El Advenimiento de las Tres Calamidades - Capítulo 492
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Capítulo 492: El viejo [2]
Espera, espera, espera…
¿He oído bien?
—…Un momento.
Mirando al anciano, intenté ver si llevaba algún disfraz, pero cuanto más lo observaba, menos probable parecía. Las arrugas de su cara parecían reales y su voz también era bastante ronca.
«¿Quizás su disfraz es muy bueno?».
—¿Llevas un disfraz?
—¿Disfraz?
El anciano me miró de forma extraña.
—¿Qué disfraz?
—Eh…
No sabía muy bien qué decir.
«Definitivamente, es un loco».
—¿Crees que no aparento mi edad? Qué extraño.
Tomando un espejo, el anciano se masajeó la barba.
—…Y yo que pensaba que me veía bastante bien.
¿De verdad?
¿En serio?
—¿A qué viene esa cara que pones?
—¿Cara? ¿Estoy poniendo alguna cara?
Inconscientemente, empecé a tocarme la cara. Al darme cuenta de que no estaba poniendo ninguna cara, maldije para mis adentros.
«De verdad que es un loco».
No, pero lo más importante es: ¿cómo empezó a tener ese aspecto? Como dijo que odiaba a los mentirosos, había una alta probabilidad de que no estuviera mintiendo sobre su edad.
Si era así, ¿cómo acabó pareciendo tan viejo?
«No me digas que ha estado aquí mucho más tiempo que solo unos meses».
Mi corazón casi se detuvo ante ese pensamiento.
Sin embargo, al poco tiempo, negué con la cabeza. Era imposible que ese fuera el caso. Si esta situación hubiera persistido durante tanto tiempo, el mundo ya se habría enterado hace bastante.
Finalmente, mis ojos se posaron en los hilos conectados al anciano y sentí un vuelco en el corazón.
«…¿Podría ser que los hilos le estén arrebatando la vida?».
La idea era aún más horrible que la primera.
Si los hilos realmente drenaban la vida de uno, entonces también significaba que, muy pronto, yo acabaría como el anciano.
«Ni de coña».
Da, dang~
De repente, una nueva melodía llenó el aire y, cuando levanté la vista, vi al anciano sentado junto al piano.
Presionando con el dedo índice, intentó copiar las notas de la caja.
Solo que…
Deng~
—Uf, eso está mal.
Se rascó la nuca.
—¿Cuál era la nota?
Dong~
—No, eso no está del todo bien.
Ding~
—…Esa tampoco es.
Le estaba costando.
Le costaba tocar una canción muy simple.
Y fue entonces cuando la revelación me golpeó de verdad.
—No te queda mucho tiempo, ¿verdad?
—…
El dedo del anciano se detuvo bruscamente. La melodía real sonaba de fondo mientras él giraba la cabeza para mirarme.
—Cuanto más poderoso se vuelve alguien, más fuerte es su memoria. Olvidar cosas se vuelve mucho más difícil para ellos. Tú eres fuerte. Una de las personas más fuertes que he conocido. ¿Cómo podría alguien como tú olvidar algo tan simple como esto? No, eso no es lo único que has olvidado. Ya has olvidado muchas cosas, ¿no es así?
Repasé mentalmente nuestras conversaciones y me di cuenta de que no era lo único que había olvidado.
—…
Levanté la mano para mostrar los hilos que me sujetaban.
—Desde que aparecieron los hilos, has empezado a olvidar cosas. Has comenzado a envejecer y, a pesar de tus mejores intentos por salir, no puedes. ¿Por qué? Con tu fuerza no debería…
—Porque son mi familia.
Respondió el anciano.
—… No puedo abandonarlos.
Su voz salió en un susurro, como el suave sonido de una pluma al caer.
—¿Cómo puede uno dejar que su familia se pudra?
—Entonces, ¿no puedes simplemente pedir ayuda?
—¿A quién?
—A los Imperios. Estoy seguro de que ellos…
—Je, je.
El anciano empezó a reírse de repente.
—Jajajajaja.
Su risita se convirtió rápidamente en una carcajada en toda regla, y la habitación tembló bajo su intensa presión.
Continuó durante unos segundos antes de detenerse por fin.
—¿Los Imperios? ¿Ayuda?
El anciano miró en mi dirección con una sonrisa.
—¿Sabes cómo llamamos a la gente del Imperio aquí en Kasha?
—…No.
—Ratas de Muro.
—¿Ratas de qué…?
—Lo único que hacen es esconderse tras esos imponentes muros suyos, manteniéndonos fuera, separados de ellos. Somos los olvidados, los parias de los Imperios…, a los que consideran indignos de poner un pie dentro de esos grandes y altos muros que acaparan todas las tierras fértiles y el calor del sol.
—Seguro que eso es mentira. Si alguien tan hábil como tú intentara…
—Para ellos no somos nada. Brutos. Salvajes que temen que lleven el caos a sus muros impolutos. Si no les fuéramos de alguna utilidad, nos habrían aniquilado hace mucho tiempo, sin pensárselo dos veces.
—Eso…
—…Lo he presenciado demasiadas veces. Preferirían vernos pudrirnos antes que mover un dedo para ayudar. Pedir su ayuda sería como condenar a toda esta casa a la ruina…, nos exprimirían hasta el último recurso.
La voz del anciano era ronca a estas alturas.
—…
Cualquier palabra que tuviera para él había desaparecido hacía tiempo.
Me limité a escucharlo hablar.
—La gente de Kasha no es mejor. Se aprovecharían de esta situación para acabar con mi familia. Por eso no puedo irme. Debo encontrar una forma de ayudar a todos. Tengo que hacerlo. Debo hacerlo.
—…
Consideré decirle que yo era de los mismos Imperios que él despreciaba, pero me contuve.
¿Quién sabía si me mataría como antes?
…No quería arriesgarme.
—¿Pero no tienes miedo?
Haber aguantado tanto tiempo, solo para descubrir que envejecía y sus recuerdos empezaban a desvanecerse.
¿No tenía miedo?
—¿Miedo?
Mirándome, el anciano parpadeó antes de sonreír.
—Sí, tengo miedo.
Sus ojos eran claros.
—Claro que tengo miedo. Cada día siento que mi energía disminuye y mis recuerdos se desvanecen. Intento luchar contra ello, pero no puedo detenerlo. No puedo encontrar al responsable de todo esto.
Estaban más claros que nunca.
—Pero no le tengo miedo a la muerte.
Tan claros que podía ver mi reflejo en ellos.
—La muerte no me asusta. Lo que me aterra es todo lo que estoy perdiendo mientras sigo respirando.
Levantando la mano para mostrarme su mano temblorosa, el anciano la apretó lentamente.
—No voy a parar.
Pero deberías parar.
—Porque aunque tenga miedo, quiero preservar las pocas cosas que son significativas para mí.
¿Qué eran?
—Mi identidad y mi familia.
Estas eran las razones del anciano para vivir.
Aunque era lo suficientemente fuerte como para escapar, el anciano eligió quedarse y encontrar una forma de liberarlos a todos. Mientras su fuerza menguaba y sus recuerdos se desvanecían, luchó por preservar su mente y proteger a su familia.
Como era de esperar…
«Es un loco».
Un completo loco al que no podía evitar respetar.
Había mejores estrategias que simplemente esperar aquí y dejar que su fuerza disminuyera lentamente. Si hubiera querido, probablemente podría haber encontrado una forma de ayudar.
Pero quizás…
Hacía tiempo que había perdido la fe en la humanidad.
—Lo entiendo.
Mirando mi reloj de bolsillo, me senté en el suelo.
—…Lo entiendo.
Tic, tic…
Era la 01:17 a. m.
Mirando fijamente al anciano, cuya gran espalda de repente parecía frágil, cerré los ojos y los volví a abrir.
Fue entonces cuando mi escenario cambió.
¡Tum, tum!
El aire resonaba con el estruendoso redoble de los tambores, mientras mis manos parecían tener vida propia, aplaudiendo el espectáculo que se desarrollaba ante mis ojos.
Plas, plas…
—He vuelto.
Al darme cuenta de lo que había pasado, revisé el reloj de bolsillo y anoté la hora.
Eran las 12:17 a. m.
«Ha pasado exactamente una hora dentro de la visión. Esa debe de ser la duración de la habilidad».
Eran buenas noticias.
Mientras no muriera, significaba que tenía una hora para usar la habilidad. Aun así, solo me quedaba un vial más.
Una vez más.
Esa era la cantidad de veces que aún podía usar la habilidad.
«Tengo que tener mucho cuidado al usarla».
No podía permitirme desperdiciarla.
—En cualquier caso…
Levanté la cabeza y miré a Caius y Kaelion. Sentí un poco de lástima al mirarlos, considerando cómo los había usado como chivos expiatorios en los «intentos», pero ahora que entendía mejor la situación, ya no era necesario usarlos como tales.
—Guijarro.
Llamando a Guijarro, dije:
—Dile a esos dos que descansen por ahora y recuperen todo su maná. Empezaremos en unas horas. Yo les daré la señal.
—…Humano, no soy tu sirviente.
Al ver la expresión molesta en la cara de Guijarro, solo pensé que era adorable.
Aun así, no lo demostré y solo fingí comprender su aprieto.
—Lo sé, no te preocupes. Te lo compensaré más tarde.
—¿Lo harás…?
—Sí, no te preocupes.
Guijarro entrecerró los ojos, pero se fue al poco tiempo.
Una sonrisa amarga se formó en mis labios mientras negaba con la cabeza.
Finalmente, cerré los ojos y empecé a descansar.
Iba a encontrarme con el anciano muy pronto.
*
Para cuando abrí los ojos, habían pasado unas horas.
Aunque mi cuerpo aún no estaba en óptimas condiciones, sentía las piernas mejor y mi mente estaba despejada. Mi maná también se había recuperado en su mayor parte.
Cuando giré la cabeza, Guijarro, aparentemente en sintonía con mis pensamientos, saltó de mi espalda y se lanzó hacia Kaelion y Caius. Ambos me miraron y yo les di un sutil asentimiento en su dirección. Caius entonces respiró hondo.
Una pesada presión se abatió sobre el entorno mientras su voz resonaba en el aire.
—Cesen todo movimiento.
Con una mirada de acero y una postura inflexible, Caius desató un aura formidable. Sus ojos indiferentes y su voz fría le otorgaban una presencia imponente, semejante a la de un Emperador.
Los tambores dejaron de sonar.
La gente dejó de tocar.
…Y el mundo se detuvo de repente.
—…
En cuanto todo quedó en silencio, empezamos a movernos.
—La misma dirección que antes.
Todos corrimos hacia donde fuimos la última vez.
Clanc…
Contuve la respiración y me abrí paso hacia el interior del edificio, mientras me encontraba con el largo tramo de escaleras que conducía al segundo piso.
«Sí, tengo miedo».
Casi podía oír las palabras del anciano mientras subía a la fuerza.
¡Bang!
—¡Uf!
Las escaleras crujieron bajo el peso de mis pasos. Al presionar el pie hacia abajo, los títeres dejaron de moverse al cambiar la gravedad.
«Pero no le tengo miedo a la muerte».
—¡Vamos! ¡Vamos!
Pasé corriendo junto a los títeres.
«La muerte no me asusta. Lo que me aterra es todo lo que estoy perdiendo mientras sigo respirando».
Al pasar junto a ellos, vi sus expresiones vacías y sin vida.
La voz del anciano se hizo más fuerte en mi mente.
«No voy a parar».
Él era poderoso.
Entre los más fuertes de Kasha.
No había muchos que pudieran rivalizar con este hombre que, a pesar de parecer viejo, era joven.
—¡Ya estamos aquí! ¡Abran la trampilla!
—¡Entren, rápido!
—¡Abajo! ¡Bajen…!
—Ah, cierto.
Me detuve un segundo y miré hacia atrás.
—Hagan lo que hagan, asegúrense de no mentir nunca.
—¿Eh?
—Si mienten, mueren.
—¿Eh…?
—¿Qué?
Ignorando las miradas de asombro en sus caras, bajé las escaleras a toda prisa.
«Porque aunque tenga miedo, quiero preservar las pocas cosas que son significativas para mí».
—Has llegado más rápido de lo que… esperaba.
Al darme la vuelta, el anciano apareció detrás, igual que en el pasado.
Sonreí al verlo y extendí la mano.
—Es un placer conocerte. Mi nombre es Julián.
—…
El anciano miró mi mano con sorpresa.
Acercándosela, finalmente conseguí que la estrechara.
Fue también en ese momento cuando presioné la segunda hoja.
«¿Por qué persistes?».
«Mi identidad y mi familia».
Esa fue la respuesta que un hombre no tan viejo me dio una vez.
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