El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 33
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Capítulo 33: Capítulos 33,34: El Despertar del Poder
(POV Lola)
—¿Mamá? —susurré incrédula.
La mujer sonrió. Una sonrisa fría, calculadora, que no tenía nada que ver con los recuerdos borrosos de mi infancia.
(Narrador – Entrada de la cueva)
Damián se detuvo a pocos metros de la entrada.
Detrás de él, León, Konstantin y Marcus lo miraban con preocupación.
—Vamos juntos —dijo León.
—No. —Damián negó con la cabeza—. Ustedes sigan buscando. Puede haber otras entradas. Otros lugares donde la tengan escondida. Yo entro solo.
—Estás loco —protestó Marcus—. No sabes cuántos hay dentro.
—Por eso mismo. Si entramos todos y es una trampa, nos atrapan a todos. Si voy yo solo, ustedes pueden rodearlos, buscar otra forma.
Konstantin puso una mano en el hombro de su hijo.
—Ten cuidado.
—Siempre.
Damián se volvió hacia la cueva. La oscuridad lo tragaba poco a poco.
Y entonces, de las sombras, comenzaron a salir lobos.
Uno. Dos. Cinco. Diez.
Salían de la boca de la cueva como sombras vivientes, con los ojos brillando en la penumbra. Todos en forma de lobo. Todos listos para pelear.
—Parece que no vas a entrar solo —dijo León, preparándose.
—Ustedes sigan con el plan —ordenó Damián—. Yo me encargo de estos.
—Pero…
—¡Es una orden!
León dudó, pero asintió. Con un gesto, él, Konstantin y Marcus se dispersaron entre los árboles, buscando otro acceso.
Damián se quedó solo frente a la jauría.
El lobo más grande, un negro de ojos amarillos, dio un paso adelante. Gruñó.
Damián no esperó.
Se lanzó contra ellos.
La pelea fue brutal.
Damián en su forma de lobo gris era enorme, pero eran muchos. Mordiscos, zarpazos, sangre. La suya y la de ellos.
Derribó a dos de un solo golpe. A otros los apartó con la fuerza de su cuerpo. Pero seguían viniendo.
Y entonces, entre la maraña de cuerpos y colmillos, apareció Kael.
No en forma de lobo. En forma humana. Con una sonrisa en los labios y los brazos cruzados, observando la pelea como quien mira un espectác*l*.
—Damián Blackwood —dijo, alzando la voz por encima del ruido—. Tanto tiempo.
Damián quiso llegar a él, pero los lobos lo rodeaban. No lo dejaban avanzar.
—¿Viniste por tu omega? —continuó Kael—. Está aquí. Tan cerca y tan lejos. Lástima que no vas a poder verla.
Damián gruñó, lanzó a un lobo contra la pared de la cueva.
—Dile adiós, Damián. Dentro de poco, su poder será mío. Y tú… tú vas a verlo todo desde el suelo.
Kael hizo una seña. Dos lobos más grandes se lanzaron sobre Damián.
La pelea continuó.
(POV Lola – Dentro de la cueva)
Los ruidos de la pelea llegaban hasta el fondo de la cueva.
Golpes. Gruñidos. Aullidos de dolor.
Mi madre se había levantado, nerviosa, mirando hacia la entrada.
—No debería estar pasando esto —murmuró—. Tenían que tardar más.
Yo *p*n*s podía moverme, pero algo estaba cambiando dentro de mí.
Lumina, pensé. Lumina, ¿estás ahí?
Silencio.
Por favor. Necesito tu ayuda. Damián está ahí fuera. Peleando. Puede morir.
Un movimiento. Lejano. Como un suspiro.
No quiero… —su voz llegó débil, *p*n*s un pensamiento—. Hui de él. Lo vi y huí. Él dijo mi nombre y yo huí.
—No fue tu culpa —susurré sin darme cuenta—. Estabas asustada. Acababas de despertar.
Ragnar… —dijo ella, y había dolor en su voz—. Huele bien. Quería quedarme. Pero tuve miedo.
—Ahora podemos arreglarlo. Juntas. Pero necesito que me ayudes.
¿Ayudarte cómo?
—A salir de aquí. A protegerlo.
Silencio.
Y entonces, un calor comenzó a extenderse por mi pecho.
No era dolor. No era ardor. Era energía. Pura. Antigua.
Mis ojos comenzaron a brillar.
Mi madre se giró hacia mí y dio un paso atrás.
—No —dijo—. No puede ser.
No entendía qué pasaba, hasta que vi su expresión. Miedo. Por primera vez, miedo genuino.
—Tus ojos —susurró—. Son iguales a los de tu padre. Ese rosa… ese brillo…
El poder comenzó a latir dentro de mí. No sabía cómo usarlo, pero estaba ahí. Esperando.
Y entonces, un ruido en la entrada.
Kael apareció arrastrando algo. A alguien.
Un cuerpo.
Humano.
Desnudo, ensangrentado, casi inconsciente.
Damián.
Lo lanzó al suelo frente a la jaula.
—Mira lo que encontré —dijo Kael, jadeando pero sonriendo—. Tu perrito fiel. Peleó bien, pero no fue suficiente.
Algo explotó dentro de mí.
No fue una decisión. No fue un pensamiento. Fue instinto puro.
El poder brotó de mi cuerpo como una ola invisible.
Los barrotes de la jaula se doblaron. Kael salió volando hacia atrás, estrellándose contra la pared. Mi madre cayó de rodillas, cubriéndose la cara y con miedo.
Y yo me levanté.
No sabía cómo, pero estaba de pie. El vestido blanco rasgado. Mis ojos brillando rosa. El poder fluyendo por mis venas como un río desbordado.
—Lola… —susurró Damián desde el suelo.
Lo miré.
Y supe que todo había cambiado.
Capítulo 34: La Batalla Final
(POV Lola)
El poder quemaba dentro de mí.
No sabía cómo controlarlo. No sabía ni siquiera qué era exactamente. Pero cuando vi a Damián en el suelo, ensangrentado, casi inconsciente, algo dentro de mí se rompió.
Y de esa ruptura, nació esto.
Kael se levantó de la pared donde había impactado. Su expresión había cambiado. Ya no sonreía.
—Así que el poder se manifiesta —dijo, limpiándose la sangre del labio—. Perfecto. Así será más fácil quitártelo.
—No te voy a dejar.
—No tienes opción.
Se transformó.
Su cuerpo se retorció, se agrandó, se cubrió de pelo oscuro. En segundos, un lobo enorme, de un marrón casi negro, estaba frente a mí. Sus ojos amarillos brillaban con hambre de poder.
Yo no sabía transformarme a voluntad. Nunca lo había hecho sola.
Pero Lumina sí.
¿Me ayudas? —pensé.
Siempre —respondió.
Y el mundo se desvaneció.
(Narrador)
El cuerpo de Lola comenzó a cambiar.
No fue como las otras veces. No fue doloroso. No fue forzado. Fue natural, como si siempre hubiera debido ser así.
Huesos que se reacomodaban. Piel que se cubría de pelo negro. Mandíbula que se alargaba. Y cuando abrió los ojos, ya no eran humanos.
Eran dos faros rosas en la oscuridad de la cueva.
La loba negra, con su mechón rosa en el lomo, rugió.
Y el rugido hizo temblar las paredes.
Kael dudó un instante. Solo un instante. Pero fue suficiente para que Lumina se lanzara contra él.
Los dos lobos chocaron en medio de la cueva. Colmillos contra colmillos. Garras contra garras. Fuerza bruta contra fuerza bruta.
Los demás lobos de Kael intentaron intervenir, pero Lumina los apartaba con zarpazos que los lanzaban contra las paredes. Su fuerza era sobrenatural. El poder de su padre fluía por cada fibra de su ser.
Kael resistía. Era grande, fuerte, experimentado. Pero Lumina tenía algo que él no tenía.
Un propósito.
Proteger a Damián.
(POV Madre de Lola)
La mujer observaba la escena sin poder moverse.
Su hija. Esa loba negra y rosa que peleaba con una ferocidad que jamás había visto. Esa era su hija.
Y ella la había encerrado.
La había privado de esto durante años. Le había robado su naturaleza, su poder, su vida.
Pero no sentía arrepentimiento.
Sentía miedo.
Porque si Lola ganaba, si derrotaba a Kael, ¿qué pasaría con ella? ¿Qué le haría la hija a la madre que la traicionó?
Vio a Damián en el suelo. Herido, pero con los ojos abiertos, mirando la pelea con una mezcla de asombro y orgullo.
Él la amaba. Eso era evidente.
Y ella… ella lo amaba a él.
La mujer apretó los puños.
No podía permitir que Lola ganara.
Buscó algo, cualquier cosa, un arma. Sus ojos se posaron en un cuchillo olvidado en una repisa de la cueva. Corrió hacia él.
Pero cuando se volvió para usarlo, alguien la sujetó del brazo.
—Ni lo pienses.
Era Elara.
Detrás de ella, León, Konstantin, Marcus y decenas de lobos de la manada Blackwood entraban en la cueva.
—La batalla terminó para ti —dijo Elara, arrancándole el cuchillo.
La mujer forcejeó, pero era inútil. Estaba rodeada.
Y frente a ella, su hija peleaba por su vida.
(Narrador – La pelea)
Lumina tenía a Kael contra el suelo.
Sus fauces estaban a centímetros de su cuello. Un movimiento y acabaría con él.
—Hazlo —gruñó Kael en su forma de lobo, con voz distorsionada—. Mátame. Y demuestra que eres tan salvaje como todos dicen.
Lumina dudó.
Y en esa duda, Kael aprovechó. Se retorció, clavó sus garras en el costado de ella y la lanzó contra la pared.
Lumina cayó con un golpe seco.
Kael se levantó, jadeando.
—Eres fuerte —admitió—. Pero no tienes experiencia. No sabes pelear. Solo sabes reaccionar.
Se lanzó sobre ella.
Pero antes de que llegara, un lobo gris se interpuso.
Damián.
Herido, sangrando, *p*n*s capaz de mantenerse en pie. Pero ahí estaba. Enfrentando a Kael por ella.
—No la toques —gruñó.
Kael rió.
—Mira al perrito herido. ¿En serio crees que puedes detenerme?
—No necesito detenerte. Solo necesito distraerte.
Kael no entendió.
Hasta que sintió el peso de toda la manada Blackwood lanzándose sobre sus lobos.
León, Konstantin, Marcus, y decenas más. La cueva se llenó de cuerpos, de gruñidos, de lucha.
Kael miró a su alrededor. Sus lobos caían uno tras otro.
Y frente a él, Damián y Lola, juntos.
Lumina se levantó. Se colocó al lado del lobo gris.
Dos lobos. Unidos por el vínculo. Unidos por el amor.
Kael supo que había perdido.
Pero no iba a rendirse.
—Esto no termina aquí —dijo—. Volveré. Y cuando lo haga, tu poder será mío.
Se giró y corrió hacia una grieta en la pared de la cueva, una salida secreta.
Damián quiso perseguirlo, pero Lumina lo detuvo.
Déjalo —dijo su voz mental—. No vale la pena. Ahora tenemos que ocuparnos de los nuestros.
Damián la miró. Y asintió.
La batalla había terminado.
(POV Lola)
Volví a mi forma humana sin saber cómo.
Un momento era loba, al siguiente estaba de rodillas en el suelo, temblando, desnuda. Alguien puso una manta sobre mis hombros.
—Lola —la voz de Elara llegó a mí—. Lola, ¿estás bien?
No podía responder. Solo miraba a Damián, que también había recuperado su forma humana y yacía en el suelo, herido pero vivo.
Me arrastré hacia él. Tomé su rostro entre mis manos.
—Damián —susurré—. Damián, por favor, mírame.
Abrió los ojos. Sus dorados ojos, que tanto amaba.
—Lola —dijo, y su voz era un susurro—. Lo lograste.
—Nosotros lo logramos.
Sonrió. Una sonrisa débil, pero real.
Y entonces, detrás de nosotros, escuché unos sollozos.
Mi madre.
Estaba de rodillas, sujeta por dos lobos de la manada, llorando.
No de arrepentimiento. De rabia.
—Deberías haber muerto —dijo, mirándome—. Tú y tu poder. Todo esto debería haber sido mío.
La miré. A esa mujer que me había dado la vida y me la había arrebatado.
—Ya no tienes poder sobre mí —dije—. Nunca lo tendrás.
Me volví hacia Damián.
Y en ese momento, supe que todo había valido la pena.
(POV Lola)
La mansión nunca me había parecido tan cálida.
Después de horas en esa cueva, después de la pelea, después de sentir el poder quemando mis venas, entrar al recibidor iluminado fue como volver a nacer.
Damián fue llevado directamente a su habitación. León y Konstantin lo sostenían entre los dos, susurrándole palabras que no alcancé a oír. Estaba herido, sí, pero vivo. Eso era lo único que importaba.
Yo también estaba agotada. Mis piernas *p*n*s respondían. Elara me rodeó con un brazo y me guió escaleras arriba.
—Tranquila —dijo—. Ya pasó todo. Estás a salvo.
—¿Cómo llegaste tan rápido a la cueva? —pregunté mientras subíamos—. Cuando vi a Damián en el suelo, no recuerdo haber visto a nadie más. Y de repente apareciste tú, sujetando a mi madre.
Elara sonrió.
—Fue idea de Damián, en realidad. Cuando él y los demás estaban en la entrada de la cueva, antes de que empezara la pelea, se dio cuenta de que no tenían mantas ni nada para abrigarlos cuando volvieran a la forma humana. Así que mandó a León de regreso a la mansión a buscarlas.
—¿Y tú?
—Yo insistí en ir con él. Por si tú estabas herida. Por si necesitabas ayuda médica o algo. León dudó al principio, pero luego asintió. Bajamos corriendo, él se transformó en su lobo rojizo en el jardín, yo me subí a su lomo y salimos disparados hacia el bosque.
—¿En su lomo?
—Sí. Fue… emocionante. Y aterrador. Sobre todo cuando empezamos a oír los rugidos de la pelea desde lejos. León corría más rápido que nunca, yo solo me aferraba a su pelo y rezaba para no caerme.
—Llegaron justo a tiempo.
—Llegamos cuando te convertiste en loba. Vimos todo. La forma en que enfrentaste a Kael… Lola, fue increíble.
No supe qué responder. La verdad era que no recordaba gran parte de esa pelea. Lumina había tomado el control, y yo solo había sido una espectadora en mi propio cuerpo.
—León fue muy valiente —continuó Elara—. *p*n*s me dejó en la entrada de la cueva con las mantas, se transformó de vuelta a lobo y se lanzó a la pelea. No dudó ni un segundo.
—Parece que alguien está impresionada.
—Cállate.
Sonreí. Era la primera vez que sonreía en días.
Llegamos a mi habitación. La puerta estaba abierta. Alguien había limpiado los destrozos de mi transformación. La cama estaba hecha. Todo en orden.
—¿Quién…?
—Las sirvientas.
Me senté en la cama. El peso de todo lo que había pasado comenzó a aplastarme.
—Mi madre —dije—. ¿Dónde está?
—Encerrada. En una de las habitaciones del sótano. Marcus la vigila.
—¿Y Kael?
—Huyó. Pero no creo que vaya a quedarse quieto por mucho tiempo.
Lo sabía. Kael no se rendiría tan fácilmente. Pero por ahora, estaba demasiado agotada para pensar en eso.
—Elara.
—¿Mmm?
—Gracias. Por estar ahí. Por venir.
Ella se sentó a mi lado y me abrazó.
—Siempre, Lola. Siempre.
(POV Lola – Noche en la habitación de Damián)
No recuerdo cómo terminé en la habitación de Damián.
Solo sé que cuando el doctor terminó de revisarlo, cuando vendaron sus heridas y confirmaron que no había nada roto, yo ya estaba sentada en una silla junto a su cama.
—Señorita Lola —dijo el doctor, un hombre mayor de aspecto amable—, debería descansar. Usted también ha pasado por mucho.
—Después —respondí sin apartar la mirada de Damián.
El doctor suspiró pero no insistió. Recogió sus cosas y salió.
La habitación quedó en silencio.
Damián dormía. Su pecho subía y bajaba con regularidad. Tenía vendajes en los brazos, en el torso, en una pierna. Pero su rostro, aunque magullado, estaba en paz.
Me levanté de la silla. Caminé hacia la cama. Me senté en el borde, con cuidado de no moverlo demasiado.
—Eres un tonto —susurré—. Podrías haber muerto.
No respondió. Seguía dormido.
Pasé la mano por su cabello, con suavidad. Era la primera vez que lo hacía estando inconsciente. La primera vez que me permitía mirarlo así, sin prisas, sin miedo.
—Pero gracias —añadí—. Por venir por mí. Por no rendirte.
Una hora pasó. Luego otra.
El cansancio comenzó a vencerme. Mis párpados pesaban. Mi cuerpo entero dolía.
Sin pensarlo demasiado, me recosté a su lado. En el espacio que siempre había sido mío en esta cama. Apoyé la cabeza en su hombro sano y cerré los ojos.
—Te quiero —susurré contra su piel
Su brazo, el que no estaba vendado, se movió lentamente. Rodeó mi cintura. Me atrajo más contra él.
Abrí los ojos. Él seguía con los ojos cerrados. Dormido.
Pero su cuerpo me buscaba incluso en sueños.
Sonreí.
Y me dormí así. En sus brazos. En su cama. En su vida.
(Narrador – Pasillo)
León caminaba hacia su habitación cuando encontró a Elara apoyada contra la pared, mirando por una ventana.
—¿No duermes? —preguntó.
—No puedo. Demasiadas cosas en la cabeza.
Se acercó y se apoyó a su lado.
—Yo tampoco.
—Gracias, por cierto.
—¿Por qué?
—Por llevarme. Por no dejarme atrás. Por convertirte en lobo justo antes de salir para que pudiéramos ir más rápido. Por sujetarme cuando casi me caigo. Por todo.
León sonrió.
—No iba a dejarte. Aunque me lo hubieras pedido.
Ella lo miró. Y por un momento, el mundo desapareció.
—León…
—¿Sí?
Ella dudó. Luego, con un movimiento rápido, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.
Él se quedó paralizado.
—Gracias —repitió ella, y se alejó hacia su habitación.
León se quedó ahí, tocándose la mejilla donde el beso había ardido.
—No hay de qué —murmuró, ya solo.
Y sonrió como un tonto toda la noche.
Capítulo 36: Dos Meses Después
(POV Lola)
Desperté con el sol entrando por las cortinas y el brazo de Damián rodeando mi cintura.
Como tantas otras mañanas.
Pero esta mañana era diferente.
Hoy me graduaba.
—¿Ya estás despierta? —murmuró Damián sin abrir los ojos.
—Sí.
—¿Nerviosa?
—Un poco.
Apretó el brazo, atrayéndome más contra él.
—No tienes por qué. Vas a estar increíble.
—¿Cómo sabes?
—Porque siempre lo estás.
Sonreí contra su pecho.
Dos meses.
Dos meses desde la cueva. Desde la pelea con Kael. Desde que supe la verdad sobre mi madre.
Dos meses desde que todo cambió.
Mi madre fue juzgada por la manada. No hubo un gran juicio, no hubo dramatismo. Los alfaz de más edad decidieron su destino: sería enviada a una fortaleza en el norte, donde pasaría el resto de sus días trabajando. Nada pesado, nada cruel. Solo una vida sencilla y alejada de todo.
No fui a despedirme. No tuve nada que decirle.
Kael, por su parte, seguía desaparecido. Todos sabíamos que no había muerto, que estaba esperando su momento. Pero por ahora, el silencio era un respiro.
Y en ese respiro, había vuelto a mi vida.
A mis estudios. A mis noches con Damián. A mis días con Elara y León, que ahora eran inseparables.
A la normalidad.
—Vamos —dijo Damián, besando mi frente—. Hoy es tu día.
(POV Lola – Ceremonia de graduación)
El auditorio de la universidad estaba lleno.
Familiares, amigos, profesores. Todos vestidos de gala, todos con flores y globos y sonrisas.
Yo estaba entre los graduados, con mi toga y mi birrete, buscando con la mirada a los míos.
Y ahí estaban.
Damián, en primera fila, con una expresión de orgullo que casi me hizo llorar. A su lado, Elara, saltando como una niña chiquita y saludando con la mano como si no me viera a dos metros. Y León, con una sonrisa de oreja a oreja y un cartel enorme que decía: “¡LO LA, ERES UNA GENIA!” con faltas de ortografía incluidas.
Reí.
Detrás de ellos, algunos miembros de la manada. Marcus, con su seriedad habitual, pero asintiendo con aprobación. Otros rostros conocidos que habían querido acompañarme.
Pero noté las ausencias.
Konstantin, el padre de Damián, no estaba. Tampoco Elena. Tampoco Valeria.
Se habían ido hacía semanas, de regreso a su casa. La visita había terminado, y con ella, esa tensión constante que Valeria generaba. No sabía qué pensar de ella después de todo. Tal vez algún día, en otro momento, podría haber algo entre nosotras. Pero no ahora. Quizás nunca.
—Señorita Lola Martínez —llamaron desde el escenario.
Mi nombre.
Mi momento.
Subí las escaleras con paso firme. El decano me entregó mi título, apretó mi mano y sonrió.
—Felicidades.
—Gracias.
Busqué a Damián entre el público. Él ya estaba de pie, aplaudiendo. Todos a su alrededor también.
Pero yo solo lo veía a él.
Bajé del escenario con el título apretado contra el pecho. Cuando llegué donde ellos estaban, Elara me abrazó tan fuerte que casi me desequilibra.
—¡Lo lograste! ¡Eres toda una licenciada!
—Técnicamente, todavía no empiezo a ejercer.
—¡Da igual! ¡Es tu día!
León le dio un codazo.
—Déjala respirar.
—Tú cállate, que tu cartel tiene tres faltas.
—Son detalles artísticos.
Reí. Damián se acercó y me rodeó con un brazo. No dijo nada. Solo me miró. Largo. Intenso. Con esos ojos que ya no eran de hielo.
—Estoy orgulloso de ti —dijo al fin.
—Gracias.
—¿Ya podemos ir a celebrar? —preguntó León.
—Sí —respondí—. Vamos a casa.
(POV Lola – Mansión, noche)
La cena fue sencilla pero perfecta.
Comida rica, vino, risas. León contando chistes malos. Elara tirándole servilletas. Damián, en su línea, observándolo todo con una sonrisa pequeña pero real.
Cuando todos se fueron retirando, cuando la mansión volvió a quedar en silencio, subimos a nuestra habitación.
—¿Cansada? —preguntó Damián.
—Feliz.
Se tumbó en la cama y me tendió un brazo. Me acurruqué contra él.
—¿Te gustó la ceremonia?
—Me encantó verte ahí arriba. Tan segura. Tan tú.
—Gracias a ti.
—¿A mí?
—Por todo. Por apoyarme. Por creer en mí. Por no dejarme rendir cuando las cosas se pusieron difíciles.
—Nunca lo haría.
Lo miré. En la penumbra, sus ojos dorados brillaban.
—Damián.
—¿Mmm?
—Te quiero.
Sonrió. Esa sonrisa que solo yo veía.
—Yo también te quiero, Lola. Más de lo que crees.
—¿Más que a tu manada?
—No te compares con mi manada.
—¿Más que a tu libertad?
—Mi libertad estás tú.
—Eso fue cursi.
—Lo sé.
—Pero me gustó.
—Menos mal.
Reímos. Suave. En la intimidad de la noche.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora descansas. Mañana empiezas a buscar trabajo si quieres. O te tomas unas vacaciones. O lo que sea que quieras hacer.
—¿Tú?
—Yo voy a estar aquí. Siempre.
Cerré los ojos.
Y me dormí así, en sus brazos, con su corazón latiendo contra el mío.
Sabía que Kael seguía ahí fuera. Sabía que el peligro no había terminado. Sabía que mi poder, ese poder que aún no entendía, seguiría creciendo.
Pero por ahora, por esta noche, solo quería esto.
Paz.
Amor.
Él.
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