¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 18
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18: CAPÍTULO 18 18: CAPÍTULO 18 Me quedé ahí, paralizada, mientras un par de ojos azul grisáceo me miraban fijamente.
Gruñía y enseñaba los caninos, desenvainando las garras mientras se acercaba a mí.
Me escondí más tras las cortinas, pero las arrancó de cuajo, dejándome expuesta, temblorosa y asustada.
Tenía jirones de tela entre los dientes después de destrozar la cortina.
Soltó un último gruñido nauseabundo antes de abalanzarse sobre mí…
—¡No!
—.
Me desperté en una habitación oscura.
El corazón me latía a punto de salírseme del pecho y mi respiración era agitada.
Sudaba, but sentía mucho frío.
Me sequé las lágrimas que se me habían escapado mientras dormía.
Cuando me calmé, observé a mi alrededor.
Estaba en una cama.
«¿Una cama?».
Miré a mi alrededor y vi una ventana.
Debía de ser de noche, porque apenas entraba luz.
Entonces, percibí un movimiento por el rabillo del ojo y fue como si viera una sombra en la esquina de la habitación.
Me incorporé de golpe y me froté los ojos para quitarme el sueño con la esperanza de ver con más claridad, pero la figura había desaparecido.
—¿Hola?
¿Quién anda ahí?
—.
Intenté levantarme de la cama, pero un dolor punzante en el brazo me detuvo.
Grité mientras me agarraba el brazo palpitante.
Noté que lo tenía enyesado.
Empecé a hacer memoria y recordé que esa zorra con las tetas operadas me había roto el brazo.
Suspiré y me dejé caer de nuevo en la cama.
«¿Dónde demonios estoy?».
—Cariño, ¿estás bien?
—Una mujer entró en la habitación y encendió la luz, haciendo que cerrara los ojos de golpe al instante.
—Oh, lo siento, querida.
Por fin has despertado.
—Cuando conseguí abrir los ojos de nuevo, vi a una mujer, probablemente de unos cuarenta años, sentada junto a mi cama.
Tenía el pelo rubio oro recogido en un moño y llevaba una bata.
Era muy hermosa y parecía muy elegante.
—Te oí gritar, ¿qué ocurre?
—me preguntó, tocándome la frente con el dorso de la mano.
Sus ojos se abrieron un poco más y sacudió la cabeza.
—Oh, cielos, estás ardiendo, querida —dijo, y volviéndose hacia la puerta, llamó—: ¡Damon!
Me quedé sentada mirando la puerta, que daba a un pasillo vacío, hasta que él la cruzó.
—Tráeme unos analgésicos, ¿quieres?
Le está dando fiebre —le dijo ella, y él salió por la puerta sin decir una palabra ni dedicarme una sola mirada.
Después, ella se levantó, fue al baño de la habitación, volvió con una toalla húmeda y fresca y me la pasó por la cara.
«¿Fiebre?».
«¿Pero cuánto daño me hizo esa chica en la mano?».
—¿Cómo te sientes, querida?
—preguntó con una sonrisa amable.
—Aparte de que siento como si un camión me hubiera pasado por encima del brazo, estoy bien —le respondí mientras me miraba el brazo izquierdo.
Efectivamente, estaba enyesado y lo llevaba en un cabestrillo.
Ella soltó una risita.
—No te preocupes, el dolor acabará por desaparecer —me sonrió.
—¿Dónde estoy?
—le pregunté.
Estaba en una habitación enorme y muy bonita que, desde luego, no era mi celda.
¿Y ni siquiera recuerdo cómo he llegado aquí?
Se suponía que hoy nos convertiríamos en miembros de la manada.
¿Dónde está el resto de la manada?
¿Los habrán llevado de vuelta a las celdas?
—Estás en la casa del Alfa, querida —me respondió.
—¿La casa del Alfa?
—pregunté, sorprendida.
—Sí, pero no te acomodes demasiado.
No te quedarás aquí mucho tiempo —dijo Damon al entrar en la habitación con unas pastillas y un vaso de agua.
Solo llevaba los pantalones del pijama y tenía el pelo revuelto, lo que significaba que había estado durmiendo o algo así.
Le dio el vaso y las pastillas a la mujer, evitándome a propósito; o al menos, esa fue mi sensación.
Luego se dio la vuelta y salió de la habitación.
Suspiré, bajando la mirada a mi regazo.
—No te preocupes por él, ya se le pasará.
Solo dale algo de tiempo —dijo mientras me entregaba una pastilla y el vaso.
Se los cogí y le sonreí agradecida.
«¿Qué quiere decir con que se le pasará?
¿Darle tiempo?
¿Para qué?».
—Sé que es tu pareja, querida.
—Casi me atraganto con el agua.
«¿Lo sabe?
¿Cómo?».
—¿Te… te lo ha dicho él?
—le pregunté con expresión de asombro.
—No exactamente, pero después de que Marcus me contara lo que pasó el día que él estaba a punto de… —titubeó, buscando las palabras—, llevar a cabo sus planes en el calabozo, no necesité ser Einstein para darme cuenta de que eres su pareja —me explicó.
—Me odia —mascullé.
Ni siquiera sé de dónde salió eso.
Ni siquiera sabía por qué me importaba, no conocía a ese hombre.
—Ay, cariño, él es así, pero no creo que te odie —intentó tranquilizarme.
No funcionó.
Me limité a suspirar.
—Por cierto, soy Latifah —se presentó.
—Adriane —le sonreí.
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—Ya sé tu nombre —dijo.
Me fijé en los hoyuelos de sus sonrosadas mejillas.
Probablemente es la madre de Damon.
—¿Cuándo puedo irme?
—le pregunté.
Tenía prisa por salir de allí, no me gustaba estar postrada en la cama.
A menos, claro, que me mimara mi madre; eso era lo único que hacía soportable el estar enferma.
Pero no tenía eso ahora mismo, y el hecho de que mi brazo tardara tanto en curarse también me frustraba.
Y, francamente, no me gusta quedarme donde está claro que no soy bienvenida.
«¿Para qué me trajo aquí?
Uf.».
—¿Irme?
Ay, cariño, no hables así.
Este es tu hogar —dijo, tomándome la mano, con un aspecto demasiado optimista para alguien que acababa de oír a su hijo decir, y cito textualmente, «no te acomodes demasiado».
—Tú deberías ser la verdadera Luna, no esa chica que va por ahí pavoneándose como si fuera la Luna de esta manada.
—Frunció ligeramente el ceño, mostrando su claro desagrado por la supuesta «Luna».
—La chica que me rompió el brazo, ¿verdad?
—dije, haciendo una mueca al recordarlo.
Todavía puedo oír el crujido.
—Sí, Cassandra.
Y, sinceramente, creo que es una mala influencia para Damon —dijo, suspirando y negando con la cabeza con tristeza.
—¿Ella vive aquí?
—En realidad, me aterraba la respuesta, pero aun así quería saberla.
Sinceramente, esperaba que no, pero quizá sí.
Quizá sea su novia.
Quizá incluso la quiera, y quizá por eso no me soporta.
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