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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 63

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Capítulo 63: CÁPITULO 62 (T2):

Al día siguiente visitaron a Rane y Soleia.

Los perros corrieron primero por el sendero nevado. Soleia recibió a Arika con una alegría sincera, tomándole la mano.

—Ven, llevemos a estos traviesos al patio. Luego te daré un postre que preparé.

Arika asintió y la siguió.

Rane frunció el ceño.

—Eso suena serio.

Miró hacia la puerta que daba al patio, donde se escuchaban a lo lejos los ladridos de los perros y la voz tranquila de Soleia.

Luego volvió la mirada a Haru.

—Vamos a mi habitación —dijo en voz baja—. Allí podremos hablar con más calma.

Haru asintió.

Ambos subieron las escaleras en silencio. Cuando Rane cerró la puerta de su habitación, el ambiente se volvió más quieto, aislado del resto de la casa.

Entonces Haru habló de nuevo.

—¿Recuerdas lo que decía mi abuelo… sobre las criaturas y todo lo demás?

Rane dejó escapar una pequeña sonrisa nostálgica.

—¿Cómo olvidarlo? —dijo—. Pasábamos horas escuchando sus historias.

Haru bajó la mirada.

—Creo… que una de esas historias podría ser real.

La sonrisa de Rane desapareció.

—Haru…

Entonces Haru le contó todo.

Le habló de la herida de Arika. De cómo había desaparecido en cuestión de horas.

Cuando terminó, el silencio fue largo.

Rane lo miró fijamente.

—Estás bromeando… ¿verdad? —dijo finalmente—. Dime que es una broma.

—Ojalá lo fuera.

Rane se levantó y caminó unos pasos por la habitación.

—Eso no es posible. Las heridas no desaparecen así.

Se detuvo y lo miró otra vez.

—Todo se volvió raro desde que esa niña apareció…

Haru negó con firmeza.

—Ella no tiene la culpa.

Rane guardó silencio.

Haru dudó un momento antes de continuar.

—Tal vez… es justo de lo que hablaba mi abuelo.

Rane soltó una risa incrédula.

—¿Criaturas misteriosas? ¿De verdad crees eso?

Haru sostuvo su mirada.

—Sí.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Fue gracias a ella que encontré la flor que tanto buscaba.

Rane parpadeó, sorprendido.

—¿La flor…? No me digas que es…

—Así es, ella la encontró en medio de este frio invierno.

Rane se quedó completamente quieto.

Esa flor había sido la razón de años de búsqueda.

—Entonces… —murmuró lentamente— ¿todo se debe a ella?

Haru asintió.

Rane soltó el aire lentamente y volvió a sentarse.

El silencio se instaló entre los dos mientras intentaba ordenar sus pensamientos.

Afuera, se escuchaban los ladridos lejanos de los perros y la voz tranquila de Soleia.

Finalmente, Rane habló.

—Entonces… tal vez por eso apareció bajo el acantilado.

Haru levantó la mirada.

—Quizás alguien la perseguía —continuó Rane—. Si es así, su identidad debe permanecer oculta.

Haru asintió, inquieto.

Rane apoyó una mano firme en su hombro.

—No estás solo en esto.

Su voz era baja, pero firme.

—Ese peso lo cargaremos juntos.

Por primera vez en días, Haru respiró con algo parecido a calma.

El tiempo siguió avanzando.

Haru trabajaba como limpiador en el orfanato del pueblo. Cuando debía ausentarse, Arika se quedaba con Soleia o Rane. Los fines de semana regresaban a casa, donde la vida parecía, por momentos, casi normal.

Cada nueva herida de Arika traía consigo, Haru hacia el mismo ritual secreto sin que ella notara nada, la misma mentira necesaria.

Hasta que llegó el día que Haru temía desde hacía años.

Kwan.

El viejo compañero se recostó junto al fuego aquella noche. Su respiración era lenta, cansada. Haru permaneció a su lado, acariciando el pelaje ya encanecido.

—Buen chico… siempre fuiste un buen chico…

Los recuerdos de Eleonora lo golpeaban con cada latido.

Cuando Kwan exhaló por última vez, Haru inclinó la frente contra la suya. No lloró de inmediato. El dolor era demasiado profundo, demasiado antiguo.

Lo enterraron bajo un árbol cercano al bosque. Donde Eleonora había amado caminar.

La tierra estaba dura por el frío, y cada palada fue lenta, pesada.

Nadie habló.

Cuando terminaron, Haru se quedó de pie frente al pequeño montículo cubierto de nieve. Su respiración se hacía visible en el aire helado.

Rain permanecía a unos pasos, inmóvil. Iris no se apartaba del lugar.

El viento atravesó los árboles.

Haru finalmente se dio la vuelta.

—Vamos —dijo en voz baja.

Arika lo siguió sin decir nada.

Más tarde, se sentaron afuera de la casa, en el banco de madera.

El silencio entre ellos no era incómodo, pero sí denso.

El paisaje blanco se extendía frente a ellos, intacto.

Arika observaba a lo lejos.

—Lo siento… —dijo al cabo de un rato.

Haru no respondió de inmediato.

Giró levemente la cabeza hacia ella.

—¿Por Kwan?

Arika asintió.

—Sí.

Haru bajó la mirada.

—Gracias.

El viento pasó entre ellos, moviendo apenas sus ropas.

Haru entrelazó las manos, pensativo.

—Arika… —dijo después—. ¿Sabes lo que significa decir eso?

Ella levantó la mirada hacia él.

—¿Eso?

—Decir “lo siento” … o “gracias”. ¿Lo recuerdas?

Ella lo miró.

—No.

No dudó.

—¿Entonces por qué lo dices?

—Rane me lo explicó.

Haru guardó silencio.

—Dijo que… hay palabras que deben decirse en ciertos momentos —continuó—. Aunque no las entienda… o no las sienta.

Sus ojos volvieron al paisaje.

—Así es más fácil para los demás.

El viento cruzó entre ellos.

Haru dejó escapar un suspiro casi inaudible.

—Ya veo…

Respiró hondo y fijó la mirada en el paisaje blanco.

—Pero no tienes que hacer eso conmigo.

Arika lo miró.

—No tienes que ser como los demás —añadió él—. No tienes que ser… común.

El viento volvió a soplar.

—Lo que te hace diferente… —continuó Haru— es lo que te hace especial.

Arika bajó la mirada hacia sus manos.

—Entonces… ¿no importa?

Su voz fue tranquila, como siempre.

Haru negó lentamente.

—No.

Hizo una breve pausa.

—Lo que eres… es suficiente.

Arika no respondió.

Pero tampoco apartó la mirada esta vez.

Haru apoyó los codos sobre las rodillas, mirando el horizonte blanco.

—Kwan no necesitaba palabras —murmuró—. Solo… estaba.

El silencio regresó.

Arika desvió la mirada hacia el bosque.

—Entonces… sigue estando —dijo.

Haru giró ligeramente la cabeza.

—Solo que ya no aquí.

El viento atravesó el espacio entre ambos.

Los perros se acercaron un poco más, acomodándose cerca de ellos.

Y aunque el vacío seguía allí…

ya no se sentía tan frío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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