¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 19
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19: CAPÍTULO 19 19: CAPÍTULO 19 —Creo que sí, pero no estoy muy segura.
Normalmente no me quedo aquí, me quedo en la casa de la manada.
Solo vine para cuidarte.
Llevas inconsciente casi dos días.
¿En serio?
¿Dos días?
¿Dos días enteros?
¿Qué demonios me inyectaron?
—¿Qué pasó con la evaluación?
—Oh, no te preocupes, anoche tuvieron la ceremonia de iniciación y ahora todos son miembros de la manada.
Se están quedando en la casa de la manada —me dijo.
—Ah —dije, un poco aliviada.
—En serio, no te preocupes por Damon, ya entrará en razón, no puede negar a su pareja.
Ya veremos.
—Es muy tarde y deberías descansar un poco.
Volveré mañana por la mañana con el médico para revisarte el brazo.
Intenta no dormirte sobre él.
Y si necesitas algo, estoy en la habitación de enfrente —dijo mientras se levantaba y caminaba hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo mientras apagaba la luz—.
Noches —murmuré.
***
Vale, estoy segura de que llevo casi tres horas aquí tumbada y no puedo dormir.
Estoy supercansada, pero soy incapaz de sumirme en un sueño tranquilo.
Todavía está oscuro y los analgésicos ya deberían haber hecho efecto, pero no lo han hecho.
El brazo todavía me late con fuerza y, si no consigo unas pastillas para dormir, no voy a poder pegar ojo.
Me levanté de la cama y me di cuenta de que llevaba un camisón de seda, muy parecido al de Latifah.
Ella debió de cambiarme.
Y, ahora que lo pienso, me siento limpia, como si me hubiera duchado.
No le doy muchas vueltas a ese pensamiento.
Voy hasta la puerta y la abro en silencio para no despertar a nadie.
Cruzo el pasillo de puntillas hasta la habitación de Latifah para pedirle las pastillas.
Llamo suavemente a su puerta.
—Ehm, siento molestar, soy yo.
Necesito unas pastillas para dormir…
—susurré, un poco insegura.
No obtuve respuesta.
Volví a llamar.
—¿Hola?
—Entonces oí sus pasos detrás de la puerta.
Di un paso atrás cuando la puerta se abrió.
Damon.
Me quedé allí parada, con los ojos como platos.
No esperaba verle.
Mierda, parece cabreado.
—¿Qué quieres?
—preguntó.
—Yo…, eh…, yo…
—Mi balbuceo fue interrumpido por una voz que de verdad he llegado a odiar, desde dentro de la habitación.
—Cariño, vuelve a la cama.
¿Qué?
¿Duermen juntos?
Él puso los ojos en blanco, salió y cerró la puerta.
—¿Qué quieres?
—exigió.
Bajé la mirada para evitar sus ojos mientras intentaba ignorar la pequeña punzada de dolor que empezaba a sentir.
—Lo siento, estaba buscando a tu…, ehm…, ¿madre?
—Todavía no estaba muy segura de mi teoría—.
Supongo que entonces es la otra habitación —dije, dándome la vuelta rápidamente y caminando en dirección contraria con la esperanza de terminar este incómodo intercambio.
—Para, está dormida.
¿Necesitas algo?
—Me di la vuelta, aún sin mirarle a los ojos.
—Yo, eh, necesito unas pastillas para dormir, no puedo dormir —susurré, pero aun así me oyó.
—¿Y los analgésicos?
—preguntó.
—No funcionaron —dije.
Él suspiró.
—¿Todavía te duele el brazo?
—Asentí.
—Ven —dijo, y empezó a bajar las escaleras.
Le seguí en silencio, quedándome un poco rezagada.
Esta casa era preciosa; las escaleras estaban alfombradas con una mullida alfombra beis, y también el resto de la casa.
Era literalmente tan suave y relajante caminar sobre ella.
Podría tumbarme aquí mismo y dormir, eso si consiguiera dormirme.
Pasó por un lugar que parecía el salón y entró en una cocina de última generación que, por cierto, también era enorme.
¿Quién necesita una cocina tan grande?
Había más armarios de los que podía contar, y muchísimos electrodomésticos por todas partes: un dispensador de agua, una gran isla de mármol en medio de la cocina, dos frigoríficos de dos puertas y un gran congelador en la esquina.
Y, por supuesto, una gran cocina eléctrica.
Me quedé junto a la puerta, observando sus movimientos mientras abría un cajón y sacaba algo.
Luego fue a otro armario a por un vaso y lo llenó con agua del dispensador de la esquina de la cocina.
Después, caminó hacia mí y me entregó una pastilla rosa.
Jadeé un poco para mis adentros por el extraño hormigueo que me recorrió el brazo cuando me la entregó y nuestras manos se tocaron durante una brevísima fracción de segundo.
Se sintió como electricidad estática.
Era una sensación ajena, pero extrañamente bienvenida.
Luego me dio el vaso.
Le miré y le di un rápido «gracias».
Él me devolvió la mirada y algo brilló en sus ojos antes de que los cerrara y los volviera a abrir.
Esta vez, evitando el contacto visual conmigo.
Asintió brevemente y salió de la cocina para volver a subir las escaleras.
Suspiré, me tomé las pastillas y bebí el agua.
Después de enjuagar el vaso y dejarlo, subí de nuevo a mi habitación.
La habitación.
Tenía muchas ganas de tirarme en la cama, pero, teniendo en cuenta mi brazo, decidí meterme con cuidado.
Me cubrí el cuerpo entero con el edredón, incluida la cabeza.
Cerré los ojos y fingí que tenía quince años otra vez, que estaba en casa de mis padres, en mi cama, y no que era una especie de monstruo hombre lobo sin padres en la casa de su pareja mientras él duerme con otra chica.
Lo cual no me duele en lo más mínimo.
¿Por qué me duele siquiera?
Apenas le conozco.
Una lágrima indeseada rueda por mi mejilla mientras me sumo en un sueño intranquilo.
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