¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 11
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11: CAPÍTULO 11 11: CAPÍTULO 11 —Pero ahora que lo pienso, tengo bastante hambre —dijo Mavis.
—Oh, no, ni se te ocurra —dije, sentándome y señalándola con un dedo en señal de advertencia.
—Quizás podrías pedirle a tu pareja que nos traiga algo de comida —sugirió mientras se sentaba.
Ah, así que ahora yo era la que tenía que pedirle comida a su pareja.
—Usa el vínculo mental con él —continuó.
—Me cuesta usar el vínculo mental hasta contigo, y mucho menos con alguien que acabo de conocer —declaré—, y aunque pudiera, no lo haría.
Ya conociste a ese hombre, no, gracias.
—Vamos, Adriane, puede que sea un desalmado, pero seguro que tiene debilidad por su pareja.
Es la naturaleza —intentó tranquilizarme.
No me apetecía hablar del tema, así que cambié de conversación.
—Tengo los músculos doloridos, no veo la hora de salir mañana —dije, estirando un poco mis músculos tensos.
—Sí, yo también —dijo Mavis, bostezando.
La vida en prisión debe de ser aburrida, lo único que haces es comer y dormir.
Nada más.
Al menos teníamos con quién hablar.
Pero antes de darme cuenta, Mavis está dormida y yo estoy completamente despierta.
Creo que conocer a su pareja ha tenido algún tipo de efecto positivo en ella, porque ya no parece tan apagada como esta mañana.
Debe de ser el vínculo de compañeros obrando su magia.
La forma que tiene la naturaleza de hacerte encontrar consuelo y felicidad en alguien.
Realmente no se puede explicar ni controlar.
Literalmente, te transforma.
Aunque el mío debe de estar roto.
Me siento igual.
Quizás incluso peor.
Yo, por otro lado, ya no podía dormir.
Después de una hora de estar tumbada sin poder conciliar el sueño, sentí una repentina necesidad de ir al baño.
Mmm, ¿cómo es que esta es la primera vez que siento la necesidad en dos días?
Había una, mmm, «cosa» en la esquina más alejada de la celda que pretendía parecerse a un inodoro.
Pero ni loca iba a usar eso.
Me levanté y me dirigí a los barrotes, con cuidado de no tocarlos.
—Uh, ¿disculpe?
—le dije al guardia pelirrojo que deambulaba sin rumbo por los pasillos.
—¿Qué?
—espetó.
Debo decir que este tipo era bastante maleducado.
Probablemente por eso tenía un ceño fruncido permanente en la cara.
Tenía que ser bastante borde si su expresión de reposo era un ceño fruncido.
Me aclaré la garganta.
—Mmm, necesito ir al baño.
—¿Has visto ese WC de ahí?
—preguntó, señalando el fondo de la celda.
Lo miré y luego volví a mirarlo a él—.
Úsalo —dijo, y empezó a alejarse.
—No, espere, necesito hacer «otras» cosas y necesito un cubículo, por favor —prácticamente le rogué.
En realidad solo quería orinar, pero no pensaba hacerlo aquí.
Me gruñó.
—Por favor —volví a suplicar.
Se quedó mirándome hasta que, enfadado, sacó un juego de llaves y abrió mi celda.
Después de volver a cerrarla, me llevó a lo que supongo que era el baño del calabozo, asegurándose de no soltarme el brazo, que me agarraba con fuerza.
De camino al baño, pasamos por unas escaleras que subían al piso de arriba y no pude evitar el gruñido que hizo mi estómago cuando olí el aroma de la comida que venía de arriba.
Seguimos caminando y doblamos una esquina hasta que finalmente nos detuvimos frente a una puerta.
—Tienes cinco minutos, date prisa —y dicho esto, abrió la puerta de madera y me empujó dentro.
—Qué maleducado —murmuré una vez que la puerta se cerró.
El lugar parecía no haberse usado en años.
Solo había un mísero inodoro en la esquina de la habitación.
El sitio no estaba sucio, propiamente dicho, sino más bien muy polvoriento y sin usar, y algunas partes del lavabo parecían oxidadas.
Después de hacer mis necesidades y pulsar con desgana el botón de la cisterna, que gracias a Dios funcionó, fui al lavabo para lavarme las manos, pero el estúpido grifo estaba atascado.
Y después de casi romperlo, forzando para abrir esa cosa oxidada, me di cuenta de que ni siquiera salía agua.
Qué raro, había agua para la cisterna, pero no para el lavabo.
—Maldita cosa.
—Empecé a caminar de vuelta hacia la salida.
Abrí la puerta solo para encontrar que el guardia pelirrojo que me había traído ya no estaba allí.
Miré a mi alrededor y lo vi un poco más abajo en el pasillo, hablando con otro guardia.
Y fue entonces cuando se me ocurrió una idea tonta.
Perdónenme, estaba pensando con el estómago y no con la cabeza.
Así que, con el mayor sigilo y rapidez posible, doblé la esquina y subí las escaleras a hurtadillas.
Y créanme cuando digo que me avergüenza mencionar el hecho de que, en ese momento tan oportuno, mi misión no era la libertad, sino la comida.
Quería comida.
Decidí seguir el aroma de antes, que me llevó a un salón muy grande.
Había otras escaleras que subían aún más, pero decidí no tomarlas.
El aroma venía del otro extremo del salón.
Me dirigí hacia allí, con la adrenalina disparándose a cada paso que daba.
Esto era malo.
Esto era muy malo.
Tenía un muy mal presentimiento, en el fondo de mis entrañas…, o quizá era hambre, no sabía distinguirlo.
Llegué a un lugar que parecía ser la cocina.
Supuse que allí se preparaba la comida de los prisioneros, porque había hogazas de pan en el horno.
Obviamente, aún no estaban listas, así que ni me acerqué.
Olía muy bien allí dentro.
Debían de preparar más cosas aparte de pan, porque de repente empecé a oler algo que no sabía que se me antojaba.
Estaba a punto de dirigirme a la nevera para coger comida cuando una mano enorme me agarró del pelo y tiró con tanta fuerza que caí de bruces al suelo.
Chillé.
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