El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 La Calma Tensa
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13: Capítulo 13: La Calma Tensa 13: Capítulo 13: La Calma Tensa (POV Lola) Los días siguientes fueron extraños.
Después de lo de la sirvienta, la mansión se volvió más silenciosa.
El servicio se redujo al mínimo: solo dos personas de máxima confianza, elegidas personalmente por Marcus.
El resto, despedido o reubicado.
Los pasillos, antes llenos de movimiento, ahora parecían un desierto.
Yo seguía durmiendo en la habitación de Damián.
Él, en el sofá.
Todas las noches.
Una noche, ya entrada la madrugada, no pude callarme más.
—¿No te cansas?
—le pregunté después de una semana de aquella rutina.
—¿De qué?
—respondió desde la oscuridad.
—De dormir en ese sofá.
Tienes una cama enorme.
—Está ocupada.
—Podríamos compartirla.
Es lo suficientemente grande para los dos.
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Durante varios segundos, ni siquiera lo oí respirar.
—No —dijo al fin.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Esa no es una respuesta.
Se incorporó en el sofá.
A través de la penumbra, vi la silueta de su cuerpo: los hombros anchos, la mandíbula tensa, las manos apoyadas en las rodillas.
—¿De verdad quieres saberlo?
—preguntó.
Su voz sonó diferente.
Más grave.
Más ronca.
Más humana.
—Sí —respondí sin dudar.
—Porque si duermo a tu lado, no voy a querer dormir.
Y si no duermo, pierdo el control.
Y si pierdo el control…
Se detuvo.
La frase quedó flotando en el aire como una amenaza o una promesa.
—¿Qué?
—susurré, con la garganta seca.
—Nada.
Duérmete.
Se tumbó de espaldas a mí y no volvió a hablar.
Pero yo me quedé despierta mucho rato, con sus palabras dando vueltas en mi cabeza una y otra vez.
No voy a querer dormir.
¿Qué significaba eso?
(POV Lola – Días) Durante el día, la tensión era diferente.
Más llevadera en apariencia, más peligrosa en el fondo.
Damián seguía con sus asuntos.
Marcus iba y venía con papeles.
León aparecía de vez en cuando, siempre con una sonrisa y un comentario divertido, pero notaba que él y Elara se las arreglaban para coincidir en los mismos sitios a las mismas horas.
Casualidades.
Demasiadas casualidades como para ser verdad.
Pero yo no decía nada.
Si ellos encontraban un poco de luz en medio de tanta oscuridad, bien por ellos.
Cada quien busca la felicidad como puede.
Lo que me preocupaba era otra cosa.
Damián me miraba.
No descaradamente.
No como un acoso.
Pero cuando yo no miraba, cuando estaba distraída con un libro o con el té, sentía sus ojos sobre mí.
A través del vínculo, aunque lo bloqueara a ratos, notaba su atención.
Su vigilancia.
Su…
algo que no sabía nombrar.
Una tarde, lo descubrí.
Estaba en la biblioteca, hojeando un libro sin prestarle atención a ninguna página, cuando levanté la vista.
Él estaba en la puerta.
Apoyado contra el marco.
Mirándome fijamente.
No apartó la mirada cuando lo sorprendí.
—¿Qué?
—pregunté.
—Nada.
—Llevas cinco minutos ahí parado.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Se separó de la puerta y se acercó a mí.
Lentamente.
Sin prisas.
Como un depredador que no quiere asustar a su presa.
Se detuvo a un metro de distancia.
Lo bastante cerca para que su olor me envolviera por completo.
Lo bastante lejos para no tocarme.
—Desde que llegaste —dijo en voz baja—, no he dejado de mirarte.
El silencio vibró entre nosotros.
Eléctrico.
Peligroso.
—Damián…
—No digas nada —me cortó—.
Solo…
deja que te mire.
Un minuto.
Y lo hizo.
Me miró.
Largo.
Intenso.
Como si yo fuera un paisaje que quería memorizar para siempre.
Y yo me dejé mirar.
Porque en el fondo, no me molestaba.
Porque en el fondo, me gustaba.
(POV Lola – Noche) Esa noche, cuando me tumbé en su cama, algo era diferente.
No el olor.
No las sábanas.
No la distancia hasta el sofá.
Algo en el aire.
Algo en el vínculo.
Damián no lo había bloqueado del todo.
Por primera vez en días, sentía algo de él.
Un rumor leve, constante, como un río subterráneo que corre bajo la tierra.
—Damián —susurré en la oscuridad.
—¿Mmm?
—respondió desde el sofá.
—¿Por qué me miras tanto?
Silencio.
Un silencio que duró varios segundos.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
—respondió al fin.
—Sí.
—Porque no puedo evitarlo.
—¿Y eso es malo?
Otro silencio.
Más largo que el anterior.
Más pesado.
—No lo sé todavía —dijo.
Me quedé pensando en sus palabras mucho rato.
No lo sé todavía.
Significaba que estaba considerándolo.
Que no era un no rotundo.
Que quizá, solo quizá, había esperanza para los dos.
—Damián —volví a llamarlo.
—¿Qué?
—¿Puedo pedirte algo?
—Lo que sea.
—No bloquees el vínculo.
Al menos por ahora.
Quiero sentirte.
El silencio fue tan largo que pensé que no iba a responder.
Conté hasta veinte.
Hasta treinta.
—Vale —dijo al fin.
Y lo sentí.
Una calidez que se extendió desde mi pecho hacia todo mi cuerpo, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de mí.
Damián no bloqueaba nada.
Por primera vez desde que había llegado a la mansión, podía sentir todo lo que sentía.
Y era abrumador.
Tanto que no pude evitar sonreír en la oscuridad como una tonta.
—Duérmete —dijo él.
—Tú también.
—Lo intentaré.
Pero ninguno de los dos durmió esa noche.
Y por primera vez, la distancia entre la cama y el sofá no nos molestó en absoluto.
(POV Lola – Mañana siguiente) Desperté con el sol en la cara y una sensación extraña en el pecho.
Algo había cambiado durante la noche.
Algo en el vínculo.
Damián no lo bloqueaba.
Por primera vez desde que llegué a la mansión, podía sentirlo completo, sin filtros, sin barreras.
Y lo que sentía era…
paz.
Una paz profunda y tranquila.
Me incorporé lentamente y busqué el sofá con la mirada.
Vacío.
Pero esta vez no me preocupé.
Sabía dónde estaba.
Lo sentía en algún lugar de la mansión, abajo seguramente.
Tranquilo.
Sereno.
Una semana después, una sirvienta nueva (de las dos de confianza) entró en la habitación con el desayuno.
—El Alfa dice que baje al comedor hoy —anunció mientras dejaba la bandeja.
—¿Al comedor?
—pregunté, sorprendida.
—Sí, señorita.
Dice que ya es hora de que deje de esconderse.
Sonreí.
Una sonrisa amplia, sincera.
Bajé las escaleras y entré en el comedor.
Damián estaba allí sentado a la cabecera, con Marcus y León a los lados.
Elara ya estaba en su sitio, con una taza de café humeante entre las manos.
—Buenos días —dije.
Todas las miradas se volvieron hacia mí.
Pero solo una me importaba.
La de Damián.
—Buenos días —respondió.
Y en sus ojos grises no vi hielo.
Vi algo que no me atrevía a nombrar todavía.
Pero que estaba allí.
Esperando.
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