Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 75
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Capítulo 75: CAPÍTULO 74 (T2):
El bosque ardía con un nuevo silencio. No el de la calma, sino el de la amenaza. Al acercarse al campamento, Reize y Arika se ocultaron entre la maleza. Desde ahí, vieron el horror.
Varias sombras se movían entre las tiendas improvisadas. Gritos desgarradores cruzaban el aire. Algunos refugiados huían, otros eran alcanzados por los infectados.
—¡Maldición… llegaron antes que nosotras! —murmuró Reize con el corazón en la garganta.
—Ahí —señaló Arika—. ¡Sebastián!
El hombre forcejeaba con un infectado, protegiendo con el cuerpo a Grisel, quien lloraba agarrada a su cintura.
—¡Voy por ellos! —gritó Reize y, sin esperar respuesta, salió disparada de su escondite.
Arika fue tras ella. Juntas se abrieron paso entre el caos, esquivando cuerpos, empujando infectados. Cuando por fin llegaron, Reize pateó al agresor con fuerza mientras Arika lo remataba con un tubo de metal oxidado.
—¿Están bien? —jadeó Arika.
Sebastián, con el rostro cubierto de sudor y tensión, apenas asintió antes de tomar a Grisel en brazos. Su respiración era agitada, desordenada, pero no dudó.
—¡Tenemos que salir de aquí ahora! —urgió Reize.
Echaron a correr junto a los demás. A su alrededor, los sobrevivientes huían sin dirección clara, tropezando entre raíces, chocando entre sí, intentando escapar de algo que avanzaba más rápido que ellos. La noche se llenó de gritos, de ramas quebrándose bajo los pies, de respiraciones cortadas por el miedo.
Entonces todo cambió en un instante.
Un hombre, desesperado, alzó una antorcha frente a un infectado que se le abalanzaba. La agitó con torpeza, intentando mantenerlo a distancia, pero la criatura lo embistió con violencia y ambos cayeron al suelo. La antorcha salió despedida de su mano y rodó entre la hierba seca.
El fuego prendió casi de inmediato.
Las llamas comenzaron a extenderse con una rapidez inquietante, trepando por la vegetación, alcanzando los troncos, iluminando el bosque con un resplandor irregular que hacía danzar las sombras. El calor empezó a sentirse en cuestión de segundos.
—¡Cuidado! —gritó Arika al alzar la vista.
Una rama encendida cayó frente a ellos, obligándolos a detenerse bruscamente. El fuego crepitaba, bloqueando el paso.
No tuvieron tiempo de decidir qué hacer.
Un crujido profundo resonó desde arriba, como si el bosque mismo se estuviera quebrando.
La rama que cayó después fue mucho más grande.
El impacto fue seco, pesado.
El suelo tembló bajo ellos.
Arika y Reize fueron lanzadas hacia atrás y quedaron parcialmente atrapadas bajo el tronco, aturdidas por el golpe, mientras el calor comenzaba a rodearlas. El humo se mezclaba con el aire, dificultando cada respiración.
Sebastián también cayó, pero en el instante previo al impacto, reaccionó por puro instinto. Empujó a Grisel lejos de él con todas sus fuerzas.
La niña rodó por el suelo, raspándose las manos, se levantó con dificultad arrodillándose. Sus ojos buscaban a su padre.
—¡Papá!
Al ver a su padre bajo el tronco, intentó incorporarse para ir con él. Pero una mano la sujetó de la muñeca.
Era una de las señoras… la misma que siempre murmuraba en contra de Arika y Reize. Se arrastraba hacia ella, dejando un rastro oscuro sobre la tierra. Su pierna estaba gravemente herida, la sangre empapaba la tela y se mezclaba con el polvo. Sus movimientos eran lentos, forzados, pero insistentes.
—A-ayuda… —suplicó con voz temblorosa.
Grisel intentó retroceder, confundida, asustada.
—S-suélteme…
Pero la mujer no la soltaba. Su agarre era débil, pero desesperado. Su respiración era irregular… y su piel comenzaba a cambiar.
Las venas oscuras se marcaban bajo la superficie.
Algo en ella ya no estaba bien.
—Por favor… no me dejes…
—¡Papá, ayúdame! —gritó la niña, con la voz temblando.
Sebastián intentó moverse. Su pierna estaba atrapada bajo el tronco, inmovilizada. El dolor era intenso, pero lo ignoró. Tiró con fuerza, una y otra vez, tensando todo su cuerpo.
—¡Grisel!
Pero el tronco no se movía ni un centímetro. Volvió a intentarlo, con más fuerza, desesperado, pero era inútil.
Y entonces lo vio.
Un infectado se lanzó sobre la mujer, derribándola. Otro se abalanzó sobre la niña casi al mismo tiempo.
—¡¡NOOO!!
El grito le desgarró la garganta, pero no cambió nada.
No podía alcanzarla.
No podía levantarse.
Solo pudo ver cómo desaparecía entre la maleza, arrastrada.
A unos metros, Arika abrió los ojos. El mundo giró por un instante; su cabeza latía con fuerza y el calor del fuego se sentía demasiado cerca. Tardó un segundo en enfocar… y entonces lo vio.
La niña.
Siendo arrastrada.
El tronco presionaba su espalda contra el suelo, inmovilizándola. Intentó moverse, pero el peso no cedía. Su respiración se volvió irregular. Sus ojos se quedaron fijos en la escena… y una lágrima silenciosa descendió por su mejilla.
—No…Grisel… —murmuró, apenas audible.
Por un momento, no reaccionó.
Como si todo se hubiera detenido.
—…Arika…
La voz, débil, la sacó de ese estado.
Parpadeó.
Reize.
Giró la cabeza y la vio, atrapada también, intentando moverse entre el humo y el fuego que crecía alrededor.
Arika volvió en sí.
Apretó los dientes y, con un esfuerzo brusco, empujó el tronco con el cuerpo. El dolor le recorrió la espalda, pero no se detuvo. Forzó el movimiento una y otra vez hasta que logró deslizarse lo suficiente para liberarse.
Cayó hacia un lado, respirando con dificultad, pero no perdió tiempo. Se incorporó de inmediato y corrió hacia Reize.
—Te ayudaré —dijo, firme, con la voz baja.
Se agachó junto a ella y, entre ambas, empujaron el tronco lo justo para abrir un espacio, liberándose Reize.
Un gruñido cercano las alertó, ambas giraron al mismo tiempo.
Un infectado se abalanzaba directamente sobre Sebastián.
Arika reaccionó sin pensar. Se interpuso y lo derribó con fuerza antes de que lo alcanzara.
Reize corrió hacia el tronco y trató de levantarlo.
—¡No puedo!
Era demasiado pesado.
Arika se unió de inmediato. Ambas empujaron con todo lo que tenían, los músculos tensos, el cuerpo resistiéndose al esfuerzo… hasta que el tronco finalmente cedió lo suficiente.
Sebastián quedó libre, pero su pierna estaba en mal estado.
Intentó ponerse de pie de inmediato.
—¡Grisel! ¡Tengo que ir por ella!
Reize lo sujetó con firmeza antes de que pudiera avanzar.
—¡No!
—¡Suéltame! —gritó Sebastián, forcejeando.
Arika miró alrededor. Las sombras se movían entre los árboles, cada vez más cerca.
—Tenemos que irnos ya —dijo con voz baja, urgente—. Vienen más.
Pero Sebastián no reaccionaba. Sus movimientos se volvieron erráticos, su fuerza se disipó de golpe.
—No… ella está ahí… tengo que… —murmuraba, sin terminar las frases, con la mirada perdida.
—¡Sebastián, reacciona! —intentó Reize, sacudiéndolo ligeramente.
No hubo respuesta.
Sin dudarlo, lo abofeteó. El sonido seco de la cachetada rompió el trance.
—¡Tienes que vivir! —le gritó—. ¡Al menos por Grisel! ¡Ella no querría que mueras aquí!
Sebastián respiró agitado, los ojos húmedos y rojos. Asintió débilmente.
Sin perder tiempo, Reize y Arika lo tomaron por los brazos y comenzaron a avanzar con dificultad entre los árboles.
—Vamos, aguanta… —murmuró Arika.
Pero apenas habían recorrido unos minutos, Sebastián tropezó. Se oyó un crujido. Cayó al suelo con un grito de dolor. Su pierna sangraba, torcida en un ángulo preocupante.
—¡Mierda! —Reize se agachó a su lado—. Está rota…
—No… no puedo seguir… —murmuró él, jadeando, con la frente empapada en sudor—. Ya no tengo fuerzas…
—Te vamos a ayudar —dijo Arika, firme—. ¡No te dejaremos!
—No… —negó Sebastián, con la voz apenas audible—. Si se quedan… los tres moriremos. Ya los escucho venir…
A lo lejos, los gemidos de los infectados se hacían más nítidos.
Arika iba a protestar, pero Reize la sujetó del brazo.
—Arika… —le dijo en voz baja, mirándola a los ojos—. Está bien. Él lo sabe. Lo entiende… como yo.
Arika apretó los dientes, con el pecho oprimido. Se giró hacia Sebastián.
—No te olvidaré —le dijo.
Sebastián sonrió con tristeza. En sus ojos se leía una paz que no había tenido antes.
—Corran… —susurró—. Vivan, por favor.
Arika y Reize comenzaron a alejarse. Apenas avanzaron unos metros cuando los chillidos desgarradores de los infectados se mezclaron con el rugido de Sebastián al enfrentarlos.
Reize se detuvo por un segundo, bajó la cabeza.
—Gracias, Sebastián —murmuró.
Y siguieron corriendo, con el corazón destrozado y el eco de los gritos clavándose como cuchillas en sus espaldas.
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