Dragón Demoníaco: Sistema de Harén - Capítulo 471
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Capítulo 471: Evolución forzada
El último grito del dragón moribundo apenas había resonado cuando Strax lo consumió, sin dejar más que polvo y un silencio tan denso que parecía pesar sobre los hombros de los vivos.
Su cuerpo palpitaba con energía robada; no solo de los dragones, sino de la tierra misma. El cielo estaba muerto. El suelo no se atrevía a moverse.
Fue entonces cuando ella apareció.
Un rayo rojo cortó el aire en medio del caos, avanzando contra el viento, contra el miedo, contra el mismísimo peso del mundo. Scarlet.
Sus alas brillaban como ascuas celestiales. Las alas, aun manchadas de sangre y hollín, centelleaban con autoridad y ternura. Su figura parecía pequeña ante la colosal forma dracónica de Strax, pero no se detuvo.
Voló hacia él. Directa. Sin dudar.
—¡Strax! —gritó, con la voz tan clara como una cuchilla cortando la oscuridad.
El Dragón Negro giró la cabeza lentamente, con los ojos aún brillantes, aún furiosos… pero había algo más allí. Un atisbo de algo olvidado.
La monstruosa forma de Strax se cernía como una montaña viviente, pero su mirada se congeló cuando la vio de cerca.
Scarlet flotaba ante él, a pocos metros. Los vientos a su alrededor luchaban contra la presión, pero ella resistía: una llama contra el huracán.
—Has castigado a los culpables —empezó—. Ahora… vuelve a la normalidad.
La mirada de Strax vaciló. Una furia que no quería irse, que deseaba más sangre. Pero también… un corazón que se inclinaba por destruirlo todo en un solo ataque. Ni siquiera él sabía por qué estaba así… Pero habían atacado su ciudad, donde estaban su Xenovia y su Kryssia…
Sus garras temblaron. Sus alas flaquearon.
—Ellos… —su voz reverberó como un trueno contenido—… mataron.
Scarlet se acercó más, lentamente, a pesar de que la carne de su brazo izquierdo ya empezaba a agrietarse bajo la absurda presión de su presencia. Pero no se detuvo.
—Y tú los vengaste. Nosotros… sobrevivimos, Strax. No estás solo.
Ella le tocó el hocico con la cabeza.
Y el mundo dejó de desmoronarse.
Un crujido resonó; no en los cielos, sino dentro de Strax.
Como si el muro de dolor se hubiera resquebrajado.
El brillo infernal de sus ojos vaciló.
El rugido contenido en su garganta… desapareció.
La negrura de sus escamas empezó a perder su color.
La energía pútrida que goteaba de su boca cesó.
Y entonces cayó.
No se desplomó, descendió. Lentamente. Con delicadeza. Como si la propia fuerza de la destrucción hubiera sido drenada de su cuerpo.
Cuando sus pies tocaron el suelo quebrado, el monstruoso coloso empezó a encogerse. Los huesos volvieron a crujir, pero ahora se estaban retrayendo. Las alas se plegaron. Escamas rojas comenzaron a emerger de debajo del caparazón negro.
Scarlet descendió con él. Y cuando por fin adoptó una forma más cercana a la que había sido antes —aún poderoso, aún amenazante, pero vivo—, ella se volvió humana y lo abrazó.
Strax estaba jadeando. No por agotamiento físico, sino emocional.
—Yo… casi… —empezó, pero la voz le falló. Cayó de rodillas y el suelo tembló, pero no se rompió.
Ella lo sostuvo. —No estás perdido. Estás aquí.
A su alrededor, el cielo empezó a despejarse. Las nubes rojas comenzaron a disiparse como velos que se retiran. El calor mortal dio paso a una brisa fría y cargada de cenizas.
Cassandra y Tiamat observaban desde lejos. Mónica sostenía a un niño que había rescatado de los escombros. Samira lloraba en silencio sobre el cuerpo de un viejo compañero caído. Bellatrix se limpió la cara cubierta de hollín, con los ojos fijos en la pareja en el centro de la ciudad en ruinas.
Y Rogue, todavía en su forma felina, miraba la escena.
Scarlet aún lo sostenía, con los brazos envueltos en el calor sofocante que empezaba a remitir. El mundo a su alrededor parecía congelado, como si incluso los propios dioses no se atrevieran a respirar.
Sintió que él temblaba.
No de ira.
Sino por el final.
Apoyó la frente en la de él, aunque todavía estaba en forma dracónica. Él tenía los ojos cerrados. Y entonces, con una voz baja y firme, como si sellara un hechizo, susurró:
—Se acabó.
Esas palabras no solo se oyeron.
Se sintieron.
Como un hilo que corta la soga de un ahorcado. Como una puerta que se abre en un cuarto oscuro. Como un alma que por fin… suelta su carga.
El colosal cuerpo de Strax empezó a encogerse. Las sombras negras que envolvían sus escamas se disiparon como humo a la luz. Sus alas se rompieron en fragmentos etéreos, desintegrándose en el aire como cenizas sagradas.
Y cayó de rodillas una última vez; pero no por debilidad. Por liberación.
Cuando alzó el rostro, el Dragón Negro había desaparecido.
En su lugar estaba Strax, en su forma humana.
Pero no era el mismo.
Sus pies descalzos tocaron el suelo agrietado, y su piel era ahora más pálida, marcada por vetas oscuras que parecían recorrer como tatuajes vivos su pecho y brazos. Su cuerpo, aún musculoso, estaba cubierto de hollín, sangre seca y magia en bruto.
Pero lo más visible —y lo más inquietante— eran sus ojos.
Completamente rojos. Sin pupilas. Sin esclerótica. Solo dos globos de fuego estático, como ascuas vivas atrapadas en la carne.
Y su pelo… había cambiado.
Antes casi blanco, cuando tenía sangre de vampiro, ahora era negro como el carbón quemado: largo, descuidado, con algunos mechones danzando con la energía que aún escapaba de su cuerpo.
Scarlet dio un paso atrás. No por miedo. Sino para verlo por completo.
Strax respiró hondo, como si su propia existencia estuviera reaprendiendo a vivir. Se miró las manos. Luego, los cielos. Y después, a ella.
—Yo… he cambiado. Otra vez —susurró Strax, con una voz que salía en capas: seguía siendo la suya, pero envuelta en un timbre más profundo y ronco, como si algo antiguo y salvaje se le hubiera alojado en la garganta. Había un eco allí. Un peso. Como si otro ser susurrara con cada palabra, latente bajo su piel.
Scarlet se acercó, con los ojos anegados. No de miedo. No de tristeza.
Sino de reconocimiento.
Levantó la mano y le tocó la cara con la delicadeza de quien sostiene un cristal agrietado. Sus dedos se deslizaron por su piel, que todavía palpitaba con energía residual.
—No importa —dijo ella, con una voz tan suave como la brisa antes de la tormenta—. Estás de vuelta. Y sigues siendo tú.
Strax cerró los ojos. Una única lágrima roja corrió por su mejilla, cayendo y evaporándose antes de tocar el suelo.
[Has obtenido una gran cantidad de Energía Dracónica. El cuerpo se ha visto forzado a evolucionar.]
El mensaje resonó en su mente, afilado como una cuchilla.
«Ya veo…», pensó, mientras miraba la palma de su mano, donde chispas negras y rojas danzaban como vida recién creada.
«Devorar a tantos dragones… me ha dado más que poder. Me ha transformado.»
Pero antes de que pudiera procesarlo del todo, un estallido eléctrico de color púrpura rasgó el aire a su espalda —un trueno repentino sin relámpago— y algo colisionó contra su cuerpo con fuerza suficiente para derribar un muro.
—¡¡¡IDIOTA!!! —gritó una voz ahogada, llena de ira, alivio y desesperación a partes iguales.
Era Xenovia.
Lo abrazó como si quisiera fusionar sus huesos, con los brazos apretando con una fuerza que solo los desesperados poseen. Su armadura estaba manchada de sangre y hollín, y su pelo —antaño pulcramente trenzado— ahora caía en mechones enredados, vibrando con una electricidad inestable.
—¡Ibas a morir, cabrón testarudo! —gritó, hundiendo la cara en su pecho.
Su voz se quebró entre sollozos que intentaba reprimir.
Strax se quedó helado un instante. Entonces… sonrió. Una sonrisa pequeña y rota, pero real.
—Está bien —dijo él.
Tras apretar a Strax con fuerza, casi rompiéndole las costillas, Xenovia por fin lo soltó. Sus ojos, aún llorosos, lo analizaban como si estuviera mirando algo precioso y, al mismo tiempo, extraño.
—Has cambiado de nuevo, ¿eh…? —masculló, cruzándose de brazos. Había afecto en su voz, pero también un deje de preocupación mal disimulada.
Strax se limitó a sonreír, una sonrisa discreta, pero cargada de aceptación. —No tengo muchas opciones… salvo seguir haciéndome más fuerte.
Se levantó lentamente, ajustándose la capa rasgada sobre los hombros mientras el calor a su alrededor por fin comenzaba a disiparse.
Antes de que Xenovia pudiera responder, una voz irrumpió con la familiaridad de quien había estado allí todo el tiempo:
—Aparecieron de la nada —dijo Kryssia, materializándose a la derecha de Strax como una sombra bienintencionada. Su cabello plateado danzaba con el viento y sus ojos permanecían fijos en el cielo devastado—. Vinieron de esa dirección. Ocultando su presencia… hasta el último segundo.
Alzó el brazo y señaló el horizonte cubierto de humo y relámpagos. El silencio que siguió fue pesado… hasta que Scarlet habló, a unos metros de distancia, con los ojos entrecerrados como si estuviera sondeando el mundo.
—Este… —murmuró—. Esa es la dirección de Caelum. El Reino de los Dragonoides.
La palabra quedó flotando en el aire como un cuchillo a punto de caer.
Strax entrecerró los ojos y su expresión se endureció. —Dragonoides… —repitió con un desdén controlado—. Quieres decir… que no eran Dragones de verdad.
Scarlet asintió lentamente, caminando hacia el grupo. —Correcto. Son una raza híbrida, una rama menor de los dragones. Aún poderosos… pero incompletos.
Tomó aire profundamente antes de continuar. —Después de la Gran Guerra Draco-Demoníaca, los dragones puros… fueron exterminados casi por completo.
El peso de la frase cayó sobre todos como una losa sobre sus espaldas.
Por un momento, el grupo guardó silencio.
Beatrice, Mónica, Samira, Cassandra, Daniela, Bellatrix, Tiamat, Ouroboros, Kali… y, por supuesto, Strax; todos intercambiaron miradas entre sí.
Fue Frieren, con una sonrisa socarrona y los brazos a la espalda, quien rompió la tensión: —Mmm… ¿así que extintos, eh? —dijo, con su voz melódica casi burlona—. Curioso. Porque…, si no me equivoco, aquí mismo hay once dragones.
Giró sobre sus talones, señalando subrepticiamente a cada uno con la barbilla, como si contara monedas raras. —Uno…, dos…, tres…
Scarlet carraspeó, visiblemente incómoda.
—Ejem…, ejem… Sí, bueno, ¿eso ha cambiado en los últimos días, vale? —Se cruzó de brazos, con un tono que intentaba sonar superior, pero que tenía un deje de vergüenza.
—Incluso con más de tres mil años de vida, solo he visto…, no sé, cinco dragones en todo ese tiempo. Dragones puros, al menos.
—Ohhh, ¿solo cinco? —dijo Frieren con fingida sorpresa—. Pues, en mis humildes diez mil años, he visto… unas buenas tres docenas, ¿quizá? Cuarenta si cuentas a los borrachos.
Se encogió de hombros y sonrió de medio lado. —Pero tiene razón… La guerra acabó con la mayoría. El mundo perdió a sus dragones antes incluso de saber lo que realmente eran.
Strax miró a todos los presentes: seres milenarios, entidades casi míticas… y, sin embargo, unidos por algo más profundo que el tiempo o el poder: una guerra que aún no ha terminado.
Respiró hondo. —Así que… Caelum envió aquí a la estirpe dracónica. Buscando algo… o a alguien.
Sus ojos rojos volvieron a brillar, como ascuas que despiertan. —Y ahora sabemos de dónde fluye el veneno.
Strax dejó escapar un ligero bostezo y alzó los brazos en un estiramiento largo y deliberado, como si la tensión de la batalla por fin se estuviera disolviendo de su cuerpo.
—Veamos qué podemos hacer —dijo, haciendo crujir sus hombros al final del movimiento—. La prioridad ahora es intentar ayudar a los que lo perdieron todo en el ataque de esos cabrones. Las aldeas de por aquí fueron engullidas por las llamas… No podemos fingir que no ha pasado nada.
Miró a su alrededor, viendo los restos de la destrucción: torres caídas, casas en ruinas, el cielo aún manchado de hollín. Los sonidos de los heridos y los sollozos de quienes habían perdido a sus familiares resonaban de fondo como un crudo recordatorio del caos.
—Voy a la mansión de Vorah —añadió, con la voz más fría y firme. Sus ojos se afilaron. «Quiero saber dónde está ese viejo hijo de puta de mi padre».
El nombre cayó como una roca en medio del grupo.
Kryssia enarcó una ceja. —Me lo imaginaba, pero probablemente ese retrasado no estará allí. Después de todo, no movió un dedo para ayudar a su propia gente.
Strax esbozó una media sonrisa, pero no había humor en ella. —Nunca ayuda a nadie de por aquí. Y si no está…, al menos sabremos quién sí. Debe de ser Diana la que está al mando —habló Strax con calma, aunque sonaba agresivo.
Scarlet se acercó en silencio, con los ojos cargados de una preocupación que no se atrevía a convertirse en lágrimas. Extendió la mano y la apoyó con levedad en el brazo de Strax, como si intentara anclar una tormenta.
—¿Quieres que alguien te acompañe? —preguntó, casi en un susurro. Su voz era tranquila, pero la tensión bajo la superficie era evidente. No lo dijo, pero temía…, temía verlo sucumbir de nuevo y convertirse en aquello: el monstruo titánico de escamas negras y ojos que ardían como soles moribundos.
Strax se quedó mirando el horizonte durante un largo momento antes de responder.
Negó lentamente con la cabeza, en un gesto firme pero sin arrogancia.
—No…, esto es entre él y yo. —Se giró parcialmente hacia ella, con una pequeña sonrisa que intentaba suavizar el peso de lo que estaba por venir—. Está bien. Esta vez tengo el control.
Esas palabras eran para ella, pero también para sí mismo.
Hizo una pausa. Sus ojos, antes suaves, se endurecieron con el recuerdo. —Hay viejas cuentas que saldar.
Desde el fondo del grupo, Frieren soltó un silbido melodioso y burlón. —Ah, drama familiar. Nada como eso para darle sabor a una investigación interdimensional con dragones mutantes y reinos flotantes.
Bellatrix se cruzó de brazos y rio por lo bajo. —Si vas a prenderle fuego a la mansión, avísame. Yo llevaré la leña y unas buenas risas.
Strax no respondió. Se limitó a hacer un breve asentimiento, el tipo de gesto que pone fin a las conversaciones y da comienzo a las guerras. Giró sobre sus talones.
—Kryssia —dijo sin darse la vuelta—, organiza a los demás. Protege a los civiles.
—Samira, Mónica, reunid a los supervivientes. Cread refugios con lo que queda.
—Kali, los heridos son tu prioridad ahora. Usa lo que necesites.
—Entendido —dijeron todos casi al unísono, como un solo cuerpo, una sola voluntad. No era obediencia ciega, sino respeto ganado con sangre y confianza forjada en mil batallas.
Scarlet lo acompañó unos pasos más, con la voz teñida ahora de algo más íntimo: —Ten cuidado, Strax… —dijo, deteniéndose a su lado. Sus ojos buscaron los suyos, como si esperara ver al hombre y no a la bestia.
Strax se detuvo.
Respiró hondo.
El intenso rojo de sus ojos brillaba en el tenue crepúsculo, pero su expresión era sobria. Casi… serena.
—Tranquila, estoy bien —murmuró.
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