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Dragón Demoníaco: Sistema de Harén - Capítulo 472

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Capítulo 472: Todo está bien.

Tras apretar a Strax con fuerza, casi rompiéndole las costillas, Xenovia por fin lo soltó. Sus ojos, aún llorosos, lo analizaban como si estuviera mirando algo precioso y, al mismo tiempo, extraño.

—Has cambiado de nuevo, ¿eh…? —masculló, cruzándose de brazos. Había afecto en su voz, pero también un deje de preocupación mal disimulada.

Strax se limitó a sonreír, una sonrisa discreta, pero cargada de aceptación. —No tengo muchas opciones… salvo seguir haciéndome más fuerte.

Se levantó lentamente, ajustándose la capa rasgada sobre los hombros mientras el calor a su alrededor por fin comenzaba a disiparse.

Antes de que Xenovia pudiera responder, una voz irrumpió con la familiaridad de quien había estado allí todo el tiempo:

—Aparecieron de la nada —dijo Kryssia, materializándose a la derecha de Strax como una sombra bienintencionada. Su cabello plateado danzaba con el viento y sus ojos permanecían fijos en el cielo devastado—. Vinieron de esa dirección. Ocultando su presencia… hasta el último segundo.

Alzó el brazo y señaló el horizonte cubierto de humo y relámpagos. El silencio que siguió fue pesado… hasta que Scarlet habló, a unos metros de distancia, con los ojos entrecerrados como si estuviera sondeando el mundo.

—Este… —murmuró—. Esa es la dirección de Caelum. El Reino de los Dragonoides.

La palabra quedó flotando en el aire como un cuchillo a punto de caer.

Strax entrecerró los ojos y su expresión se endureció. —Dragonoides… —repitió con un desdén controlado—. Quieres decir… que no eran Dragones de verdad.

Scarlet asintió lentamente, caminando hacia el grupo. —Correcto. Son una raza híbrida, una rama menor de los dragones. Aún poderosos… pero incompletos.

Tomó aire profundamente antes de continuar. —Después de la Gran Guerra Draco-Demoníaca, los dragones puros… fueron exterminados casi por completo.

El peso de la frase cayó sobre todos como una losa sobre sus espaldas.

Por un momento, el grupo guardó silencio.

Beatrice, Mónica, Samira, Cassandra, Daniela, Bellatrix, Tiamat, Ouroboros, Kali… y, por supuesto, Strax; todos intercambiaron miradas entre sí.

Fue Frieren, con una sonrisa socarrona y los brazos a la espalda, quien rompió la tensión: —Mmm… ¿así que extintos, eh? —dijo, con su voz melódica casi burlona—. Curioso. Porque…, si no me equivoco, aquí mismo hay once dragones.

Giró sobre sus talones, señalando subrepticiamente a cada uno con la barbilla, como si contara monedas raras. —Uno…, dos…, tres…

Scarlet carraspeó, visiblemente incómoda.

—Ejem…, ejem… Sí, bueno, ¿eso ha cambiado en los últimos días, vale? —Se cruzó de brazos, con un tono que intentaba sonar superior, pero que tenía un deje de vergüenza.

—Incluso con más de tres mil años de vida, solo he visto…, no sé, cinco dragones en todo ese tiempo. Dragones puros, al menos.

—Ohhh, ¿solo cinco? —dijo Frieren con fingida sorpresa—. Pues, en mis humildes diez mil años, he visto… unas buenas tres docenas, ¿quizá? Cuarenta si cuentas a los borrachos.

Se encogió de hombros y sonrió de medio lado. —Pero tiene razón… La guerra acabó con la mayoría. El mundo perdió a sus dragones antes incluso de saber lo que realmente eran.

Strax miró a todos los presentes: seres milenarios, entidades casi míticas… y, sin embargo, unidos por algo más profundo que el tiempo o el poder: una guerra que aún no ha terminado.

Respiró hondo. —Así que… Caelum envió aquí a la estirpe dracónica. Buscando algo… o a alguien.

Sus ojos rojos volvieron a brillar, como ascuas que despiertan. —Y ahora sabemos de dónde fluye el veneno.

Strax dejó escapar un ligero bostezo y alzó los brazos en un estiramiento largo y deliberado, como si la tensión de la batalla por fin se estuviera disolviendo de su cuerpo.

—Veamos qué podemos hacer —dijo, haciendo crujir sus hombros al final del movimiento—. La prioridad ahora es intentar ayudar a los que lo perdieron todo en el ataque de esos cabrones. Las aldeas de por aquí fueron engullidas por las llamas… No podemos fingir que no ha pasado nada.

Miró a su alrededor, viendo los restos de la destrucción: torres caídas, casas en ruinas, el cielo aún manchado de hollín. Los sonidos de los heridos y los sollozos de quienes habían perdido a sus familiares resonaban de fondo como un crudo recordatorio del caos.

—Voy a la mansión de Vorah —añadió, con la voz más fría y firme. Sus ojos se afilaron. «Quiero saber dónde está ese viejo hijo de puta de mi padre».

El nombre cayó como una roca en medio del grupo.

Kryssia enarcó una ceja. —Me lo imaginaba, pero probablemente ese retrasado no estará allí. Después de todo, no movió un dedo para ayudar a su propia gente.

Strax esbozó una media sonrisa, pero no había humor en ella. —Nunca ayuda a nadie de por aquí. Y si no está…, al menos sabremos quién sí. Debe de ser Diana la que está al mando —habló Strax con calma, aunque sonaba agresivo.

Scarlet se acercó en silencio, con los ojos cargados de una preocupación que no se atrevía a convertirse en lágrimas. Extendió la mano y la apoyó con levedad en el brazo de Strax, como si intentara anclar una tormenta.

—¿Quieres que alguien te acompañe? —preguntó, casi en un susurro. Su voz era tranquila, pero la tensión bajo la superficie era evidente. No lo dijo, pero temía…, temía verlo sucumbir de nuevo y convertirse en aquello: el monstruo titánico de escamas negras y ojos que ardían como soles moribundos.

Strax se quedó mirando el horizonte durante un largo momento antes de responder.

Negó lentamente con la cabeza, en un gesto firme pero sin arrogancia.

—No…, esto es entre él y yo. —Se giró parcialmente hacia ella, con una pequeña sonrisa que intentaba suavizar el peso de lo que estaba por venir—. Está bien. Esta vez tengo el control.

Esas palabras eran para ella, pero también para sí mismo.

Hizo una pausa. Sus ojos, antes suaves, se endurecieron con el recuerdo. —Hay viejas cuentas que saldar.

Desde el fondo del grupo, Frieren soltó un silbido melodioso y burlón. —Ah, drama familiar. Nada como eso para darle sabor a una investigación interdimensional con dragones mutantes y reinos flotantes.

Bellatrix se cruzó de brazos y rio por lo bajo. —Si vas a prenderle fuego a la mansión, avísame. Yo llevaré la leña y unas buenas risas.

Strax no respondió. Se limitó a hacer un breve asentimiento, el tipo de gesto que pone fin a las conversaciones y da comienzo a las guerras. Giró sobre sus talones.

—Kryssia —dijo sin darse la vuelta—, organiza a los demás. Protege a los civiles.

—Samira, Mónica, reunid a los supervivientes. Cread refugios con lo que queda.

—Kali, los heridos son tu prioridad ahora. Usa lo que necesites.

—Entendido —dijeron todos casi al unísono, como un solo cuerpo, una sola voluntad. No era obediencia ciega, sino respeto ganado con sangre y confianza forjada en mil batallas.

Scarlet lo acompañó unos pasos más, con la voz teñida ahora de algo más íntimo: —Ten cuidado, Strax… —dijo, deteniéndose a su lado. Sus ojos buscaron los suyos, como si esperara ver al hombre y no a la bestia.

Strax se detuvo.

Respiró hondo.

El intenso rojo de sus ojos brillaba en el tenue crepúsculo, pero su expresión era sobria. Casi… serena.

—Tranquila, estoy bien —murmuró.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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