El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo 37: El Poder Incontrolable
(POV Lola)
Una semana después de la graduación, decidí que era hora de buscar trabajo.
Había estudiado enfermería con esfuerzo, había terminado con buenas notas, y no podía quedarme en la mansión para siempre viendo cómo Damián se iba a sus reuniones mientras yo miraba las paredes.
—¿Estás segura? —preguntó Damián mientras desayunábamos.
—Claro. Necesito hacer algo con mi vida.
—Puedes hacer lo que quieras. No necesitas trabajar si no…
—Damián. —Lo miré fijamente—. Voy a trabajar.
—Está bien, está bien. —Levantó las manos en señal de rendición—. Pero si algún paciente te trata mal, dímelo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Ir a la clínica y gruñirles?
—Exactamente.
Reí. Era tan absurdo que era adorable.
Esa misma tarde envié mi currículum a tres clínicas cercanas. Y mientras esperaba respuestas, empecé a notar algo extraño.
Mi poder.
No se había ido.
Estaba ahí, latente, esperando. Y a veces… a veces se escapaba sin que yo pudiera controlarlo.
La primera vez fue con una taza.
Estaba en la cocina, preparándome un té, cuando tomé la taza del armario. Era de cerámica blanca, de esas que le gustaban a Damián. La sostuve con normalidad, pero al llevarla hacia la mesada, sentí un cosquilleo en los dedos.
Y la taza se rompió.
No se cayó. No la golpeé. Simplemente… estalló entre mis manos.
Los pedazos cayeron al suelo con un tintineo.
—¿Lola? —la voz de una sirvienta llegó desde la puerta—. ¿Estás bien?
—Sí, sí —dije rápidamente, agachándome a recoger los pedazos—. Se resbaló.
Pero no se había resbalado.
Había sido yo.
La segunda vez fue con León.
Entró en la biblioteca donde yo leía, con esa sonrisa suya de siempre, y abrió los brazos para saludarme.
—¡Lola! ¿Cómo está la graduada?
—Bien —respondí, levantándome—. ¿Y tú?
—Excelente. Ven, dame un abrazo de felicitaciones atrasadas.
Me acerqué y lo abracé. Un abrazo normal, de amistad, de esos que habíamos compartido cientos de veces.
Pero cuando mis brazos se cerraron alrededor de él, sentí ese cosquilleo otra vez.
León hizo un ruido extraño.
—Lola… —dijo, con la voz entrecortada—. Aire… necesito aire…
Abrí los ojos y me di cuenta de que lo estaba apretando. Mucho. Demasiado.
—¡Lo siento! —exclamé, soltándolo de inmediato.
León se dobló, jadeando, con las manos en las rodillas.
—¿Qué… qué fue eso? —preguntó entre respiraciones—. Pensé que me rompías las costillas.
—No lo sé. Fue sin querer.
—¿Sin querer? ¿Desde cuándo abrazas con fuerza sobrehumana?
—Desde que tengo un poder que no controlo —murmuré, avergonzada.
León se enderezó, todavía frotándose el pecho.
—Bueno, pues avísame antes del próximo abrazo. O mejor, no me abraces.
—No volverá a pasar.
—Eso espero. Tengo planes con Elara esta noche y no puedo llegar con costillas rotas.
Sonreí a pesar de todo.
—¿Planes?
Él sonrió con picardía.
—Planes importantes. De esos que cambian las cosas.
No hizo falta que dijera más.
(POV Lola – Noche en la mansión)
Esa noche, durante la cena, León y Elara hicieron el anuncio.
Estábamos todos sentados en el comedor. Damián, yo, León, Elara, y algunos miembros cercanos de la manada que solían cenar con nosotros.
León se levantó y carraspeó.
—Bueno… queremos decir algo.
Elara, a su lado, estaba sonrojada pero sonriente.
—Hemos decidido… formalizar nuestra relación —dijo León—. Oficialmente. Para todos.
—¿No lo era ya? —preguntó Marcus con su habitual seriedad.
—Bueno, sí, pero ahora es… más oficial. Con anuncio y todo.
—¿Y eso qué significa? —preguntó otro de los lobos.
—Significa —intervino Elara—, que somos pareja. En serio. Para siempre. O algo así.
—O algo así —repitió León, y le dio un beso en la mejilla.
La mesa estalló en aplausos y vítores. Algunos silbaron. Otros golpearon la mesa con los puños.
Damián sonrió, genuinamente contento por su hermano.
—Por fin —dijo—. Creí que nunca se decidirían.
—¿Tú sabías algo? —le pregunté.
—Era obvio desde el primer día que se vieron.
Tenía razón. Era obvio.
Celebramos con vino y comida, y por un momento, todo fue perfecto.
(POV Lola – Después de la cena)
Cuando todos se fueron retirando, Damián me llevó a un lado.
—Tengo noticias —dijo.
—¿Buenas o malas?
—Depende de cómo se mire.
Lo miré, esperando.
—Kael salió del país. Cruzó la frontera hace tres días. Nadie sabe adónde fue, pero ya no está aquí.
El aire se me escapó de los pulmones.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Mis contactos lo confirmaron. Se fue. Por ahora.
—¿Volverá?
—Seguro. Pero no pronto. Necesita tiempo para recuperarse, para reorganizarse. Tenemos meses, quizá un año, de paz.
Un año.
Podía ser mucho tiempo. Podía ser suficiente.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Solo… procesando.
—Ven.
Me llevó a nuestra habitación. La misma donde todo había empezado.
Y entonces, en la intimidad de la noche, las cosas se volvieron más cálidas.
(POV Lola – Noche en la habitación)
Sus labios encontraron los míos.
Suave al principio. Luego más intenso. Sus manos recorrían mi espalda, tiraban suavemente de mi ropa. Las mías se enredaban en su cabello, en su cuello, en su pecho.
El deseo crecía, como siempre entre nosotros.
Pero en un momento.
El poder.
Y sin querer, mis manos lo empujaron.
Damián salió volando hacia atrás y cayó sobre la cama con un golpe sordo.
—¡Lo siento! —exclamé, cubriéndome la boca.
Él se rió. Sí, se rió.
—¿Vas a volverme a lanzar contra las paredes?
—¡No fue a propósito! Es que… no controlo…
—Ya lo sé. Ven aquí.
Me acerqué con cuidado. Él me tendió los brazos. Esta vez, cuando me abrazó, fui yo la que se subió sobre él.
—Así está mejor —murmuró.
—¿Seguro?
—Seguro.
Nos besamos otra vez. Más lento. Más profundo. Sus manos en mi cintura. Las mías en su pecho.
El momento era perfecto. Me frotaba contra su cuerpo tartando de quitar su camisa, me estaba moviendo freneticamente sobre el.
Hasta que un crujido nos detuvo en seco.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
Damián miró hacia abajo. Yo también.
La cama…
Lo dejamos pasar y volvimos a lo nuestro, pero luego…
Otro crujido, más fuerte. Y entonces, con un estrépito, la base de la cama se partió en dos.
Caímos juntos entre las sábanas y la madera rota.
—¡Damián!
—Estoy bien. ¿Tú?
—Sí, pero… ¿la cama?
—La cama no.
Nos miramos. Por un momento, hubo silencio.
Y luego, los dos comenzamos a reír.
Reímos como locos, tirados entre los restos de la cama, con las sábanas enredadas y el polvo de madera flotando en el aire.
—Esto es culpa tuya —dijo él.
—¿Mía? estabas muy a gusto.
—Yo no salté. Tú me empujaste.
—Eso fue antes. Esto fue después.
—Da igual. Vamos a necesitar una cama nueva.
—Podemos dormir en el sofá.
—¿Otra vez?
Reímos más fuerte.
Y en medio del desastre, entre risas y escombros, supe que no importaba.
No importaba que mi poder fuera incontrolable. No importaba que rompiera tazas, aplastara a León o partiese camas.
Porque él estaba ahí.
Siempre.
Y eso era suficiente.
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