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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 76

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Capítulo 76: CAPÍTULO 75 (T2):

El bosque era espeso, pero la autopista no debía estar muy lejos. El aire olía a humedad y a sangre seca. Las ramas les arañaban la piel, pero no se detenían.

Después de un buen tramo en silencio, Reize comenzó a respirar con más calma. Sus pasos ya no eran tan frenéticos. Arika, miraba constantemente a su alrededor.

—¿Cuánto crees que falta para llegar a la autopista? —preguntó Reize, sin aliento.

—Poco. —Arika señaló entre los árboles—. Mira, allá… entre esa bruma. Es el borde de la carretera.

Se detuvieron unos segundos para tomar aire. Las sombras de los árboles parecían tragárselas, pero por fin sentían que había esperanza.

—Reize —dijo Arika en voz baja, sin girarse—. Lo siento… por todo.

Reize frunció el ceño.

—¿Otra vez con eso? —se acercó a ella y la miró directamente—. Nada de esto fue tu culpa.

—Si no fuera por… lo que soy… quizá…

—¡Basta! —La voz de Reize se quebró—. Lo que pasó con Grisel no fue por ti. Y Sebastián… él eligió quedarse. Tú no obligaste a nadie. ¿Está claro?

Arika bajó la mirada. Reize respiró hondo, más tranquila, y sonrió apenas.

—Además… —continuó con suavidad—, si tú no hubieras estado ahí, yo no habría llegado tan lejos.

Arika levantó la vista.

—Siempre pensé que yo tenía más corazón… pero ahora me doy cuenta que tú… tú tienes algo distinto. Algo que yo ya había perdido hace tiempo. Fe.

Arika esbozó una sonrisa, una pequeña, sincera.

—Tal vez por eso me aferré a ti, Reize —susurró—. Porque tú no tenías miedo de arrastrarme contigo.

Ambas se quedaron unos segundos en silencio, compartiendo la noche, el dolor… y la cercanía de saberse vivas.

Hasta que el sonido de pasos tambaleantes las sacó de golpe del momento.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Reize, tensándose.

Una figura apareció entre los árboles. Era uno de los refugiados. Su ropa estaba desgarrada, el rostro bañado en sudor. Tenía mordidas en el brazo y el cuello, y sus ojos brillaban con un delirio enfermizo.

—¡Tú… tú! —señaló a Arika con los dedos temblorosos—. ¡Esto es tu culpa! ¡Tú trajiste esto… tú!

—¡Espera, cálmate! —Reize alzó las manos—. ¡Estás herido! ¡Tienes fiebre, no estás pensando con claridad!

El hombre avanzaba hacia ellas con pasos inestables, como si en cualquier momento fuera a desplomarse. Su respiración era irregular, entrecortada, y sus ojos, demasiado abiertos, no parecían enfocar nada con claridad.

El arma en su mano temblaba.

—No quería… —murmuró—. Nada de esto… debía pasar…

Se detuvo a unos metros. Su expresión se tensó, deformándose en algo más oscuro, más roto.

—Pero todo se arruinó… —su voz se quebró—. ¡Por tu culpa!

Levantó el arma.

—¡No dispares! —gritó Arika.

El estruendo rompió el aire.

La bala impactó en el abdomen de Reize.

El golpe la sacudió con violencia; su cuerpo se tensó por un instante… y luego cayó hacia atrás

—¡REIZE! —la voz de Arika se rompió al instante, cayendo de rodillas junto a ella.

El aire salió de los pulmones de Reize en un jadeo ahogado. Sus manos se aferraron débilmente a la ropa de Arika.

—Ah… —exhaló—. Esto… duele más de lo que esperaba…

La sangre comenzaba a extenderse, oscura, caliente.

—No… no… —Arika presionó la herida con ambas manos, temblando—. Quédate conmigo… por favor…

Reize negó apenas, con una sonrisa tenue.

—No creo poder salir de esta …

—¡No digas eso! —Arika sacudió la cabeza, desesperada—. Si podrás… tienes que hacerlo…

Reize la miró con suavidad, como si quisiera memorizar su rostro.

—Arika…

Ella se inclinó más, aferrándose a cada segundo.

—Aquí estoy…

—No te detengas… —murmuró Reize—. Pase lo que pase… sigue…

—No… —la voz de Arika se rompió—. No sin ti…

Reize soltó una pequeña risa, apenas un hilo de aire.

—Claro que sí… —susurró—. Siempre lo hiciste…

Su mirada comenzó a perder fuerza, pero aun así buscó la de Arika una última vez.

—Eres más fuerte… de lo que crees…

Los dedos de Reize se aflojaron lentamente.

—Vive… por las dos…

La mano de Reize perdió fuerza… y cayó sin peso.

Se había ido.

—…No… —la voz de Arika apenas salió.

La abrazó con fuerza, aferrándose a su cuerpo como si pudiera devolverle el calor, como si su cercanía bastara para negar lo que acababa de pasar. Hundió el rostro contra ella, respirando de forma entrecortada.

—No… no, no… Reize… —susurró, temblando—. Quédate…

Pero no hubo respuesta.

Detrás de ellas, el hombre trastabilló. Su respiración se volvió áspera, irregular, rompiéndose en sonidos húmedos. Su cuerpo comenzó a deformarse; la espalda se arqueó y sus manos se retorcieron mientras la piel crujía sobre la carne que cambiaba.

—¡Tú…! —rugió, con una voz que se desgarraba entre lo humano y lo monstruoso—. ¡Tú…me quitas me lo quitaste todo!

Arika no respondió.

Seguía de rodillas junto a Reize, con las manos manchadas de sangre, el cuerpo rígido, como si aún no hubiera terminado de comprender lo que acababa de pasar. Pero poco a poco, algo en su interior cambió. No fue inmediato. Fue lento. Pesado.

Se levantó.

No con rapidez, sino con una rigidez extraña, como si el cuerpo le pesara más que antes. Alzó la mirada y lo observó fijamente. No había miedo en sus ojos. No había duda. Solo un dolor tan profundo que se había transformado en algo más frío.

—…Que patético. —dijo, en voz baja.

El hombre avanzó un paso torpe, arrastrando los pies, con el cuerpo aun deformándose frente a ella.

—Tú mismo te lo arrebataste todo por culpa de tus miedos.

El infectado se lanzó, Arika no retrocedió.

Se movió hacia adelante, chocando contra él con fuerza y empujándolo hasta hacerlo caer de espaldas contra el suelo húmedo. El impacto levantó tierra y hojas, y ambos rodaron un instante, pero Arika se mantuvo encima, sujetándolo con todo su peso.

El infectado rugía, intentaba alcanzarla, sus manos torcidas se agitaban buscando aferrarse a algo.

—¡Mírame! —le gritó, sacudiéndolo—. ¡Mírame, maldito cobarde!

Pero ya no había nadie ahí.

Y eso la hizo gritar aún más fuerte

—¡TÚ LA MATASTE! —su voz se rompió por completo—. ¡TÚ ME ARRUINASTE…!

Sus ojos ardían.

Entonces lo vio.

A un lado, medio hundida en la tierra, una piedra grande, lo suficientemente pesada como para no ser ignorada.

La tomó con ambas manos.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la superficie áspera.

—¡AHORA LO PAGARAS! —gritó, y esta vez su voz se rompió por completo.

Alzó la piedra… y la dejó caer.

El impacto fue seco, brutal. El cuerpo bajo ella se sacudió con violencia.

Pero no se detuvo.

Volvió a levantarla, con esfuerzo, con rabia… y volvió a golpear.

Otra vez.

Y otra.

Cada impacto más pesado, más desesperado que el anterior, como si cada golpe fuera una respuesta tardía, como si en cada uno descargara todo lo que no había podido evitar.

Cada golpe cargado de rabia, de impotencia, de dolor acumulado.

—¡DEVUÉLVEMELA!

Pero no había nada que devolver.

El cuerpo dejó de moverse.

Aun así, Arika dio un último golpe… y luego se quedó inmóvil, respirando con dificultad.

Dejó caer la piedra a un lado, sus manos temblaban sin control. Su respiración era errática, rota, como si no lograra volver a un ritmo normal. Las lágrimas caían sin que hiciera nada por detenerlas, mezclándose con la suciedad en su rostro.

Bajó la mirada hacia sus propias manos, como si no las reconociera.

La furia se desvaneció…quedando solo el vacío.

—…Reize…

Se levantó con dificultad y regresó junto a ella. Se arrodilló despacio, sus dedos temblorosos rozaron su rostro, apartando un mechón de cabello con una suavidad casi dolorosa; como si aún esperara alguna reacción, algún mínimo indicio de que todo aquello no fuera definitivo, pero no había nada.

—Perdón… —susurró—. Perdón…

Se quedó allí unos segundos, acariciando su mejilla.

Luego bajó la mirada y comenzó a cavar con las manos.

La tierra húmeda cedía poco a poco, pegándose a su piel, metiéndose bajo sus uñas, abriendo pequeñas heridas, pero ella no se detuvo. Cada movimiento era lento, mecánico, como si su cuerpo continuara por inercia mientras su mente estaba en otro lugar.

Siguió cavando hasta que fue suficiente.

Luego, con un cuidado que contrastaba con la violencia de antes, levantó el cuerpo de Reize y lo acomodó dentro. Ajustó su posición con suavidad, retirando con torpeza un mechón de cabello de su rostro, deteniéndose apenas un segundo más de lo necesario.

El silencio lo envolvía todo.

—No te voy a olvidar… —susurró finalmente, con la voz apenas audible—. Nunca.

Tomó un puñado de tierra y lo dejó caer. Luego otro. Y otro más. Cada uno más pesado que el anterior, como si cada gesto le costara más de lo que podía soportar.

Hasta cubrirla por completo.

Cuando terminó, sus manos quedaron apoyadas sobre la tumba improvisada, inmóviles, temblorosas.

Se quedó así un momento, inmóvil, con las manos aún apoyadas sobre la tierra.

Luego se puso de pie.

Y sin mirar atrás… comenzó a caminar.

Dejando el bosque atrás, mientras el fuego empezaba a devorarlo todo a su paso.

Los árboles crujían, las llamas se extendían con rapidez, iluminando la oscuridad con un resplandor anaranjado que parpadeaba entre el humo.

Avanzó sin detenerse.

El bosque se fue abriendo poco a poco, hasta que finalmente emergió hacia la autopista.

La cinta de asfalto estaba cuarteada, cubierta de grietas, salpicada de vehículos abandonados, restos oxidados y escombros que hablaban de un mundo que ya no existía.

Arika se detuvo unos instantes. El viento le revolvía el cabello y traía consigo un leve olor a aceite viejo… y a fuego.

Fue entonces que lo vio. A un par de metros, junto a una camioneta semivolcada, había un cuerpo. No era un infectado. Al acercarse con cautela, se dio cuenta de que era un sobreviviente ya muerto, cubierto por una lona. Junto a él, un morral polvoriento asomaba debajo de su brazo.

Con cuidado, Arika lo tomó y revisó su contenido. Dentro, había un mapa. Estaba marcado con tinta roja: una ruta trazada a mano, que iba desde la autopista hacia un punto alejado al norte. Junto al trazo, escritas con prisa, estaban las palabras:

“Zona segura – instalación ZNT-47.”

Arika frunció el ceño. ZNT… esas siglas le resultaban vagamente familiares.

¿Zenthera? ¿Acaso era una base de la misma corporación? ¿Una instalación abandonada? ¿O quizás un refugio secreto?

La duda se quedó dando vueltas en su mente, persistente.

Guardó el mapa dentro de su abrigo y alzó la vista hacia el norte.

El horizonte comenzaba a iluminarse; la oscuridad se desvanecía poco a poco, dando paso a los primeros tonos cálidos del amanecer que se extendían sobre la carretera vacía. El aire era frío, pero estable, y por un momento todo pareció en calma.

Arika dio el primer paso y luego otro, sin dudar esta vez. Sus pisadas resonaban suavemente sobre el asfalto agrietado mientras avanzaba, dejando atrás lo poco que quedaba de la noche. El sol asomaba lentamente, proyectando sombras largas a su alrededor, y aunque el camino era incierto… siguió caminando hacia él.

…

Negro.

Silencio.

Una bocanada de aire.

Arika despertó con un sobresalto, su respiración entrecortada. Estaba empapada en sudor, con el corazón latiéndole con fuerza como si acabara de correr. Miró a su alrededor, desorientada. Las paredes de madera. La penumbra. El sonido del viento filtrándose entre la ventana. Estaba en la casa. A salvo.

Pero no se sentía así.

Se llevó una mano al pecho. Aún le dolía. La imagen de Reize muriendo, su voz, su sangre… todo seguía ahí, intacto en su mente.

—Solo fue… un sueño… —susurró con la voz rota—. Otro de esos…

Pero había sido tan real. Cada palabra. Cada herida. La desesperación. El miedo. El dolor. Todo.

Toc, toc, toc.

Un golpe suave la hizo alzar la cabeza.

—¿Arika? ¿Estás ahí?—Era la voz de Reize.

Arika sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo. Tardó un segundo en reaccionar, como si todavía estuviera entre las ruinas de aquel recuerdo que no fue.

—Sí… espera un momento, por favor —respondió con voz temblorosa.

Se quedó sentada unos segundos más, mirando al suelo como si buscara aferrarse a la realidad. Su respiración poco a poco se fue calmando. La voz de Reize… tan viva. Tan cerca.

Se levantó lentamente, sus piernas aún temblaban. Caminó hacia la puerta, sin saber si iba a abrirla para encontrar consuelo… o despertar en otra pesadilla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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