Dragón Demoníaco: Sistema de Harén - Capítulo 430
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Capítulo 430: Poca información y muchas preguntas
—Ahora, Strax… —el hombre se giró con un movimiento tranquilo, casi felino, mientras se llevaba la taza de té a los labios. El vapor ascendía entre los cuernos y se desvanecía en la suave luz del templo—. La pregunta ya no es quién soy yo. La pregunta es: ¿quién elegirás ser tú después de esto?
El silencio entre ambos duró un segundo más de lo necesario. Y entonces el hombre sonrió de lado, con una expresión que mezclaba sarcasmo y un desgaste ancestral.
—Seré honesto contigo… después de echar un vistazo a tu vida, me he decepcionado un poco.
Strax frunció el ceño, su puño cerrándose por instinto.
«Ese cabrón… ¿Ha venido a ayudarme o a juzgarme?».
—Ambas cosas, probablemente —respondió el hombre, como si la pregunta se hubiera hecho en voz alta. Y luego añadió, con un suspiro burlón—: En serio, tu historia hasta ahora… es un verdadero aburrimiento. Has matado a tus hermanos, has dejado a algunos vivos, te has arrastrado por decisiones cobardes, te has convertido en un Dragón que parece más una lagartija hinchada y —la guinda del pastel— te has vuelto dependiente de un dios fracasado como Hades.
Negó lentamente con la cabeza, con la expresión de quien ve una mala obra de teatro y no sabe si aplaudir por lástima o marcharse en el intermedio.
—¿De verdad necesitas que te explique por qué decidí intervenir?
Strax entrecerró los ojos, sintiendo la ira aflorar. —¿Estás… leyendo mis pensamientos?
El hombre alzó una ceja, tomando otro sorbo de su té antes de responder.
—Lo has dicho en voz alta, genio. ¿Lo has olvidado? Tu consciencia está aquí. No tu cuerpo.
Hizo un gesto con la taza como quien le explica algo obvio a un niño. —Aquí, todo lo que piensas, lo sientes. Todo lo que sientes, lo emites. Un lugar cruel, ¿no crees? Por eso no dejo a nadie aquí.
Strax respiró hondo, intentando contener el impulso de avanzar. Pero fue inútil. La presencia del otro era sofocante. No en poder —aunque de eso había de sobra—, sino en… dominio. Él estaba en casa. Y Strax solo era un visitante enfadado.
—No sabes nada de mí —masculló, con la mandíbula apretada.
El hombre rio ligeramente, sus ojos brillando con diversión y, quizás, un poco de tristeza.
—Sé más de lo que me gustaría —masculló el hombre, y entonces, a diferencia de todo lo que Strax había experimentado, una pantalla apareció en el aire. No flotaba. No se materializaba. Simplemente existía frente a ellos, como si siempre hubiera estado allí, esperando a ser vista.
Se giró hacia ella con indiferencia, como quien mira las notificaciones de su móvil.
—Ahí estás. Tú.
La pantalla se expandió, revelando una especie de informe vívido, pero nada parecido a los fríos menús de estado que Strax conocía. Era orgánico. Detallado. Personal. Había imágenes en movimiento, escenas de su vida replicadas con una precisión absurda. Momentos íntimos, violentos, solitarios. Expresiones congeladas como fotos arrancadas del tiempo.
—Debo admitir… —comentó el hombre, ladeando la cabeza con genuino interés, como quien evalúa una obra de arte—, que Hades hizo un buen trabajo intentando copiar la Matriz del Sistema. Con solo mirarla, entendió mucho.
Rio con desdén, con la mirada todavía fija en la pantalla.
—Pero seamos honestos…, es solo un artista callejero tratando de imitar a Da Vinci. El verdadero Sistema… este… —golpeó la esquina de la proyección con dos dedos, y la imagen se agitó como el agua—, es un pilar de la realidad. Da forma a los mundos. Pone a prueba a las almas. Corrige los errores existenciales.
La pantalla parpadeó. Una imagen de Strax de niño, conociendo a Beatrice. Luego otra: más mayor, cuando despertó como Strax, cuando conoció a Samira, Mónica, Cristine, a todas… Luego él con Scarlet… sonriendo.
—Esto no es solo un sistema de habilidades. Es una balanza universal. Y, francamente… has estado viviendo como si fuera solo un menú de juego mal programado —habló Elee mientras la pantalla desaparecía.
El hombre dejó escapar un largo suspiro, el tipo de exhalación cansada de alguien que ha visto mil civilizaciones nacer y caer.
—Querías ser el más fuerte del mundo, ¿verdad? —preguntó con despreocupación, como si recordara una broma interna.
Strax tardó en responder. Era… familiar. Un viejo sueño, sepultado bajo capas de pérdidas, batallas y malas decisiones. Un deseo de la infancia, casi olvidado. Algo que había encendido su corazón cuando aún había fuego en su pecho, y no solo cenizas.
¿Pero ahora? Ahora parecía tan lejano…
—No te preocupes por tus esposas. Detuve el tiempo antes de que murieran de verdad… creo —dijo el hombre, encogiéndose de hombros como si hablara de un vaso de agua a punto de caer.
Strax giró el rostro de inmediato, con los ojos muy abiertos.
—¿Crees? —gruñó.
—Oh, relájate. Por ahora todo está bien. Y de todos modos… —dijo, inclinándose hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, con una ligera sonrisa—, tienes el poder de traerlas de vuelta, ¿no? Hades te dio la llave, ¿verdad?
Strax no respondió de inmediato. Su silencio no era de duda, sino de arrepentimiento.
Sí, podía traerlas de vuelta. Pero a costa de lo que eran.
Convertirlas en demonios. Corromper sus almas. Destruirlas para reconstruirlas en algo diferente.
El hombre vio el conflicto en sus ojos y rio suavemente.
—Claro, claro…, puedes, pero no quieres. La vieja maldición del libre albedrío. Quieres que vivan. No como demonios. No como ecos. Como ellas mismas.
Strax desvió la mirada, con el puño apretado.
—No lo entiendes.
—Ah, Strax… —su voz bajó un tono, grave, cargada de algo que recordaba a una vieja decepción—. Pero al final… da igual. Haz lo que quieras con tu vida. —Se encogió de hombros con un desinterés teatral, como si todo aquello fuera solo un episodio del que ya conocía el final.
Strax entrecerró los ojos, todavía tratando de entender a dónde llevaría la conversación. Pero el hombre no esperó.
—En realidad, tengo cosas más importantes que atender, así que cortemos el drama. —Levantó la mano, con la palma abierta. Un brillo escarlata comenzó a pulsar en el aire, como si hubiera arrancado un sol del interior de su propia alma.
Antes de que Strax pudiera reaccionar, lo sintió.
Algo comenzaba a ser arrancado de él. No solo maná. No solo poder. Sino una energía profunda, los cimientos de lo que lo constituía. Como si el propio sistema que corría dentro de él estuviera siendo vaciado, esculpido a la fuerza.
Se tambaleó hacia atrás, jadeando. —¿¡Qué estás haciendo!?
—Quitando el exceso —respondió el hombre con absoluta calma, sin siquiera mirarlo—. Estabas a punto de explotar. Literalmente. Tu cuerpo no estaba listo para la siguiente etapa de la transformación. Te habrías convertido en una bomba andante. Ibas a matar a tus esposas sin siquiera darte cuenta. ¿Y honestamente? Ese sería un final tan… predecible.
El flujo de energía se detuvo. Strax cayó de rodillas, jadeando, sintiéndose más ligero…, pero también más desnudo, como si una parte de sí mismo le hubiera sido arrancada con la uña.
—Ahí está. Listo. Se acabaron los ataques de locura y el descuartizar gente en modo berserker. —Chasqueó los dedos—. Cuando vuelvas, tu cuerpo completará la mutación. Te convertirás en un Verdadero Dragón. Y si mi lectura es correcta —y lo es—, no solo eso… Emergerás como un Verdadero Dragón Demonio.
Se dio la vuelta lentamente, como si estuviera terminando una reunión de negocios.
—Ten cuidado con esa fuerza, Strax. De verdad. Ser un dios en potencia no es la parte difícil. Lo difícil es seguir siendo alguien después.
Strax apretó los puños, pero su voz todavía salió vacilante: —¿Y qué hay del sistema? ¿Hades…?
El hombre se detuvo. Respiró hondo. —Hades se está muriendo, Strax. Muriendo por mantener estable el núcleo de su planeta. Por alimentar su sistema con su propio cuerpo divino. Está agotado. Agotado por intentar sostener algo que nunca debió existir de la forma en que lo hizo.
Se giró por fin, sus ojos carmesí brillando como ascuas bajo la sombra de sus largas pestañas.
—¿Este «sistema» tuyo? Va a colapsar. Quizás hoy. Quizás mañana. Pero lo hará. Y cuando lo haga…, serás el único que quede. Sin muletas. Sin atajos. Sin excusas.
Una sonrisa se formó en sus labios, esta vez sin burla. Era… sincera. Casi fraternal. —Ahí es cuando descubrirás quién has sido siempre en realidad.
Al terminar sus palabras, el hombre le sonrió y rio: —Te veré cuando seas el más fuerte de tu Sector. Espero que corrijas tu descuido con tu poder y tus esposas. —Habló antes de levantar la mano.
—¡Espera! ¡Dime tu nombre al menos…! —No tuvo ni tiempo de hablar, un golpe seco lo partió por la mitad y luego todo se volvió oscuro…
Tan pronto como el alma de Strax desapareció en el vacío cósmico, la calma regresó brevemente al templo entre dimensiones. Pero no duró mucho.
Una presencia suave y cálida apareció detrás del hombre, envuelta en un aroma dulce y una brisa de energía ancestral. Unos delicados brazos femeninos rodearon su cuerpo con intimidad, y una voz aterciopelada susurró cerca de su oído:
—Nuestra pequeña acaba de asesinar al Emperador del Caos Demoníaco… y ahora quiere ver a papá.
Él soltó una risa grave, girándose ligeramente para mirarla. Su cabello, de un rojo brillante como fuego líquido, resplandecía bajo la luz sobrenatural del templo. Ella se acurrucó en su pecho como si ese lugar fuera su hogar natural.
—Mmm… Está creciendo muy rápido —dijo con una sonrisa llena de orgullo—. Ardhelia es realmente nuestra hija.
—Obviamente. La crueldad necesita técnica, pero ¿ese pequeño teatro en el campo de batalla? Eso fue puro encanto heredado de su madre. —Ella lo miró de reojo, con los ojos brillando de malicia.
Él se inclinó y la besó suavemente, y ella aceptó con una sonrisa de satisfacción… pero no sin antes soltar una broma:
—Pero dime, ¿por qué ayudas a un ser de un sector tan inferior como ese? Apuesto a que algún fragmento del multiverso va a empezar a hervir por eso.
Él soltó una risa un tanto desganada, rascándose la nuca antes de girar una de las pantallas flotantes del sistema hacia ella.
Ella miró… y luego estalló en una carcajada sonora, cuyo eco resonó por los pasillos vacíos del templo.
—¡Jajajajaja! Ahora lo entiendo. Qué caos tan delicioso. Esto es tan típico de ti, la verdad.
—Encontré la situación… curiosa, digamos. —Se encogió de hombros—. Además, yo no lo empecé. Ella lo pidió.
—¿Ella?
—Ophis Prime lo pidió. Parece que la de ese sector del tipo está desconectada del todo. Está actuando de forma demasiado autónoma.
Ella entrecerró los ojos con cierto desinterés, pero luego se estiró como un gato al sol.
—Como sea… Yo, Valentina Scarlet, exijo un poco de atención. Estoy aburrida. Y necesitada. Y desnuda bajo esta ropa, por si tienes curiosidad.
Él sonrió con un encanto travieso, tomándola por la cintura y levantándola con facilidad. —Fufufu… Bien dicho, mi señora necesitada. Vamos a divertirnos un poco…
Pero el aire fue cortado por una presencia intensa. Fría como el vacío entre las estrellas. Una tercera figura apareció en medio del templo, envuelta en una túnica mágica que ondeaba con poder arcano. El tiempo pareció vacilar a su alrededor.
—No. No vas a ir a ninguna parte. —Los dos se giraron a la vez.
—Ah… Hola, mi bella y muy necesaria esposa, Morgana —respondió él, en un tono que intentaba ser relajado, pero que dejaba escapar una punzada de culpa.
—¿Has olvidado algo, señor Emperador Supremo Demonio?
—¿Yo-yo? ¿El qué? —parpadeó.
Ella se cruzó de brazos, con una expresión tan fría como afilada.
—El cumpleaños de Selvaria. Es hoy.
—Pero… ¿no fue la semana pasada?
—Ha pasado un año —respondió ella, con voz firme y amenazadoramente tranquila.
Valentina soltó una risa ahogada contra su hombro, todavía apoyada en sus brazos. —Amor, a veces eres un verdadero desastre como padre…
Dante suspiró, derrotado, alzando la vista a los cielos eternos del templo. —Multiverso, dadme fuerzas…
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