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El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 25

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Capítulo 25: Capítulo 25: El Primer Beso

(POV Lola )

La noche había caído por completo sobre la mansión.

Las luces flotaban en la piscina como pequeñas estrellas atrapadas en el agua. La música se había apagado hacía rato. La parrilla, ya fría. Y uno a uno, todos se habían ido retirando.

Konstantin fue el primero, con una disculpa educada y una sonrisa cansada. Elena lo siguió, lanzándonos una última mirada que no supe interpretar. Valeria se levantó sin decir palabra, pero antes de irse, me miró un instante. Asintió. Solo eso. Luego desapareció.

León y Elara fueron los últimos en rendirse.

—Nos vamos —dijo Elara con una sonrisa de complicidad—. No queremos estorbar.

—No estorban. —mentí.

—Sí, sí. Venga, León.

—¿Pero y si ellos necesitan…

—León.

—Vale, vale.

Desaparecieron hacia el interior de la mansión, cuchicheando y riendo.

Y nos quedamos solos.

Damián y yo.

En el agua.

La piscina era grande, pero de repente parecía muy pequeña. O quizá era que estábamos muy cerca. Cuando me di cuenta, habíamos ido derivando hacia una esquina, donde las sombras eran más profundas y las luces flotantes *p*n*s llegaban.

El agua estaba tibia. Su cuerpo, caliente.

—¿Frío? —preguntó.

—No.

—¿Quieres salir?

—No.

Asintió. Pero no se movió.

Yo tampoco.

El silencio se llenó de algo que no era silencio. Era tensión. Era deseo. Era todo lo que habíamos estado conteniendo durante cuatro meses.

—Damián.

—¿Mmm?

—¿Vas a decirme lo que ibas a decir antes?

—¿Antes?

—Sí. Cuando todos estaban aquí. Dijiste “estos cuatro meses…” y te interrumpieron.

—Ah. Eso.

—Sí. Eso.

Me miró. Largo. Intenso. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra.

—Estos cuatro meses —dijo lentamente— han sido los mejores de mi vida.

El aire se congeló en mis pulmones.

—¿En serio?

—Sí.

—¿A pesar de todo? ¿A pesar de Kael?

—Sí. Porque también ha habido esto.

—¿Esto?

—Tú. Nosotros. Las mañanas. Las noches. Las discusiones absurdas. Tus ocurrencias. Tu forma de mirarme cuando crees que no miro.

—Te he visto mirar.

—Lo sé. Y no me importa.

Sonreí.

—Eres un blando, Damián Blackwood.

—Solo contigo.

Y entonces, sin saber muy bien cómo, estábamos más cerca.

Mucho más cerca.

Su mano encontró mi cintura bajo el agua. La apoyó ahí, con una suavidad que contrastaba con todo lo que sabía de él. La otra mano buscó mi rostro. Me sostuvo la mirada.

—¿Puedo? —preguntó en voz baja.

—Sí.

No hizo falta decir más.

Sus labios encontraron los míos.

Y el mundo desapareció.

(POV Lola)

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo sé que sus labios eran suaves y firmes al mismo tiempo. Que su mano en mi cintura me sostenía como si fuera lo más preciado del mundo. Que su otra mano acariciaba mi mejilla con una ternura que no sabía que existía en él.

Mis brazos rodearon su cuello. Mis dedos se enredaron en su cabello mojado. Y sin pensarlo, sin planearlo, impulsada por algo más profundo que la razón, enredé mis piernas alrededor de su cintura.

Me sostuvo sin esfuerzo.

Como si siempre hubiera estado destinado a sostenerme.

El beso se intensificó. Ya no era suave. Era hambre. Era necesidad. Era todo lo que habíamos callado durante cuatro meses.

Su lengua encontró la mía. Un gemido escapó de mi garganta. Él respondió con un sonido ronco, profundo, que vibró en todo mi cuerpo.

El agua nos envolvía. La noche nos cubría. Y nosotros solo existíamos el uno para el otro.

Cuando finalmente nos separamos, fue solo para respirar.

Frente contra frente. Aliento mezclándose. Corazones desbocados.

—Lola —susurró.

—Damián.

—Eres…

—¿Sí?

—Todo.

Sonreí. Abrí los ojos para mirarlo.

Y entonces lo vi.

Su expresión cambió. Sus ojos se abrieron de par en par. Sorprendidos. Asombrados. Casi… maravillados.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué pasa?

—Tus ojos —susurró.

—¿Mis ojos?

—Están… brillando.

—¿Cómo?

No entendía. Pero él seguía mirándome como si viera algo imposible.

—Es rosa —dijo—. Un rosa fuerte. Fucsia. Tus ojos… están brillando de ese color.

Mi mano fue a mi rostro. Como si pudiera sentirlo.

—¿Mis ojos? ¿Rosa?

—Sí. Como… como si tuvieran luz propia.

Y entonces lo entendí.

No era yo.

Era ella.

Mi loba.

—Damián —susurré.

—¿Qué?

—Es ella. Mi loba. Está…

Él me sostuvo la mirada. Sus ojos, los suyos, también brillaban. Pero era diferente. Era emoción. Era asombro. Era algo que nunca había visto en él.

—Eres increíble —dijo.

—¿Yo?

—Tú. Ella. Las dos. Todo.

Sonreí. Y él volvió a besarme.

Pero esta vez fue diferente.

Esta vez, en la oscuridad, con mis ojos brillando rosa y su corazón latiendo contra el mío, supe que nada volvería a ser igual.

(POV Damián)

Damián no podía dejar de mirarla.

Los ojos de Lola seguían brillando. Ese rosa fucsia, intenso, casi irreal, iluminaba su rostro desde dentro. Era lo más hermoso que había visto nunca.

—¿Duele? —preguntó.

—No. Es… cálido.

—¿Cómo te sientes?

—Diferente. Como si… como si hubiera estado dormida y ahora estuviera despertando.

—Eso es exactamente lo que está pasando.

—Lo sé.

Sonrió. Esa sonrisa suya que a él le derretía el hielo.

—Damián.

—¿Qué?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por esperar. Por no presionar. Por estar aquí.

—No hay de qué.

—Sí lo hay. Cuatro meses. Podrías haberte rendido.

—Contigo no se puede.

—¿Por qué?

—Porque eres tú.

Ella apoyó la cabeza en su hombro. Él la sostuvo. Así, en el agua, en la noche, con el brillo rosa reflejándose en la superficie.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

—Ahora esperamos.

—¿A qué?

—A que despierte del todo. Y entonces…

—¿Entonces?

—Entonces veremos.

—¿Y si no le gusto?

—¿A quién?

—A tu lobo.

Damián sonrió.

—A mi lobo le encantas. Desde el primer día.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cada vez que te acercas, se vuelve loco.

Ella rió suavemente.

—Qué exagerado.

—Es verdad.

Se quedaron en silencio un rato. Solo el agua. Solo la noche. Solo ellos.

—Damián.

—¿Mmm?

—¿Crees que pasará pronto?

—No lo sé. Pero cuando pase, estaré aquí.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Ella levantó la cabeza. Lo miró. Sus ojos seguían brillando rosa.

—Te quiero —dijo.

El mundo se detuvo.

—¿Qué? —susurró.

—Que te quiero. No el vínculo. No mi loba. Yo. Lola. Te quiero.

Damián la miró. Largo. Intenso.

—Yo también —respondió—. Te quiero. Desde antes de saber quién eras. Desde la primera vez que te vi en esa cafetería. Desde siempre.

Ella sonrió. Y sus ojos brillaron más fuerte.

—Beso —pidió.

—Siempre.

Y la besó otra vez.

Bajo la luna. En el agua. Con el brillo rosa iluminando la noche.

Y por primera vez en su vida, Damián Blackwood sintió que todo estaba bien.

(POV Lola )

No sé cuánto tiempo estuvimos en el agua.

Solo sé que cuando finalmente salimos, la noche era aún más profunda y las estrellas brillaban con fuerza.

Damián me envolvió en una toalla. Me sostuvo la mano mientras caminábamos hacia la habitación. No hablamos. No hacía falta.

Cuando entramos, cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, me miró.

—¿Cansada?

—Un poco.

—¿Quieres dormir?

—No.

Sonrió.

—Yo tampoco.

Nos tumbamos en la cama. Frente a frente. Su mano en mi cintura. La mía en su pecho.

—Sigue brillando —dijo.

—¿Mis ojos?

—Sí. Pero más suave. Como un resplandor.

—Es ella. Está contenta.

—¿Tú también?

—Mucho.

—Yo también.

Lo miré. En la penumbra, sus ojos dorados parecían más cálidos.

—Damián.

—¿Qué?

—Mañana puede ser complicado. Kael. Valeria. Todo.

—Lo sé.

—Pero esta noche…

—Esta noche es nuestra.

Sonreí.

—Sí. Esta noche es nuestra.

Y me quedé dormida así.

Con su mano en mi cintura. Con su corazón latiendo contra el mío. Con el brillo rosa aún danzando en mis ojos.

Por primera vez en cuatro meses, todo tenía sentido.

(POV Lola )

La oscuridad era total.

Dormía profundamente, arropada por el calor de Damián a mi lado, cuando una voz rompió el silencio de mi mente.

Ragnar.

No era un sonido. No era algo que llegara de fuera. Era un susurro interno, como si alguien hubiera hablado directamente en mi cerebro.

Ragnar.

Abrí los ojos de golpe.

La habitación estaba en penumbra. Las cortinas filtradas por la luz lejana de la luna. Damián seguía dormido a mi lado, su brazo aún rodeando mi cintura, su respiración lenta y acompasada.

No había nadie más.

Pero la voz… la voz había sido real.

Me quedé muy quieta, escuchando. Esperando. Pero no volvió a repetirse.

Ragnar.

¿Qué significaba? ¿Quién lo había dicho? ¿Había sido un sueño?

El corazón me latía con fuerza. Apoyé la mano en el pecho, donde a veces sentía a mi loba. Allí seguía, ese calor tenue que ya me resultaba familiar. Pero no había movimiento. No había respuesta.

Solo fue un sueño, pensé. Un sueño raro.

Pero en el fondo, algo me decía que no.

(POV Lola )

Cuando desperté, el sol ya entraba con fuerza.

Damián estaba despierto, apoyado en un codo, mirándome. Sus ojos dorados me recorrían con una intensidad que ya no me asustaba.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—Dormiste bien?

Hice una pausa. Demasiado larga.

—¿Qué pasa? —preguntó, alerta al instante.

—Nada. Bueno… no lo sé.

—Lola.

—Anoche… creo que soñé algo raro.

—¿Qué clase de sueño?

—No fue un sueño exactamente. Fue una voz. Un susurro. Dentro de mi cabeza.

Damián se incorporó un poco más.

—¿Qué decía?

—Decía… Ragnar.

El cambio en su expresión fue inmediato. Sus ojos se abrieron ligeramente, y algo brilló en ellos. ¿Reconocimiento? ¿Asombro?

—Ragnar —repitió.

—Sí. ¿Significa algo para ti?

Se quedó en silencio un momento.

—Ragnar —dijo lentamente— es el nombre de mi lobo.

Ahora fui yo la que se incorporó.

—¿Tu lobo tiene nombre?

—Todos los lobos tienen nombre.

—¿Y cómo…?

—Exacto. ¿Cómo sabía tu loba el nombre de mi lobo?

El aire se congeló en mis pulmones.

—¿Mi loba? ¿Era ella?

—Tiene que serlo. Nadie más podría saberlo. Ni siquiera tú sabías que mi lobo tiene nombre.

—Pero… ¿ya puede hablar?

—Parece que sí. Aunque sea solo un susurro.

Damián sonrió. Una sonrisa pequeña, pero llena de algo que no había visto antes.

Orgullo.

—Te dije que eras especial —murmuró.

—No fui yo. Fue ella.

—Ella eres tú. Y tú eres ella. No hay diferencia.

Apoyó su frente contra la mía.

—Ragnar —susurré yo ahora.

El cuerpo de Damián tembló ligeramente. A través del vínculo, sentí algo enorme. Algo que no supe nombrar.

— Cuando dices su nombre, le gusta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo siento. Mi lobo… se estira. Como un perro cuando le acaricias.

Sonreí.

—¿Tu lobo es como un perro?

—No se lo digas nunca.

Reímos. Suave. En la intimidad de la mañana.

—Damián.

—¿Qué?

—¿Esto es normal? ¿Que los lobos hablen?

—No. Es raro. Muy raro. Pero todo en ti es raro.

—¿Eso es bueno?

—Es perfecto.

Y me besó.

Suave. Lento. Como si tuviéramos toda la vida por delante.

Porque quizá era cierto.

(POV Lola)

Bajamos al comedor con las manos entrelazadas.

No sé cuándo empezamos a hacerlo. Pero ahora era natural. Necesario.

Todos estaban allí.

Konstantin, con el periódico de siempre. Elena, con su sonrisa perpetua. Valeria, en su sitio, con una taza de café entre las manos. León, apoyado contra la pared. Elara, sentada, con una expresión de “dime qué pasó anoche”.

Y todos nos miraron.

No a nosotros. A nuestras manos.

—Buenos días —dijo León con una sonrisa de oreja a oreja—. Veo que la noche fue productiva.

—León —gruñó Damián.

—¿Qué? Es una observación.

Elara me lanzó una mirada cómplice.

—¿Algo que contar? —preguntó con falsa inocencia.

—No —respondí.

—Mentira.

—Bueno, un poco.

Konstantin levantó la vista del periódico.

—Me alegra verlos bien —dijo con una sonrisa genuina—. Después de todo lo que ha pasado, es bueno tener momentos de calma.

Elena asintió con su sonrisa.

—Sí, querido. Muy bonito.

Valeria no dijo nada. Pero me miró. Solo un instante. Y luego bajó la vista.

No sabía qué pensar de ella.

Pero al menos no nos atacaba.

El desayuno transcurrió tranquilo. León y Elara bromeaban. Konstantin hacía preguntas sobre mis estudios. Elena sonreía. Valeria callaba.

Y Damián, a mi lado, no soltó mi mano en ningún momento.

(POV Lola

Esa tarde, mientras descansaba en la habitación, volví a pensar en el susurro.

Ragnar.

—¿Sigues dándole vueltas? —preguntó Damián desde el sillón.

—Sí.

—Es normal. Es la primera vez que habla.

—¿Crees que volverá a hacerlo?

—Seguro. Cada vez más fuerte.

—¿Y qué crees que dirá?

—No lo sé. Pero sea lo que sea, lo descubriremos juntos.

Lo miré.

—Ragnar —dije de nuevo.

El cuerpo de Damián respondió. Un temblor *p*n*s perceptible. A través del vínculo, sentí algo cálido. Reconocimiento. Aceptación.

—Le gusta

—Entonces lo diré más.

Sonrió.

—Hazlo. A ver si así se porta bien.

—¿Tu lobo se porta mal?

—Todo el tiempo. Sobre todo cuando estás cerca.

—¿Por qué?

—Porque quiere reclamarte. Marcarte. Hacerte suya de todas las formas posibles.

El calor me subió a las mejillas.

—Damián…

—Es la verdad. No puedo controlarlo. Y la verdad… ya no quiero.

—¿Qué quieres?

Se levantó. Cruzó la habitación en dos zancadas. Se sentó en la cama, frente a mí.

—Quiero que esto sea real —dijo—. No el vínculo. No el destino. Tú. Yo. Nosotros.

—Ya lo es.

—¿Lo es?

—Sí.

Me miró. Largo. Intenso.

Sonrió.

Y yo también.

(POV Lola )

Esa noche, cuando me tumbé a su lado, apoyé la mano en el pecho.

¿Estás ahí?, pensé.

Un movimiento. Suave. Como un latido.

Ragnar, pensé.

Otra vez ese calor. Esa conexión. Como si algo dentro de mí sonriera.

—¿Lo sientes? —preguntó Damián.

—Sí.

—Ella está contenta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque mi lobo también lo está.

Sonreí en la oscuridad.

—Ragnar —susurré.

—Lumina —respondió él.

—¿Qué?

—Lumina. Ese es el nombre de tu loba.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo Ragnar.

—¿Y significa algo?

—Luz. Brillo. Por tus ojos.

El corazón me dio un vuelco.

—Lumina —repetí.

Y en algún lugar muy profundo, sentí una respuesta.

Un susurro leve, como un eco.

Aquí.

Sonreí.

—Bienvenida —susurré.

Y me dormí.

Soñando con lobos.

Y con nombres.

Y con un futuro que, por primera vez, parecía posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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