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El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capítulo 35,36: El Regreso a Casa

(POV Lola)

La mansión nunca me había parecido tan cálida.

Después de horas en esa cueva, después de la pelea, después de sentir el poder quemando mis venas, entrar al recibidor iluminado fue como volver a nacer.

Damián fue llevado directamente a su habitación. León y Konstantin lo sostenían entre los dos, susurrándole palabras que no alcancé a oír. Estaba herido, sí, pero vivo. Eso era lo único que importaba.

Yo también estaba agotada. Mis piernas *p*n*s respondían. Elara me rodeó con un brazo y me guió escaleras arriba.

—Tranquila —dijo—. Ya pasó todo. Estás a salvo.

—¿Cómo llegaste tan rápido a la cueva? —pregunté mientras subíamos—. Cuando vi a Damián en el suelo, no recuerdo haber visto a nadie más. Y de repente apareciste tú, sujetando a mi madre.

Elara sonrió.

—Fue idea de Damián, en realidad. Cuando él y los demás estaban en la entrada de la cueva, antes de que empezara la pelea, se dio cuenta de que no tenían mantas ni nada para abrigarlos cuando volvieran a la forma humana. Así que mandó a León de regreso a la mansión a buscarlas.

—¿Y tú?

—Yo insistí en ir con él. Por si tú estabas herida. Por si necesitabas ayuda médica o algo. León dudó al principio, pero luego asintió. Bajamos corriendo, él se transformó en su lobo rojizo en el jardín, yo me subí a su lomo y salimos disparados hacia el bosque.

—¿En su lomo?

—Sí. Fue… emocionante. Y aterrador. Sobre todo cuando empezamos a oír los rugidos de la pelea desde lejos. León corría más rápido que nunca, yo solo me aferraba a su pelo y rezaba para no caerme.

—Llegaron justo a tiempo.

—Llegamos cuando te convertiste en loba. Vimos todo. La forma en que enfrentaste a Kael… Lola, fue increíble.

No supe qué responder. La verdad era que no recordaba gran parte de esa pelea. Lumina había tomado el control, y yo solo había sido una espectadora en mi propio cuerpo.

—León fue muy valiente —continuó Elara—. *p*n*s me dejó en la entrada de la cueva con las mantas, se transformó de vuelta a lobo y se lanzó a la pelea. No dudó ni un segundo.

—Parece que alguien está impresionada.

—Cállate.

Sonreí. Era la primera vez que sonreía en días.

Llegamos a mi habitación. La puerta estaba abierta. Alguien había limpiado los destrozos de mi transformación. La cama estaba hecha. Todo en orden.

—¿Quién…?

—Las sirvientas.

Me senté en la cama. El peso de todo lo que había pasado comenzó a aplastarme.

—Mi madre —dije—. ¿Dónde está?

—Encerrada. En una de las habitaciones del sótano. Marcus la vigila.

—¿Y Kael?

—Huyó. Pero no creo que vaya a quedarse quieto por mucho tiempo.

Lo sabía. Kael no se rendiría tan fácilmente. Pero por ahora, estaba demasiado agotada para pensar en eso.

—Elara.

—¿Mmm?

—Gracias. Por estar ahí. Por venir.

Ella se sentó a mi lado y me abrazó.

—Siempre, Lola. Siempre.

(POV Lola – Noche en la habitación de Damián)

No recuerdo cómo terminé en la habitación de Damián.

Solo sé que cuando el doctor terminó de revisarlo, cuando vendaron sus heridas y confirmaron que no había nada roto, yo ya estaba sentada en una silla junto a su cama.

—Señorita Lola —dijo el doctor, un hombre mayor de aspecto amable—, debería descansar. Usted también ha pasado por mucho.

—Después —respondí sin apartar la mirada de Damián.

El doctor suspiró pero no insistió. Recogió sus cosas y salió.

La habitación quedó en silencio.

Damián dormía. Su pecho subía y bajaba con regularidad. Tenía vendajes en los brazos, en el torso, en una pierna. Pero su rostro, aunque magullado, estaba en paz.

Me levanté de la silla. Caminé hacia la cama. Me senté en el borde, con cuidado de no moverlo demasiado.

—Eres un tonto —susurré—. Podrías haber muerto.

No respondió. Seguía dormido.

Pasé la mano por su cabello, con suavidad. Era la primera vez que lo hacía estando inconsciente. La primera vez que me permitía mirarlo así, sin prisas, sin miedo.

—Pero gracias —añadí—. Por venir por mí. Por no rendirte.

Una hora pasó. Luego otra.

El cansancio comenzó a vencerme. Mis párpados pesaban. Mi cuerpo entero dolía.

Sin pensarlo demasiado, me recosté a su lado. En el espacio que siempre había sido mío en esta cama. Apoyé la cabeza en su hombro sano y cerré los ojos.

—Te quiero —susurré contra su piel

Su brazo, el que no estaba vendado, se movió lentamente. Rodeó mi cintura. Me atrajo más contra él.

Abrí los ojos. Él seguía con los ojos cerrados. Dormido.

Pero su cuerpo me buscaba incluso en sueños.

Sonreí.

Y me dormí así. En sus brazos. En su cama. En su vida.

(Narrador – Pasillo)

León caminaba hacia su habitación cuando encontró a Elara apoyada contra la pared, mirando por una ventana.

—¿No duermes? —preguntó.

—No puedo. Demasiadas cosas en la cabeza.

Se acercó y se apoyó a su lado.

—Yo tampoco.

—Gracias, por cierto.

—¿Por qué?

—Por llevarme. Por no dejarme atrás. Por convertirte en lobo justo antes de salir para que pudiéramos ir más rápido. Por sujetarme cuando casi me caigo. Por todo.

León sonrió.

—No iba a dejarte. Aunque me lo hubieras pedido.

Ella lo miró. Y por un momento, el mundo desapareció.

—León…

—¿Sí?

Ella dudó. Luego, con un movimiento rápido, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.

Él se quedó paralizado.

—Gracias —repitió ella, y se alejó hacia su habitación.

León se quedó ahí, tocándose la mejilla donde el beso había ardido.

—No hay de qué —murmuró, ya solo.

Y sonrió como un tonto toda la noche.

Capítulo 36: Dos Meses Después

(POV Lola)

Desperté con el sol entrando por las cortinas y el brazo de Damián rodeando mi cintura.

Como tantas otras mañanas.

Pero esta mañana era diferente.

Hoy me graduaba.

—¿Ya estás despierta? —murmuró Damián sin abrir los ojos.

—Sí.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

Apretó el brazo, atrayéndome más contra él.

—No tienes por qué. Vas a estar increíble.

—¿Cómo sabes?

—Porque siempre lo estás.

Sonreí contra su pecho.

Dos meses.

Dos meses desde la cueva. Desde la pelea con Kael. Desde que supe la verdad sobre mi madre.

Dos meses desde que todo cambió.

Mi madre fue juzgada por la manada. No hubo un gran juicio, no hubo dramatismo. Los alfaz de más edad decidieron su destino: sería enviada a una fortaleza en el norte, donde pasaría el resto de sus días trabajando. Nada pesado, nada cruel. Solo una vida sencilla y alejada de todo.

No fui a despedirme. No tuve nada que decirle.

Kael, por su parte, seguía desaparecido. Todos sabíamos que no había muerto, que estaba esperando su momento. Pero por ahora, el silencio era un respiro.

Y en ese respiro, había vuelto a mi vida.

A mis estudios. A mis noches con Damián. A mis días con Elara y León, que ahora eran inseparables.

A la normalidad.

—Vamos —dijo Damián, besando mi frente—. Hoy es tu día.

(POV Lola – Ceremonia de graduación)

El auditorio de la universidad estaba lleno.

Familiares, amigos, profesores. Todos vestidos de gala, todos con flores y globos y sonrisas.

Yo estaba entre los graduados, con mi toga y mi birrete, buscando con la mirada a los míos.

Y ahí estaban.

Damián, en primera fila, con una expresión de orgullo que casi me hizo llorar. A su lado, Elara, saltando como una niña chiquita y saludando con la mano como si no me viera a dos metros. Y León, con una sonrisa de oreja a oreja y un cartel enorme que decía: “¡LO LA, ERES UNA GENIA!” con faltas de ortografía incluidas.

Reí.

Detrás de ellos, algunos miembros de la manada. Marcus, con su seriedad habitual, pero asintiendo con aprobación. Otros rostros conocidos que habían querido acompañarme.

Pero noté las ausencias.

Konstantin, el padre de Damián, no estaba. Tampoco Elena. Tampoco Valeria.

Se habían ido hacía semanas, de regreso a su casa. La visita había terminado, y con ella, esa tensión constante que Valeria generaba. No sabía qué pensar de ella después de todo. Tal vez algún día, en otro momento, podría haber algo entre nosotras. Pero no ahora. Quizás nunca.

—Señorita Lola Martínez —llamaron desde el escenario.

Mi nombre.

Mi momento.

Subí las escaleras con paso firme. El decano me entregó mi título, apretó mi mano y sonrió.

—Felicidades.

—Gracias.

Busqué a Damián entre el público. Él ya estaba de pie, aplaudiendo. Todos a su alrededor también.

Pero yo solo lo veía a él.

Bajé del escenario con el título apretado contra el pecho. Cuando llegué donde ellos estaban, Elara me abrazó tan fuerte que casi me desequilibra.

—¡Lo lograste! ¡Eres toda una licenciada!

—Técnicamente, todavía no empiezo a ejercer.

—¡Da igual! ¡Es tu día!

León le dio un codazo.

—Déjala respirar.

—Tú cállate, que tu cartel tiene tres faltas.

—Son detalles artísticos.

Reí. Damián se acercó y me rodeó con un brazo. No dijo nada. Solo me miró. Largo. Intenso. Con esos ojos que ya no eran de hielo.

—Estoy orgulloso de ti —dijo al fin.

—Gracias.

—¿Ya podemos ir a celebrar? —preguntó León.

—Sí —respondí—. Vamos a casa.

(POV Lola – Mansión, noche)

La cena fue sencilla pero perfecta.

Comida rica, vino, risas. León contando chistes malos. Elara tirándole servilletas. Damián, en su línea, observándolo todo con una sonrisa pequeña pero real.

Cuando todos se fueron retirando, cuando la mansión volvió a quedar en silencio, subimos a nuestra habitación.

—¿Cansada? —preguntó Damián.

—Feliz.

Se tumbó en la cama y me tendió un brazo. Me acurruqué contra él.

—¿Te gustó la ceremonia?

—Me encantó verte ahí arriba. Tan segura. Tan tú.

—Gracias a ti.

—¿A mí?

—Por todo. Por apoyarme. Por creer en mí. Por no dejarme rendir cuando las cosas se pusieron difíciles.

—Nunca lo haría.

Lo miré. En la penumbra, sus ojos dorados brillaban.

—Damián.

—¿Mmm?

—Te quiero.

Sonrió. Esa sonrisa que solo yo veía.

—Yo también te quiero, Lola. Más de lo que crees.

—¿Más que a tu manada?

—No te compares con mi manada.

—¿Más que a tu libertad?

—Mi libertad estás tú.

—Eso fue cursi.

—Lo sé.

—Pero me gustó.

—Menos mal.

Reímos. Suave. En la intimidad de la noche.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora descansas. Mañana empiezas a buscar trabajo si quieres. O te tomas unas vacaciones. O lo que sea que quieras hacer.

—¿Tú?

—Yo voy a estar aquí. Siempre.

Cerré los ojos.

Y me dormí así, en sus brazos, con su corazón latiendo contra el mío.

Sabía que Kael seguía ahí fuera. Sabía que el peligro no había terminado. Sabía que mi poder, ese poder que aún no entendía, seguiría creciendo.

Pero por ahora, por esta noche, solo quería esto.

Paz.

Amor.

Él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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