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El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 14

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14: Capítulo 13: La Calma Tensa 14: Capítulo 13: La Calma Tensa (POV Lola) Los días siguientes fueron extraños.

Después de lo de la sirvienta, la mansión se volvió más silenciosa.

El servicio se redujo al mínimo: solo dos personas de máxima confianza, elegidas personalmente por Marcus.

El resto, despedido o reubicado.

Los pasillos, antes llenos de movimiento, ahora parecían un desierto.

Yo seguía durmiendo en la habitación de Damián.

Él, en el sofá.

Todas las noches.

—¿No te cansas?

—le pregunté una madrugada, después de una semana de aquella rutina.

—¿De qué?

—De dormir en ese sofá.

Tienes una cama enorme.

—Está ocupada.

—Podríamos compartirla.

Es lo suficientemente grande.

El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse.

—No —dijo al fin.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Esa no es una respuesta.

Se incorporó en el sofá.

A través de la penumbra, vi la silueta de su cuerpo, los hombros anchos, la mandíbula tensa.

—¿De verdad quieres saberlo?

—preguntó, y su voz sonó diferente.

Más grave.

Más…

humana.

—Sí.

—Porque si duermo a tu lado, no voy a querer dormir.

Y si no duermo, pierdo el control.

Y si pierdo el control…

Se detuvo.

—¿Qué?

—susurré.

—Nada.

Duérmete.

Se tumbó de espaldas a mí y no volvió a hablar.

Pero yo me quedé despierta, con sus palabras dando vueltas en mi cabeza.

No voy a querer dormir.

¿Qué significaba eso?

(POV Lola – Días) Durante el día, la tensión era diferente.

Damián seguía con sus asuntos.

Marcus iba y venía con papeles.

León aparecía de vez en cuando, siempre con una sonrisa y un comentario divertido, pero notaba que él y Elara se las arreglaban para coincidir en los mismos sitios a las mismas horas.

Casualidades.

Demasiadas casualidades.

Pero yo no decía nada.

Si ellos encontraban un poco de luz en medio de tanta oscuridad, bien por ellos.

Lo que me preocupaba era otra cosa.

Damián me miraba.

No descaradamente.

No como un acoso.

Pero cuando yo no miraba, cuando estaba distraída, sentía sus ojos sobre mí.

A través del vínculo, aunque lo bloqueara, notaba su atención.

Su vigilancia.

Su…

algo.

Una tarde, lo descubrí.

Estaba en la biblioteca, hojeando un libro sin prestarle atención, cuando levanté la vista.

Él estaba en la puerta.

Apoyado contra el marco.

Mirándome.

No apartó la mirada.

—¿Qué?

—pregunté.

—Nada.

—Llevas cinco minutos ahí parado.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Se separó de la puerta y se acercó.

Lentamente.

Como un depredador que no quiere asustar a su presa.

Se detuvo a un metro de mí.

Lo bastante cerca para que su olor me envolviera.

Lo bastante lejos para no tocarme.

—Desde que llegaste —dijo en voz baja—, no he dejado de mirarte.

El silencio vibró entre nosotros.

—Damián…

—No digas nada.

Solo…

deja que te mire.

Un minuto.

Y lo hizo.

Me miró.

Largo.

Intenso.

Como si yo fuera un paisaje que quería memorizar.

Y yo me dejé.

Porque en el fondo, no me molestaba.

(POV Lola – Noche) Esa noche, cuando me tumbé en su cama, algo era diferente.

No el olor.

No las sábanas.

No la distancia hasta el sofá.

Algo en el aire.

Algo en el vínculo.

Damián no lo había bloqueado del todo.

Por primera vez en días, sentía algo de él.

Un rumor leve, como un río subterráneo.

—Damián —susurré.

—¿Mmm?

—¿Por qué me miras tanto?

Silencio.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

—respondió al fin.

—Sí.

—Porque no puedo evitarlo.

—¿Y eso es malo?

Otro silencio.

Más largo.

—No lo sé todavía.

Me quedé pensando en sus palabras.

No lo sé todavía.

Significaba que estaba considerándolo.

Que no era un no rotundo.

Que quizá, solo quizá, había esperanza.

—Damián.

—¿Qué?

—¿Puedo pedirte algo?

—Lo que sea.

—No bloquees el vínculo.

Al menos por ahora.

Quiero sentirte.

El silencio fue tan largo que pensé que no iba a responder.

—Vale —dijo al fin.

Y lo sentí.

Una calidez que se extendió desde mi pecho, como si alguien hubiera encendido una luz.

Damián no bloqueaba nada.

Por primera vez, podía sentir todo lo que sentía.

Y era abrumador.

Tanto que no pude evitar sonreír en la oscuridad.

—Duérmete —dijo él.

—Tú también.

—Lo intentaré.

Pero ninguno de los dos durmió.

Y por primera vez, la distancia entre la cama y el sofá no nos molestó.

(POV Lola – Mañana siguiente) Desperté con el sol en la cara y una sensación extraña en el pecho.

Algo había cambiado.

Algo en el vínculo.

Damián no lo bloqueaba.

Por primera vez desde que llegué a la mansión, podía sentirlo completo.

Y lo que sentía era…

paz.

Me incorporé y busqué el sofá con la mirada.

Vacío.

Pero esta vez no me preocupé.

Sabía dónde estaba.

Lo sentía en algún lugar de la mansión, tranquilo, sereno.

Una semana después, una sirvienta nueva (de las de confianza) entró con el desayuno.

—El Alfa dice que baje al comedor hoy —anunció.

—¿Al comedor?

—Sí, señorita.

Dice que ya es hora de que deje de esconderse.

Sonreí.

Por primera vez en mucho tiempo, sonreí de verdad.

Bajé al comedor.

Damián estaba allí, con Marcus y León.

Elara ya estaba sentada, con una taza de café humeante.

—Buenos días —dije.

Todas las miradas se volvieron hacia mí.

Pero solo una me importaba.

La de Damián.

—Buenos días —respondió.

Y en sus ojos, por primera vez, no vi hielo.

Vi algo que no me atrevía a nombrar.

Y supe, con una certeza absoluta, que nada volvería a ser igual.

Lo vi por casualidad.

Esa mañana bajé antes de lo habitual.

El sol *p*n*s empezaba a colarse por los ventanales del pasillo cuando salí de la habitación.

Damián había salido ya, como siempre, y yo necesitaba un vaso de agua antes de que el servicio comenzara a moverse.

Pero cuando doblé la esquina que llevaba a la cocina, me detuve en seco.

Damián estaba en el recibidor.

Solo.

De espaldas a mí.

Y se estiraba.

Nada raro en eso, cualquiera se estira por la mañana.

Pero la forma en que movió los hombros, la manera en que arqueó la espalda lentamente, con cuidado…

parecía que le doliera.

No le di importancia en ese momento.

Pero a lo largo del día, empecé a notar cosas.

En el desayuno, cuando se levantó a por más café, apoyó una mano en la parte baja de la espalda.

Un gesto rápido, casi imperceptible.

Pero yo lo vi.

En la biblioteca, cuando Marcus entró con unos papeles, Damián se giró para cogerlos y su mandíbula se tensó.

Solo un segundo.

Luego volvió a su expresión habitual.

En el pasillo, cuando León le dio una palmada en el hombro bromeando, Damián se apartó tan rápido que León se quedó con la mano en el aire.

—¿Qué te pasa?

—preguntó León.

—Nada.

—No me mientas, hermano, te conozco.

—Que no me pasa nada.

Pero yo, a través del vínculo, sentía algo.

No dolor exactamente, sino una molestia constante.

Un malestar que iba y venía.

Y entonces caí en la cuenta.

El sofá.

Llevaba semanas durmiendo en ese sofá.

Un sofá bonito, sí, de diseño, pero no era una cama.

No para un hombre de su tamaño.

No noche tras noche.

—Damián —dije por la noche, cuando estábamos en la habitación.

—¿Qué?

—¿Te duele la espalda?

Se quedó quieto.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

—No.

—Mientes.

—No me duele.

—Te he visto todo el día haciendo muecas.

Te he visto cómo te mueves.

Te duele la espalda.

—Lola…

—Es por el sofá, ¿verdad?

Llevas semanas durmiendo en esa cosa y te está destrozando.

—No es nada.

—¿No es nada?

Damián, eres un Alfa, pero también eres humano.

Necesitas dormir bien.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Se giró hacia mí, con esa expresión de piedra que tanto odiaba.

—¿Y qué quieres que haga?

¿Que me tumbe en la cama contigo?

—Sí.

El silencio cayó como un mazazo.

—¿Qué?

—preguntó, como si hubiera oído mal.

—Que sí.

Que te tumbes en la cama conmigo.

—Lola…

—No voy a discutir, Damián.

No voy a dejar que sigas durmiendo en ese sofá hasta que no puedas moverte.

La cama es enorme.

Hay sitio de sobra.

Tú en un lado, yo en el otro.

Sin tocarnos.

Sin nada.

Solo dormir.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué?

—Porque…

Se detuvo.

Pasó una mano por su nuca, frustrado.

—Porque no confío en mí mismo —dijo al fin.

—Yo sí confío en ti.

Me miró.

Largo.

Intenso.

—Eso es un error —murmuró.

—Pues ya tengo muchos.

Uno más no importa.

El silencio se alargó.

—Damián —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—.

Ven a la cama.

No es negociable.

No se movió.

—Ven.

Ahora.

Dio un paso.

Luego otro.

Luego otro.

Llegó al borde de la cama y se quedó ahí, mirándome desde arriba.

—Si me tumbo —dijo—, no respondo de lo que pueda pasar.

—No te estoy pidiendo que respondas de nada.

Solo que duermas.

Otro largo silencio.

Y entonces, con un suspiro que pareció sacado de lo más profundo de su ser, Damián se tumbó.

En su lado.

En el borde.

De espaldas a mí.

Rígido como una tabla.

—¿Ves?

—dije—.

No duele.

—Todavía.

Sonreí en la oscuridad.

—Buenas noches, Damián.

—Buenas noches, Lola.

El vínculo vibró.

Calor.

Alivio.

Y algo más que no supe identificar.

Y por primera vez desde que llegué a la mansión, Damián durmió en una cama.

Conmigo al lado.

(POV Lola – Mañana siguiente) Desperté con una sensación extraña.

Calor.

Peso.

Algo rodeándome.

Abrí los ojos lentamente.

Damián estaba a mi lado.

De frente a mí.

Con un brazo rodeando mi cintura.

Dormido.

Su rostro, en reposo, perdía toda la dureza.

Parecía más joven.

Más vulnerable.

Casi…

humano.

No me moví.

No quería romper el momento.

Pero el vínculo delató mi despertar.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Me miró.

Miró su brazo.

Miró la distancia que había entre nosotros, que era ninguna.

Se apartó tan rápido que casi cae de la cama.

—Lo siento —dijo, con voz ronca—.

No quería…

—Tranquilo.

—Lola, yo…

—Que tranquilo, Damián.

No pasó nada.

Se quedó mirándome.

Buscando algo en mi expresión.

Mentiras, quizá.

Rechazo.

Pero no encontró nada.

—Debería…

debería levantarme —dijo.

—Sí.

Yo también.

Salimos de la cama casi al mismo tiempo.

Él hacia el baño.

Yo hacia el armario.

Pero antes de que desapareciera, lo llamé.

—Damián.

Se volvió.

—Esta noche, igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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