, recorrió su columna. Aquella “chica silenciosa” acababa de intentar un milagro biológico frente a sus narices. Se acercó un paso a ella, bajando el tono de voz para que solo ella pudiera sentir el peso de sus palabras.
—La idea es correcta, Flora —continuó él, casi para sí mismo, pero asegurándose de que ella lo entendiera—. Solo necesitamos que el receptor sea más fuerte. No te preocupes por este fracaso… podemos trabajar en ello en el futuro. Juntos.
Flora le dedicó una sonrisa mínima, casi imperceptible, y asintió una sola vez antes de dar un paso atrás y volver a su papel de observadora discreta.
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El granero, antes un lugar de desesperación, se transformó en el epicentro de un milagro silencioso. Tras una hora de preparación, Jonar vertió el concentrado final en el enorme estanque de madera. El agua turbia se transmutó al instante en un líquido de color zafiro vibrante, tan claro que parecía emitir su propia luz, desafiando la penumbra del lugar.
Afuera, la voz del Alder había desatado una marea humana. La procesión comenzó casi de inmediato: hombres y mujeres harapientos, con la piel curtida por el salitre y el hambre, empezaron a entrar en el granero arrastrando pesados fardos de arpillera. Eran sus últimas reservas, semillas ennegrecidas por una corrupción aceitosa que olía a tumba.
—¡A la fila! ¡No empujen! —gritaba el Alder, organizando a su gente con una mezcla de fervor religioso y terror servil—. ¡Dejad que el enviado de las Damas limpie vuestro sustento!
Jonar no lo corrigió esta vez; estaba demasiado ocupado operando con una precisión mecánica que inquietaba a Grace. Cada vez que un granjero arrojaba su carga al estanque, el agua zafiro burbujeaba con un siseo gélido. La podredumbre se desprendía de los granos como una costra vieja, flotando en la superficie como hollín muerto, mientras las semillas se hundían y volvían a emerger transformadas en oro puro, henchidas de una vitalidad que no pertenecía a ese valle.
—¡Miren! —exclamó una anciana, hundiendo sus manos nudosas en el agua para recoger un puñado de grano limpio—. ¡Brillan! ¡Están vivas de nuevo!
Mientras los aldeanos salían con sus sacos al hombro, listos para sembrar los campos antes de que la noche cayera, Grace caminaba de un lado a otro, esquivando fardos y frotándose las sienes con fuerza.
—Si logramos estandarizar este proceso… —comentó, mirando un puñado de grano dorado—, las implicaciones macroeconómicas son masivas. ¡Podríamos sanar todas las cosechas del Valle del Pontar en una sola temporada!
Esquivó a un granjero que cargaba un barril y continuó, casi hablando para sus notas:
—La oferta de grano subiría tanto que los precios caerían a la mitad. ¡El hambre dejaría de ser una variable política en los Reinos del Norte! Podríamos erradicar la desnutrición en las aldeas antes del próximo invierno. Si esto se aplica a gran escala, el impacto en la tasa de natalidad y en la estabilidad de las fronteras sería… —se detuvo un segundo, abrumada por sus propios cálculos—… sería el mayor avance en la historia de la alquimia aplicada.
Se giró hacia Jonar, con la pluma en alto y un brillo de ambición en la mirada:
—¡Jonar, esto es oro puro! Un boticario real vendería a su primogénito por esta fórmula. Si logramos replicar el efecto de las plumas de Charrán como catalizador, no solo estaríamos salvando a estos aldeanos… estaríamos cambiando el equilibrio de poder de todo el continente.
Flora se detuvo frente a ella. Con una mano suave y fresca, tocó la frente de la hechicera. Fue un contacto mínimo, pero Grace sintió como si una brisa de montaña apagara el incendio de su excitación científica. Su verborrea se detuvo en seco; sus labios se movieron un par de veces más, pero no salió sonido alguno.
La joven muda señaló entonces hacia la puerta abierta. Allí, un joven granjero abrazaba su saco de semillas limpias como si fuera un hijo rescatado, llorando de puro alivio.
Jonar, observando la escena de reojo mientras vertía más esencia plateada, dejó escapar una pequeña sonrisa.
Sin embargo, su expresión cambió levemente al sentir una presencia conocida
Era Susan, la sacerdotisa. Se abrió paso entre los aldeanos con una solemnidad que detuvo los murmullos a su paso. Al acercarse, el olor a incienso y hierbas secas compitió con el frescor de la alquimia de Jonar.
—Es una obra magnífica, hechicero—dijo Susan. Su voz no tenía la cadencia arrastrada de los campesinos locales; las palabras eran ásperas, con las «r» marcadas y una entonación rítmica que recordaba al batir de las olas contra el granito—. He visto cómo el agua se volvía pura y cómo el grano recuperaba su alma. Las Damas estarán muy complacidas con vuestro trabajo en este pueblo. Habéis ayudado a sus hijos y yo misma me encargaré de hablarles bien de vos.
Jonar detuvo el movimiento de sus manos un segundo, analizando la dureza en la voz de la mujer.
—Ese acento…, no me había percatado antes…—, pensó, mientras sostenía la mirada de la sacerdotisa. —Ella tampoco es de aquí…—
—Solo estoy asegurándome de que los campesinos puedan vivir, Susan —respondió Jonar con cortesía y un toque de escepticismo—. La tierra necesitaba ser sanada.
—Eres modesto, pero la fe no lo es —replicó ella con una sonrisa gélida—. Les diré que fuiste un instrumento de su voluntad. Ellas saben recompensar a quienes cuidan de sus tierras.
—Dales mis saludos, entonces —concluyó Jonar, volviendo a su tarea
Susan asintió, satisfecha, y se retiró para bendecir los sacos con sus propios rituales. Jonar la observó marcharse, pero un movimiento sutil a su izquierda captó su atención.
Intrigado por el cambio en la postura de Flora, Jonar siguió su línea de visión. Sus ojos dorados se enfocaron con precisión en el rincón de sombras. Allí, asomando apenas entre la paja, Jonar vio una pequeña cabeza coronada por unos cuernos incipientes y piel de un tono azulado grisáceo. Pero lo más impactante fueron sus ojos, enormes, redondos y de un color ámbar dorado tan intenso que parecían brillar con una luz propia y traviesa, carentes de cualquier malicia humana.
El “niño”, arrugó la nariz con alegría al ser reconocido por Flora y le agitó una mano en un saludo rápido. Sin embargo, en el instante en que esos orbes dorados se cruzaron directamente con los de Jonar, su expresión de curiosidad se transformó en un cómico pánico.
El pequeño ser dio un respingo, se llevó las manos a la boca para ahogar un grito y, con una agilidad asombrosa, se dejó caer hacia atrás, desapareciendo entre las vigas para huir hacia la seguridad del pantano.
Jonar soltó una breve risa silenciosa y se permitió una sonrisa cargada de una curiosidad genuina.
—Un “Criaño”… así se los menciona en los libros, que criatura interesante…”
Jonar soltó una breve risa silenciosa y miró a Flora, quien aún observaba el lugar por donde el espíritu se había marchado. La joven se volvió hacia Jonar y, con una lentitud grácil, llamó su atención.
Flora levantó las manos. Primero, se llevó un dedo a la mejilla con una sonrisa dulce, indicando la pureza y bondad del ser que acababan de ver: un —buen niño—. Luego, sus dedos danzaron en un gesto rápido y zigzagueante, acompañado de un brillo travieso en sus propios ojos, señalando que, aunque bueno, el pequeño alfeñique era —algo inquieto y travieso—.
Jonar asintió, comprendiendo el mensaje sin necesidad de palabras.
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