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El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 36

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Capítulo 36: Capítulo 38: El Plan Perfecto (Casi)

(POV Lola – Mañana en la mansión)

—¡Lola! ¡Despierta!

La voz de Elara atravesó mi sueño como un cuchillo caliente. Abrí un ojo y vi a mi mejor amiga de pie junto a la cama, completamente vestida, con una energía que no correspondía con la hora.

—¿Qué… qué pasa? —murmuré, buscando a Damián a mi lado. La cama estaba vacía.

—¡Arriba, dormilona! Hoy tenemos un día muy ocupado.

Me incorporé lentamente, frotándome los ojos.

—¿Ocupado? ¿En qué?

—Spa. Relajación. Mimos. Todo lo que una chica necesita después de un año trabajando como enfermera.

—¿Spa? ¿De repente?

—Sí, de repente. Vamos, levántate.

Antes de que pudiera protestar, Elara me agarró del brazo y prácticamente me sacó de la cama. A rastras.

—¡Elara! ¡Espera! ¿Y Damián?

—Damián está en sus cosas. No lo necesitas hoy. Hoy es día de chicas.

—Pero…

—¡Sin peros!

Y así, sin entender muy bien qué pasaba,luego de ir al baño y vestirme, terminé dentro de un auto con Elara al volante, alejándonos de la mansión a toda velocidad.

Miré por la ventana mientras el bosque desaparecía detrás de nosotros.

—Esto es muy raro —dije.

—Es divertido. Aprende a diferenciar.

(POV Damián – Mansión, jardín trasero)

—¡No, no, no! ¡Así no! ¡Los pétalos tienen que formar las letras, no un garabato!

Damián se pasó una mano por el pelo, frustrado. A su alrededor, León, Marcus y dos primos jóvenes que habían llegado esa mañana —Lucas y Mateo— correteaban con pétalos de rosa, intentando escribir “¿Te quieres casar conmigo?” en el césped.

—Está bien —dijo Lucas, un chico de veintitantos con una sonrisa fácil—. Queda… moderno.

—¿Moderno? ¡Parece que un niño de tres años jugó aquí!

—Tranquilo, hermano —León le palmeó la espalda—. Ella no va a leer los pétalos desde un helicóptero. Se va a parar aquí, a verlo de cerca, y va a entender.

—¿Seguro?

—Seguro. Además, lo importante no es la decoración. Lo importante es el anillo.

El anillo.

Damián metió la mano en el bolsillo y tocó la cajita vacía. Porque el anillo… el anillo aún no lo tenía.

—Todavía no lo compramos —dijo Marcus con su habitual seriedad—. Y son las diez de la mañana. La joyería cierra a las dos.

—¿Cierra? ¿Las joyerías cierran?

—Sí, Damián. Es un horario normal.

—¡Pero esto es una emergencia!

—Es una pedida de matrimonio —corrigió León—. No una operación de rescate.

—¡Es lo mismo!

Los cuatro hombres lo miraron. Damián era un manojo de nervios. El Alfa más temido de la ciudad, el hombre que había enfrentado a Kael sin dudar, estaba sudando por una cajita de terciopelo.

—Vale —dijo Lucas—. Vamos a la joyería. Yo conduzco.

—Yo también voy —dijo Mateo, el más joven, con una sonrisa de complicidad.

—Marcus, quédate supervisando la decoración —ordenó Damián.

—¿Supervisando? ¿Solo?

—Sí. Y si algo sale mal, me llamas.

—¿Cómo? ¿Con palomas mensajeras?

—¡Con el teléfono, Marcus! ¡Usa el teléfono!

Y salieron corriendo hacia el garaje.

(POV Lola – Spa)

—Esto es increíble —dije, hundida en una bañera de hidromasaje con sales aromáticas.

—¿Ves? Te lo dije. Necesitabas relajarte.

Elara estaba en la bañera de al lado, con una mascarilla verde en la cara que la hacía parecer un extraterrestre.

—Pero sigo sin entender por qué hoy. ¿Es algún cumpleaños que olvidé?

—No.

—¿Algún aniversario?

—Tampoco.

—¿Entonces?

—Lola, por favor. ¿No podemos simplemente disfrutar de un día de spa sin preguntar?

—Tú nunca haces cosas sin motivo.

—Pues hoy sí.

La miré con sospecha, pero no insistí.

Mi teléfono vibró. Un mensaje de Damián.

“¿Cómo estás, amor?”

Sonreí.

“En el spa, como una reina. ¿Y tú?”

“Ocupado. Cosas de la manada.”

“¿Cosas aburridas?”

“Muy aburridas.”

“Pobre mi honey. ¿Quieres que te lleve algo cuando vuelva?”

“Solo tú. Eso es suficiente.”

—¡Qué empalagoso! —exclamó Elara, leyendo por encima de mi hombro.

—¡No leas mis mensajes!

—Estás en un spa público. Todo es público.

—No es público. Es privado. Pagamos.

—Detalles.

(POV Damián – Joyería)

—¿Este? —preguntó León, señalando un anillo enorme con un diamante del tamaño de una uva.

—Es demasiado —dijo Damián.

—¿Este? —Lucas mostró uno más sencillo, de oro blanco.

—Es muy poco.

—¿Este? —Mateo señaló uno con un zafiro azul.

—Ella no usa azul.

El joyero, un hombre mayor con cara de paciencia infinita, los miraba sin decir palabra.

—Señor Blackwood —intervino al fin—. ¿Podría decirme qué tipo de anillo busca? ¿Algo clásico? ¿Moderno? ¿Con piedras preciosas? ¿Solo oro?

Damián se quedó en silencio. No lo había pensado. Había planeado la decoración, el momento, las palabras… pero el anillo se le había pasado.

—Tiene que ser… ella —dijo al fin—. Algo que la represente.

—¿Y cómo es ella? —preguntó el joyero.

—Hermosa. Fuerte. Única. A veces rompe tazas sin querer y una vez partió una cama por la mitad.

Los primos lo miraron.

—¿Partió una cama? —preguntó Mateo.

—Es una larga historia.

El joyero asintió lentamente, como si eso fuera una descripción perfectamente normal.

—Entiendo. Permítame mostrarle algo especial.

Sacó una bandeja con anillos de diseño exclusivo. Y entre ellos, uno llamó la atención de Damián.

Era un anillo de plata blanca, con un diamante rosa en el centro. Pequeño, delicado, pero con un brillo especial.

—Es rosa —dijo León.

—Como sus ojos —susurró Damián.

—Perfecto.

El teléfono de Damián vibró en ese momento. Una llamada de Lola.

—Es ella —dijo, poniéndose nervioso.

—¡No contestes! —dijo Lucas.

—¿Por qué?

—Porque estás comprando el anillo. Si hablas, vas a delatarte.

—¡Pero si no contesto, va a sospechar!

—Contesta, pero no digas nada del anillo.

Damián tomó el teléfono con manos temblorosas.

—¿Lola? Hola, amor.

—Hola, honey —la voz de ella sonaba relajada—. ¿Cómo va tu día aburrido?

—Bien, bien. Muy aburrido. Todo normal.

—¿Seguro? Te escucho raro.

—¿Raro? No. Estoy normal. O sea, aburrido-normal.

—Damián, ¿estás bien?

—¡Sí! Completamente bien. ¿Y tú? ¿El spa?

—Increíble. Me están dando un masaje con piedras calientes. Deberías venir.

—Ojalá. Pero estoy… en una reunión. Muy aburrida. Con papeles.

—Pobrecito mi amor. ¿Quieres que te lleve algo rico para comer?

—No, no hace falta. Tú sigue disfrutando. De verdad.

—Bueno, si tú lo dices. Te quiero.

—Yo también te quiero, nena. Mucho.

Colgó y soltó un suspiro de alivio.

Los cuatro hombres lo miraron.

—¿Nena? —preguntó Mateo con una sonrisa burlona.

—¿Honey? —añadió Lucas.

—Cállense.

El joyero, impasible, envolvió el anillo.

—Felicidades, señor Blackwood. Su novia es muy afortunada.

—Gracias.

Damián pagó y salió de la joyería con el anillo en el bolsillo. Ahora solo faltaba la decoración, las palabras, y el momento perfecto.

Solo eso.

Fácil, ¿no?

(POV Lola – Regreso a la mansión)

—Estoy agotada —dije mientras Elara conducía de vuelta—. Pero feliz. El mejor spa de mi vida.

—Me alegro.

—¿Vas a decirme ya por qué todo esto?

Elara sonrió.

—Pronto lo sabrás.

Llegamos a la mansión cuando el sol comenzaba a ocultarse. Todo parecía normal. Demasiado normal.

—Bueno, me voy a cambiar —dije.

—No, espera.

—¿Por qué?

—Porque… —Elara dudó—. Porque Damián quiere verte en el jardín. Ahora.

—¿En el jardín? ¿Por qué?

—No sé. Ve. Yo te espero aquí.

Algo en su tono me puso alerta. Pero caminé hacia el jardín.

Y entonces lo vi.

El césped estaba cubierto de pétalos de rosa. Formaban una frase. Una pregunta.

“¿Te quieres casar conmigo?”

Mi corazón se detuvo.

Y allí, en medio de todo, estaba Damián. Con una sonrisa nerviosa, el anillo en la mano, y los ojos brillando como nunca.

—Lola —dijo—. Yo… no sé hacer esto bien. No soy bueno con las palabras. Pero desde que llegaste a mi vida, todo cambió. Me enseñaste a sentir, a reír, a querer. Y no quiero pasar un solo día sin ti. Así que…

Se arrodilló.

—¿Te quieres casar conmigo?

Las lágrimas brotaron de mis ojos antes de que pudiera controlarlas.

—Sí —susurré.

—¿Sí?

—¡Sí, Damián! ¡Mil veces sí!

Me lanzó a sus brazos, y detrás de nosotros, escuché los aplausos y vítores de todos. León, Elara, Marcus, los primos, incluso algunos sirvientes. Todos estaban allí, mirando, sonriendo.

—Te quiero —dijo Damián contra mi oído.

—Yo también te quiero, honey.

—¿Honey? —repitió León desde atrás, imitándolo—. Qué cursi.

—¡Cállate! —gritamos Damián y yo al unísono.

Y todos rieron.

Era perfecto.

—¿Te quieres casar conmigo?

Las lágrimas brotaron de mis ojos antes de que pudiera controlarlas.

—Sí —susurré.

—¿Sí?

—¡Sí, Damián! ¡Mil veces sí!

Me lanzó a sus brazos, y detrás de nosotros, escuché los aplausos y vítores de todos. León, Elara, Marcus, los primos, incluso algunos sirvientes. Todos estaban allí, mirando, sonriendo.

—Te quiero —dijo Damián contra mi oído.

—Yo también te quiero, honey.

—¿Honey? —repitió León desde atrás, imitándolo—. Qué cursi.

—¡Cállate! —gritamos Damián y yo al unísono.

Y todos rieron.

Era perfecto.

(POV Lola – Una semana después de la pedida)

—¡Es hermoso! —Elara sostenía mi mano como si el anillo fuera a salir volando—. Es perfecto. Es tan… tú.

—¿Tan yo? ¿Pequeño y brillante?

—Tan especial.

Sonreí. Elara tenía razón. El anillo de diamante rosa era exactamente lo que habría elegido si hubiera tenido que elegir. Damién me conocía mejor de lo que creía.

Lástima que conocerme también significaba soportar mis nervios.

—No puedo creer que en tres meses me case —dije, dejándome caer en el sofá de la biblioteca.

—Tres meses pasan volando. Tenemos que empezar ya con los preparativos.

—¿Ya? Acaba de pasar una semana.

—Lola. —Elara se sentó a mi lado con expresión de general dando órdenes—. Una boda no se organiza sola. Hay que elegir el lugar, el vestido, las flores, la comida, la música, los invitados…

—Los invitados serán los de siempre. La manada, tus padres, los primos de Damián…

Suspiré. Esto iba a ser más complicado de lo que pensaba.

(POV Lola – Semana dos: El vestido)

—No. —La voz de Elara fue tajante.

—¿Cómo que no? —Miré el vestido que sostenía la dependienta. Era sencillo, blanco, hasta la rodilla. Práctico.

—Es un vestido de boda, Lola. No un uniforme de enfermera. Tiene que ser especial.

—Pero es cómodo.

—La comodidad no existe el día de tu boda. Existe la belleza. Existe el impacto. Existe que Damién se quede sin respiración cuando te vea.

La dependienta asintió con una sonrisa profesional.

—La señorita tiene razón. Para una boda, se busca algo más… memorable.

—¿Memorable? —repetí.

—Sí. Algo que todos recuerden.

Elara ya estaba revolviendo entre los percheros, sacando vestidos uno tras otro.

—Este. Este. Y este. Al probador.

—Son enormes.

—Son princesa. Tú eres princesa. Bueno, princesa de un Alfa. Pero princesa al fin.

Entré al probador con los brazos cargados de tul y encaje.

La primera prueba fue un desastre.

El vestido era precioso, sí. Blanco, con encaje en las mangas y una cola larguísima. Pero cuando intenté ajustarme los tirantes, sentí ese cosquilleo familiar.

El poder.

Y el tirante se rompió.

—¡Lola! —Elara asomó la cabeza—. ¿Qué pasó?

—Lo rompí.

—¿Con el poder?

—Sí.

—Bueno, ese no era el indicado. Prueba el siguiente.

El segundo vestido era más sencillo, de seda, con un escote en la espalda. Me quedaba perfecto. Pero cuando intenté abrocharlo, los dedos temblaron y el broche salió volando.

—Este tampoco —dije.

El tercero… bueno, el tercero fue el peor. Era un vestido de tul con capas y capas de tela. Al ponérmelo, me sentí como un pastel. Y cuando di un paso, el tul crujió de forma sospechosa. Miré hacia abajo y vi que una capa entera se había desprendido.

—Lo siento —murmuré.

La dependienta, que ya había visto suficiente, sonrió con paciencia.

—Señorita, ¿ha considerado un vestido sin tantos detalles? Algo más… resistente.

—¿Resistente? —preguntó Elara.

—Sí. Algo que pueda soportar… movimientos bruscos.

Lo dijo con educación, pero todas entendimos.

Mi poder aún no estaba completamente controlado. Y un vestido de boda tradicional no iba a sobrevivir al día.

—¿Tienen algo más… práctico? —pregunté.

La dependienta asintió y desapareció entre los percheros. Volvió con un vestido completamente diferente.

Era blanco, sí. Pero de un corte más moderno. La falda era amplia pero no exagerada, el corpiño tenía un bordado de flores rosa pálido, y las mangas eran cortas, de encaje resistente.

—Es hermoso —dije.

—Y resistente —añadió la dependienta—. Probado en situaciones extremas.

—¿Situaciones extremas?

—Boda de una loba. Lo usamos para las novias de la manada.

Elara y yo nos miramos.

—Me lo pruebo.

(POV Damián – Semana dos: El traje)

—No pienso ponerme eso.

—Es moderno, hermano. Te va a quedar bien.

—Parece que voy a una discoteca, no a mi boda.

León suspiró. Estaban en la misma tienda donde Damián había comprado el anillo, pero ahora en la sección de caballeros. Frente a ellos, un dependiente mostraba trajes de todo tipo.

—¿Qué tal este? —preguntó Lucas, el primo, señalando un traje azul marino clásico.

—Muy aburrido —dijo Mateo.

—Es una boda. No un desfile de moda.

—Pero es TU boda —insistió León—. Tienes que verte bien.

—¿No me veo bien siempre?

León lo miró de arriba abajo. Damián llevaba una camiseta negra y vaqueros.

—Hoy no.

—No hemos venido a comprar ropa para hoy.

—Pero para que te hagas una idea…

El dependiente intervino.

—Señor Blackwood, tenemos una línea especial para alfaz. Trajes que permiten transformación rápida sin romperse.

—¿Transformación? ¿En mi boda?

—Por si acaso. Nunca se sabe.

Damián pensó en Kael, todavía desaparecido, y asintió.

—Muéstreme esos.

El traje elegido era negro, de corte impecable, con detalles en hilo plateado que combinaban con el rosa del vestido de Lola (aunque él no lo sabía aún). La chaqueta tenía un corte especial que permitía movimiento, y los pantalones eran resistentes pero elegantes.

—Perfecto —dijo León.

—¿Seguro?

—Seguro. Ella va a derretirse cuando te vea.

Damián sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.

—¿Y tú? ¿Ya tienes traje?

—Soy el padrino. Tengo que estar a la altura.

—Entonces busca algo que no me opaque.

—Imposible. Nadie te opaca.

—Cállate.

—Nunca.

(POV Lola – Semana tres: La lista de invitados)

—Tu padre no viene —dije a Damián mientras cenábamos.

—Lo sé. Él y Elena ya se fueron. Y Valeria también.

—¿Te molesta?

—No. Fue una visita… complicada. Pero creo que Valeria cambió al final. O al menos empezó a cambiar.

—Tal vez algún día vuelva.

—Tal vez.

—Pero hoy no es el día. Hoy es el día de decidir quién viene a la boda.

Saqué la lista. Era larga. Muy larga.

—¿De verdad quieres invitar a toda la manada? —pregunté.

—Son mi familia.

—Son doscientos.

—Ciento ochenta y siete.

—Damián…

—Podemos poner mesas fuera. El jardín es grande.

—¿Y la comida? ¿Y las flores? ¿Y…

—Lola. —Me tomó la mano—. Va a estar bien. Contrataremos gente. Pagaremos lo que sea. Solo quiero que todos los que quiero estén ahí.

Lo miré. Sus ojos dorados brillaban con esa mezcla de ternura y terquedad que tanto amaba.

—Está bien —cedí—. Pero tú te encargas de coordinar a tu manada.

—Trato hecho.

—Y nada de peleas.

—Prometido.

—Y si alguien se transforma, corre de su cuenta.

—Eso no lo puedo prometer.

Reí. Era imposible enojarse con él.

(POV Lola – Semana cuatro: La prueba de la tarta)

—Quiero algo sencillo —dije.

—¿Sencillo? —La pastelera me miró como si hubiera pedido una tarta de barro—. Es su boda. Puede ser lo que quiera.

—Sencillo pero bonito.

—Tres pisos, buttercream, flores naturales —propuso ella.

—Demasiado.

—Dos pisos, glaseado, frutas.

—Muy complicado.

—Un piso, crema, mensaje escrito.

—Perfecto.

Elara, a mi lado, puso los ojos en blanco.

—Lola, es tu boda. Puedes pedir algo más elaborado.

—Me gusta sencillo.

—A Damién le gustas tú. No le va a importar la tarta.

La pastelera asintió.

—La señorita tiene razón. Lo importante es el sabor. Podemos hacer una tarta pequeña para ustedes y otra más grande para los invitados.

—¿Otra?

—Sí. Así todos contentos.

Lo pensé. Era una buena idea.

—Vale. Una pequeña para nosotros, de chocolate. Y otra grande, de vainilla, para los invitados.

—¿Y la decoración?

—Flores. Rosas. Rosas.

La pastelera sonrió.

—Perfecto.

(POV Damián – Semana cuatro: Los nervios)

—¿Y si me equivoco al decir los votos?

—No te vas a equivocar.

—¿Y si me olvido?

—Los tienes escritos.

—¿Y si los pierdo?

—Los tienes memorizados.

—¿Y si…

—Damián. —León lo interrumpió—. Respira. Llevas un mes comprometido con ella. Has sobrevivido a Kael, a su madre, a su poder incontrolable. Vas a sobrevivir a una boda.

—Pero es diferente. Esto es para siempre.

—Eso es exactamente lo que quieres. Para siempre con ella.

Damián se quedó en silencio.

—Sí —dijo al fin—. Eso es lo que quiero.

—Entonces deja de preocuparte. Va a ser el mejor día de tu vida.

—¿Tú crees?

—Lo sé.

(POV Lola – Noche antes de la boda)

No podía dormir.

La mansión estaba en silencio. Damián dormía a mi lado, abrazándome como siempre. Pero yo tenía los ojos abiertos, mirando el techo.

—¿No duermes? —murmuró él.

—No.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

Apretó el brazo alrededor de mi cintura.

—Mañana te conviertes en mi esposa.

—Sí.

—¿Te arrepientes?

—Nunca.

—Entonces duérmete. Mañana necesitas estar hermosa.

—¿No lo estoy siempre?

—Siempre. Pero mañana más.

Sonreí en la oscuridad.

—Te quiero, Damián.

—Yo también te quiero, Lola. Más de lo que crees.

—¿Más que a tu manada?

—No empecemos.

Reí suavemente.

—Buenas noches, honey.

—Buenas noches, mi amor.

Cerré los ojos.

Y por primera vez en semanas, dormí tranquila.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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